Ramoncín. “Hormigón, mujeres y alcohol”

Hace algo más de treinta años, empezó a salir por televisión un compositor y cantante que lucía una capacidad oratoria verdaderamente asombrosa. Presentó el programa-concurso “Lingo”, en La2 de RTVE, colaboró en programas como “Moros y Cristianos”, “Crónicas Marcianas” y, en general, en cualquier tertulia fuera del tema que fuera, porque José Ramón Julio Márquez Martínez, más conocido como Ramoncín, era capaz de hablar y discutir sobre cualquier asunto: música, política, famoseo, problemas sociales … Y lo hacía con aplomo, apariencia de solvencia y una facilidad de palabra muy llamativa, que contrastaba con su marcado acento de barrio y una jerga cheli, que utilizaba cuando creía oportuno. Recordando así al televidente que era uno de los suyos, un humilde chico de barrio, concretamente de la madrileña calle de Canarias (entre Legazpi y Atocha), que había dejado la música para dedicarse a los espectáculos televisivos. Tal y como él mismo nos cuenta en el libro de Salvador Domínguez Los Hijos del Rock. Los grupos hispanos 1975-1989 (Madrid: SGAE, 2004), en 1973 dejó los estudios y comenzó a aprender teatro, mientras

“no paraba de escribir poemas y textos, en cualquier momento del día o de la noche, estuviese donde estuviese. Harto de ir de un local a otro buscando gente con instrumentos eléctricos o de alquilar por horas el local de Mario del Castillo, en Lavapiés, acudí a la sección de anuncios de Disco Express, y allí leí este anuncio: ‘Banda de rock necesita cantante enrollado con equipo’. Llamé y concerté una cita con el que parecía ser el líder, Jerónimo Ramiro (…) Les dije que no tenía equipo pero que estaba dispuesto a comprarlo, que tenía un montón de canciones y que quería hacer algo grande y en serio. Ellos me miraron con cara de ‘éste de qué va’ y me dijeron que sí, pero que cantase, a ver que tal” (Ramoncín en el libro de Salvador Domínguez, pág. 343).

El grupo de Jerónimo Ramiro -quien años después sería guitarrista de bandas como Santa, Ñu o Saratoga- se llamaba Siracusa, aunque Ramoncín les convencería para cambiar el nombre por el de W.C.? Así nos cuenta Jero Ramiro cómo fue su encuentro con Ramoncín:

“(…) quedé en la puerta de metro de Puente de Vallecas con un tal José Ramón Martínez, personaje que realmente me impactó por su manera de hablar, y sobre todo de vestir. Con el local de ensayo lleno de gente, se cantó un Jumpin’ Jack Flash, a la vez que se subía por la batería y se tiraba al suelo sin cortarse para nada. Le dimos el puesto al instante. Empecé a poner música a las letras que Ramoncín, como se hacía llamar, me pasaba, y así nacieron canciones como El rey del pollo frito, Rock & Roll duduá, Marica de terciopelo, etc., etc.” (Jerónimo Ramiro en el libro de Salvador Domínguez, pág. 346).

Sin embargo, pronto empezarían las discrepancias musicales entre Ramoncín y el resto de la banda; el primero más tendente al punk, el glam y la nueva ola, los segundos más cercanos al hard rock. Para colmo de males, los periodistas no llamaban al grupo W.C.?, sino Ramoncín y los W.C.? Jero Ramiro y los suyos abandonaron la formación, y Ramoncín buscó nuevos músicos para hacer frente a la grabación de su primer disco (“Ramoncín y los W.C.?”, 1978), en el que se incluyeron esas primeras canciones que, según Jero Ramiro, pertenecían a la banda original: “Un buen día el Ramoncín se fue a Barcelona a gestionar con la gente de EMI y nunca más volvió. Lo siguiente fue un disco en la calle con mis canciones, donde mi nombre no aparecía por ningún sitio y por el que, lógicamente, no cobré una peseta” (Jerónimo Ramiro en el libro de Salvador Domínguez, pág. 347). El propio Ramoncín ha reconocido este hecho como cierto: “No sería justo dejar de pasar un hecho lamentable, que me atribuyo, respecto a los derechos de cinco de mis primeras canciones. En ellas debiera haber figurado el nombre de Jero como compositor, junto al mío, y el de Carlos Michelini como arreglista. Eduardo Bort confeccionó los créditos del disco con el visto bueno de Salvador Pérez, magnate de EMI Odeon, y yo no vi el resultado hasta que estuvo publicado. Durante algunos años estuve peleando por arreglar el desmán y, por fin, el editor firmó un contrato con Jero en el que pagaba la parte correspondiente de sus derechos” (Ramoncín en el libro de Salvador Domínguez, pág. 345).

