Joaquín Sabina / Antonio Flores / Porretas. “Pongamos que hablo de Madrid”

Hace algunos meses Íñigo Errejón se mostraba partidario de sustituir el himno oficial de la Comunidad de Madrid, compuesto por Pablo Sorozábal Serrano y Agustín García Calvo, por la canción de Joaquín Sabina “Pongamos que hablo de Madrid”; así lo explicitó y defendió en Onda Cero: “No hay madrileño que no se emocione con esa canción y esa sí que nos la sabemos”. No voy a entrar a polemizar sobre la idoneidad de la propuesta; a una España tan crispada y turbia en lo político sólo le faltaba que los blogs de música también entraran en disputas ideológicas. Sin embargo, no me es difícil comprender por qué Errejón entendió que esta melodía podría representar a los madrileños; llevo toda mi vida en esta ciudad, aquí nacieron mis padres, mis hermanos y yo, y todos nos sentimos orgullosos de nuestra procedencia, pero no hace falta ser de aquí para amar y ser amado por esta ciudad. Casi todos la queremos a pesar de sus imperfecciones o, más bien, precisamente por eso, porque es un lugar deliciosamente imperfecto, que puedes amar y odiar incluso en un mismo día debido a sus interesantes contrastes y, también, por esa opción que nos da para poder vivirla con cierta hostilidad y pausado desenfreno, algo que está a disposición de todos los que quieran acercarse para disfrutar de ella o sufrir sus incomodidades.

Como bien supo plasmar Sabina -jienense de cuna pero madrileño de adopción y corazón-, Madrid es ciudad de contrastes, un lugar “donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo”, donde puedes dejarte “la vida en sus rincones” tratando de buscar esas estrellas que “se olvidan de salir”; un enclave mágico, en el que “el deseo viaja en ascensores” y “los pájaros visitan al psiquiatra”; una ciudad difícil para los que vivimos en ella, con jeringuillas en los lavabos y la muerte viajando en ambulancias blancas. Sabina no dudó en terminar este tema con la siguiente estrofa: “Cuando la muerte venga a visitarme que me lleven al sur donde nací, aquí no queda sitio para nadie, pongamos que hablo de Madrid”. Con estos versos apareció publicada en su segundo álbum de estudio (“Malas Compañías”, 1980) y en el disco “La Mandrágora” (1981), grabado en directo junto a Javier Krahe y Alberto Pérez, acompañados del guitarrista Antonio Sánchez, precisamente el coautor de “Pongamos que hablo de Madrid”, como el propio Sabina reconoce al comienzo del tema:

“Esta canción se llama Pongamos que hablo de Madrid, y es una historia de amor y odio a una ciudad invisible pero insustituible. Es una letra que yo hice según la melodía de Antonio Sánchez, que es este chico (…)”.

En ese mismo año 1981, Antonio Flores grabó una excelente versión, más rockera, por supuesto con la estrofa final anteriormente aludida, que fue grabada en su disco titulado “Al Caer el Sol”. Con el paso del tiempo, Sabina decidió cambiar el final de la canción (aquí o aquí lo podéis escuchar), tal vez porque llegó un momento en que ya no sentía lo que cantaba, porque a nadie se le obliga a amar Madrid, simplemente sucede: “Cuando la muerte venga a visitarme no me despiertes, déjame dormir. Aquí he vivido, aquí quiero quedarme. Pongamos que hablo de Madrid”. Se han hecho versiones acústicas (Revolver), pop (Rosario), rock (Alhandal, Los Lebreles), latinas, de orquesta, flamencas (Enrique Morente, Carmen Linares), incluso pensadas para bebés (Nico Infante), sin embargo no podía dejar fuera del trío de cabecera a la realizada por Porretas, una banda de rock y punk rock creada en los años ochenta (aún en activo) procedente del barrio de Hortaleza (Madrid), precisamente el que da nombre al distrito en el que actualmente resido.

Felicidades para todos los Isidros, para todos los que se sientan madrileños y para todos aquellos que, aún viviendo en Madrid, sufren en esta imperfecta ciudad de la que -estoy seguro- se acabarán enamorando.

