Concierto de Vargas Blues Band. Fernán Gómez Centro Cultural de La Villa. Madrid, 21-XI-2017

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A Javier Vargas lo llevo escuchando desde que publicó sus primeros discos: “All Around Blues” (1991) y “Madrid-Memphis” (1992), álbum éste último del cual ya hemos hablado a propósito del tema titulado “Del Sur”; sin embargo, por unas razones o por otras, nunca lo había visto en directo hasta el pasado martes, con motivo del Festival Internacional de Jazz de Madrid (JazzMadrid), un evento al que ya acudí el año pasado, concretamente al concierto de Madeleine Peyroux, y que, año a año, va adquiriendo consistencia y calidad, como puede comprobarse en el listado de actividades y en el programa impreso, que cada vez es más voluminoso y detallado.

Cuando me enteré de la sala en la que tocaría la Vargas Blues Band me quedé un poco extrañado: la Sala Guirau del Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa, un teatro con los asientos probablemente más cómodos y lujosos de todo Madrid; inmediatamente pensé que era un lugar ideal para el jazz, la música clásica o la canción melódica pero tenía mis dudas al respecto de que fuera adecuado para una banda de blues-rock latino. En cualquier caso, allí estábamos, embutidos en aquellos super-butacones, los habituales en estos saraos: Marta, Begoña, mi hermano Carlos y yo mismo, rodeados de un público que parecía querer mimetizarse con esta exquisita y placentera sala, como si fueran a juego con los carísimos sillones, en los que más de uno ya se estaba empezando a quedar dormido antes de empezar el concierto. Por un momento pensé que muchos se habían equivocado de sala y que iba a ocurrir una catástrofe cuando los decibelios de la Vargas Blues Band hicieran acto de presencia. Por supuesto, en este tipo de conciertos no hay cerveza ni bocadillos; se empieza puntual y se acaba a la hora prefijada; no se permiten fotos ni vídeos; se aplaude, pero no se suele gritar ni silbar; y te acompañan a tu asiento, como en la Ópera o como se hacía antiguamente en los cines de estreno.

Cuando empezaron a tocar me quedé más tranquilo; comenzaron de manera muy suave, como queriéndose, también ellos, adaptar al local y al público, con temas de corte latino (algunos de su último álbum, “Cambalache & Bronca”) y varias baladas de guitarra. Y tampoco sonaban a gran volumen (es evidente que esto lo habían pactado con la organización, algo que me confirmaron luego) por miedo a que la acústica de la sala se volviera contra ellos; sin embargo, la solución hizo que las guitarras sonaran con algunos ruidos de fondo cuando el volumen era bajo y los tonos graves. De hecho, al menos desde mi punto de vista, y aunque resulte paradójico, sonaron mejor los temas potentes y cañeros -como las versiones que hicieron de “Sunshine of Your Love” o de “Chill Out (Sácalo)”- que los más tranquilitos. Aunque en el programa del Festival figuraban cuatro músicos, lo cierto es que el teclista Giovanni Romano no estuvo en el concierto; a Javier Vargas, a la guitarra, le acompañaron Peter Kunst (batería, voz) y Luis Mayol (bajo, guitarra y voz). Luis Mayol, con un timbre que en algunos momentos nos recordaba al de Santiago Auserón (Radio Futura), llevó el peso vocal en la mayoría de las canciones; comenzó un tanto impreciso pero fue de menos a más, como si el concierto se le hubiera quedado corto; Peter Kunst, en cambio, estuvo más regular, aunque su participación como cantante se limitó a los temas más rockeros. Lógicamente, Javier Vargas fue el que llevó el protagonismo con su guitarra, deleitándonos con su técnica, sus recursos, su sentimiento y su pasión por el blues, el rock y los ritmos latinos; mientras lo escuchaba pensaba en Santana, en cual podría haber sido la evolución del mexicano si en lugar de arregostarse al éxito fácil hubiera continuado haciendo discos como los que publicó en los años sesenta y setenta.

