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Concierto de Los Coronas. Teatro Barceló. Madrid, 20-IV-2018

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Para un blog como éste, en el que las versiones ocupan un lugar destacado, Los Coronas –banda de rock instrumental creada en el madrileño barrio de Malasaña- son un verdadero chollo. Ya han aparecido por aquí cuando hablábamos de temas como “La cárcel de Sing Sing”, “Day Tripper”, “Flamenco” o “Wish You Were Here”; aún no se han estrenado con un tema propio, pero todo se andará porque tienen muchos y muy buenos. Según podemos leer en su página web:

“Su nombre está tomado de Corona, localidad californiana donde Fender ubicó su fábrica de producción de guitarras hasta el 1991, año en el que la trasladó a Arizona. Y este dato es suficientemente explícito para darnos cuenta de lo que hablamos, rock and roll primitivo, surf music instrumental de alta calidad. Aunque se trate de una escena que muchas veces pasa desapercibida, incluso por los propios medios independientes (…) Los orígenes del grupo se remontan a 1989, cuando Fernando Pardo -Sex Museum- intenta poner en marcha un proyecto rock’n’roll “con mucho reverb y el puro ritmo surfero de Dick Dale“. Y esta es la principal influencia de la banda, grupos como el citado Dick Dale, The Ventures, Link Wray o Jerry Cole. En 1991 la formación se consolida, cuando Fernando Pardo se une a David Krahe, miembro de No Wonder, y este dúo, que aún se mantiene en la actualidad, será el alma del grupo”.

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Si en estudio suenan bien, en directo son irresistibles; su rocanrol es de gran calidad, optimista, generoso, sincero y original por lo heterodoxo de su planteamiento, como si hubieran mezclado en una coctelera a Dick Dale, The Ventures, Los Rodríguez, Tarantino, Ennio Morricone, Peret, los trompetistas mariachis y la pachanga sesentera. Y a pesar de lo que podríais pensar ante semejante mezcolanza, el resultado es sorprendente, divertido y estimulante.

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Los conocí gracias a un disco en directo titulado “Dos bandas y un destino” (2010), grabado conjuntamente con el grupo Arizona Baby, con quienes han seguido trabajando bajo el nombre unificado de Corizonas. Desde entonces, he querido verlos en directo y, por una razón o por otra, nunca había tenido la oportunidad. Este vez me enteré de que actuaban en Madrid gracias a una promoción del “Día del Padre”, por la que podías conseguir entradas para este espectáculo a precio reducido si comprabas ese día; convencí a mi hermano y sacamos nuestras entradas al módico precio de 12 euros (13,20 euros con gastos incluidos).

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La actuación estaba programada para el Festimad, inicialmente en la Sala Joy Eslava, aunque al final se celebró en el Teatro Barceló (la antigua discoteca Pachá). Comenzamos hacia las nueve, con Los Coronas de rojo y su habitual sombrero vaquero. Los temas, casi siempre con una duración inferior a tres minutos, fueron sucediéndose uno detrás de otro a un ritmo vertiginoso, sólo pausado por la simpatía y el verbo fácil del guitarrista Fernando Pardo, el maestro de ceremonias de la noche. A Fernando le acompañaron David Krahe (guitarra solista), Roberto Lozano “Loza” (batería), Javi Vacas (bajo) y el ruso Yevhen Riechkalov (trompeta).

Tan pronto tocaban temas propios de su último álbum (“Señales de Humo”, 2017) o de trabajos anteriores como versiones a cual más divertida y acertada. Presenciamos el concierto en un lugar privilegiado, como puede comprobarse en la foto que he dejado al final de este párrafo; se nos puede ver apoyados en la barandilla que hay a la izquierda, Carlos va de rojo y yo de gris).

