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Concierto de Roger Hodgson. Noches del Botánico. Madrid, 11-VII-2017

entrada rogerCuando acudes a un concierto de Roger Hodgson lo que menos te esperas es que, al entrar al recinto, suene una copla cantada en directo; la verdad es que la cantante lo hacía muy bien, su versión de “Y sin embargo que quiero”, entre flamenca e indie, me pareció bastante buena y me hizo pensar, tras echar un primer vistazo al espacio habilitado para este festival, en cuánto había cambiado este evento desde la última vez que participé en él, hace dos años, en el concierto de Imelda May. Me alegré mucho al ver que “Las Noches del Botánico” empiezan a consolidarse como acontecimiento de referencia, para todos los que amamos la música, en las sofocantes noches del verano madrileño. En las fotos que os dejo a continuación podéis comprobar el ambientazo que habían preparado: tiendas, bares, restaurantes de comida rápida tipo food truck y, por supuesto, una actuación en directo para entretener la espera y complacer a unos parroquianos más próximos a los sesenta que a los cuarenta años (los hijos que acompañan a los padres siempre bajan la media de edad en estos conciertos).

Esta vez sólo fuimos tres los que nos animamos a pagar los 49,5 euros que costaron las entradas, tres de los habituales en estos saraos: Begoña, mi hermano Carlos y quien escribe. Entramos hacia las 21:10 de la tarde, nos entretuvimos dando una vuelta y nos tomamos una cerveza; teníamos entrada sin numerar, de pista, aún así no corrimos mucho para buscar un acomodo razonable; a las 21:40 -más o menos- ya nos habíamos situado, justo a tiempo porque cinco minutos después ya no cabía ni un alfiler, hubo un llenazo total, como se puede apreciar en estas imágenes facilitadas por la organización. El concierto empezó a las 22:15 horas y finalizó hacia las 24:00 horas, sin descansos ni interrupciones de ningún tipo; comenzamos con el tema “Take the Long Way Home” y finalizamos con “It’s Raining Again”, en medio pudimos escuchar un puñado de canciones de lo mejorcito del repertorio de Supertramp (“School” -no os perdáis el vídeo grabado por mi hermano Carlos, que haría sin él en los conciertos …-, “Breakfast in America”, “The Logical Song”, “Child of Vision”, “Dreamer” -de ésta también hay vídeo-, “Fool’s Overture”, “Give a Little Bit”, algunas melodías pertenecientes a sus discos en solitario (“Death and a Zoo” o la bellísima “Lovers in the Wind”) y un par de temas inéditos (“Teach me to love again” y “The Awakening”).

No os podéis ni imaginar el aspecto jovial y saludable que tiene Roger, ni mucho menos aparenta la edad que tiene (67 años). Una taza lo acompañó toda la noche, tal vez sea ese el secreto de su eterna juventud; mi hermano dijo que la taza sólo podía contener dos cosas: té o ginebra, y me lo dijo muy convencido … Aunque parezca increíble, su voz está igual que hace treinta o cuarenta años, luciendo esos agudos y falsetes tan característicos suyos que lleva al límite, hasta ese punto de no retorno del que sólo Roger sabe salir airoso. La banda que lo acompañaba está formada por excelentes músicos; tal y como señala eldiario.es, es la habitual de Hodgson: David J. Carmenter (bajo), Bryan Head (batería), Kevin Adamson (teclados) y un canadiense llamado Aaron McDonald, imagino que de ascendencia hispana, que encandiló al público con su manera de tocar los instrumentos de viento (saxo, flauta, melódica, armónica y probablemente algún instrumento más de los que desconozco el nombre) y su disposición para todo lo que hiciera falta: teclados, voces, pandereta, etc.