Con este disco, Ramoncín iniciaba una polémica carrera musical, bajo el apodo de “El rey del pollo frito”; así sería conocido entre el público, a raíz de una canción con ese título que Ramoncín interpretaba en primera persona, cuando en realidad iba dirigida a un jefe de la discográfica CBS. En 1978, en un concierto celebrado en Madrid, comenzó a arrojar huevos a los asistentes; utilizando sus propias palabras, “personajes y personajillos de la radio y los medios con sus mujeres vestidas de largo, los amiguetes de todos los ejecutivos de EMI, y toda clase de individuos traídos de ‘provincias’ para ver el nuevo ‘fenómeno musical’” (Ramoncín en el libro de Salvador Domínguez, pág. 350). Desde ese momento, el público de Ramoncín debió considerar que eso de los “huevazos” era algo muy punk y, a partir de entonces, recibían al cantante con una lluvia de huevos en el escenario.

Después de este primer disco, Ramoncín publico los titulados “Barribajero” (1979) y “Arañando la ciudad” (1981), uno de sus mejores trabajos, en el que se recogen temas tan conocidos de su repertorio como “Putney Bridge”, “Reina de la noche”, “Ángel de cuero” u “Hormigón, mujeres y alcohol”, también conocida como «Litros de alcohol» (aquí tenéis la versión de estudio), nuevamente recogida en el disco en directo “Al límite: Vivo y salvaje” (1990), con el que Ramoncín se despidió de su parroquia para dedicarse a la tele; es la versión con la que encabezamos esta entrada. Para terminar, os dejo otras dos interpretaciones en directo de esta canción, una sencilla justificación del alcoholismo como atenuante ante la incapacidad de amar, la típica canción de los ochenta que, en la actualidad, sería políticamente incorrecta; la primera es del año 1984, la otra bastante más reciente, de 2024; también os dejo la versión de Sangtraït y Ramoncín, que formó parte del disco de los catalanes titulado “Entre amics” (2003).

The Mars Volta. “L’Via L’Viaquez”