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Como comentaba antes, no pudimos hacer fotos ni vídeos durante el concierto, sin embargo en esta entrada hay varias fotos (las podéis ver un poco más arriba, en forma de mosaico) y un vídeo tomados desde el backstage, y varias sorpresas más de esas que no olvidamos los aficionados a la música. Como podéis comprobar, Marta y yo tuvimos el privilegio de hacernos una foto con Javier Vargas quien, además, nos regaló una púa y un autógrafo firmado en el letrero de su camerino. Obviamente, nada de esto hubiera sido posible sin la intermediación de los organizadores de este Festival; muchísimas gracias, Sheila, por esos obsequios que alimentan y estimulan nuestra pasión por la música.

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Concierto de Beth Hart + Morgan. Noches del Botánico. Madrid, 27-VII-2017

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¿Y esa quién es? ¿Cómo has dicho que se llama? Éstas fueron algunas de las preguntas que me hicieron los amigos y conocidos a quienes les comenté que, el 27 de julio, iría a un concierto de Beth Hart. Incluso los más aficionados a la música sólo adivinaron quien era cuando recordaron sus trabajos junto al gran guitarrista de blues y blues-rock Joe Bonamassa: ¡Ah, sí es la cantante que ha hecho un par de discos con Bonamassa! Hubo lleno, pero nos pareció que no tan contundente como en otros conciertos celebrados en este mismo escenario, el Jardín Botánico de la Universidad Complutense; el público era de lo más variopinto, como si Beth Hart no tuviera colectivo o tribu urbana propia que se identifique con su propuesta musical. Me da la sensación que no es excesivamente conocida en España, a pesar de su larga trayectoria profesional -su primer álbum fue grabado en 1993- y su innegable talento; no sé si es debido a que el blues quizás sea un género poco seguido por los españoles o, tal vez, por lo contrario, porque los aficionados al blues la consideran excesivamente ecléctica, rockera y partidaria de las baladas desgarradoras y emotivas, esos maravillosos temas con los que Beth intenta hacernos partícipes de su dura y tortuosa juventud, marcada por las drogas, el alcohol y un trastorno bipolar que, hasta su diagnóstico, empeoró con sus adicciones.

A pesar de su actitud, de su timbre vocal y de su estilo rockero, tampoco llega del todo a este último colectivo, que suele calificar su repertorio de excesivamente “blando”; sin embargo, Beth Hart es la cantante que cualquier banda de rock desearía tener en su filas, una vocalista potente, llena de energía, capaz de ganarse al público con su entrega en el escenario y su increíble voz. Siempre he pensado que estaría bien verla alguna vez actuando con un grupo de hard rock o heavy metal, por algo todos recordamos su unión artística con Joe Bonamassa, y lo que nos ofreció en el ámbito del blues-rock. Pero en solitario aún nos da más: emotividad, interpretación, pasión y un despliegue vocal sólo al alcance de unos pocos privilegiados; a veces canta como Janis Joplin, otras como Billie Holiday y, en ocasiones, recuerda a Tina Turner. Su voz está llena de matices, es poderosa y cautivadora, además toca la guitarra y el piano. Desde mi punto de vista -y por lo que conozco-, es la mejor cantante que tenemos en la actualidad, al menos en el ámbito de los géneros musicales en los que habitualmente se mueve; a nosotros nos dejó sin respiración, hubo momentos en los que nos embrujó, cantara la canción que cantara.

Este año he acertado con los conciertos veraniegos del ciclo “Noches del Botánico”. Hace unos días os hablaba, en términos elogiosos, de la actuación de Roger Hodgson, y tengo que mostrarme igual de entusiasmado con el concierto que presencié el pasado 27 de julio. Bastante tiempo después de adquiridas las entradas, algo que hicimos con mucha antelación, lo que nos permitió conseguir unas excelentes localidades en la grada, recibimos un correo electrónico en el que se nos informaba que también tendríamos teloneros: el grupo madrileño Morgan. Comenzaron su actuación hacia las 20:30 horas, estuvieron en el escenario aproximadamente una hora. Morgan es una banda de gran calidad, que apenas tiene unos pocos años de existencia, en la que destaca Nina, su cantante y pianista, una voz dulce, melodiosa, muy bonita, capaz también de adquirir fuerza cuando la ocasión lo requiere. El estilo de este grupo se sitúa entre el soul, el funk, el rock, el indie y el género americana. Creo que se va a hablar mucho de ellos, yo mismo espero dedicarles alguna entrada en otro momento, con alguna de sus canciones más representativas hasta la fecha.

