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Barclay James Harvest. “Dark Now My Sky”

A pesar de no ser una de las bandas más famosas del rock progresivo clásico, Barclay James Harvest es una de mis preferidas, al igual que sucede con los Moody Blues, grupo con el que, a menudo, se les ha comparado. En una entrada anterior, dedicada al tema “Mockingbird“, incluido en su segundo disco de estudio (“Once Again”, 1971), comentaba que empezaron a tocar en 1967 y que publicaron su primer álbum (“Barclay James Harvest“) en 1970, con el sello discográfico Harvest; con esta compañía editaron sus primeros cuatro trabajos, en los que utilizaron una orquesta sinfónica de manera habitual. Después ficharían por Polydor, donde grabaron algunos de sus Lps más conocidos (“Time Honoured Ghosts”, 1975; “Octoberon”, 1976; etc.), con un sonido menos orquestal y más eléctrico. Hoy quiero prestar un poco de atención a “Dark Now My Sky”, el tema con el que estos británicos cerraron su primer disco de estudio, probablemente el más progresivo de todos los que formaron parte de este álbum, en el que el pop, la psicodelia y los arreglos orquestales son los protagonistas. Está compuesto por John Lee, guitarrista y vocalista de la banda, con arreglo orquestal debido al director musical Robert Godfrey. Tal y como indica la página web de esta formación, “Dark Now My Sky” es uno de los temas favoritos de sus seguidores y de alguno de los miembros de la banda; fue compuesto hacia 1968, aunque en una versión más sencilla, desprovista de orquesta; la introducción shakesperiana al inicio de la canción es del teclista Stuart “Woolly” Wolstenholme y la risa maniaca es de Robert Godfrey; está inspirado en la “Primavera Silenciosa”, un libro de Rachel Carson que, en 1962, trataba de advertir de los efectos perjudiciales de los pesticidas en el medio ambiente, sobre todo en las aves, y de la contaminación generada por las industrias químicas. El otro día, en otro post de este blog, conversábamos en torno a la posible diferenciación entre los términos “rock progresivo” y “rock sinfónico”; a pesar de que hay gente que defiende y justifica esta separación, a mí siempre me han parecido sinónimos. “Dark Now My Sky” me sirve muy bien para apoyar este punto de vista; el uso de la orquesta sinfónica, imprescindible en este tema, sería algo propio del rock sinfónico, mientras que la estructura es la de una suite progresiva, con continuos cambios y alternancia instrumental. Comienza con una parte recitada, poco a poco va entrando la orquesta hasta que, en el minuto 2:28, entra la guitarra eléctrica, protagonista de esta canción, que sirve de hilo conductor a lo largo de toda la melodía, a veces sola, otras veces entremezclada con la orquesta. La parte cantada hace su aparición hacia el minuto 5 y finaliza en el minuto 7:37, dando paso a un incremento épico, del que también participan los teclados (a partir del minuto 9:50). Un tema bello, melódico y emocionante, ideal para quienes deseen acercarse al rock progresivo / sinfónico.

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Triana. “Sr. Troncoso”

Ya lo he comentado en otras ocasiones, Triana es, en mi opinión, el mejor grupo de rock sinfónico que ha tenido España. En la entrada que dediqué a “Luminosa Mañana”, os hablaba de su primer y excepcional álbum, “El Patio” (1975), en el que las metáforas, las paranoias psicodélicas y la reivindicación poética de la libertad acompañaban a un rock progresivo de gran calidad, impregnado de fragancias andaluzas. Su segundo trabajo de estudio, “Hijos del Agobio” (1977), estuvo a la altura del primero, tanto en la parte musical como en las letras, en esta ocasión más explícitas, más combativas, llenas de fuerza, indignación y tormento; así nos lo ha explicado recientemente Eduardo Rodríguez Rodway, la guitarra española de Triana, uno de los tres miembros de esta legendaria banda:

“El título del disco, Hijos del agobio, es lo que éramos nosotros, hijos del dolor, la generación de la posguerra. Crecimos sin podernos ni mover. Yo iba con mi novia por Sevilla, le daba un beso y venían los municipales gritando y querían llevarme a comisaría. Esto no lo habéis vivido. Esto hay que explicarlo, la gente tiene que saber lo que se ha sufrido en este país. España nunca ha estado mejor que ahora, a pesar de que estén dando la lata el Rajoy, el otro, Maroto y el de la moto”.