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Esta imagen la he obtenido del Facebook oficial de Los Coronas, aunque el resto de las que aparecen en esta reseña son nuestras (aquí tenéis más fotos; por cierto, excelentes). Como también lo son los vídeos que os dejo a continuación; lamentablemente, se escuchan de pena, y no porque el sonido fuera malo, tal vez porque estábamos muy cerca de uno de los altavoces. Al pie de cada uno de ellos he dejado los títulos de las canciones, con sus respectivos enlaces a vídeos más presentables (algunos tomados de este mismo concierto por asistentes más mañosos que yo para estos menesteres). Sólo os digo una cosa más, me lo pasé tan bien que espero repetir pronto.

Cleopatra Stomp

A tope de amor y lujo

“Bésame mucho”

Corazón contento

Wipe Out

Day Tripper

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Concierto de Vargas Blues Band. Fernán Gómez Centro Cultural de La Villa. Madrid, 21-XI-2017

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A Javier Vargas lo llevo escuchando desde que publicó sus primeros discos: “All Around Blues” (1991) y “Madrid-Memphis” (1992), álbum éste último del cual ya hemos hablado a propósito del tema titulado “Del Sur”; sin embargo, por unas razones o por otras, nunca lo había visto en directo hasta el pasado martes, con motivo del Festival Internacional de Jazz de Madrid (JazzMadrid), un evento al que ya acudí el año pasado, concretamente al concierto de Madeleine Peyroux, y que, año a año, va adquiriendo consistencia y calidad, como puede comprobarse en el listado de actividades y en el programa impreso, que cada vez es más voluminoso y detallado.

Cuando me enteré de la sala en la que tocaría la Vargas Blues Band me quedé un poco extrañado: la Sala Guirau del Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa, un teatro con los asientos probablemente más cómodos y lujosos de todo Madrid; inmediatamente pensé que era un lugar ideal para el jazz, la música clásica o la canción melódica pero tenía mis dudas al respecto de que fuera adecuado para una banda de blues-rock latino. En cualquier caso, allí estábamos, embutidos en aquellos super-butacones, los habituales en estos saraos: Marta, Begoña, mi hermano Carlos y yo mismo, rodeados de un público que parecía querer mimetizarse con esta exquisita y placentera sala, como si fueran a juego con los carísimos sillones, en los que más de uno ya se estaba empezando a quedar dormido antes de empezar el concierto. Por un momento pensé que muchos se habían equivocado de sala y que iba a ocurrir una catástrofe cuando los decibelios de la Vargas Blues Band hicieran acto de presencia. Por supuesto, en este tipo de conciertos no hay cerveza ni bocadillos; se empieza puntual y se acaba a la hora prefijada; no se permiten fotos ni vídeos; se aplaude, pero no se suele gritar ni silbar; y te acompañan a tu asiento, como en la Ópera o como se hacía antiguamente en los cines de estreno.

Cuando empezaron a tocar me quedé más tranquilo; comenzaron de manera muy suave, como queriéndose, también ellos, adaptar al local y al público, con temas de corte latino (algunos de su último álbum, “Cambalache & Bronca”) y varias baladas de guitarra. Y tampoco sonaban a gran volumen (es evidente que esto lo habían pactado con la organización, algo que me confirmaron luego) por miedo a que la acústica de la sala se volviera contra ellos; sin embargo, la solución hizo que las guitarras sonaran con algunos ruidos de fondo cuando el volumen era bajo y los tonos graves. De hecho, al menos desde mi punto de vista, y aunque resulte paradójico, sonaron mejor los temas potentes y cañeros -como las versiones que hicieron de “Sunshine of Your Love” o de “Chill Out (Sácalo)”- que los más tranquilitos. Aunque en el programa del Festival figuraban cuatro músicos, lo cierto es que el teclista Giovanni Romano no estuvo en el concierto; a Javier Vargas, a la guitarra, le acompañaron Peter Kunst (batería, voz) y Luis Mayol (bajo, guitarra y voz). Luis Mayol, con un timbre que en algunos momentos nos recordaba al de Santiago Auserón (Radio Futura), llevó el peso vocal en la mayoría de las canciones; comenzó un tanto impreciso pero fue de menos a más, como si el concierto se le hubiera quedado corto; Peter Kunst, en cambio, estuvo más regular, aunque su participación como cantante se limitó a los temas más rockeros. Lógicamente, Javier Vargas fue el que llevó el protagonismo con su guitarra, deleitándonos con su técnica, sus recursos, su sentimiento y su pasión por el blues, el rock y los ritmos latinos; mientras lo escuchaba pensaba en Santana, en cual podría haber sido la evolución del mexicano si en lugar de arregostarse al éxito fácil hubiera continuado haciendo discos como los que publicó en los años sesenta y setenta.