Como habréis podido comprobar, el vídeo no es muy bueno (lo mismo pasa con el que aparece después, el de Beth Hart); esta vez conté con la compañía de mi amiga Marta, pero no estuvo mi hermano Carlos, mi colaborador habitual en lo que respecta a fotografías y vídeos; además, estábamos más lejos que el día de Roger Hodgson. A continuación, os dejo unas fotos de la actuación de Morgan aquella noche, tomadas de la página Dirty Rock, donde también podéis ver un vídeo, de mejor calidad que el mío, en el que versionan uno de los temas más conocidos de The Band, “The Night They Drove Old Dixie Down” (aquí lo tenéis).

Beth comenzó a las 22:00 y nos regaló un maravilloso concierto de hora y tres cuartos, con una setlist que podéis ver en la siguiente imagen, también ofrecida por la web Dirty Rock, al igual que el resto de fotografías que componen el mosaico.

El sonido fue bueno, tal vez algo escaso (en el caso de Morgan esto fue aún más evidente, ya que sólo pudimos escucharlos bien una vez nos sentamos en nuestras localidades, a unos metros apenas se oía), con todo el protagonismo para el micrófono de Beth Hart, su piano y su guitarra; la banda que la acompañaba estuvo correcta en el bajo y la batería, mientras que el guitarrista (Jon Nichols) fue el músico que nos pareció más interesante. Beth estuvo muy simpática, cariñosa, no paró de moverse, sentarse, levantarse y tirarse al suelo, buscando así la cercanía con el público. Aquí, aquí o aquí podéis disfrutar con alguna de las canciones que interpretó (muchas gracias a los youtubers que han compartido los vídeos); yo esperé a que cantara “If I tell you I love you“, tema protagonista de una entrada anterior de este blog, después me quedé sin espacio en el móvil para seguir grabando …

Salimos encantados del concierto, nos supo a poco y, tanto Marta como yo, estamos convencidos que Beth es un animal escénico y una cantante difícil de superar; nos conquistó, nos emocionó, nos llegó al corazón ¿Se puede pedir más?

 

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Concierto de Roger Hodgson. Noches del Botánico. Madrid, 11-VII-2017

entrada rogerCuando acudes a un concierto de Roger Hodgson lo que menos te esperas es que, al entrar al recinto, suene una copla cantada en directo; la verdad es que la cantante lo hacía muy bien, su versión de “Y sin embargo que quiero”, entre flamenca e indie, me pareció bastante buena y me hizo pensar, tras echar un primer vistazo al espacio habilitado para este festival, en cuánto había cambiado este evento desde la última vez que participé en él, hace dos años, en el concierto de Imelda May. Me alegré mucho al ver que “Las Noches del Botánico” empiezan a consolidarse como acontecimiento de referencia, para todos los que amamos la música, en las sofocantes noches del verano madrileño. En las fotos que os dejo a continuación podéis comprobar el ambientazo que habían preparado: tiendas, bares, restaurantes de comida rápida tipo food truck y, por supuesto, una actuación en directo para entretener la espera y complacer a unos parroquianos más próximos a los sesenta que a los cuarenta años (los hijos que acompañan a los padres siempre bajan la media de edad en estos conciertos).