Una de las señas de identidad de este Lp es su portada, obra del artista Máximo Moreno quien, según sus propias palabras, quiso representar al “Ángel caído, dueño y señor de los infiernos que lanza un grito de queja (Quejío) porque está hasta los cojones de la cantidad de mierda que le mandan, incluida la polución que les acompaña”. Luis Clemente, en su libro Triana: la historia (Sevilla: 27PAC / Madrid: SGAE, 1997), recoge una explicación del autor del dibujo algo más explícita:

“El dibujo está dividido en dos partes: portada con una escalera central por la que descienden estos personajes, mitad humanos, mitad monstruos, que al ir descendiendo los peldaños van sufriendo una transformación degradante, que dejan de ser humanos para llegar a ser monstruos. Comienza con la muerte, porque es como un infierno. Hay garras de ave, bandera americana, claro, esto era la época del fascismo, el que está masturbándose con toda la cabeza llena de poyas y los labios pintados, el que nada más que piensa todo el día en lo mismo; después está la madre patria, con su bastón y su peineta; la mujer cuerpo, que está todo el día en el gimnasio poniéndose cachas y al final acaba ahogándose ella misma; éste es el oscuro, que te da cuando menos te lo esperas; aquí está el militarista con manos de serpiente, y hay un par de guardianes; la folclórica con la estola y las tijeras para ir cortando banditas, el señorito andaluz con la estampa de la virgen en el sombrero y también va de garras; y debajo hay de todo, desde la rey hasta el sheriff pasando por el lord… este es Valera, que me vendió un jamón podrido y lo metí aquí” (consultado en el blog Triana: Discografía).

Elegir una sola canción de este excelente álbum es como pedir a un padre o una madre que señale a su hijo favorito; son ocho temas, imprescindibles en la historia de este grupo: “Hijos del Agobio”, “Rumor”, “Sentimiento de amor”, “Recuerdos de Triana”, “¡Ya está bien!”, “Necesito”, “Del Crepúsculo lento nacerá el rocío” y, por supuesto, “Sr. Troncoso”, una canción que, tal y como indica Eduardo Rodríguez Rodway, nos habla de “un aparcacoches alcohólico del Pozo Santo en Sevilla, que había sido legionario. Era un hombre muy singular, perdido, no encontraba su norte y había que ayudarlo. La canción la compuso Jesús de la Rosa y es una maravilla”. En cuanto a la parte musical, os recomiendo que, si nunca habéis escuchado “Sr. Troncoso”, os dejéis seducir por su ritmo folk, por las voces de Jesús y Eduardo, y por ese crescendo construido a base de guitarras y palmas. Aquí tenéis un interesante vídeo en el que les podéis ver ejecutando este tema en directo y, al final, Jesús de la Rosa cuenta la historia del Sr. Troncoso; en este otro les tenemos en el programa de televisión “Aplauso”; y, para finalizar, os dejo esta versión a cargo de Javier Ruibal.

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Windchase. “Glad to Be Alive”

