Camarón / María José Llergó (con Paco Soto) / Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. «Nana del caballo grande»

El otro día me emocioné leyendo algunos pasajes de la obra autobiográfica Mi último suspiro, del cineasta Luis Buñuel. Me refiero, en concreto, a cuando el aragonés retrata a su amigo Federico García Lorca: “Brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la corbata impecable, la mirada oscura y brillante, Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse (…) Lorca me hizo descubrir la poesía, en especial la poesía española, que conocía admirablemente (…) De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil de encontrar alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama (…) En realidad, Federico murió porque era poeta. En aquella época, se oía gritar en el otro bando: ‘¡Muera la inteligencia!’” (Buñuel, Luis. Mi último suspiro. Barcelona: Debolsillo, 2012)

Buñuel conoció lo mejor de Lorca, el resto nos tenemos que conformar con su obra y su leyenda, precisamente los aspectos menos atractivos de Lorca, al menos en opinión de Luis Buñuel; con sinceridad, casi rudeza en su relato, nos recuerda que lo que nos ha llegado de Lorca es lo más imperfecto de él: “tengo que confesar aquí que la admiración que me merece el teatro de Lorca es más bien escasa. Su vida y su personalidad superaban con mucho a su obra, que me parece a menudo retórica y amanerada” (Buñuel, Luis. Mi último suspiro. Barcelona: Debolsillo, 2012). Sea como fuere, la mayoría solo podemos recordar a Lorca por su obra (tampoco hay que hacer caso a todo lo que dice Buñuel), por sus poesías, por la recuperación de las tradiciones y el folclore andaluz, y por su teatro. Dentro de este género, destaca “Bodas de sangre”, escrita en 1931 y estrenada en Madrid el 8 de marzo de 1933, en el Teatro Beatriz. Una de las partes más recordadas de esta obra es el fragmento lírico-dramático, en forma de nana, utilizado como recurso narrativo para incrementar el tono dramático de la obra. Lorca utilizó una canción de cuna popular de Granada e incluyó algunos elementos nuevos, que aportaron simbolismo y tragedia a la obra.

En 1979, Camarón de la Isla recuperó este pasaje, que tituló “Nana del caballo grande”, para su excepcional disco “La Leyenda del Tiempo”, álbum del que ya nos hemos ocupado a propósito del tema homónimo. Acompañado por músicos como Manuel Marinelli (Alameda) a los teclados o Gualberto al sitar, Camarón nos dejó una obra de arte, que recordamos en nuestra primera opción destacada de hoy. Diez años después, en 1989, volvería a grabar la canción, esta vez con apoyo de la Royal Philharmonic Orchestra de Londres y de músicos como Tomatito, Carles Benavent o Tino Di Geraldo; fue incluida en el álbum “Soy gitano”. Hay bastantes versiones de “Nana del caballo grande”; entre ellas, podemos destacar las de Carmen París (incluida en la película “La Novia”), India Martínez, Hanne Tveter, Josemi Garzón y Carmen Linares, Ricardo Fernández del Moral, Alba LaMerced, Ángeles Toledano y Paco Periago, Jorge Molero, Paco Candela, Kiko Navarro con Nuria Millán y Benji Habichuela, Bad Moon Eclipse y, por supuesto, las otras dos versiones destacadas, a cargo de María José Llergó y de Derby Motorota’s Burrito Kachimba. La de la cordobesa, una de las voces más destacadas del nuevo flamenco, es la que dejó -acompañada del guitarrista Paco Soto- en el programa de televisión “La Resistencia” (Movistar). La de los sevillanos fue incluida en el sencillo “Nana del viejo mundo” (2019); de esta excelente banda de rock psicodélico-progresivo andaluz, heredera de pioneros de este estilo, como Smash, quizás nos ocupemos en otra entrada, que intentaremos dedicar a uno de sus temas propios más conocidos.