Esta vez sólo fuimos tres los que nos animamos a pagar los 49,5 euros que costaron las entradas, tres de los habituales en estos saraos: Begoña, mi hermano Carlos y quien escribe. Entramos hacia las 21:10 de la tarde, nos entretuvimos dando una vuelta y nos tomamos una cerveza; teníamos entrada sin numerar, de pista, aún así no corrimos mucho para buscar un acomodo razonable; a las 21:40 -más o menos- ya nos habíamos situado, justo a tiempo porque cinco minutos después ya no cabía ni un alfiler, hubo un llenazo total, como se puede apreciar en estas imágenes facilitadas por la organización. El concierto empezó a las 22:15 horas y finalizó hacia las 24:00 horas, sin descansos ni interrupciones de ningún tipo; comenzamos con el tema “Take the Long Way Home” y finalizamos con “It’s Raining Again”, en medio pudimos escuchar un puñado de canciones de lo mejorcito del repertorio de Supertramp (“School” -no os perdáis el vídeo grabado por mi hermano Carlos, que haría sin él en los conciertos …-, “Breakfast in America”, “The Logical Song”, “Child of Vision”, “Dreamer” -de ésta también hay vídeo-, “Fool’s Overture”, “Give a Little Bit”, algunas melodías pertenecientes a sus discos en solitario (“Death and a Zoo” o la bellísima “Lovers in the Wind”) y un par de temas inéditos (“Teach me to love again” y “The Awakening”).

No os podéis ni imaginar el aspecto jovial y saludable que tiene Roger, ni mucho menos aparenta la edad que tiene (67 años). Una taza lo acompañó toda la noche, tal vez sea ese el secreto de su eterna juventud; mi hermano dijo que la taza sólo podía contener dos cosas: té o ginebra, y me lo dijo muy convencido … Aunque parezca increíble, su voz está igual que hace treinta o cuarenta años, luciendo esos agudos y falsetes tan característicos suyos que lleva al límite, hasta ese punto de no retorno del que sólo Roger sabe salir airoso. La banda que lo acompañaba está formada por excelentes músicos; tal y como señala eldiario.es, es la habitual de Hodgson: David J. Carmenter (bajo), Bryan Head (batería), Kevin Adamson (teclados) y un canadiense llamado Aaron McDonald, imagino que de ascendencia hispana, que encandiló al público con su manera de tocar los instrumentos de viento (saxo, flauta, melódica, armónica y probablemente algún instrumento más de los que desconozco el nombre) y su disposición para todo lo que hiciera falta: teclados, voces, pandereta, etc.

Ya sé que habrá quien me diga que Supertramp aún existe, y que está capitaneado por tres de sus miembros históricos: Rick Davies, Bob Siebenberg y John Helliwell. Tras la finalización del concierto, Begoña me envió una antigua entrevista a Roger Hodgson en la que éste no oculta su malestar por los actuales Supertramp, de quienes dice son “sólo el nombre de una marca”: “Rick Davies explota como si se tratara de una empresa que cada cierto tiempo sigue explotando para sacar algo de dinero. No hay banda, son unos músicos que se reúnen para irse de gira. Ya está. La verdad es que para mí estaría todo perfecto si se limitaran a tocar sus canciones, pero me disgusta la decepción que están provocando en mucha gente cuando que va a ver un concierto de ellos y no reconocen la voz del cantante. El gran público no sabe la historia de que yo dejé el grupo y piensan que van a escucharme cantando, pero se encuentran otra cosa. Esto ocurre en todas sus giras: cada cierto tiempo, recibo una avalancha de correos electrónicos de gente enfadada y decepcionada. Y me molesta que ocurra eso con algo que fue mi creación”.

Para ser justos, he de decir que no he visto en directo a los “Supertramp oficiales”, pero también os puedo asegurar que el martes pasado yo escuché a Supertramp, a ese grupo que me acompaña desde mi adolescencia, con el que tanto he disfrutado y al que jamás pudé ver porque nunca tuve dinero para pagarme la entrada. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta del cariño con el que Roger Houdgson hace las cosas, de las horas de trabajo que debe dedicar a la música y de lo bien que prepara los directos (el sonido fue impecable, de una calidad fuera de lo común en conciertos de rock), todo encaminado a desmostrar que Supertramp es él. Visto lo visto la otra noche, a mí no me cabe ninguna duda del “quién es quién” en esta disputa.