Ya sé que habrá quien me diga que Supertramp aún existe, y que está capitaneado por tres de sus miembros históricos: Rick Davies, Bob Siebenberg y John Helliwell. Tras la finalización del concierto, Begoña me envió una antigua entrevista a Roger Hodgson en la que éste no oculta su malestar por los actuales Supertramp, de quienes dice son “sólo el nombre de una marca”: “Rick Davies explota como si se tratara de una empresa que cada cierto tiempo sigue explotando para sacar algo de dinero. No hay banda, son unos músicos que se reúnen para irse de gira. Ya está. La verdad es que para mí estaría todo perfecto si se limitaran a tocar sus canciones, pero me disgusta la decepción que están provocando en mucha gente cuando que va a ver un concierto de ellos y no reconocen la voz del cantante. El gran público no sabe la historia de que yo dejé el grupo y piensan que van a escucharme cantando, pero se encuentran otra cosa. Esto ocurre en todas sus giras: cada cierto tiempo, recibo una avalancha de correos electrónicos de gente enfadada y decepcionada. Y me molesta que ocurra eso con algo que fue mi creación”.

Para ser justos, he de decir que no he visto en directo a los “Supertramp oficiales”, pero también os puedo asegurar que el martes pasado yo escuché a Supertramp, a ese grupo que me acompaña desde mi adolescencia, con el que tanto he disfrutado y al que jamás pudé ver porque nunca tuve dinero para pagarme la entrada. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta del cariño con el que Roger Houdgson hace las cosas, de las horas de trabajo que debe dedicar a la música y de lo bien que prepara los directos (el sonido fue impecable, de una calidad fuera de lo común en conciertos de rock), todo encaminado a desmostrar que Supertramp es él. Visto lo visto la otra noche, a mí no me cabe ninguna duda del “quién es quién” en esta disputa.

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Roger estuvo simpático a rabiar, no paró de hablar, de reír, de piropear a nuestro país -donde dice encontrarse muy a gusto- , y al público español porque, en su opinión, “no hay público igual”. Nos invitó a dejar a un lado todos nuestros problemas durante un par de horas, y vaya si lo consiguió. Muchas gracias, Roger, por recordarnos que la buena música aún existe.

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Concierto de Madeleine Peyroux Trio. Fernán Gómez Centro Cultural de La Villa. Madrid, 23-XI-2016

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Madrid nunca ha tenido tradición de grandes festivales de jazz; es verdad que los ha habido y que durante todo el año se puede disfrutar de este género en salas de conciertos, teatros y bares con longeva tradición jazzística, como Clamores, Café Central o Café Populart, entre otros. Pero, desde hace algunos años, se viene celebrando el “Festival Internacional de Jazz de Madrid“, en el que se incluyen debates, exposiciones y, por supuesto, conciertos en distintos lugares de la capital. Aún es pronto para estar a la altura de festivales como los de Almuñécar, Donosti o Vitoria, entre otras cosas porque lo primero que tiene que hacer el de Madrid es consolidarse y no quedar expuesto al albur de nuestros gobernantes de turno.

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El pasado 23 de noviembre tuve el inmenso placer de presenciar uno de los conciertos incluidos en este festival, el de Madeleine Peyroux Trio; de esta cantante, guitarrista y compositora estadounidense ya hemos hablado aquí, a propósito de las canciones “Dance me to the end of love“, “Smile” y “J’ai deux amours“. Creo que es la segunda vez que visita Madrid, la primera fue hace unos tres años, cuando quizás era menos conocida; para esta ocasión la organización ha querido que la recibiéramos en la Sala Guirau del Centro Cultural de la Villa (Centro Fernán Gómez), un lugar perfecto para este evento, cómodo, suficientemente amplio (por supuesto, hubo lleno) y bien preparado para el sonido elegante y delicado que nos ofreció este trío. Lamentablemente, las fotografías y los vídeos estaban prohibidos, por lo que no puedo ofrecer más que una foto que pude hacer cuando se abrió el acceso a la sala y otra de mi entrada, el resto del material gráfico y videográfico que aparece en este post pertenece a otras actuaciones relativamente recientes.

