Tom Waits. “Martha”

Martha. Música para el recuerdo (Barcelona: 66 rpm, 2015) es una novela de ficción escrita por el periodista Fernando Navarro, que desde hace tiempo quiero leer por esa reivindicación que hace de la música como herramienta de evocación y nexo de unión con nuestro pasado; el protagonista llega a preguntarse “¿Para qué sirve el rock’n’roll que transformó su mundo” o si una simple canción puede llegar a cambiar su vida. Juan Carlos Gomi, en su reseña publicada en La Vanguardia, señala que

“el libro arranca con un accidente mortal de tráfico que recorre toda la historia y que se deja acompañar por canciones de Tom Waits -“Martha”, que da título a la novela-, Los Rodríguez, Van Morrison, Bruce Springsteen, Extremoduro e, incluso, el popular pasodoble “Paquito, el Chocolatero. Esta banda sonora sirve de fondo para una historia de amor, llena de ideales, malentendidos y capítulos sin cierre que vuelven, una y otra vez, sobre el protagonista, Javi, un joven incapaz de decir “te quiero” a la persona que realmente ama y que trata de cicatrizar esta herida con el poder sanador de la música”.

Israel Pastor, autor del blog Mis 31 canciones, ha confeccionado una lista de spotify (aquí la tenéis) con todas las canciones (cuarenta y una) que “suenan” en la novela de Fernando Navarro; además de los artistas anteriormente mencionados, también aparecen canciones de otros como Nacha Pop, Oasis, Gram Parsons, Bob Dylan, The Beach Boys, Barricada, Jeff Buckley, Radio Futura, Burning o El Último de la Fila, por mencionar sólo algunos. Por supuesto, la lista está encabezada por “Martha”, uno de los primeros temas grabados por Tom Waits, ya aludido en junio de 2016, en una entrada que dedicamos a la canción “Ol’ 55”; ambas canciones forman parte del mismo álbum, el titulado “Closing Time” (1973), el primer Lp que grabó Tom Waits. Este álbum es una verdadera delicia; tiene doce canciones, entre el folk, el jazz y el rock, que cuentan historias de amor, desamor o libertad, con un exquisito soporte musical construido con instrumentos como el piano, la guitarra, la trompeta, el cello y, por supuesto, con la voz inconfundible de Tom Waits, cuando aún no era ese rugido cavernario que acabó adquiriendo con el paso de los años. Ya lo pudimos comprobar con “Ol’ 55”, han sido muchos los artistas que han versionado canciones de este álbum: Eagles, The Beat Farmers, Screamin’ Jay Hawkins, Bat For Lashes o Bon Jovi; en el caso concreto de “Martha”, el tema ha sido interpretado por músicos como Meat Loaf, Bette Midler o Tim Buckley, tal vez la versión más famosa de todas. Esta bella balada (aquí podéis ver la letra en inglés y español) nos presenta a dos protagonistas: Martha y Tom Frost; éste último, después de cuarenta años sin saber nada de su viejo amor, descuelga el teléfono y hace una llamada para hablar con ella de los viejos tiempos, de sus vidas actuales y para decirle que aún continúa enamorado de ella. Hay quien dice que esta fórmula de la conversación telefónica fue la misma que empleó Adele, incluso con algunas frases similares, para su tema “Hello”; al parecer, algunos la acusaron de plagio, aunque la verdad es que no veo ningún parecido entre ambos temas, al menos desde el punto de vista musical.

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Manu Chao / Playing for Change / Lila Downs. “Clandestino”

“La inmigración es como un río que fluye, pero si el río deja de fluir, el agua se estanca, y el agua estancada se ensucia” (Manu Chao, consultado en Wikipedia)

El pasado 2 de julio tuve el privilegio de ver en directo a Lila Downs en el Teatro Rialto de Madrid, una artista de la que ya os hablé en una entrada anterior. Aquel día interpretó, entre otras canciones de su repertorio, una versión del conocido tema de Manu Chao “Clandestino”; lo podéis ver y escuchar en el tercer vídeo destacado de hoy, y también os percataréis de algunos cambios en la letra, probablemente con el fin de ajustar más la canción al ámbito geográfico habitual de Lila Downs. Esta versión ha sido incluida en su último disco de estudio (“Al Chile”, 2019), en el que también ha colaborado Norah Jones. Nuestra canción de hoy, y el disco homónimo en el que está contenida, ha sido noticia recientemente con motivo del relanzamiento de este álbum, inicialmente publicado en 1998; entre otras novedades, se han añadido algunas canciones nuevas y se han revisado algunos temas como “Clandestino”, en el que concretamente se ha contado con la veteranísima compositora de Trinidad y Tobago Calypso Rose (aquí podéis escuchar esta nueva grabación de “Clandestino”).