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Roger estuvo simpático a rabiar, no paró de hablar, de reír, de piropear a nuestro país -donde dice encontrarse muy a gusto- , y al público español porque, en su opinión, “no hay público igual”. Nos invitó a dejar a un lado todos nuestros problemas durante un par de horas, y vaya si lo consiguió. Muchas gracias, Roger, por recordarnos que la buena música aún existe.

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Concierto de Madeleine Peyroux Trio. Fernán Gómez Centro Cultural de La Villa. Madrid, 23-XI-2016

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Madrid nunca ha tenido tradición de grandes festivales de jazz; es verdad que los ha habido y que durante todo el año se puede disfrutar de este género en salas de conciertos, teatros y bares con longeva tradición jazzística, como Clamores, Café Central o Café Populart, entre otros. Pero, desde hace algunos años, se viene celebrando el “Festival Internacional de Jazz de Madrid“, en el que se incluyen debates, exposiciones y, por supuesto, conciertos en distintos lugares de la capital. Aún es pronto para estar a la altura de festivales como los de Almuñécar, Donosti o Vitoria, entre otras cosas porque lo primero que tiene que hacer el de Madrid es consolidarse y no quedar expuesto al albur de nuestros gobernantes de turno.

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El pasado 23 de noviembre tuve el inmenso placer de presenciar uno de los conciertos incluidos en este festival, el de Madeleine Peyroux Trio; de esta cantante, guitarrista y compositora estadounidense ya hemos hablado aquí, a propósito de las canciones “Dance me to the end of love“, “Smile” y “J’ai deux amours“. Creo que es la segunda vez que visita Madrid, la primera fue hace unos tres años, cuando quizás era menos conocida; para esta ocasión la organización ha querido que la recibiéramos en la Sala Guirau del Centro Cultural de la Villa (Centro Fernán Gómez), un lugar perfecto para este evento, cómodo, suficientemente amplio (por supuesto, hubo lleno) y bien preparado para el sonido elegante y delicado que nos ofreció este trío. Lamentablemente, las fotografías y los vídeos estaban prohibidos, por lo que no puedo ofrecer más que una foto que pude hacer cuando se abrió el acceso a la sala y otra de mi entrada, el resto del material gráfico y videográfico que aparece en este post pertenece a otras actuaciones relativamente recientes.

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Acostumbrado a los conciertos de rock, a estar de pie durante horas, a los empujones y a la incomodidad propia de estos eventos, los butacones numerados de la sala Guirau me parecieron de ciencia-ficción. En estos conciertos no se bebe cerveza, así que acompañé la espera con la lectura del folleto que nos regalaron con todos los actos de este festival de jazz. A las 21:35 horas aparecieron Madeleine Peyroux (voz, guitarra acústica), Jon Herington (guitarra eléctrica) y Barak Mori (contrabajo); como podéis ver, una propuesta muy sencilla: tres instrumentos y la inigualable voz de Madeleine. Se situaron en formación triangular: en el vértice trasero Barak y delante de él Jon y Madeleine, ambos sentados.

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La mayor parte de los temas que sonaron pertenecen a su último álbum, “Secular Hymns” (2016), un disco de versiones con canciones pertenecientes a autores tan diferentes como Willie Dixon, Lil Green, Allen Toussaint, Stephen Foster o Tom Waits, es decir, temas de blues, folk, country y canción tradicional americana, vestidos de jazz y cantados con mucha personalidad por la que bien podría ser la heredera de Billie Holiday. Por cierto, he podido observar que, en directo, sigue conservando ese giro tímbrico parecido al de Billie, aunque quizás ya no sea tan acusado como en sus primeros discos; ahora su riqueza expresiva es mayor y, desde luego, no concibe la interpretación en los términos de desesperación trágica tan característicos en Billie Holiday.