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Acostumbrado a los conciertos de rock, a estar de pie durante horas, a los empujones y a la incomodidad propia de estos eventos, los butacones numerados de la sala Guirau me parecieron de ciencia-ficción. En estos conciertos no se bebe cerveza, así que acompañé la espera con la lectura del folleto que nos regalaron con todos los actos de este festival de jazz. A las 21:35 horas aparecieron Madeleine Peyroux (voz, guitarra acústica), Jon Herington (guitarra eléctrica) y Barak Mori (contrabajo); como podéis ver, una propuesta muy sencilla: tres instrumentos y la inigualable voz de Madeleine. Se situaron en formación triangular: en el vértice trasero Barak y delante de él Jon y Madeleine, ambos sentados.

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La mayor parte de los temas que sonaron pertenecen a su último álbum, “Secular Hymns” (2016), un disco de versiones con canciones pertenecientes a autores tan diferentes como Willie Dixon, Lil Green, Allen Toussaint, Stephen Foster o Tom Waits, es decir, temas de blues, folk, country y canción tradicional americana, vestidos de jazz y cantados con mucha personalidad por la que bien podría ser la heredera de Billie Holiday. Por cierto, he podido observar que, en directo, sigue conservando ese giro tímbrico parecido al de Billie, aunque quizás ya no sea tan acusado como en sus primeros discos; ahora su riqueza expresiva es mayor y, desde luego, no concibe la interpretación en los términos de desesperación trágica tan característicos en Billie Holiday.

Me sorprendió gratamente su simpatía, su buen humor y sus ganas de agradar al público; habló mucho durante la actuación, a menudo en castellano, esforzándose en todo momento por conectar con nosotros, incluso cambió la frase final del tema “J’ai deux amours”, sustituyendo París por Madrid. Además de las canciones de su último disco y de ésta que acabamos de comentar, hizo más versiones -no hay que olvidar que ésta es una de las facetas que caracterizan a esta artista-, como “Água de Beber”, de Vinicius de Moraes y Antonio Carlos Jobim, o la ya comentada “Dance me to the end of love”, de Leonard Cohen.

Excepto en un par de canciones, interpretadas en solitario por Madeleine, en el resto intervinieron Jon Herington y Barak Mori, que hicieron gala de una maestría y un buen gusto musical a la altura de las circunstancias, en ocasiones acompañando vocalmente; incluso se permitieron ejecutar, primero Jon con su guitarra y luego Barak con el contrabajo, sendos solos simultaneados con un tarareo en el que se imitaba al instrumento en cuestión, algo así como una versión actualizada de la técnica conocida como scat.

Hacía mucho tiempo que no iba solo a un concierto y, lamentablemente, no podía comentar con nadie los pormenores de la actuación; tal vez por eso estuve más concentrado y sentí la música como pocas veces. A todos nos ha pasado alguna vez que hemos desconectado en algún concierto y que sólo hemos vuelto a él cuando han empezado a aparecer los temas más emblemáticos del grupo; el pasado 23 de noviembre nunca tuve esa sensación de estar fuera, independientemente de que conociera o no las canciones. Imagino que eso es mérito de Madeleine, Jon y Barak, por eso no puedo más que agradecerles por compartir con nosotros su talento.

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Rocktiembre. Plaza de Toros de Las Ventas. Madrid, 17-IX-2016

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A comienzos de este año tuvimos la fortuna de asistir al concierto que el grupo español Asfalto dio en la Sala Penélope de Madrid (aquí podéis leer la crónica de aquel evento); en él, su líder Julio Castejón nos emplazaba para un próximo recital, a poder ser en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid o en la plaza de toros de Las Ventas. No ha hecho falta esperar un año para ver cumplido este deseo; el pasado sábado volvimos a disfrutar de esta excelente formación, creada en la década de los setenta, gracias a un ambicioso evento en el que también participaron otros grupos de aquel período, bandas que tuvieron su apogeo en una época en la que el rock llegó a ser algo importante para una España, la de la Transición, necesitada de energía, de voces críticas y comprometidas que liquidaran cualquier arrebato involucionista latente o en estado de hibernación.

