Las Cinco Canciones de Caito (V): “Concierto nº 2 en C menor para piano y orquesta en C menor” (de Serguéi Rachmaninov, por Yuja Wang)

Aunque en este blog no suelen aparecer piezas de música clásica, algunos de los invitados a esta sección han elegido temas de esta índole entre las cinco canciones de su vida; me he estoy acordando, por ejemplo, de Laacantha y su “Claro de Luna” de Beethoven. En otras ocasiones, las referencias a la música clásica que hemos tenido han procedido de versiones, adaptaciones, influencias u orquestaciones de corte clásico; son varios los temas de rock sinfónico que hemos tenido cumpliendo alguna de estas premisas y, también, alguna canción de corte melódico, como “All By Myself”, de Eric Carmen, más conocida en la voz de Celine Dion. En la entrada que, en su día, dedicamos a esta canción, comentábamos que, en realidad, es una versión encubierta de segundo movimiento (“Adagio sostenuto”) del “Concierto para piano nº 2”, del músico ruso Serguéi Rachmaninov. Caito ha querido terminar su semana precisamente con este compositor y con esta obra, que hemos querido ofreceros entera, interpretada por la pianista Yuja Wang, para que podáis disfrutar de una composición única. Muchísimas gracias por estos días tan bonitos que nos hecho pasar, por la elección de los temas, por tu sentido del humor y por el cariño con el que has querido compartir con nosotros tus canciones, y tus recuerdos.

Esta sección está abierta a todo el que quiera participar en ella. Si os animáis a enviar vuestras canciones y vuestros textos, lo podéis hacer por correo electrónico (raulrn@wanadoo.es) o por twitter (@guitarmuses). 

“Bueno, hoy me despido. Ni falta hace decir que ha sido todo un placer, y que repetiría gustoso de no ser por los consejos de mi equipo de asesores fiscales, y especialmente por la recomendación de un reputado penalista.

Analizadas mis publicaciones por un complejo y secreto algoritmo, se ha puesto tras mi pista a la CIA, al Mossad, y a los municipales de Móstoles.

Parto pues hacia tierras ignotas, buscando un lugar en el que poder caminar tranquilo, y sin tener que volver constantemente la cabeza. Deseadme suerte.

Y quiero hacer esta despedida con eso que se conoce como “la gran música”, que lo es, pero no en exclusiva, o al menos eso pienso yo.

Este concierto que aquí os traigo fue compuesto entre 1900 y 1901 por Serguéi Rachmaninov, uno de los últimos integrantes de los clásicos románticos, nacido en Rusia allá por 1873.

Destacó como compositor, director de orquesta, y por ser un excepcional concertista de piano, pues aparte de su gran maestría, sus manos eran enormes, grandes incluso para su estatura de casi dos metros.

Abarcaban una treceava, trece teclas, cuando las de un pianista normal difícilmente alcanzan las ocho. Ello le permitía efectuar unas ejecuciones casi imposibles para cualquier otro pianista y composiciones acordes a sus enormes dotes.

A raíz de la revolución rusa fue perseguido, sus bienes embargados y su música prohibida, por lo que se vio obligado a huir a París completamente arruinado. Tras unos años de estancia en Francia alternados con frecuentes estancias en Estados Unidos, vuelve a sufrir un revés financiero por la crisis del 29, y acaba trasladándose definitivamente a Nueva York en 1940, acabando sus días en Beverly Hills tan solo tres años más tarde.

Sus obras más conocidas son este concierto que hoy os traigo, los también conciertos para piano y orquesta nros. 1 y 3, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, y el Preludio en Do sostenido menor.

A decir de los expertos, el de hoy aporta menos desde el punto de vista musical (lo tildan de más efectista que novedoso) que el n° 1 o el nº 3. De este último, el nº 3, se dice que es la obra más compleja jamás compuesta para piano, y muy pocos pianistas se atreven con su ejecución.

Está compuesto por tres movimientos, un moderato memorable, un adagio exquisito y delicado, y un allegro final vibrante. Es toda una delicia para el espíritu y un goce para los sentidos, y los he publicado por separado, por si no podíais aguantar tanta belleza y armonía de golpe, os daba el Stendhal, y teníais que llamar al 112, que eso de pedir las sales a la criada ya no se estila.

Paciencia, que ya voy acabando (las mentiras piadosas son menos mentira).

Decía Stravinsky que la música era para escucharla y para mirarla. Y aquí tenéis la prueba. Se llama Yuja Wang, nacida en China en el año 1987, una brillantísima intérprete de piano, muy precoz, y posiblemente la mejor a día de hoy.

Esta magnífica interpretación fue efectuada en el Verbier Festival del año 2011, bajo la dirección del gran director de orquesta ruso Yuri Temirkanov.

No tengo adjetivos suficientes para calificarla, me hipnotiza el movimiento de sus manos, la maestría y el sentimiento con que toca, su delicadeza cuando ataca el segundo movimiento, la brillantez e inteligencia musical en el primero, y la increíble energía y movimiento de sus dedos en el tercero, que por momentos la vista no puede seguir.

Ahí tenéis la explicación a la afirmación de Stravinsky.

Con el inmenso mérito añadido para la pequeña y menuda Yuja de que al principio de su carrera le dijeron que jamás podría tocar bien el piano por la pequeñez y falta de musculatura y fuerza de sus manos. A base de tesón y mucho esfuerzo, no solo ha logrado ser concertista de piano, sino también la mejor.

Decir que llevo escuchando décadas este concierto con las interpretaciones al piano del propio Rachmaninov y de Rubinstein, pero me quedo con la de Yuja.

Y ahora sí, llega el final.

Allá por los principios de la década de los 70, la música de un anuncio televisivo que proclamaba las bondades de una nueva línea de electrodomésticos me llamó la atención. Una de las veces que salía el anuncio de marras, pregunté por su autor a un señor de gesto adusto y bigote que se encontraba a mi lado, y que además era mi padre. Muy serio, en tono casi solemne, y sin apenas mirarme, me contestó: “Es el concierto número dos para piano y orquesta de Serguéi Rachmaninov”, y él siguió a lo suyo, y yo a lo mío, quiere decirse que ambos absortos mirando el televisor.

Las siguientes veces que habló conmigo sobre música durante esa década consistieron en decirme con un tono que no dejaba lugar a dudas: “¡Haz el favor de bajar el volumen de esa música ratonera que escuchas!”.

A él le quiero dedicar esta entrada. Y gracias a ese anuncio y al señor del bigote, fui escuchando a Strauss, a Vivaldi, a Mahler… y creo que mi posterior afición al rock progresivo y sinfónico vino dada también por el gusto que desarrollé por una música más compleja y elaborada. A no ser que un psicoanalista diga lo contrario. Y no pienso ir”.