Me sorprendió gratamente su simpatía, su buen humor y sus ganas de agradar al público; habló mucho durante la actuación, a menudo en castellano, esforzándose en todo momento por conectar con nosotros, incluso cambió la frase final del tema “J’ai deux amours”, sustituyendo París por Madrid. Además de las canciones de su último disco y de ésta que acabamos de comentar, hizo más versiones -no hay que olvidar que ésta es una de las facetas que caracterizan a esta artista-, como “Água de Beber”, de Vinicius de Moraes y Antonio Carlos Jobim, o la ya comentada “Dance me to the end of love”, de Leonard Cohen.

Excepto en un par de canciones, interpretadas en solitario por Madeleine, en el resto intervinieron Jon Herington y Barak Mori, que hicieron gala de una maestría y un buen gusto musical a la altura de las circunstancias, en ocasiones acompañando vocalmente; incluso se permitieron ejecutar, primero Jon con su guitarra y luego Barak con el contrabajo, sendos solos simultaneados con un tarareo en el que se imitaba al instrumento en cuestión, algo así como una versión actualizada de la técnica conocida como scat.

Hacía mucho tiempo que no iba solo a un concierto y, lamentablemente, no podía comentar con nadie los pormenores de la actuación; tal vez por eso estuve más concentrado y sentí la música como pocas veces. A todos nos ha pasado alguna vez que hemos desconectado en algún concierto y que sólo hemos vuelto a él cuando han empezado a aparecer los temas más emblemáticos del grupo; el pasado 23 de noviembre nunca tuve esa sensación de estar fuera, independientemente de que conociera o no las canciones. Imagino que eso es mérito de Madeleine, Jon y Barak, por eso no puedo más que agradecerles por compartir con nosotros su talento.

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Rocktiembre. Plaza de Toros de Las Ventas. Madrid, 17-IX-2016

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A comienzos de este año tuvimos la fortuna de asistir al concierto que el grupo español Asfalto dio en la Sala Penélope de Madrid (aquí podéis leer la crónica de aquel evento); en él, su líder Julio Castejón nos emplazaba para un próximo recital, a poder ser en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid o en la plaza de toros de Las Ventas. No ha hecho falta esperar un año para ver cumplido este deseo; el pasado sábado volvimos a disfrutar de esta excelente formación, creada en la década de los setenta, gracias a un ambicioso evento en el que también participaron otros grupos de aquel período, bandas que tuvieron su apogeo en una época en la que el rock llegó a ser algo importante para una España, la de la Transición, necesitada de energía, de voces críticas y comprometidas que liquidaran cualquier arrebato involucionista latente o en estado de hibernación.

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En aquel septiembre de 1978, el Sindicato de Músicos de Madrid organizó un evento en la plaza de toros de Vistalegre de Madrid conocido con el nombre de “Rocktiembre”, en el que participaron buena parte de los mejores grupos de rock que había en España: Barón Rojo, Ñu, Burning, Coz, Topo, Asfalto, Leño y Cucharada. Según relatan algunas fuentes, cada grupo se encargó de lo suyo (pegada de carteles, catering, papeleo, etc.); acudieron más de dieciséis mil personas aunque, al parecer, sólo mil pasaron por taquilla, el resto se coló en aquella fiesta, en la que algún medio calificó a los participantes como “grupos de rock bestia capaces de hacer bailar o de meter ruido en una maravillosa noche de otoño“.

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¡Rocktiembre ha resucitado! Treinta y ocho años después hemos vuelto a revivir el espíritu de aquel acontecimiento; en esta ocasión, en lugar de celebrarse en la plaza de toros de Vistalegre -en la actualidad transformada, desde el año 2001, en un edificio multiusos conocido como “Palacio Vistalegre Arena”- ha tenido lugar en la plaza de Las Ventas. Lamentablemente, hay dos grupos que no han podido participar, los Cucharada de Manolo Tena, recientemente fallecido, y los Leño de Rosendo, aunque he de decir que, hasta el último momento, todos esperábamos que apareciera para darnos una sorpresa, hubiese sido el colofón perfecto para esta gran fiesta nostálgica y de reivindicación del rock patrio.

