Solera. “Calles del viejo París”

Solera fue un grupo español creado en 1972, con un único disco en su haber (“Solera”, 1973) y una única actuación en directo. En plena fiebre de grupos como Formula V y de las pegadizas “canciones del verano”, Solera no parecía una apuesta ganadora; ofrecían armonías vocales de calidad y sugerentes letras, un buen trabajo instrumental, unos bellos arreglos orquestales -a cargo de Rafael Trabucchelli– y un suave folk-rock que, en algunas canciones, recordaba a artistas como Crosby, Still & Nash. Se formó en Madrid, a partir de los hermanos malagueños José Antonio y Manuel Martín, que ya habían grabado algún disco folk como dúo; del bajista y guitarrista José María Guzmán, músico que ya había acompañado a artistas como Micky o Karina; y del guitarrista Rodrigo García, que había formado parte de la banda colombiana Los Speakers y, cuando regresó a España, de Los Pekenikes. La mala relación que, casi desde el principio, tuvieron Rodrigo y Guzmán con los hermanos Martín precipitó la ruptura de la banda y propició la creación de otra nueva; a ella se incorporaron Juan Cánovas y Adolfo Rodríguez para constituir el cuarteto denominado Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, grupo que ya ha tenido cabida en este blog, cuando hablamos del tema “Señora Azul”. Os dejo el punto de vista de José María Guzmán y de Rodrigo García respecto de lo que fue el final de Solera y el inicio de Cánovas, Adolfo, Rodrigo y Guzmán:

“Sólo llegamos a tocar una vez en directo, pues la subsistencia con el grupo era imposible. También la compañía [Hispavox] dejaba mucho que desear, dado que la promoción iba siempre dirigida a los artistas consagrados (…) El álbum (…) se hizo a nuestro gusto totalmente, apoyado por el productor de moda en ese momento, Rafael Trabucchelli, persona grata que nos dejaba hacer, refunfuñando de vez en cuando y elaborando a conciencia los fondos orquestales, como solía llamarlos. Solera duró exactamente un año. Las relaciones con los hermanos Martín se deterioraron en los primeros meses. La escisión fue al año, y por entonces Cánovas y Adolfo ya estaban libres de compromisos, así que decidimos formar un nuevo grupo, esta vez con los nombres de cada uno, idea que se me ocurrió para no tener más problemas como con Solera” (José María Guzmán, consultado en: Domínguez, Salvador (2004) Los hijos del rock. Los grupos hispanos 1975-1989. Madrid: SGAE; pág. 33).

“El germen de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán fue Solera, absolutamente. La impuntualidad en los ensayos creó una crisis, porque, al hilo de nuestra juventud, la seriedad era algo que nos parecía esencial. Guzmán y yo hablamos entonces con Trabuchelli y le dijimos que íbamos a buscar reemplazos y pensábamos tirar hacia adelante. Él nos dijo: ‘vale os espero’. Acto seguido, le proponemos la idea a Juan Cánovas y a Adolfo Rodríguez y formamos CRAG” (Rodrigo García Blanca, consultado en el texto de Salvador Domínguez citado líneas arriba -pág. 33-).

Si aún no conocéis este disco, y os animáis a escucharlo, os va a sorprender por su calidad, frescura y sus buenas canciones, como “Tierra mojada”, “El discípulo de Merlín”, “Noche tras noche”, “Una singular debilidad” o, tal vez, las más conocidas: “Linda Prima” y la nostálgica “Calles del viejo París”, precisamente el tema con el que encabezamos esta entrada. Aquí os dejo una versión posterior de Guzmán y Cía (con la colaboración de Cánovas, Rodrigo y Adolfo), y aquí un tutorial para los que se animen con la guitarra.

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Georges Brassens / Paco Ibáñez / Loquillo. “La mauvaise réputation”

En 1979 la canción protesta apenas se escuchaba en España. Los más combativos utilizaban el rock para hablar de libertad, ecologismo o desigualdades sociales; y los más “modernos” intentaban emular al punk, el pop y la new wave de procedencia británica a través de jóvenes grupos, sin apenas formación musical, que veían estos viejos cantos reivindicativos como una reliquia del pasado, inadecuados para la explosión de libertad que estaba por llegar. Así estaba yo, mirando de reojo a Radio Futura y Kaka de Luxe, mientras escuchaba mis cintas de Asfalto, Topo o Leño. Entonces sucedió algo inesperado; una persona que entonces era muy importante para mí quiso que escuchara un disco en directo de un tal Paco Ibáñez, que había vivido exiliado en Francia durante la dictadura franquista.