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En aquel septiembre de 1978, el Sindicato de Músicos de Madrid organizó un evento en la plaza de toros de Vistalegre de Madrid conocido con el nombre de “Rocktiembre”, en el que participaron buena parte de los mejores grupos de rock que había en España: Barón Rojo, Ñu, Burning, Coz, Topo, Asfalto, Leño y Cucharada. Según relatan algunas fuentes, cada grupo se encargó de lo suyo (pegada de carteles, catering, papeleo, etc.); acudieron más de dieciséis mil personas aunque, al parecer, sólo mil pasaron por taquilla, el resto se coló en aquella fiesta, en la que algún medio calificó a los participantes como “grupos de rock bestia capaces de hacer bailar o de meter ruido en una maravillosa noche de otoño“.

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¡Rocktiembre ha resucitado! Treinta y ocho años después hemos vuelto a revivir el espíritu de aquel acontecimiento; en esta ocasión, en lugar de celebrarse en la plaza de toros de Vistalegre -en la actualidad transformada, desde el año 2001, en un edificio multiusos conocido como “Palacio Vistalegre Arena”- ha tenido lugar en la plaza de Las Ventas. Lamentablemente, hay dos grupos que no han podido participar, los Cucharada de Manolo Tena, recientemente fallecido, y los Leño de Rosendo, aunque he de decir que, hasta el último momento, todos esperábamos que apareciera para darnos una sorpresa, hubiese sido el colofón perfecto para esta gran fiesta nostálgica y de reivindicación del rock patrio.

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Estas oportunidades no se disfrutan bien en solitario, y más en esta ocasión en la que todo se prestaba a comparaciones, comentarios, chistes y anécdotas del Abuelo Cebolleta. Allí estábamos mi tocayo Raúl, mi hermano Carlos, Begoña y yo a las cinco y pico de la tarde dispuestos a entrar en este super-concierto con una duración programada de más de seis horas. No quiero aburriros con una crónica exhaustiva, probablemente la podáis leer en otros blogs o en periódicos, apenas me voy a limitar a un brevísimo comentario de cada actuación acompañado de fotografías y vídeos tomados por Carlos con la maestría que lo caracteriza, ¡muchas gracias hermano por esta fundamental aportación! Antes de que veáis este material gráfico y videográfico, os traslado algunas preguntas surgidas a partir de lo que pudimos ver y vivir, y de las conversaciones que teníamos durante el concierto; entiendo que muchas no podrán ser respondidas, otras sí; en cualquier caso resumen lo que, a nuestro parecer, fue esta inolvidable noche de rock:

1.- ¿Por qué hemos tenido que esperar treinta y ocho años para resucitar esta iniciativa? Además de a los músicos, por supuesto, ¿a quién hay que darle las gracias?

2.- Lo de los cacheos a la entrada es algo verdaderamente curioso, exento de cualquier protocolo y sometido al criterio de cada vigilante ¿Por qué a algunos les metían mano hasta llegar a sus partes más pudendas y a otros sólo les miraban los bolsos y las chaquetas? Afortunadamente yo fui de los segundos, del magreo al que le sometieron a mi hermano prefiero no hablar … ¿Qué habrá sido de aquel grupo, con las camisetas de Iron Maiden, que pretendían entrar con una nevera con ruedas?

3.- ¿Cómo narices pudimos aguantar siete horas de pie? Y lo que es aún más enigmático teniendo en cuenta lo duro del cemento y la estrechez de las plazas de asiento, ¿cómo lograron aguantar sentados siete horas los de la grada?

4.- El misterio de la tarde-noche: ¿Cómo es posible que los litros de cerveza costasen 9,5 euros y las latas de Mahou Cinco Estrellas 2,5 euros?

5.-  Misterio número dos: ¿Cómo es posible que la cola para ir a los servicios de caballeros fuera más larga que la de las señoras? Y que conste que no he querido hacer ningún juego de palabras de carácter sexual …

6.- ¿Por qué los micrófonos suenan tan poco en los conciertos de rock?

7.- Dada la edad del público y de muchos de los músicos participantes, ¿podría decirse que el rock es un género musical pre-geriátrico? ¿Es para nosotros, los que tenemos entre cuarenta y sesenta años, lo que fue para nuestros padres la copla, el flamenco o el bolero?