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Estas oportunidades no se disfrutan bien en solitario, y más en esta ocasión en la que todo se prestaba a comparaciones, comentarios, chistes y anécdotas del Abuelo Cebolleta. Allí estábamos mi tocayo Raúl, mi hermano Carlos, Begoña y yo a las cinco y pico de la tarde dispuestos a entrar en este super-concierto con una duración programada de más de seis horas. No quiero aburriros con una crónica exhaustiva, probablemente la podáis leer en otros blogs o en periódicos, apenas me voy a limitar a un brevísimo comentario de cada actuación acompañado de fotografías y vídeos tomados por Carlos con la maestría que lo caracteriza, ¡muchas gracias hermano por esta fundamental aportación! Antes de que veáis este material gráfico y videográfico, os traslado algunas preguntas surgidas a partir de lo que pudimos ver y vivir, y de las conversaciones que teníamos durante el concierto; entiendo que muchas no podrán ser respondidas, otras sí; en cualquier caso resumen lo que, a nuestro parecer, fue esta inolvidable noche de rock:

1.- ¿Por qué hemos tenido que esperar treinta y ocho años para resucitar esta iniciativa? Además de a los músicos, por supuesto, ¿a quién hay que darle las gracias?

2.- Lo de los cacheos a la entrada es algo verdaderamente curioso, exento de cualquier protocolo y sometido al criterio de cada vigilante ¿Por qué a algunos les metían mano hasta llegar a sus partes más pudendas y a otros sólo les miraban los bolsos y las chaquetas? Afortunadamente yo fui de los segundos, del magreo al que le sometieron a mi hermano prefiero no hablar … ¿Qué habrá sido de aquel grupo, con las camisetas de Iron Maiden, que pretendían entrar con una nevera con ruedas?

3.- ¿Cómo narices pudimos aguantar siete horas de pie? Y lo que es aún más enigmático teniendo en cuenta lo duro del cemento y la estrechez de las plazas de asiento, ¿cómo lograron aguantar sentados siete horas los de la grada?

4.- El misterio de la tarde-noche: ¿Cómo es posible que los litros de cerveza costasen 9,5 euros y las latas de Mahou Cinco Estrellas 2,5 euros?

5.-  Misterio número dos: ¿Cómo es posible que la cola para ir a los servicios de caballeros fuera más larga que la de las señoras? Y que conste que no he querido hacer ningún juego de palabras de carácter sexual …

6.- ¿Por qué los micrófonos suenan tan poco en los conciertos de rock?

7.- Dada la edad del público y de muchos de los músicos participantes, ¿podría decirse que el rock es un género musical pre-geriátrico? ¿Es para nosotros, los que tenemos entre cuarenta y sesenta años, lo que fue para nuestros padres la copla, el flamenco o el bolero?

8.- ¿Cuál era la verdadera intención de Molina (Ñu) al tocar “El Tren”, tema emblemático de Leño creado cuando Rosendo aún pertenecía a Ñu? ¿Tal vez invocar la presencia de Rosendo en el escenario?

9.- ¿Dónde estaba Rosendo mientras se celebraba el concierto?

10.- ¿Es auténtica la espectacular melena de Molina? Y no es un juego cacofónico …

11.- La barba de Paul Castejón, hijo del líder de Asfalto Julio Castejón, es “hipster”, “ermitaña” o tirando a “homeless“. Y que conste que me gustan las tres opciones.

12.- ¿Por qué se tocó una misma canción (“Días de Escuela”) dos veces, una por Asfalto y otra por Topo? Está claro que, dada la historia de ambas formaciones, ambas tienen derecho a hacerla suya pero, ¿no hubiese sido mejor que se hubiesen puesto de acuerdo? ¿Conocía cada grupo la lista de canciones que iban a interpretar las otras bandas participantes en el evento?