Federico García Lorca (1898-1936)

The Great Society with Grace Slick . “White Rabbit”

Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas es la obra más conocida del matemático, fotógrafo y escritor británico Lewis Carroll. Fue publicada en 1865 y, aproximadamente un siglo más tarde, fue reinterpretada -tanto esta novela como su secuela, Alicia a través del espejo (1871)- por algunos colectivos vinculados al ámbito de la psicodelia estadounidense. Hongos y pastillas que aumentan el tamaño de las personas, líquidos desconocidos y asombrosos, alteraciones de la percepción espacial, orugas que fuman en pipas de agua, un mundo absurdo, onírico, donde lo real y lo imaginario se dan la mano en una especie de armonía, que fluctúa entre lo infantil y lo surrealista. No es extraño que, para artistas como Grace Slick, este libro fuera una fuente de inspiración en su creatividad como compositora musical, un lugar al que acudir para reivindicar las sustancias alucinógenas como vehículos para alimentar y expandir la mente. En este contexto, Grace Slick compuso una de las canciones más importantes que ha dado rock psicodélico, “White Rabbit”, un homenaje a la expansión sensorial preconizada durante aquellos años de la psicodelia y, también, un tirón de orejas a la hipócrita sociedad estadounidense, que perseguía y penalizaba el consumo de drogas, mientras alababa una obra de dudosa moralidad en esta materia como Alicia en el país de las maravillas, según la opinión de Grace.

Escribió primero la letra y, después, compuso la música en un piano vertical rojo, que le había costado cincuenta dólares y al que le faltaban algunas teclas; lo hizo influenciada por el “Bolero” de Maurice Ravel y por la interpretación que, del “Concierto de Aranjuez”, hizo Miles Davis en esa obra maestra que es “Sketches of Spain” (1960): “escribir cosas raras sobre Alicia, con el acompañamiento de una oscura marcha española estaba en sintonía con lo que sucedía en San Francisco entonces. Todos intentábamos alejarnos lo más posible de lo esperado” (Grace Slick). Los primeros en interpretar esta canción, en directo, en 1966, fueron los integrantes de la banda The Great Society, de la que formaba parte Grace Slick, junto con otros músicos, como su marido (Jerry Slick -batería-) o el hermano de éste (Darby Slick -guitarra-). Esta formación californiana tuvo una vida efímera como banda (1965-1966); se separaron cuando Grace decidió unirse a otro grupo: Jefferson Airplane, poco tiempo después se separaría de Jerry. Para entonces, sólo habían publicado un single, “Someone to Love”, que Grace aportaría -cambiando ligeramente el título- para un álbum de su nueva banda, el muy conocido “Surrealistic Pillow” (1967). En este disco también se incluyó “White Rabbit”.

Desde luego, ésta es la versión más conocida de este clásico de la psicodelia, la primera grabación que tuvo este tema, incluso participaron con ella en el Festival de Woodstock (de la versión de Jefferson Airplane se ha ocupado la compañera Eva, en su blog Canciones robadas). Sin embargo, como comentábamos anteriormente, “White Rabbit” ya había sido interpretado antes por The Great Society en vivo. No fue publicado en un disco hasta 1968, cuando salió al mercado el trabajo en directo titulado “Conspicuous Only in Its Absence”, cuando ya se había disuelto la banda. Ésta es, precisamente, la versión que hoy os propongo, mucho más larga que la de Jefferson Airplane y con menor protagonismo de Grace Slick, ya que la parte cantada no comienza hasta pasado el minuto cuatro. Cuatro minutos sensacionales, con un sonido como más oriental, mayor presencia de la guitarra y el saxo, y una cadencia aún más hipnótica que la de la versión canónica.

Christopher Cross. “Never Be The Same”

Un primer disco brillante y exitoso puede ser el mejor trampolín para un músico, siempre y cuando sea capaz de superarlo o, cuanto menos, igualarlo. En 1979 se publicaba el álbum titulado “Christopher Cross”, con el que debutaba el cantautor estadounidense (nacido en San Antonio -Texas-) Christopher Charles Geppert, conocido con el nombre artístico de Christopher Cross. Antes de grabar este disco se ganaba la vida tocando en bares y locales, generalmente versiones, junto con sus compañeros y amigos de la adolescencia: Andy Salmon (bajo) y Rob Meurer (teclados), que conformaban la banda Flash, en la que Christopher cantaba y tocaba la guitarra. Un instrumento que ejecuta bastante bien, no en vano, según he podido leer, sustituyó a Ritchie Blackmore en un concierto de Deep Purple, durante 1970, cuando el guitarrista de esta banda enfermó. En 1979, Cross fue contratado como solista para el sello Warner, donde grabó el disco que comentábamos anteriormente y varios sencillos que se extrajeron de este álbum. En mitad de la portada aparecía un pelícano, este recurso acabaría siendo la seña de identidad de este artista.