8.- ¿Cuál era la verdadera intención de Molina (Ñu) al tocar “El Tren”, tema emblemático de Leño creado cuando Rosendo aún pertenecía a Ñu? ¿Tal vez invocar la presencia de Rosendo en el escenario?

9.- ¿Dónde estaba Rosendo mientras se celebraba el concierto?

10.- ¿Es auténtica la espectacular melena de Molina? Y no es un juego cacofónico …

11.- La barba de Paul Castejón, hijo del líder de Asfalto Julio Castejón, es “hipster”, “ermitaña” o tirando a “homeless“. Y que conste que me gustan las tres opciones.

12.- ¿Por qué se tocó una misma canción (“Días de Escuela”) dos veces, una por Asfalto y otra por Topo? Está claro que, dada la historia de ambas formaciones, ambas tienen derecho a hacerla suya pero, ¿no hubiese sido mejor que se hubiesen puesto de acuerdo? ¿Conocía cada grupo la lista de canciones que iban a interpretar las otras bandas participantes en el evento?

13.- ¿Por qué no salieron los músicos de Barón Rojo (al menos nosotros no los vimos) en el fin de fiesta, cuando todos los grupos juntos tocaron “Sábado en la Noche”, en recuerdo del argentino Moris, otro de los elementos imprescindibles del rock hecho durante la Transición?

14.- ¿Cerró el “Cocodrilo Rock Bar“, propiedad de Johhny Cifuentes (Burning), durante el concierto? Si finalmente abrió, ¿quién puso la música?

 

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El festival, presentado por “El Pirata” y el incombustible “Mariskal Romero”, comenzó con Coz, banda en la que militaron los hermanos de Castro antes de que salieran de ella para formar Barón Rojo. Estuvieron entregados, comunicativos y sonaron bastante bien; tal vez tenían el repertorio menos conocido, de algún modo maniatado por sus éxitos “Más Sexy” y “Las Chicas son Guerreras”, y fueron los que abrieron el evento cuando el público aún estaba llegando a la plaza, lo cual tiene mucho mérito.

 

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Hacia las siete hacía su aparición Topo, banda formada en 1978 cuando Lele Laina y José Luis Jiménez decidieron abandonar Asfalto. Para mi gusto una de las mejores actuaciones de la noche por sonido, actitud, repertorio y capacidad de transmisión; la interpretación que hicieron de “Días de Escuela” fue maravillosa, sonó muy auténtica, como si aún estuviéramos en los setenta.

 

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Ñu, la banda de Molina, comenzó su actuación una hora más tarde que Topo. Y al igual que éstos últimos, estuvieron muy bien, con el jefe en plenitud de facultades, como si fuera un chaval de veinte años. Para su tema estrella, “El Flautista“, contó con la participación estelar de Judith Mateo, que encandiló a la parroquia en cuanto salió a escena con su violín. Al final pasó una cosa un poco rara, con la actuación acabada Molina intentó cantar algo con una guitarra que, al parecer, no se escuchaba, lo cierto que es que no pareció gustarle mucho y se marchó sin más. Molina en estado puro.

 

Los siguientes fueron Asfalto, con Julio Castejón al frente. Son una formación de mucha calidad; dieron el toque progresivo a la noche, sobre todo al comienzo de su actuación y estuvieron potentes e intensos; desde nuestro punto de vista subieron demasiado el sonido, lo cual no les favorecía demasiado a su estilo, a Castejón apenas se le escuchaba y, en general, sonaba todo muy grave. Me gustaron más en enero.

 

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En nuestra opinión la decepción de la noche la protagonizó Barón Rojo; nos parecieron como distantes, aparentemente poco ilusionados, el sonido eran un tanto sucio y, en ocasiones, costaba identificarlos con aquellos Barón Rojo del “Volumen Brutal”. Tampoco tocaron todos sus temás más característicos y, al menos así nos pareció a nosotros, no estuvieron en el fin de fiesta con el resto de grupos.