Aquel álbum fue grabado en directo en la sala Olympia de París (“Paco Ibáñez A L’Olympia”, 1970); corría el año 1969 y fue todo un acontecimiento para los franceses, que ya conocían a Paco de un concierto anterior en la Sorbona, y sobre todo para la numerosa colonia de españoles que vivían en París, que no ocultaban su emoción ante aquel evento: se sentaban en el escenario, aplaudían a rabiar y no paraban de corear el nombre del cantautor durante todo el concierto. Frente a ellos, Ibáñez con una guitarra y un puñado de canciones, lo mejor de sus tres discos de estudio, cuyas letras habían sido rescatadas de entre la obra de los grandes poetas hispanos: Góngora, Quevedo, el Arcipreste de Hita, Alberti, Nicolás Guillén, Federico García Lorca, Jorge Manrique, León Felipe, Gabriel Celaya, Antonio Machado, José Agustín Goytisolo, Blas de Otero, Gloria Fuertes, Luis Cernuda y Miguel Hernández; y, junto a ellos, un poeta y cantautor francés, libertario y anarquista: George Brassens.

El tema que Paco Ibáñez eligió de este autor fue “La mauvaise réputation”, grabado y publicado en 1952 en el álbum homónimo del galo (aquí podéis ver a Brassens interpretando esta canción en directo). La historia de Brassens sobre un inconformista, a contracorriente de lo políticamente correcto (aquí tenéis la letra), fue adaptada por Paco Ibáñez, gracias a Pierre Pascal, en una letra sin ambigüedades, mucho más explícita que el original, que acabó convirtiéndose en un himno contra la dictadura franquista. La tercera versión que he querido destacar es la de Loquillo y los Trogloditas, incluida en su quinto álbum de estudio (“Morir en primavera”, 1988), aunque hay bastantes más, en diferentes estilos y por artistas de diferentes nacionalidades y culturas, como Sinsemilia, Arbolito, Bïa, Sandra Nkaké, Danyèl Waro, The Dead Brothers, Nacha Guevara, Jacinta o Sole Giménez.

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Travis Birds. “Coyotes”

El embarcadero” (2019) es una serie española original de Movistar+, un proyecto en el que también están involucradas las productoras Atresmedia Studios y Vancouver Media, que podríamos catalogar como de thriller psicológico-emocional con mucha carga erótica, al estilo de la serie estadounidense “The Affair” (2014), con la que habitualmente se compara. Uno de los aciertos de la producción hispana es la canción utilizada como cabecera, titulada “Coyotes”. Esta intensa y desgarradora melodía es obra de la cantautora Travis Birds; en su página web, se habla de “Coyotes” como una canción que “describe la evolución en las fases de una obsesión, en la que la posibilidad de conquista destroza y convierte al individuo en animal”. En una entrevista realizada el año pasado por la revista Woman, la redactora Clara Hernández pregunta a Travis Birds sobre la letra de esta canción: “¿El amor obsesivo es animal y, por tanto, incontrolable?; la respuesta nos ayuda a comprender mejor el sentimiento que subyace detrás de esta inquietante composición:

“Más que animal, te puede convertir en tu parte más animal, que es de lo que habla la canción. Es sobre el proceso que sigue una persona cuando se obsesiona por alguien hasta el punto de perder quién es él mismo para actuar solo por instinto, como los perros de caza que rastrean su presa. Es dejar de pensar si algo te conviene, perder la parte racional”.

En esta misma entrevista, y también en otras, como la concedida a los compañeros de la web Alquimia Sonora, Travis Birds nos habla de cómo se eligió este tema para “El embarcadero”, y de lo importante que ha sido para su carrera profesional:

“El tema que eligieron, ‘Coyotes’, era una canción que había subido a Instagram sin ninguna pretensión, ¡ni siquiera estaba acabada! En el vídeo yo estaba desafinada y tocaba el piano, que no es mi instrumento. La gente de The Pool Notes se encargaba de la sincronización de la música de ‘El Embarcadero’ y la escucharon, les gustó mucho y se la presentaron a los directores de la serie. Y salió adelante. La verdad es que sufrí mucho pensando que estaban enseñando el vídeo a todo el mundo, yo soy muy crítica y decía, ¡ay, Dios mío, que no está lo suficientemente bien!  Cuando la escuché luego, en la serie, terminada, fue superemocionante”.