Christopher Cross” (1979) fue uno de los primeros discos de música popular grabados con tecnología digital, con el sistema de grabación 3M. Contó con la participación de músicos como Don Henley, Larry Carlton, Michael Omartian, JD Souther o Michael McDonald. Este álbum ostenta un record; ganó cuatro premios Grammy en una misma edición: mejor álbum, mejor grabación (“Sailing”), canción del año (“Sailing”) y mejor artista novel. Cross consiguió reunir, en un solo disco, un puñado de buenas canciones, sencillas, sin excesivas pretensiones y de gran riqueza melódica; en definitiva, un álbum de soft rock (hay quien denomina al estilo de Cross como “yacht rock”), en el que destacan canciones como la balada “Sailing”, “Say You’ll Be Mine”, “I Really Don’t Know Anymore”, “Ride Like The Wind” o la que hemos elegido para presentar este álbum, “Never Be The Same”, aunque podría haber sido cualquiera de las que acabo de mencionar porque todas son muy representativas del estilo Christopher Cross.

Tras este primer Lp, grabó el titulado “Another Page” (1983), en el que se incluyó una de sus canciones más conocidas: “All Right”. Aunque antes, en 1981, había lanzado al mercado la canción «Arthur’s Theme (Best That You Can Do)”, escrita por él y por Burt Bacharach, Carole Bayer Sager y Peter Allen como tema principal de la película “Arthur, el soltero de oro” (1981); esta canción obtuvo el Oscar a la Mejor Canción Original en la ceremonia de 1981. Christopher Cross nunca fue capaz de superar su primer álbum; a partir de 1984, su fama fue declinando, a pesar de que ha seguido publicando discos y ofreciendo conciertos (algo que continúa haciendo, a juzgar por la información que ofrece su página web). Para que le podáis ver en acción, os dejo tres actuaciones en directo en las que interpreta “Never Be The Same”, una de 1980, otra de 1998 y la última de 2023, en la que se puede apreciar las secuelas dejadas por el COVID que contrajo en abril de 2020.

John Fogerty / Status Quo. “Rockin All Over The World”

El 13 de julio de 1985 se celebró un evento musical, conocido como Live Aid, con el objetivo de recaudar fondos para paliar la hambruna de Etiopía. Organizado por Bob Geldof y Midge Ure, se celebró en dos sedes diferentes (Wembley Stadium -Londres- y John F. Kennedy Stadium -Filadelfia-) de manera simultánea; a esta iniciativa se sumaron conciertos en otros países del Mundo, como Japón, Yugoslavia, Austria, Australia, Alemania Occidental, Canadá y la U.R.S.S., todo ello retransmitido vía satélite por televisión. El Live Aid comenzó con el grupo británico Status Quo, concretamente con la canción “Rockin All Over The World”, todo un homenaje a los valores del R&R: energía, libertad y universalidad (aquí podéis ver y escuchar aquella histórica interpretación). Este tema había sido incluido en el décimo álbum de estudio de los ingleses («Rockin’ All Over the World», 1977), y llegó a alcanzar el número 3 en las listas de éxitos del Reino Unido. Desde entonces, “Rockin All Over The World”, generalmente en esta versión de Status Quo, ha venido utilizándose de manera habitual en el mundo del deporte, para amenizar veladas, animar estadios de fútbol y espolear a las hinchadas. En 2015 volvieron a grabar la canción, esta vez en formato acústico, incluyéndose en el álbum titulado “Aquostic Live & The Roundhouse” (aquí lo tenéis).