13.- ¿Por qué no salieron los músicos de Barón Rojo (al menos nosotros no los vimos) en el fin de fiesta, cuando todos los grupos juntos tocaron “Sábado en la Noche”, en recuerdo del argentino Moris, otro de los elementos imprescindibles del rock hecho durante la Transición?

14.- ¿Cerró el “Cocodrilo Rock Bar“, propiedad de Johhny Cifuentes (Burning), durante el concierto? Si finalmente abrió, ¿quién puso la música?

 

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El festival, presentado por “El Pirata” y el incombustible “Mariskal Romero”, comenzó con Coz, banda en la que militaron los hermanos de Castro antes de que salieran de ella para formar Barón Rojo. Estuvieron entregados, comunicativos y sonaron bastante bien; tal vez tenían el repertorio menos conocido, de algún modo maniatado por sus éxitos “Más Sexy” y “Las Chicas son Guerreras”, y fueron los que abrieron el evento cuando el público aún estaba llegando a la plaza, lo cual tiene mucho mérito.

 

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Hacia las siete hacía su aparición Topo, banda formada en 1978 cuando Lele Laina y José Luis Jiménez decidieron abandonar Asfalto. Para mi gusto una de las mejores actuaciones de la noche por sonido, actitud, repertorio y capacidad de transmisión; la interpretación que hicieron de “Días de Escuela” fue maravillosa, sonó muy auténtica, como si aún estuviéramos en los setenta.

 

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Ñu, la banda de Molina, comenzó su actuación una hora más tarde que Topo. Y al igual que éstos últimos, estuvieron muy bien, con el jefe en plenitud de facultades, como si fuera un chaval de veinte años. Para su tema estrella, “El Flautista“, contó con la participación estelar de Judith Mateo, que encandiló a la parroquia en cuanto salió a escena con su violín. Al final pasó una cosa un poco rara, con la actuación acabada Molina intentó cantar algo con una guitarra que, al parecer, no se escuchaba, lo cierto que es que no pareció gustarle mucho y se marchó sin más. Molina en estado puro.

 

Los siguientes fueron Asfalto, con Julio Castejón al frente. Son una formación de mucha calidad; dieron el toque progresivo a la noche, sobre todo al comienzo de su actuación y estuvieron potentes e intensos; desde nuestro punto de vista subieron demasiado el sonido, lo cual no les favorecía demasiado a su estilo, a Castejón apenas se le escuchaba y, en general, sonaba todo muy grave. Me gustaron más en enero.

 

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En nuestra opinión la decepción de la noche la protagonizó Barón Rojo; nos parecieron como distantes, aparentemente poco ilusionados, el sonido eran un tanto sucio y, en ocasiones, costaba identificarlos con aquellos Barón Rojo del “Volumen Brutal”. Tampoco tocaron todos sus temás más característicos y, al menos así nos pareció a nosotros, no estuvieron en el fin de fiesta con el resto de grupos.

 

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La sensación que dio Burning fue la de grupo grande, consolidado y con todo un despliegue de medios: dos guitarristas, un bajista, dos baterías, creo que cuatro músicos en la sección de viento, un par de chicas en el coro y seguro que se me olvida alguien. Al frente de todos ellos Johnny Cifuentes (voz, teclados). No defraudaron y tocaron la mayor parte de sus grandes éxitos, aunque falto la balada “Una Noche sin ti“.

 

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El Pirata y Mariskal Romero prometieron otro concierto para el año que viene; si finalmente se celebra, no os lo perdáis. Animo a los jóvenes a que se enganchen al rock, a éstos grupos o a los que existen ahora que, aunque muchos de ellos son mioritarios y poco conocidos, se merecen también su oportunidad. No estaría mal que, en próximos eventos como éste, se fueran incorporando estas bandas, que fueran compartiendo cartel con los veteranos con el fin de que Rocktiembre tenga continuidad y siga llenando la plaza de Toros de Las Ventas, el año que viene y mientras interese la música ¡Larga Vida al Rock & Roll!

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