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Bob Dylan. “Blowin’ in the Wind”

Ya lo he comentado en más de una ocasión, prefiero las versiones realizadas sobre canciones de Bob Dylan que los respectivos originales interpretados por su autor, excepto “Blowin’ in the Wind”, uno de sus temas más conocidos y versionados (habrá trescientas o cuatrocientas interpretaciones en estilos diversos), que siempre he preferido escucharlo por el propio Dylan cuando tenía veintiuno o veintidós años. Dicen que la compuso en diez minutos en un bar de Nueva York, fue en abril de 1962 y utilizó, como material de partida para inspirarse, el libro Bound for Glory, de Woody Guthrie, y una vieja canción de esclavos titulada “No More Auction Block”, algo que siempre ha reconocido Dylan, y que se hace evidente cuando comparamos ambas melodías. Fue publicada en 1963, dentro de su segundo álbum de estudio (“The Freewheelin’ Bob Dylan”), pero antes permitió que, tanto la letra como la música, fueran editadas en un par de revistas especializadas en folk: Sing Out! y “Broadside”; alguna de ellas debió caer en las manos de Lorre Wyatt, un estudiante de instituto de Nueva Jersey que, meses antes de publicarse el tema, ya lo cantaba con su grupo The Millburnaires. La revista Newsweek publicó un artículo en el que acusaba a Bob Dylan de plagio por adueñarse de una canción escrita por un estudiante; Wyatt llegó a decir que ya no podía interpretar “Blowin’ in the Wind” porque la había vendido por mil dólares, cantidad que había donado a una organización benéfica. Años más tarde, Wyatt reconoció que la historia era falsa y que, por supuesto, el autor de “Blowin’ in the Wind” era Bob Dylan (aquí podéis leer la historia con más detalle). Durante los años sesenta se convirtió en un himno del movimiento por los derechos civiles, una canción protesta que, como suele ser habitual en la obra de Dylan, no se caracteriza precisamente por su explícito mensaje; está construida en forma de preguntas retóricas en torno a asuntos como la guerra, la libertad o la paz. Esto fue lo que contó Dylan sobre “Blowin’ in the Wind” cuando dio noticia de ella en la revista Sing Out!, antes de grabarla:

“No hay mucho que decir sobre esta canción, excepto que la respuesta está soplando en el viento. No está en ningún libro o en una película o en un programa de televisión o en un grupo de discusión. Está en el viento, y está soplando en él. Muchas de estas personas me dicen dónde está la respuesta pero no voy a creerme eso. Sigo diciendo que está en el viento y al igual que un trozo inquieto de papel tiene que bajar un poco… Pero el único problema es que nadie recoge la respuesta cuando baja, por lo que no mucha gente llega a ver y saber… y luego se va volando. Sigo diciendo que algunos de los más grandes criminales son los que giran la cabeza cuando ven algo malo y saben que es malo. Solo tengo 21 años y sé que ha habido demasiados… Vosotros, gente mayor de 21, sois mayores e inteligentes”.

Ahora sí que está todo más claro, ¿verdad?

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Como os decía al comienzo de esta entrada, me encanta esta canción en la voz de un Dylan veinteañero, aunque mi opinión es bien diferente cuando uno escucha algunas interpretaciones suyas relativamente recientes que no sabría cómo calificar: con otra melodía, llenas de violines y haciendo como que canta; fijaos en éste o en éste otro vídeo ¿Sigue siendo “Blowin’ in the Wind”? ¡Ah, se me olvidaba! ¿y qué me decís de esta conocida canción de misa?

Tom Waits / Rod Stewart. “Tom Traubert’s Blues (Waltzing Matilda)”