 

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La sensación que dio Burning fue la de grupo grande, consolidado y con todo un despliegue de medios: dos guitarristas, un bajista, dos baterías, creo que cuatro músicos en la sección de viento, un par de chicas en el coro y seguro que se me olvida alguien. Al frente de todos ellos Johnny Cifuentes (voz, teclados). No defraudaron y tocaron la mayor parte de sus grandes éxitos, aunque falto la balada “Una Noche sin ti“.

 

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El Pirata y Mariskal Romero prometieron otro concierto para el año que viene; si finalmente se celebra, no os lo perdáis. Animo a los jóvenes a que se enganchen al rock, a éstos grupos o a los que existen ahora que, aunque muchos de ellos son mioritarios y poco conocidos, se merecen también su oportunidad. No estaría mal que, en próximos eventos como éste, se fueran incorporando estas bandas, que fueran compartiendo cartel con los veteranos con el fin de que Rocktiembre tenga continuidad y siga llenando la plaza de Toros de Las Ventas, el año que viene y mientras interese la música ¡Larga Vida al Rock & Roll!

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Concierto de Asfalto. Sala Penélope. Madrid, 23-I-2016


Los tópicos viven y se alimentan de un discurso de intransigencia totalitaria que nunca me ha gustado. Sin embargo, todos nos reímos con ellos porque, en el fondo, retratan con trazo grueso una determinada realidad. Uno de esos tópicos, que escuchamos a menudo entre aficionados a la música, tiene que ver con el poco apego de los españoles hacia rock, y algo de razón hay en ello. Por supuesto que siempre ha habido -y espero que siga habiendo- buenos grupos de rock en nuestro país, pero en casi ningún período de nuestra historia reciente han liderado la escena musical española; en los años sesenta el pop consiguió acabar con la hegemonía de la copla, durante los setenta fueron los cantantes melódicos, en los ochenta y noventa triunfó de nuevo el pop -que consiguió integrar al punk y a la new wave- y en estas últimas décadas ha emergido con fuerza la canción melódica latina, el reggaeton y el fenómeno “indie”, casi siempre en un tono sosegado y lánguido poco adecuado para el rock.

Pero hubo una época, unos pocos años, en los que el rock se apoderó de la escena musical, sobre todo en algunas ciudades como Madrid y, también, en algunas zonas rurales. Este fenómeno, conocido como “rock urbano”, en el que posteriormente se integrarían algunas bandas de heavy metal, tuvo lugar durante la Transición y, de algún modo, trató de ensamblar el hard rock, el blues rock y, en menor medida, el rock progresivo con un posicionamiento comprometido, crítico y de progreso social. Era un rock cargado de letras que hablaban de política, de derechos sociales, de tristes recuerdos de la España franquista y de la necesidad de construir un país más limpio, solidario, justo y democrático. Es como si la música de Raimon, Paco Ibañez, Serrat o Lluís Llach se hubiera infiltrado en el rock casi desprovista de poesía, como si fueran cantos apasionados y desgarrados armados de un lenguaje directo y sencillo, el mismo que utilizaba la gente de la calle.

Buena parte del rock que se ha hecho en España a partir de los ochenta (Barricada, Los Suaves, Platero y tú, Extremoduro, Porretas, La Fuga, Marea y hasta los más actuales, como Pan de Higo o Rulo y la Contrabanda) deben mucho a este movimiento setentero, del que formaron parte bandas tan conocidas como Leño, Asfalto, Topo, Ñu, Cucharada, incluso Barón Rojo que, en algunos aspectos, también participaba de estos planteamientos.

El sábado 23 de enero la Sala Penélope de Madrid se vistió de gala para recibir a Asfalto, la banda más progresiva y de las de mayor calidad de todas la que conformaron el rock urbano; tal y como ellos mismos publicitaban en su página web, nos ofrecieron un viaje a la nostalgia y dos horas de rock excelente. Poco queda de aquel Asfalto primigenio, apenas su líder Julio Castejón, aunque también tuvimos el privilegio de escuchar, en 4 ó 5 canciones, a Miguel Oñate, el vocalista de Asfalto durante los años ochenta. Junto a ellos, los más veteranos, estuvieron Paul Castejón (guitarra, flauta), Nacho de Lucas (teclados), Arturo García (batería, voz) y Pablo Ruiz (bajo).