A los australianos Windchase los conocí gracias Rockliquias, una web que os recomiendo a todos los que queráis profundizar en músicos y grupos de los setenta no excesivamente conocidos o que, en su momento, no gozaron del favor del público. Windchase es, en realidad, la continuación de una banda anterior, Sebastian Hardie, creada en Sydney durante 1967 con el nombre inicial de Sebastian Hardie Blues Band; grabaron dos discos de estudio: “Four Moments” (1975) y “Windchase”, publicado en 1976. Ese mismo año, los dos líderes de la banda, Mario Millo (guitarras, voz) y Toivo Pilt (teclados, voz), decidieron crear un nuevo grupo tomando como nombre el segundo Lp de Sebastian Hardie; la formación quedó completada con el bajista Duncan Mcguire, que sustituyó al inicialmente elegido (Doug Nethercote), y el batería Doug Bligh. En 1977 lanzaban al mercado el que, a la postre, sería el único disco de esta banda, titulado “Symphinity“. Os recomiendo que lo escuchéis entero, incluso a los que no sois muy aficionados al rock progresivo, porque se trata de un trabajo melódico, de escucha no excesivamente exigente, en el que se pueden detectar influencias de la escena Canterbury y de bandas como Camel o Barclay James Harvest. Prestad especial atención al piano con el que comienza el disco (“Forward We Ride“), a la guitarra de “Non Siamo Perfetti” y a los temas “Horsemen to Symphinity” y “Gypsy“, ambos muy del estilo Camel; el primero de ellos con alguna influencia de Santana (al menos eso me ha parecido a mí) y el segundo con un protagonismo total de la guitarra, tocada con gran sensibilidad, al modo Andy Latimer o David Gilmour. Tampoco dejéis de oír “Lamb’s Fry“, sobre todo los más progresivos, un tema excelente con influencias procedentes del jazz-rock; ni, por supuesto, la melodía que he querido destacar con el vídeo que antecede a estas palabras: “Glad to be Alive”, probablemente el corte más melódico y apto para todos los públicos, en la línea de la Barclay James Harvest de la primera etapa, al igual que la última canción (“Flight Call“). Los compañeros de Rockliquias consideran “Glad to be Alive” un tema “demasiado empalagoso”, tal vez por los arreglos sinfónicos o por las campanas que se escuchan en él, quizás por los estribillos cantados …, y probablemente tengan razón, pero de vez en cuando viene bien un dulce ¿No os parece? ¿Qué tal si lo probáis?

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Gentle Giant. “Nothing At All”

Lo comentábamos en la entrada que dedicamos al tema “Man-Erg“, de la banda Van Deer Graaf Generator, hay grupos de rock progresivo incómodos de escuchar incluso para los más fieles seguidores de este género musical. Hoy os quiero hablar de la formación británica Gentle Giant, probablemente la banda de rock progresivo menos conocida de entre las más importantes, y eso que su propuesta fue una de las más atrevidas e interesantes de cuantas aparecieron en la década de los setenta; casi todo el mundo ha oído hablar alguna vez de Yes, King Crimson o Emerson, Lake & Palmer, sin embargo sólo los amantes del rock sinfónico conocen a Gentle Giant, hay quien dice* que es “uno de los secretos mejor guardados del progresivo”. No es fácil familiarizarse con su música, francamente experimental, poco amable para el gran público, sin embargo lo que nos ofrecen es originalidad, creatividad, electicismo, atrevimiento y calidad a raudales; escuchar un disco de Gentle Giant es ir de sorpresa en sorpresa por la instrumentación utilizada, por la irrupción de elementos procedentes de otras latitudes musicales (folk, blues, jazz, música clásica, hard rock o melodías de tipo medieval) y por sus imprevisibles planteamientos. El grupo se creó en 1970, en torno a los virtuosos multi-instrumentistas hermanos Shulman (Ray, Phil y Derek), a ellos se unieron Gary Green, Kerry Minnear y Martin Smith; esta formación es la que hizo frente a los trabajos de grabación que condujeron al primer álbum de la banda (“Gentle Giant“, 1970), con una portada de las más recordadas del rock progresivo, en la que se puede ver una representación de su gigante sosteniendo con las manos a todos los integrantes del grupo; recordemos que, al parecer, ese “amable gigante” fue Robert Wadlow, el hombre más alto del que se tenía registro (medía 2,72 metros).

La canción protagonista de esta entrada es “Nothing At All”, una de las más largas de esta formación, poco dada a las clásicas suites de veinte minutos y, sin embargo, también una de las más asequibles de Gentle Giant. Por supuesto, os recomiendo que escuchéis todo el disco, donde incluso os podéis encontrar con sorpresas como “The Queen“, la última canción de este Lp, una particularísima versión del himno británico anterior a la realizada por Queen, la banda de Freddie Mercury. “Nothing At All” tiene tres partes relativamente bien diferenciadas; el tema comienza con un segmento muy melódico, como medieval-folk, con mucha presencia de voz y guitarras, que va endureciéndose con la entrada de la guitarra eléctrica; en el minuto 4:30 comienza un sorprendente solo de batería entremezclado con una melodía clásica ejecutada con teclados que, posteriormente, se acerca al jazz, esta segunda parte de la canción es brillante por cuanto batería y teclados, más que caminar de manera armoniosa, se conducen deliciosamente desarmonizados; el solo de batería finaliza hacia el minuto 7:40, momento en el que recuperamos la melodía inicial, que nos lleva hasta el final del tema.