Advance Australia Fair” es el himno nacional de Australia, aunque los nacidos allí prefieren la canción “Waltzing Matilda”, que ha llegado a ser propuesta como himno oficial de este país por lo que representa de desafío de la gente humilde ante el poder establecido, incluso tiene un museo monográfico dedicado a ella en Winton (Queeensland). Fue compuesta por el poeta Andrew Barton Paterson en 1895, utilizando un inglés coloquial plagado de juegos de palabras y giros idiomáticos de carácter local; aquí tenéis una posible traducción de esta canción y aquí una explicación de lo que podría significar el título, algo así como vagabundear paseando el saco: “Matilda” es el nombre que se daba a la bolsa donde los vagabundos llevaban sus escasas pertenencias y “Waltz” es la palabra que se empleaba en la Edad Media para designar el viaje iniciático que tenían que emprender los aprendices de algún oficio, ganándose la vida con su trabajo para poder subsistir, antes de ser aceptados por el gremio. “Waltzing Matilda” cuenta la historia de un vagabundo que roba una oveja a un terrateniente para alimentarse mientras se toma un té a orillas de una laguna; el dueño del animal llama a la policía para que lo arresten, sin embargo nuestro protagonista prefiere saltar al agua y morir ahogado; mientras, su fantasma invita a todos a bailar con él y a salir a vagabundear. Es un tema amado, casi venerado, por los australianos que, como os podéis imaginar, ha tenido muchas versiones: en ésta de John Collinson podemos apreciar su esencia folk, al igual que en las interpretadas por Rolf Harris o The Irish Rovers, por poner algún ejemplo; los soldados australianos la cantaban durante la II Guerra Mundial y la Royal Australian Navy Band la toca como si fuera un himno, hasta Chubby Checker le dio un aire twist. Sin embargo, permitidme que hoy recuerde una adaptación maravillosa y una bellísima versión de ésta. A partir de la melodía tradicional, Tom Waits compuso “Tom Traubert’s Blues”, tema que incluyó en su álbum “Small Change” (1976), con una poderosa letra (aquí la podéis ver) inspirada en sus propias experiencias de abuso con el alcohol cuando vagabundeaba por Los Ángeles y Copenhague. Rod Stewart publicó una versión del tema de Tom Waits en 1992, inicialmente como single y, poco después, la incluyó en el recopilatorio “Lead Vocalist” (1993) y en el álbum en directo titulado “Unppluged … and Seated” (1993), ésta última es precisamente la versión que recogemos en el segundo vídeo destacado de hoy.

Rozalén. “Mi fe”

“Lo digo sin problema, es la pérdida de fe en la humanidad. No es a Dios, estoy jugando todo el rato con cosas de religión, pero digo claramente que me ponen triste muchas cosas del ser humano. Ahora entiendo cosas de las que hablan siempre los mayores que duelen en la vida. La frase de ‘mi padre se hace mayor’ es uno de esos momentos, en el que ves a tu padre y dices: ‘Ostras, es un abuelo’, tiene setenta y ufff, en algún momento lo voy a perder. Y luego llevo tres años sin televisión, porque el hecho de estar comiendo viendo determinadas imágenes en la tele también me parece algo súper cínico, y lo hemos asociado, todo el mundo come viendo eso y no hay problema, y no se te cierra el estómago; eso me parece muy poco humano. Y es eso, joder, ojalá volviese toda la ilusión que yo tenía de pequeña y todo lo que yo creía, porque me la habéis hecho perder”.

Así explicaba Rozalén, en noviembre de 2015, lo que había querido expresar con la canción “Mi fe”, un relato desencantado y amargo sobre la pérdida de la inocencia y la insensibilización de la sociedad actual. Esta albaceteña, nacida en 1986, es una de nuestras cantautoras en activo más valiosas por su versatilidad, sus letras y su excelente voz en cualquier registro. Aunque pueda parecer imposible en los tiempos que corren, ha conseguido el favor del público a base de calidad, riqueza melódica, sinceridad y compromiso social. Según nos cuenta Paco Cifuentes en la web oficial de Rozalén, “canta desde niña, porque su madre le cantó siempre y muy bien”; es psicóloga y máster en Musicoterapia, enseñanzas que, sin duda, ha sabido expresar en canciones que nos ayudan a sentirnos mejor. Tras trasladarse a Madrid, comenzó a actuar en salas como Libertad 8 o El Rincón del Arte Nuevo, en la calle Segovia, local del que fui asiduo durante los noventa, cuando esta cantante era una niña. En 2012 publicó su primer disco: “Con derecho a …”; tal vez algunos os acordéis del vídeo utilizado para promocionar el tema “80 veces”, en el que compartía protagonismo con Beatriz Romero, quien acercaba la canción a la comunidad de sordomudos. Ya con Sony, sacó al mercado su segundo disco (“Quién me ha visto …”, 2015), donde se incluyó “Mi fe”, la melodía protagonista de hoy; ese mismo año participó en la banda sonora de “Perdiendo el Norte”, pelicula dirigida por Nacho G. Velilla. Su tercer, y último trabajo hasta la fecha, vió la luz el 15 de septiembre del año pasado, con un título (“Cuando le río suena …”) en la línea de los anteriores, es decir, un refrán inacabado finalizado en puntos suspensivos, porque –tal y como nos cuenta la propia Rozalén– “como es evidente lo que viene, lo dejo abierto para que cada uno continúe lo que quiera, además yo en los conciertos me pinto tres puntitos debado de la raya del ojo, chorraditas”. Como os comentaba antes, “Mi fe” forma parte del álbum “Quien me ha visto …”, un disco amalgama de estilos que os recomiendo escuchéis si aún no lo habéis hecho; en él está presente el bolero (es el caso de “Berlín”, canción incluida en la ya citada “Perdiendo el Norte”), la cumbia (“Somos”), el cabaret (“Tonta”) o las fragancias del sur (“Mis palabras”). Por último, aquí tenéis una versión en directo de “Mi fe” traducida, de manera simultanea, al lenguaje de signos.