Sin duda, era una noche especial todos los que estábamos allí y, por supuesto, para los miembros de Asfalto, que iniciaban así la gira de presentación de su álbum “Antología Casual“: treinta y dos canciones que forman parte de la historia del rock español. Se vendieron todas las entradas (setecientas u ochocientas), lo que animó a organizar un nuevo evento para el día 5 de febrero en la misma sala. En esta ocasión la iniciativa para asistir al concierto vino de mi amiga Begoña, a la que también se sumaron Andrea y Óscar, dos chicos muy jóvenes, de los pocos que había en un concierto con una media de edad que superaba los cincuenta y tantos años.

La velada fue presentada por el Mariskal Romero; periodista, locutor de radio, productor, cantante ocasional y, ante todo, uno de los pilares fundamentales del rock urbano gracias a su conocido lema “Viva el Rollo”, su apoyo mediático y la creación del mítico sello discográfico Chapa, que acogió a la mayoría de estos músicos y a otros englobables en la categoría de rock progresivo. Fueron unas breves y emotivas palabras que dieron paso a Asfalto, con Julio Castejón al frente.

El concierto tuvo tres partes bien diferenciadas; en la primera tocaron, en su mayor parte, temas de sus últimos discos; en la segunda hizo su aparición Miguel Oñate que, con su entrega y buen humor -en ocasiones tal vez algo histriónico-, animó la fiesta con las canciones más representativas de su paso por este grupo; de nuevo con la formación inicial, se fueron sucediendo los grandes éxitos de sus dos primeros discos, uno detrás de otro: “Días de Escuela”, “Mujer de plástico”, “Capitán Trueno”, “Rocinante” y “Ser Urbano”, la canción elegida para cerrar el concierto; tan sólo faltó “El Viejo”, uno de los temas más entrañables y que más me gustan de Asfalto. Uno de los momentos más emocionantes de la noche se produjo al finalizar la interpretación de “Capitán Trueno”, cuando el Mariskal Romero recordó su implicación en la producción de ese tema e hizo salir al escenario a otro de los miembros históricos de Asfalto, el batería Enrique Cajide quien, visiblemente emocionado, con lágrimas en los ojos, apenas pudo aguantar unos segundos compartiendo la alegría con sus compañeros.

En lo que a la parte técnica se refiere, desde mi punto de vista, lo más deficiente fueron los micrófonos. Unicamente se escuchaba bien a Julio Castejón y a Miguel Oñate; al hijo del primero, Paul Castejón, apenas se le oía, lo mismo que al batería Arturo García, quien incluso llegó a ser el solista en una canción compuesta por él; por el contrario, el resto de instrumentos sonaron muy bien, en especial las guitarras que estuvieron a un gran nivel.

En definitiva, una preciosa y nostálgica noche de rock, disfrutada en buena compañía y rematada con cervezas, conversación tras el concierto y la compra del libro de Julio Castejón: Asfalto. Manual de Uso (Madrid: Éride, 2015), en el que su autor nos habla de todas las canciones de este gran grupo; sin duda, una lectura muy recomendable y de gran utilidad para quienes deseen conocer la historia de Asfalto. Os dejo con un vídeo de aquella noche, el momento en el que tocaron “Días de Escuela”, tal vez su tema más conocido, algunas fotos tomadas por nosotros y un deseo -el mismo que reivindicó el Mariskal Romero-: volver a ver a este grupo en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid o en la plaza de Toros de las Ventas.