Manu Chao nació en París, lugar en el que se refugiaron sus padres (Felisa Ortega, natural de Bilbao, y Ramón Chao, de Villalba -Lugo-) para huir del régimen franquista. Rodeado de intelectuales y artistas, a los catorce años ya formó su primer grupo (Join de Culasse), junto a su hermano Antoine; años más tarde formó parte del grupo de rockabillly Hot Pants, y aún se involucraría en algún proyecto musical más antes de crear, también con su hermano Antoine y su primo Santiago, el grupo Mano Negra, que inició su andadura en el Metro de París durante el año 1987, con un estilo de lo más ecléctico: rap, punk, rumba, rock, etc., y cantando en diferentes idiomas. La banda se disolvió en 1995. Tal y como nos cuenta el compañero elchayi (RockSesión), “después de que Mano Negra cerrara su camino (…), Manu Chao decide coger la mochila (como Labordeta) y se lanza a una extensa expedición por Latinoamérica con su hermano y algunos amigos muy cercanos. En su equipaje, una grabadora portátil de ocho pistas y su guitarra. Y ganas de aprender y empaparse de todo cuanto ve y escucha”. Todos estos materiales fueron recogidos en lo que sería el primer álbum en solitario del hispano-francés, titulado “Clandestino”:

“(…) un crisol de sonido que va desde la cumbia colombiana, al son brasileño, la guitarra peruana, el influjo mejicano y zapatista, lleno de cortes y samplers de grabaciones de la radio de guerrillas, de discursos del subcomandante Marcos, de gente de la calle o pasajes de televisión que van de la telenovela al fútbol, pasando por noticias del protocolo de Kioto. Influencias que incorpora a las ya trabajadas con Mano Negra, véase boogies o percusión africana, hedonismo electrónico o la canción francesa (que después explotará en ‘Siberee M’Etait Contée’, otro álbum imprescindible). Todo cantado en gran parte en castellano, pero también en francés, inglés, portugués o árabe” (RockSesion).

Canciones sencillas, breves, sin apenas pausas entre ellas, envueltas en aromas de world music y portadoras de unas reivindicativas letras que acabarían encontrando acomodo entre la sociedad; el disco llegó a vender más de un millón de copias en España, y tuvo un éxito similar en muchos países europeos y americanos. No han sido pocos los artistas de todo el Mundo que han versionado esta canción sobre la vida de los “inmigrantes ilegales” o “clandestinos”, generalmente en español aunque pertenezcan a otros idiomas y otras culturas; es el caso del español José Mercé, de la brasileña Adriana Calcanhotto, el argentino Pil Trafa, del estadounidense Eddie Berman, del francés Florent Pagny, de la italiana Fiorella Mannoia, de los también italianos Los Fastidios o del coro belga de niñas Scala & Kolacny (una versión que considero especialmente interesante). Dado el espíritu callejero que tiene la música de Manu Chao, me ha parecido obligado incluir la del colectivo Playing for Change entre las tres versiones destacadas; en este vídeo podemos ver a Manu Chao como uno más de los músicos que aparecen en esta grabación que, en mi opinión, no os deberíais perder.

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Ben & Ellen Harper. “City of Dreams”