Miranda era una mujer católica, muy devota. Confiaba en los sacerdotes, al fin y al cabo, hablaban por boca de Dios. Vivía en un barrio pobre, muy cerca del mar, un lugar poseído por los pecados, los secretos, la moral religiosa y el miedo. Tenía una hija, Frances, que pronto se dejó seducir por la lujuria y las drogas. Entre quienes frecuentaba había un hombre de Dios, que aliviaba con Frances las pasiones que escondía bajo su sotana. Un día, las bonitas palabras que empleaba con Frances (amor, dinero, protección …) se tornaron en violación, y la hija de Miranda quedó embarazada. La Iglesia quiso sepultar este turbio asunto, valiéndose de recursos como la negación, el silencio y … el aborto. Pese a todo, Frances quiso llevar a término su embarazo. Impulsados por el odio y la ira, un grupo de hombres asesinaron a Frances cerca de un lago, un lugar que guardaba en su memoria el alma de veinticinco mujeres, veinticinco esposas asesinadas para mantener la reputación de los hombres. L’Via, hermana de Frances, fue testigo de todo: sotanas, cuchillos y la visión de su hermana ahogándose en el lago. Fue descubierta mientras huía, y sometida a una atroz amenaza: o callaba o correría la misma suerte. Así fue como L’Via cambió su apellido por L’Via Viaquez. Mientras Miranda era acusada de blasfema, histérica y enemiga de la Iglesia, su amada Iglesia, el niño que Frances llevaba en su vientre, Cygnus, logró sobrevivir y fue dado en adopción. El joven Cygnus también cedió a la tentación de las drogas, incluso se ganó la vida traficando con ellas, pero siempre sintió el vacío en su corazón. Un buen día, encontró un diario abandonado en el asiento trasero de un coche, en el que se narraba una historia de adopción parecida a la suya. Espoleado por el diario, decidió investigar su propio pasado, que terminó reconstruyendo gracias a los relatos fragmentados y las confesiones de su tía y de su abuela biológicas. Cygnus, consumido por la rabia, la culpa y la desesperación, se refugió en su adicción. Y, así, desde la confluencia entre realidad y alucinación, nació Cassandra Gemini, una especie de alter ego demoniaco deseoso de venganza, que regresó al lugar de los hechos para ajusticiar a los asesinos de su madre.

Este relato no deja de ser una ficción, eso sí, elaborada (con algo de imaginación y la ayuda de algunos “Mars Volta maniacos”) a partir de las crípticas letras contenidas en las canciones que integran el disco “Frances The Mute” (2004), del grupo estadounidense The Mars Volta, una banda a medio camino entre la psicodelia experimental y el rock progresivo del siglo XXI. Tanto de los orígenes de este grupo, como de este disco, nos hemos ocupado en una entrada anterior, dedicada al tema “The Widow”. En ella comentábamos que no es un trabajo de escucha fácil, un “álbum inquietante, agresivo, oscuro que, para algunos, puede resultar un tanto incómodo por su tono ácido, sus distorsiones y sus letras difíciles de interpretar”. Si en aquella ocasión proponíamos el tema “The Widow”, hoy os animo a que os sumerjáis en la magia de “L’Via L’Viaquez”, una canción cantada en inglés y español, con continuos cambios de estilo, como si fuera una montaña rusa de sensaciones sonoras, desde la psicodelia experimental al rock progresivo, con interludios de música latinoamericana y agresivos solos de guitarra a cargo de John Frusciante (Red Hot Chili Peppers). Finalizo con un directo de 2023, para que veáis a The Mars Volta en acción interpretando nuestra canción de hoy.

Bob Dylan / Fairport Convention / Arlo Guthrie. “Percy’s Song”

El tercer álbum de Bob Dylan se tituló “The Times They Are a-Changin’” (1964), el primero en el que sólo se incluyeron temas originales del cantautor estadounidense, que trataban de asuntos como la pobreza, el racismo o los problemas sociales, todo ello tratado con crudeza, en lo que respecta a las letras, y con sencillez, en lo concerniente a los arreglos musicales. Tal era el estado creativo de Dylan durante aquellos años, que tuvieron que descartarse algunas de las canciones que se registraron en las sesiones de grabación de este álbum. Una de ellas fue “Percy’s Song”, una hermosa balada, que no se llegó a publicar hasta 1985, en la compilación titulada “Biograph”, aunque Dylan la había interpretado en directo mucho antes, la primera vez el 26 de octubre de 1963, en el Carnegie Hall. En aquella ocasión Dylan debió afirmar -también aparece explicitado en el recopilatorio “Biograph”- que la melodía estaba basada en la canción “The Wind And The Rain”, del cantante folk Paul Clayton que, a su vez, parece ser una variante de la balada tradicional británica “The Two Sisters”, cuyo origen se remonta al siglo XVII; en ella, se narra la historia de una niña asesinada por su celosa hermana.