La autoría de este tema se atribuye habitualmente a Status Quo, no en vano ellos lo han popularizado y convertido en un símbolo del R&R. Pero, como muchos de vosotros sabréis, el tema no es de Francis Rossi y los suyos, sino de John Fogerty, el que fuera líder de la banda Creedence Clearwater Revival, formación californiana que ya ha aparecido en este blog en anteriores ocasiones, al igual que Status Quo. El tema fue incluido en su segundo disco en solitario (“John Fogerty”, 1975). Recordemos que este músico inició su andadura en solitario hacia 1972, cuando se disolvió la Creedence; en 1973 lanzó al mercado su primer álbum, bajo el epónimo The Blue Ridge Rangers, aunque fue él quien produjo, arregló y tocó todos los instrumentos, al igual que sucedió con su siguiente trabajo, el ya mencionado “John Fogerty” (1975). Según ha manifestado en alguna entrevista, Fogerty siempre ha llevado bien el hecho de que la canción sea más conocida en la versión de Status Quo; ha llegado a reconocer que el éxito de los británicos apareció durante un momento difícil de su vida, aquello le ayudó a sentirse mejor y no le importaba que mucha gente pensara, erróneamente, que el tema era de Status Quo.

“Rockin All Over The World” es un tema bastante versionado, a menudo por músicos no excesivamente conocidos; aunque otros más renombrados, como Bruce Springsteen o Bon Jovi, lo han tocado en alguno de sus conciertos, de la misma manera que el propio John Fogerty (aquí os dejo un directo del año 2010). Sin embargo, hoy sólo os voy a proponer dos versiones destacadas, ya me diréis cuál os gusta más, si el original de Fogerty o la famosísima versión de Status Quo.

Ramoncín. “Hormigón, mujeres y alcohol”

Hace algo más de treinta años, empezó a salir por televisión un compositor y cantante que lucía una capacidad oratoria verdaderamente asombrosa. Presentó el programa-concurso “Lingo”, en La2 de RTVE, colaboró en programas como “Moros y Cristianos”, “Crónicas Marcianas” y, en general, en cualquier tertulia fuera del tema que fuera, porque José Ramón Julio Márquez Martínez, más conocido como Ramoncín, era capaz de hablar y discutir sobre cualquier asunto: música, política, famoseo, problemas sociales … Y lo hacía con aplomo, apariencia de solvencia y una facilidad de palabra muy llamativa, que contrastaba con su marcado acento de barrio y una jerga cheli, que utilizaba cuando creía oportuno. Recordando así al televidente que era uno de los suyos, un humilde chico de barrio, concretamente de la madrileña calle de Canarias (entre Legazpi y Atocha), que había dejado la música para dedicarse a los espectáculos televisivos. Tal y como él mismo nos cuenta en el libro de Salvador Domínguez Los Hijos del Rock. Los grupos hispanos 1975-1989 (Madrid: SGAE, 2004), en 1973 dejó los estudios y comenzó a aprender teatro, mientras

“no paraba de escribir poemas y textos, en cualquier momento del día o de la noche, estuviese donde estuviese. Harto de ir de un local a otro buscando gente con instrumentos eléctricos o de alquilar por horas el local de Mario del Castillo, en Lavapiés, acudí a la sección de anuncios de Disco Express, y allí leí este anuncio: ‘Banda de rock necesita cantante enrollado con equipo’. Llamé y concerté una cita con el que parecía ser el líder, Jerónimo Ramiro (…) Les dije que no tenía equipo pero que estaba dispuesto a comprarlo, que tenía un montón de canciones y que quería hacer algo grande y en serio. Ellos me miraron con cara de ‘éste de qué va’ y me dijeron que sí, pero que cantase, a ver que tal” (Ramoncín en el libro de Salvador Domínguez, pág. 343).