* Díaz, Alberto & Martínez, Xavi. Discos Conceptuales. 150 títulos imprescindibles. Barcelona: Lenoir, 2011 (pág. 47).

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Jethro Tull. “Thick as a Brick”

“Thick as a Brick” es “la madre de todos los discos conceptuales”; esta es la expresión que usó Ian Anderson, líder de la banda británica Jethro Tull, cuando publicaron su quinto álbum de estudio en 1972. De esta manera respondía a los críticos musicales, que no dudaron en calificar a su anterior disco (“Aqualung”), de álbum conceptual en torno a Dios y la religión; Anderson nunca estuvo de acuerdo con esta etiqueta y, por más que se empeñó en desmentirlo, no consiguió convencer a la crítica especializada. Se propuso entonces lanzar lo que él sí consideraba un álbum conceptual, probablemente buscando el sarcasmo, la sátira y el humor inteligente -no en vano, tomó a los Monty Python como referencia- y, también, la calidad artística, literaria y musical. Su principal objetivo eran los grupos de rock progresivo, con sus mastodónticas y pretenciosas obras de minutaje extremo y, de acuerdo con Alberto Díaz (Discos conceptuales. 150 títulos imprescindibles. Barcelona: Lenoir, págs. 44-45), también quiso denunciar “la presión a la que se somete a los niños, el poco valor que se da al arte, el sinsentido de las guerras y la validez o no del sistema capitalista en general”. No es de extrañar el título que Anderson dio al álbum: “Thick as a brick”, algo así como “Denso como un ladrillo”, expresión equivalente a “Full of shit” (“Lleno de mierda”), tal vez en alusión a lo que pensaba el líder de Jethro Tull de la prensa especializada. El álbum tiene una única canción dividida en dos partes (cara A y cara B del Lp); fue compuesta por Ian Anderson, aunque en los títulos de crédito aparece el nombre de Gerald Bostock -“alias “Little Milton”-, un imaginario niño de ocho años autor de unos versos (en realidad la letra de la canción) merecedores de un premio literario, aunque finalmente fuera desposeído del título por considerar su obra irreverente y subversiva; el galardón acabó yendo a una niña, autora de una oda sobre los valores de la vida cristiana. Otra de las genialidades de “Thick as a Brick” es su portada, diseñada a modo de parodia de un diario inglés de ámbito local, con doce paginas, el ficticio St. Cleve Chronicle & Linwell Advertiser, en el que se puede ver la noticia sobre la descalificación de Gerald Bostock, una reproducción del poema en cuestión, una noticia sobre el próximo proyecto de Jethro Tull para dar música a estas rimas y, por supuesto, la información y las secciones fijas de un períodico local: artículos, concursos, anuncios, etc., todo envuelto en juegos de palabras y chistes ocultos.

A pesar de lo que pudiera parecer, “Thick as a Brick” es un álbum excepcional -para mí el mejor de esta banda-, uno de los títulos imprescindibles para todos lo que deseen incorporarse al rock sinfónico; sin duda, el disco más progresivo de Jethro Tull, una obra con cambios constantes y muy compleja en lo instrumental, plagada de instrumentos no excesivamente habituales en el rock (xilófono, violín, laúd, etc.), además de la flauta, la guitarra y los teclados, protagonistas en este Lp. A Anderson (voz, guitarra acústica, flauta, violín, saxo y trompeta) lo acompañaron Martin Barre (guitarra eléctrica, laúd), John Evan (teclados), Jeffrey Hammond-Hammond (bajo, voz) y Barriemore Barlow (batería, percusiones). En este enlace podéis escuchar una versión en directo grabada en el Madison Square Garden, con entrevista incluida a Ian Anderson; en éste, otro directo fechado en 1978; en éste otro, una versión realizada a propósito del 40 Aniversario del álbum; y, finalmente, la grabación realizada para el disco “Live in Iceland” (2012).