El Folk Music Center de Claremont (California -EE.UU.-) es un lugar de encuentro para todos los amantes de la tradición musical norteamericana; es más que una tienda-museo, cuenta con una colección única de instrumentos musicales antiguos de todo el mundo, algunos bastante singulares, también ofrece clases y talleres para músicos en formación y actuaciones musicales de artistas del ámbito del folk, tanto locales como de otras zonas del país, incluso de fuera de los Estados Unidos. Fue fundado por Charles y Dorothy Chase (aquí podéis leer la historia de este establecimiento), los abuelos del cantautor y multi-instrumentista estadounidense Ben Harper, un músico con una larga carrera a sus espaldas cuya obra conocí hace poco cuando, de manera casual, me encontré con su duodécimo álbum de estudio, el titulado “Childhood Home” (2014), un trabajo realizado conjuntamente con su madre, Ellen Harper, de algún modo heredera de la tradición musical de sus padres, Charles y Dorothy Chase. He de deciros que me ha encantado este disco, humilde y sencillo en su planteamiento pero lleno de sensibilidad, probablemente muy cerca de lo que tuvieron que ser las raíces de la familia Chase en la zona conocida como Inland Empire (California). Allí creció Ben, escuchando a los grandes del folk, del soul, del country, del reggae, del jazz o del rock, y tocando la guitarra siendo apenas un niño en la tienda de sus abuelos maternos; a los doce años dio su primer concierto y a comienzos de los noventa inició su carrera discográfica con el álbum “Pleasure and Pain” (1992), realizado conjuntamente con el músico folk Tom Freund. Como os venía diciendo, “Childhood Home” (2014) es un disco bellísimo, un homenaje al folk de la costa oeste, totalmente acústico, que a mí me ha parecido emocionante, sobre todo al escuchar canciones como la propuesta para hoy, la nostálgica “City of Dreams” (aquí podéis ver a ambos interpretándola en directo), compuesta por Ellen Harper al igual que otras de este disco, como “Farmer’s Daughter”, “Altar of Love” o “Break Your Heart”; el resto son obra de su hijo Ben. Dicen de Ben Harper que “sus letras abordan temas como la paz, Dios y la religión, el medio ambiente o la política”; espero descubrirlo por mí mismo, y una ayudita no me vendría mal, tal vez alguno de vosotros que conozca mejor su obra me podríais indicar por dónde continuar.

Joaquín Sabina / Antonio Flores / Porretas. “Pongamos que hablo de Madrid”

Hace algunos meses Íñigo Errejón se mostraba partidario de sustituir el himno oficial de la Comunidad de Madrid, compuesto por Pablo Sorozábal Serrano y Agustín García Calvo, por la canción de Joaquín Sabina “Pongamos que hablo de Madrid”; así lo explicitó y defendió en Onda Cero: “No hay madrileño que no se emocione con esa canción y esa sí que nos la sabemos”. No voy a entrar a polemizar sobre la idoneidad de la propuesta; a una España tan crispada y turbia en lo político sólo le faltaba que los blogs de música también entraran en disputas ideológicas. Sin embargo, no me es difícil comprender por qué Errejón entendió que esta melodía podría representar a los madrileños; llevo toda mi vida en esta ciudad, aquí nacieron mis padres, mis hermanos y yo, y todos nos sentimos orgullosos de nuestra procedencia, pero no hace falta ser de aquí para amar y ser amado por esta ciudad. Casi todos la queremos a pesar de sus imperfecciones o, más bien, precisamente por eso, porque es un lugar deliciosamente imperfecto, que puedes amar y odiar incluso en un mismo día debido a sus interesantes contrastes y, también, por esa opción que nos da para poder vivirla con cierta hostilidad y pausado desenfreno, algo que está a disposición de todos los que quieran acercarse para disfrutar de ella o sufrir sus incomodidades.

Como bien supo plasmar Sabina -jienense de cuna pero madrileño de adopción y corazón-, Madrid es ciudad de contrastes, un lugar “donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo”, donde puedes dejarte “la vida en sus rincones” tratando de buscar esas estrellas que “se olvidan de salir”; un enclave mágico, en el que “el deseo viaja en ascensores” y “los pájaros visitan al psiquiatra”; una ciudad difícil para los que vivimos en ella, con jeringuillas en los lavabos y la muerte viajando en ambulancias blancas. Sabina no dudó en terminar este tema con la siguiente estrofa: “Cuando la muerte venga a visitarme que me lleven al sur donde nací, aquí no queda sitio para nadie, pongamos que hablo de Madrid”. Con estos versos apareció publicada en su segundo álbum de estudio (“Malas Compañías”, 1980) y en el disco “La Mandrágora” (1981), grabado en directo junto a Javier Krahe y Alberto Pérez, acompañados del guitarrista Antonio Sánchez, precisamente el coautor de “Pongamos que hablo de Madrid”, como el propio Sabina reconoce al comienzo del tema:

“Esta canción se llama Pongamos que hablo de Madrid, y es una historia de amor y odio a una ciudad invisible pero insustituible. Es una letra que yo hice según la melodía de Antonio Sánchez, que es este chico (…)”.