El grupo de Jerónimo Ramiro -quien años después sería guitarrista de bandas como Santa, Ñu o Saratoga- se llamaba Siracusa, aunque Ramoncín les convencería para cambiar el nombre por el de W.C.? Así nos cuenta Jero Ramiro cómo fue su encuentro con Ramoncín:

“(…) quedé en la puerta de metro de Puente de Vallecas con un tal José Ramón Martínez, personaje que realmente me impactó por su manera de hablar, y sobre todo de vestir. Con el local de ensayo lleno de gente, se cantó un Jumpin’ Jack Flash, a la vez que se subía por la batería y se tiraba al suelo sin cortarse para nada. Le dimos el puesto al instante. Empecé a poner música a las letras que Ramoncín, como se hacía llamar, me pasaba, y así nacieron canciones como El rey del pollo frito, Rock & Roll duduá, Marica de terciopelo, etc., etc.” (Jerónimo Ramiro en el libro de Salvador Domínguez, pág. 346).

Sin embargo, pronto empezarían las discrepancias musicales entre Ramoncín y el resto de la banda; el primero más tendente al punk, el glam y la nueva ola, los segundos más cercanos al hard rock. Para colmo de males, los periodistas no llamaban al grupo W.C.?, sino Ramoncín y los W.C.? Jero Ramiro y los suyos abandonaron la formación, y Ramoncín buscó nuevos músicos para hacer frente a la grabación de su primer disco (“Ramoncín y los W.C.?”, 1978), en el que se incluyeron esas primeras canciones que, según Jero Ramiro, pertenecían a la banda original: “Un buen día el Ramoncín se fue a Barcelona a gestionar con la gente de EMI y nunca más volvió. Lo siguiente fue un disco en la calle con mis canciones, donde mi nombre no aparecía por ningún sitio y por el que, lógicamente, no cobré una peseta” (Jerónimo Ramiro en el libro de Salvador Domínguez, pág. 347). El propio Ramoncín ha reconocido este hecho como cierto: “No sería justo dejar de pasar un hecho lamentable, que me atribuyo, respecto a los derechos de cinco de mis primeras canciones. En ellas debiera haber figurado el nombre de Jero como compositor, junto al mío, y el de Carlos Michelini como arreglista. Eduardo Bort confeccionó los créditos del disco con el visto bueno de Salvador Pérez, magnate de EMI Odeon, y yo no vi el resultado hasta que estuvo publicado. Durante algunos años estuve peleando por arreglar el desmán y, por fin, el editor firmó un contrato con Jero en el que pagaba la parte correspondiente de sus derechos” (Ramoncín en el libro de Salvador Domínguez, pág. 345).

Con este disco, Ramoncín iniciaba una polémica carrera musical, bajo el apodo de “El rey del pollo frito”; así sería conocido entre el público, a raíz de una canción con ese título que Ramoncín interpretaba en primera persona, cuando en realidad iba dirigida a un jefe de la discográfica CBS. En 1978, en un concierto celebrado en Madrid, comenzó a arrojar huevos a los asistentes; utilizando sus propias palabras, “personajes y personajillos de la radio y los medios con sus mujeres vestidas de largo, los amiguetes de todos los ejecutivos de EMI, y toda clase de individuos traídos de ‘provincias’ para ver el nuevo ‘fenómeno musical’” (Ramoncín en el libro de Salvador Domínguez, pág. 350). Desde ese momento, el público de Ramoncín debió considerar que eso de los “huevazos” era algo muy punk y, a partir de entonces, recibían al cantante con una lluvia de huevos en el escenario.

Después de este primer disco, Ramoncín publico los titulados “Barribajero” (1979) y “Arañando la ciudad” (1981), uno de sus mejores trabajos, en el que se recogen temas tan conocidos de su repertorio como “Putney Bridge”, “Reina de la noche”, “Ángel de cuero” u “Hormigón, mujeres y alcohol”, también conocida como «Litros de alcohol» (aquí tenéis la versión de estudio), nuevamente recogida en el disco en directo “Al límite: Vivo y salvaje” (1990), con el que Ramoncín se despidió de su parroquia para dedicarse a la tele; es la versión con la que encabezamos esta entrada. Para terminar, os dejo otras dos interpretaciones en directo de esta canción, una sencilla justificación del alcoholismo como atenuante ante la incapacidad de amar, la típica canción de los ochenta que, en la actualidad, sería políticamente incorrecta; la primera es del año 1984, la otra bastante más reciente, de 2024; también os dejo la versión de Sangtraït y Ramoncín, que formó parte del disco de los catalanes titulado “Entre amics” (2003).