Joan Isaac. “A Margalida”

La pena de muerte en España fue abolida en la Constitución de 1978, excepto en lo relativo a las leyes penales militares, situación que no quedó corregida hasta la Ley Orgánica de 27 de noviembre de 1995. El método utilizado para ejecutar las condenas fue el garrote vil, procedimiento utilizado en nuestro país desde 1820, que consistía “en un collar de hierro atravesado por un tornillo acabado en una bola que, al girarlo, causaba a la víctima la rotura del cuello“. Los últimos ajusticiados por garrote vil fueron el anarquista catalán Salvador Puig Antich, en la Cárcel Modelo de Barcelona, y el delincuente común Georg Michael Welzel, en la de Tarragona. Murieron el mismo día, el 2 de marzo de 1974, probablemente con la intención de que el caso Welzel desviara la atención de uno de los asuntos más turbios y controvertidos a los que tuvo que hacer frente el tardofranquismo. Salvador Puig Antich formó parte del Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), una organización anticapitalista, activa a comienzos de los años setenta, que se especializó en atracos a sucursales bancarias con el objetivo de utilizar el dinero robado para editar publicaciones clandestinas y ayudar a comités de huelga y obreros represaliados. El último atraco del MIL se produjo en Bellver de Cerdanya (Lérida); la guardia civil detuvo a alguno de los atracadores y, unos días después, a otros miembros del grupo: Xavier Garriga y Salvador Puig Antich; durante el arresto se produjo un forcejeo que acabó con Puig Antich malherido y con el joven inspector Francisco Anguas Barragán muerto. Puig Antich fue acusado, juzgado en consejo de guerra y condenado a la pena capital “por la muerte de un funcionario público por razones políticas“. Al parecer, tanto en la detención como en la investigación realizada y en el juicio, hubo irregularidades y ausencia de garantías procesales. La movilización de partidos políticos y colectivos de derechos humanos europeos no sirvió de nada, Salvador fue ejecutado el 2 de marzo de 1974.

Joan Miró pintó la serie “La esperanza del condenado a Muerte” mientras Puig Antich esperaba su ejecución; en 1977 el grupo de teatro Els Joglars produjo la obra “La torna“, sobre la ejecución de Welzel como distracción del caso Puig Antich, fueron sometidos a Consejo de Guerra por esta representación; se han publicado varios libros sobre este asunto y alguna película, como la titulada “Salvador (Puig Antich)“; y, por supuesto, los músicos también se han querido ocupar de este episodio: Lluis Llach (“I si canto trist“), Loquillo (“El año que mataron a Salvador“) o Joan Isaac, autor del tema “A Margalida”, publicado en su álbum “Viure” (1977), todo un himno contra la pena de muerte donde se nos cuenta la historia desde el punto de vista de la novia de Puig Antich, a partir de la última carta que Margalida recibió de Salvador. No puedo dejar de recomendaros este vídeo, relativamente reciente, en el que Joan Isaac interpreta en directo esta melodía y, al final, explica cómo creó la canción y lo que ella representa.