Utilizando el recurso del verso repetido, a modo de estribillo letánico, y de la narración en tercera persona, Dylan hace que nos zambullamos en una dura historia, quizás basada en alguien que conocía, la de un conductor condenado a noventa y nueve años de prisión por un accidente automovilístico en el que fallecieron varias personas. El narrador trata de explicar al juez que su amigo es una buena persona, incapaz de matar a nadie, y que no merece una sentencia tan severa; el juez hace oídos sordos y mantiene la pena, técnicamente de cadena perpetua. Según señalan algunas fuentes, el recurso narrativo empleado por Dylan recuerda mucho al que aparece en “Geordie”, otra balada infantil tradicional, en la que se cuenta el juicio de un héroe y cómo la amante implora por su vida.

Joan Báez interpretó “Percy’s Song” en 1967, en el documental “Don’t Look Back” (aquí tenéis la secuencia). No existen demasiadas versiones de este tema, a pesar de que me parece de los mejores de Bob Dylan, lo cual es mucho decir. Entre las existentes, destaco la del dúo sesentero Dave Waite y Marianne Segal, las de Steve Sevek, Lötsjön y, por supuesto, las dos que os propongo para acompañar el original de Dylan: la del grupo británico Fairport Convention, incluida en su excelente álbum “Unhalfbricking” (1969), del que ya hemos hablado a propósito del tema titulado “Who Knows Where the Time Goes?”; y la del cantante estadounidense Arlo Guthrie, quien incluyó esta canción en su álbum “Washington County” (1970).

Asia. “The Heat Goes On”

Los que tenéis la santa paciencia de seguir este blog, semana tras semana, habréis leído más de una vez mi punto de vista respecto de lo que fue el punk, un movimiento social, cultural y musical que apareció con el deseo de recuperar la frescura del viejo R&R y acabó como un homenaje a la provocación, la disidencia, el rechazo a lo socialmente establecido y el odio hacia el rock progresivo o hacia cualquier mecanismo que hiciera del rock un estilo complicado, pretencioso y pretendidamente culto. En esta revolución, los aristócratas del rock, grupos como Yes, Genesis, King Crimson, Camel o Pink Floyd (especialmente odiados por bandas como Sex Pistols), no lo pasaron muy bien, al igual que sucedió con otro género setentero por excelencia: el hard rock. En estas circunstancias, tanto los grupos hardrockeros como los progresivos, intentaron simplificar sus propuestas musicales, con el fin de hacerse más comerciales y llegar a un público que ya estaba paladeando el rock sencillo y sin complicaciones que proponían punkies y nuevaoleros. Bandas como Boston, Foreigner, Toto, REO Speedwagon o Asia, nuestros protagonistas de hoy, trataron de facturar un producto fundamentado en melodías reconocibles, con estribillos bien trabajados, y un sonido bien arreglado, de calidad pero sin la aspereza del rock duro o el virtuosismo del rock progresivo. Una especie de rock melódico apto para todos los públicos, también conocido como AOR (“adult-oriented-rock”), “west coast sound” o “yacht rock”. Si queréis saber más sobre este subgénero del rock, os recomiendo la entrada que dedicó Álvaro en su blog Anhelarium.

De Asia ya os hablé en un par de entradas anteriores, las dedicadas a los temas “Don’t Cry” y “Heat at the Moment”, quizás los más conocidos de esta formación, un supergrupo británico creado en 1981 por Steve Howe -guitarra- y Geoff Dones -teclados- (antiguos miembros de Yes), John Wetton -bajo, voz- (King Crimson) y Carl Palmer -batería (Emerson, Lake & Palmer). Publicaron su primer álbum (“Asia”) en 1982, con una portada diseñada por Roger Dean, el artista de referencia de Yes y otras bandas de rock progresivo. Sin embargo, de este estilo quedaba poco en este álbum; como ya comenté en aquellas entradas, el disco tuvo bastante éxito, pero fue muy criticado por la prensa especializada y por los aficionados al rock progresivo que, entonces, consideramos que este disco era una traición al género. Como ya soy mayor, detesto los prejuicios musicales y me da igual el sentimiento de pertenencia tribal, os dejo con Asia, esta vez con “The Heat Goes On”, el segundo tema incluido en la cara B del álbum titulado “Alpha” (1983), compuesto por Geff Dones y John Wetton; y con esta interpretación en directo del año 1983, para que podáis ver en acción a estos supermúsicos.