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Concierto de Imelda May. Madgarden Festival. Madrid, 1-VII-2015

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Quiero comenzar esta crónica dando la enhorabuena a los creadores, promotores y patrocinadores del Madgarden Festival, una feliz iniciativa que está llenando de música la Ciudad Universitaria de Madrid durante este ardiente mes de julio. Si no estoy equivocado, este festival comenzó el año pasado, entonces tuve la oportunidad de ver Jethro Tull, uno de mis grupos preferidos de siempre (aquí podéis leer la reseña que escribí sobre aquel concierto). El programa de este año es aún mejor, de hecho, cuando lo vi por primera vez no sabía qué elegir, me quería apuntar a todo: Christopher Cross, Jorge Pardo, Jackson Browne o Michael Nyman, por citar solo algunos nombres; pero lo que más me llamó la atención fue la destacada presencia femenina: Suzanne Vega, Madeleine Peyroux, Melody Gardot, Zaz, Lila Downs e Imelda May (en esta dirección tenéis las próximas actuaciones de este festival).

Precisamente Imelda May era la encargada de inaugurar este ciclo, después de haber actuado el día anterior en Barcelona. Para esta ocasion conté con la compañía de mi hermano Carlos, que ya se había apuntado a un par de conciertos anteriores, los de Nikki Hill y Rosendo. Tras entrar al recinto, me di cuenta que había más ambiente que hace un año; además de la tienda de discos, también había otras de ropa, creo que de artesanía y un par de cocinas-furgoneta donde hacían burritos y unas hamburguesas riquísimas, que degustamos con unas cervezas servidas en ¡vaso de plástico! (lo peor que puede existir en materia cervecera). Mientras comíamos escuchamos al grupo telonero, Lucky Dados + The Border Horns, una entusiasta banda de rockabilly con la que, en principio, no contábamos ninguno de los que estábamos allí. El público era de lo más variopinto, desde chicas con una estética a medio camino entre lo pin-up y lo rockabilly, hasta familias con hijas adolescentes que no querían perderse a la estrella irlandesa.

Imelda May y su grupo salieron al escenario a las diez menos cuarto, aproximadamente, y estuvieron actuando durante una hora y tres cuartos sin interrupciones ni descansos de ningún tipo. Me sorprendió gratamente el sonido; claro, sin distorsiones, con un óptimo ajuste para cada instrumento y, por supuesto, para la voz de Imelda. La calidad de los músicos fue lo siguiente que todos pudimos apreciar; Al Gare (bajo eléctrico y contrabajo), Darrel Highman (guitarra), Dave Priseman (trompeta, percusiones, guitarra) y el portentoso Steve Rushton (batería) son la banda ideal para una de las voces con mayor personalidad que existen hoy día en el panorama musical. Esta es la formación habitual, sin embargo Darrel Highman (marido de Imelda) no fue el guitarrista de este concierto, al menos eso creo.

Imelda May es guapa, sexy, simpatica (estuvo muy habladora y comunicativa toda la noche) y su manera de cantar es de las que cautivan desde el minuto uno. Casi siempre está afinada, maneja el vibrato como nadie y casi de manera imperceptible, sus graves son poderosos y seductores y, cuando desgarra su voz, lo hace como si apenas le costara esfuerzo. Las baladas las canta con gran sentido del tempo y enorme sensibilidad, de hecho, escuchándola pensaba en que debería publicar un disco con clásicos de esta índole, al estilo de aquel “The End of the World” que grabara en su primer album. No tuvimos la suerte de escuchar este tema, ni tampoco otras de sus versiones clásicas, “Tainted Love”, pero el repertorio que nos ofreció fue excelente, con la mayor parte de sus mejores temas, generalmente compuestos por ella misma, que interpretó a un gran nivel (en esta crónica podéis ver algunos de los títulos que interpretó y unas magníficas fotografías del concierto).

Os dejo con tres videos de esa noche; el primero con el tema “Johnny’s got a Boom Boom”; el segundo nos muestra uno de los momentos mágicos del concierto, en el que Imelda nos regala una fantástica version del tema de Blondie “Dreaming”; por ultimo, un fragmento (grabado por mí de manera bastante “cutre”) con el tema “It’s good to be alive”. Imelda May no es una rockabilly más, de hecho su propuesta mezcla este género con otros aromas, como el blues, el jazz, el pop o la canción melódica americana. El resultado es bien atractivo; yo, al menos, me quedé con ganas de más.