En estas entrevistas también nos enteramos de algunas cosas relacionadas con su vida, que no son mencionadas en su página oficial, en la cual ella apenas se describe como “una mezcla entre un niño, un señor muy serio, una tarada y un escarabajo común”. Esta madrileña de Leganés, cerca de la treintena, decidió cambiarse el nombre en el año 2010; hoy día la llaman así hasta sus padres, aunque no su familia de Granada ni la “gente del pasado”, quienes la siguen conociendo por el nombre que aparece en su DNI: “un buen escondite por si algún día lo necesito”, como ella misma reconoce. Su primer single fue “Coyotes”, publicado en 2019, después salió al mercado “Madre Conciencia”, su segundo sencillo; antes había lanzado su primer y único álbum (“Año X”), aunque imagino que, tan pronto como las circunstancias lo permitan, publicará un nuevo trabajo (“La Costa de los Mosquitos”). Travis Birds también es conocida por la versión del tema de Joaquín Sabina “19 días y 500 noches”, una atrevida reinterpretación de este clásico (otro día hablaremos de ello) que fue incluida en un reciente disco en homenaje al jienense (“Ni tan joven ni tan viejo”. Tributo a Sabina”, 2019). Os dejo con “Coyotes”: aquí tenéis la versión de estudio, con su videoclip oficial; sin embargo, he preferido encabezar la entrada con un directo grabado por la emisora Radio 4G, en el que podemos ver a Travis Birds cantar este tema, sola con su guitarra, una emocionante interpretación que no os deberíais perder.

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Joaquín Sabina / Antonio Flores / Porretas. “Pongamos que hablo de Madrid”

Hace algunos meses Íñigo Errejón se mostraba partidario de sustituir el himno oficial de la Comunidad de Madrid, compuesto por Pablo Sorozábal Serrano y Agustín García Calvo, por la canción de Joaquín Sabina “Pongamos que hablo de Madrid”; así lo explicitó y defendió en Onda Cero: “No hay madrileño que no se emocione con esa canción y esa sí que nos la sabemos”. No voy a entrar a polemizar sobre la idoneidad de la propuesta; a una España tan crispada y turbia en lo político sólo le faltaba que los blogs de música también entraran en disputas ideológicas. Sin embargo, no me es difícil comprender por qué Errejón entendió que esta melodía podría representar a los madrileños; llevo toda mi vida en esta ciudad, aquí nacieron mis padres, mis hermanos y yo, y todos nos sentimos orgullosos de nuestra procedencia, pero no hace falta ser de aquí para amar y ser amado por esta ciudad. Casi todos la queremos a pesar de sus imperfecciones o, más bien, precisamente por eso, porque es un lugar deliciosamente imperfecto, que puedes amar y odiar incluso en un mismo día debido a sus interesantes contrastes y, también, por esa opción que nos da para poder vivirla con cierta hostilidad y pausado desenfreno, algo que está a disposición de todos los que quieran acercarse para disfrutar de ella o sufrir sus incomodidades.

Como bien supo plasmar Sabina -jienense de cuna pero madrileño de adopción y corazón-, Madrid es ciudad de contrastes, un lugar “donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo”, donde puedes dejarte “la vida en sus rincones” tratando de buscar esas estrellas que “se olvidan de salir”; un enclave mágico, en el que “el deseo viaja en ascensores” y “los pájaros visitan al psiquiatra”; una ciudad difícil para los que vivimos en ella, con jeringuillas en los lavabos y la muerte viajando en ambulancias blancas. Sabina no dudó en terminar este tema con la siguiente estrofa: “Cuando la muerte venga a visitarme que me lleven al sur donde nací, aquí no queda sitio para nadie, pongamos que hablo de Madrid”. Con estos versos apareció publicada en su segundo álbum de estudio (“Malas Compañías”, 1980) y en el disco “La Mandrágora” (1981), grabado en directo junto a Javier Krahe y Alberto Pérez, acompañados del guitarrista Antonio Sánchez, precisamente el coautor de “Pongamos que hablo de Madrid”, como el propio Sabina reconoce al comienzo del tema:

“Esta canción se llama Pongamos que hablo de Madrid, y es una historia de amor y odio a una ciudad invisible pero insustituible. Es una letra que yo hice según la melodía de Antonio Sánchez, que es este chico (…)”.