Melody Gardot. “Your Heart Is As Black As Night”

De entre las bellas artes, la música quizás sea la más popular y la más utilizada para expresar sentimientos y estados de ánimo. Existe desde siempre, ligada a ritos cotidianos como la caza, las cosechas, las celebraciones nupciales, la danza, los ritos funerarios o la curación de enfermedades. Por lo tanto, la musicoterapia es un acto atávico que, a través de distintas teorías y corrientes doctrinales formuladas a lo largo de la historia, ha llegado hasta nuestros días (Palacios Sanz, 2001).

Hoy os quiero hablar de una artista, Melody Gardot, que debe gran parte de su éxito a la musicoterapia. Nacida en New Jersey (EE.UU.), fue criada por sus abuelos; comenzó sus estudios musicales a los nueve años y, durante la adolescencia, ya cantaba en directo en locales de Filadelfia, generalmente haciendo versiones de clásicos del jazz, el pop y el rock. A los diecinueve años fue atropellada por un coche mientras montaba en bicicleta; sufrió lesiones muy graves en distintas partes de su cuerpo (cabeza, pelvis o columna); como consecuencia de ello, tuvo problemas serios de movilidad, aprendizaje, pérdida de memoria, alteraciones de la orientación temporal, fotosensibilidad e hiperacusia. Animada por un médico, abrazó la musicoterapia para tratar de restablecer su salud, tanto en lo fisiológico como en lo emocional. Empezó a escribir canciones casi al mismo tiempo que reaprendía a hablar, las tarareaba y grababa. Incluso aprendió a tocar la guitarra (la tocaba boca arriba) porque era incapaz de sentarse al piano. Optó por escuchar, componer y cantar melodías suaves, de jazz o bossanova, que cantaba en pequeños locales de Filadelfia, y grababa para su descarga a través de iTunes. En seguida llamó la atención de los especialistas musicales de su entorno y, pese a su reticencia a ir más allá de lo que para ella era una terapia, grabó su primer álbum (“Worrisome Heart”) en el año 2006; un año antes había publicado un EP con seis canciones.

El estilo de Melody Gardot se consolidó en su segundo disco (“My One And Only Thrill”, 2009), un álbum que se arrima a un exquisito jazz vocal atemporal, un tipo de música como el que podía sonar en algunos tugurios humeantes de los años cincuenta. Mientras que todas las canciones de su primer álbum fueron compuestas por ella en su totalidad, en su segundo trabajo también se incluyeron dos temas compuestos por Melody Gardot, junto al guitarrista Jesse Harris, y el superclásico “Over The Rainbow”, del que nos hemos ocupado en la versión de Eva Cassidy, otra voz excepcional, prematuramente malograda. Si estáis hasta las narices de ruidos y os queréis relajar mientras disfrutáis de la música, apagad la luz y escuchad este disco, en el que se incluyen temas tan hermosos como “Baby I’m Fool”, “If The Stars Were Mine”, “Les Etoiles” o Your Heart Is As Black As Night”, nuestra canción de hoy. Prestad atención al irresistible y sensual timbre vocal de Melody, a su voz contenida, a su fraseo, a sus silencios; todo ello envuelto en una atmósfera nostálgica, dominada por el piano, el saxo, la trompeta y el órgano. La letra es una bellísima reflexión en torno a los amores tóxicos, esos que nos hacen vibrar, con los que perdemos la cabeza cuando nos dejamos seducir por amantes de labios dulces y corazones tan negros como la noche. Finalizo con un directo de Melody Gardot interpretando este tema, para que la veáis en acción, y con una espectacular versión, a cargo de Beth Hart y Joe Bonamassa, publicada en el álbum “Don’t Explain” (2011).