En ese mismo año 1981, Antonio Flores grabó una excelente versión, más rockera, por supuesto con la estrofa final anteriormente aludida, que fue grabada en su disco titulado “Al Caer el Sol”. Con el paso del tiempo, Sabina decidió cambiar el final de la canción (aquí o aquí lo podéis escuchar), tal vez porque llegó un momento en que ya no sentía lo que cantaba, porque a nadie se le obliga a amar Madrid, simplemente sucede: “Cuando la muerte venga a visitarme no me despiertes, déjame dormir. Aquí he vivido, aquí quiero quedarme. Pongamos que hablo de Madrid”. Se han hecho versiones acústicas (Revolver), pop (Rosario), rock (Alhandal, Los Lebreles), latinas, de orquesta, flamencas (Enrique Morente, Carmen Linares), incluso pensadas para bebés (Nico Infante), sin embargo no podía dejar fuera del trío de cabecera a la realizada por Porretas, una banda de rock y punk rock creada en los años ochenta (aún en activo) procedente del barrio de Hortaleza (Madrid), precisamente el que da nombre al distrito en el que actualmente resido.

Felicidades para todos los Isidros, para todos los que se sientan madrileños y para todos aquellos que, aún viviendo en Madrid, sufren en esta imperfecta ciudad de la que -estoy seguro- se acabarán enamorando.

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Loreena McKennitt. “Tango to Evora”

 

Las Noches del Botánico”, evento musical que está convirtiéndose en imprescindible para quienes buscamos el frescor de la música en las calurosas noches del verano madrileño, acaba de publicar su programa de actuaciones; desde hoy sabemos que dos días estarán dedicados a Loreena McKennitt. Esta canadiense de ascendencia escocesa e irlandesa es una de las figuras más destacadas de la música celta y la “world music“. Tal y como ella misma señala en su web oficial, nació en una zona rural de Manitoba (Canadá), hija de una enfermera y de un comerciante de ganado; decidida a cursar los estudios de Veterinaria, abandonó la idea cuando conoció la música celta en la década de los setenta, viajó a Irlanda para conocerla mejor y aprendió a tocar el arpa céltica, sin duda influenciada por el gran maestro, el bretón Alan Stivell, al que ya tuvimos aquí en una vieja entrada publicada en 2014. Regresó a Canadá y comenzó a tocar en las calles hasta que consiguió financiación para grabar su primer álbum (“Elemental”, 1985). Desde entonces ha publicado una decena de discos de estudio, tal vez no demasiados para una carrera tan larga como la suya; esto puede deberse, en primer lugar, al complejo proceso creativo que envuelve a cada uno de sus trabajos, en los que se documenta e investiga a fin de conseguir los sonidos y el alma de aquellas comunidades a las que homenajea con su elegante y delicada instrumentación, y con esa inconfundible voz que parece acariciar los sentimientos; y, en segundo lugar, porque Loreena es también una mujer de negocios que tiene su propia discográfica, y a quien también le interesan asuntos como la musicoterapia, las relaciones entre fisiología, espiritualidad y música, y las iniciativas cívicas, caritativas y filantrópicas. En 1991 publicó su cuarto disco de estudio: “The Visit”; según ha comentado, porque

“Desde hace mucho tiempo considero a los impulsos creativos como una visita, una especie de bendición, quizá no tan impuesta o poseída, como esperada, para la que me preparo. Una especie, también, de misterio. Este disco se esfuerza por explorar algo de ese misterio”.

Concibió este disco tras visitar la exposición “Los Celtas. La primera Europa” (Palazzo Grassi -Venecia-), donde había piezas de arte celta procedentes de territorios como Hungría, España, Ucrania, incluso países de Asia Menor; para Loreena fue como una revelación:

“Hasta que fui a esa exposición, yo creía que los celtas provenían sólo de Irlanda, Escocia, Gales y Bretaña. Era como haber pensado siempre que en tu familia sólo existen tus padres y hermanos, para de pronto darte cuenta de que hay toda una parte de historia que es una extensión de lo que eres tú. Me sentí entusiasmada y quise saber más, por eso emprendí viaje a aquellos territorios. Esa exposición de Venecia fue para mí como una puerta que, al abrirla, me conduciría al pasado”.

El disco es una verdadera delicia, con temas tan interesantes como “Bonny Portmore”, “Greensleeves” (la leyenda dice que fue escrito por Enrique VIII), “The Lady of Shalott”, “Between the Shadows” o esa maravilla titulada “Tango to Evora”, un instrumental tarareado por Loreena que ya emociona desde que escuchamos los primeros acordes. Esta canción (aquí tenéis una versión en directo) fue compuesta por ella inicialmente como música de cabecera y cierre para el documental canadiense “The Burning Times” (1990), en el que se relatan los juicios sobre brujería en la Europa Moderna (aquí lo podéis ver).

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