En ese mismo año 1981, Antonio Flores grabó una excelente versión, más rockera, por supuesto con la estrofa final anteriormente aludida, que fue grabada en su disco titulado “Al Caer el Sol”. Con el paso del tiempo, Sabina decidió cambiar el final de la canción (aquí o aquí lo podéis escuchar), tal vez porque llegó un momento en que ya no sentía lo que cantaba, porque a nadie se le obliga a amar Madrid, simplemente sucede: “Cuando la muerte venga a visitarme no me despiertes, déjame dormir. Aquí he vivido, aquí quiero quedarme. Pongamos que hablo de Madrid”. Se han hecho versiones acústicas (Revolver), pop (Rosario), rock (Alhandal, Los Lebreles), latinas, de orquesta, flamencas (Enrique Morente, Carmen Linares), incluso pensadas para bebés (Nico Infante), sin embargo no podía dejar fuera del trío de cabecera a la realizada por Porretas, una banda de rock y punk rock creada en los años ochenta (aún en activo) procedente del barrio de Hortaleza (Madrid), precisamente el que da nombre al distrito en el que actualmente resido.

Felicidades para todos los Isidros, para todos los que se sientan madrileños y para todos aquellos que, aún viviendo en Madrid, sufren en esta imperfecta ciudad de la que -estoy seguro- se acabarán enamorando.

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Bob Dylan. “Blowin’ in the Wind”

Ya lo he comentado en más de una ocasión, prefiero las versiones realizadas sobre canciones de Bob Dylan que los respectivos originales interpretados por su autor, excepto “Blowin’ in the Wind”, uno de sus temas más conocidos y versionados (habrá trescientas o cuatrocientas interpretaciones en estilos diversos), que siempre he preferido escucharlo por el propio Dylan cuando tenía veintiuno o veintidós años. Dicen que la compuso en diez minutos en un bar de Nueva York, fue en abril de 1962 y utilizó, como material de partida para inspirarse, el libro Bound for Glory, de Woody Guthrie, y una vieja canción de esclavos titulada “No More Auction Block”, algo que siempre ha reconocido Dylan, y que se hace evidente cuando comparamos ambas melodías. Fue publicada en 1963, dentro de su segundo álbum de estudio (“The Freewheelin’ Bob Dylan”), pero antes permitió que, tanto la letra como la música, fueran editadas en un par de revistas especializadas en folk: Sing Out! y “Broadside”; alguna de ellas debió caer en las manos de Lorre Wyatt, un estudiante de instituto de Nueva Jersey que, meses antes de publicarse el tema, ya lo cantaba con su grupo The Millburnaires. La revista Newsweek publicó un artículo en el que acusaba a Bob Dylan de plagio por adueñarse de una canción escrita por un estudiante; Wyatt llegó a decir que ya no podía interpretar “Blowin’ in the Wind” porque la había vendido por mil dólares, cantidad que había donado a una organización benéfica. Años más tarde, Wyatt reconoció que la historia era falsa y que, por supuesto, el autor de “Blowin’ in the Wind” era Bob Dylan (aquí podéis leer la historia con más detalle). Durante los años sesenta se convirtió en un himno del movimiento por los derechos civiles, una canción protesta que, como suele ser habitual en la obra de Dylan, no se caracteriza precisamente por su explícito mensaje; está construida en forma de preguntas retóricas en torno a asuntos como la guerra, la libertad o la paz. Esto fue lo que contó Dylan sobre “Blowin’ in the Wind” cuando dio noticia de ella en la revista Sing Out!, antes de grabarla:

“No hay mucho que decir sobre esta canción, excepto que la respuesta está soplando en el viento. No está en ningún libro o en una película o en un programa de televisión o en un grupo de discusión. Está en el viento, y está soplando en él. Muchas de estas personas me dicen dónde está la respuesta pero no voy a creerme eso. Sigo diciendo que está en el viento y al igual que un trozo inquieto de papel tiene que bajar un poco… Pero el único problema es que nadie recoge la respuesta cuando baja, por lo que no mucha gente llega a ver y saber… y luego se va volando. Sigo diciendo que algunos de los más grandes criminales son los que giran la cabeza cuando ven algo malo y saben que es malo. Solo tengo 21 años y sé que ha habido demasiados… Vosotros, gente mayor de 21, sois mayores e inteligentes”.

Ahora sí que está todo más claro, ¿verdad?

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Como os decía al comienzo de esta entrada, me encanta esta canción en la voz de un Dylan veinteañero, aunque mi opinión es bien diferente cuando uno escucha algunas interpretaciones suyas relativamente recientes que no sabría cómo calificar: con otra melodía, llenas de violines y haciendo como que canta; fijaos en éste o en éste otro vídeo ¿Sigue siendo “Blowin’ in the Wind”? ¡Ah, se me olvidaba! ¿y qué me decís de esta conocida canción de misa?