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Como comentaba antes, no pudimos hacer fotos ni vídeos durante el concierto, sin embargo en esta entrada hay varias fotos (las podéis ver un poco más arriba, en forma de mosaico) y un vídeo tomados desde el backstage, y varias sorpresas más de esas que no olvidamos los aficionados a la música. Como podéis comprobar, Marta y yo tuvimos el privilegio de hacernos una foto con Javier Vargas quien, además, nos regaló una púa y un autógrafo firmado en el letrero de su camerino. Obviamente, nada de esto hubiera sido posible sin la intermediación de los organizadores de este Festival; muchísimas gracias, Sheila, por esos obsequios que alimentan y estimulan nuestra pasión por la música.

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Concierto de Beth Hart + Morgan. Noches del Botánico. Madrid, 27-VII-2017

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¿Y esa quién es? ¿Cómo has dicho que se llama? Éstas fueron algunas de las preguntas que me hicieron los amigos y conocidos a quienes les comenté que, el 27 de julio, iría a un concierto de Beth Hart. Incluso los más aficionados a la música sólo adivinaron quien era cuando recordaron sus trabajos junto al gran guitarrista de blues y blues-rock Joe Bonamassa: ¡Ah, sí es la cantante que ha hecho un par de discos con Bonamassa! Hubo lleno, pero nos pareció que no tan contundente como en otros conciertos celebrados en este mismo escenario, el Jardín Botánico de la Universidad Complutense; el público era de lo más variopinto, como si Beth Hart no tuviera colectivo o tribu urbana propia que se identifique con su propuesta musical. Me da la sensación que no es excesivamente conocida en España, a pesar de su larga trayectoria profesional -su primer álbum fue grabado en 1993- y su innegable talento; no sé si es debido a que el blues quizás sea un género poco seguido por los españoles o, tal vez, por lo contrario, porque los aficionados al blues la consideran excesivamente ecléctica, rockera y partidaria de las baladas desgarradoras y emotivas, esos maravillosos temas con los que Beth intenta hacernos partícipes de su dura y tortuosa juventud, marcada por las drogas, el alcohol y un trastorno bipolar que, hasta su diagnóstico, empeoró con sus adicciones.

A pesar de su actitud, de su timbre vocal y de su estilo rockero, tampoco llega del todo a este último colectivo, que suele calificar su repertorio de excesivamente “blando”; sin embargo, Beth Hart es la cantante que cualquier banda de rock desearía tener en su filas, una vocalista potente, llena de energía, capaz de ganarse al público con su entrega en el escenario y su increíble voz. Siempre he pensado que estaría bien verla alguna vez actuando con un grupo de hard rock o heavy metal, por algo todos recordamos su unión artística con Joe Bonamassa, y lo que nos ofreció en el ámbito del blues-rock. Pero en solitario aún nos da más: emotividad, interpretación, pasión y un despliegue vocal sólo al alcance de unos pocos privilegiados; a veces canta como Janis Joplin, otras como Billie Holiday y, en ocasiones, recuerda a Tina Turner. Su voz está llena de matices, es poderosa y cautivadora, además toca la guitarra y el piano. Desde mi punto de vista -y por lo que conozco-, es la mejor cantante que tenemos en la actualidad, al menos en el ámbito de los géneros musicales en los que habitualmente se mueve; a nosotros nos dejó sin respiración, hubo momentos en los que nos embrujó, cantara la canción que cantara.

Este año he acertado con los conciertos veraniegos del ciclo “Noches del Botánico”. Hace unos días os hablaba, en términos elogiosos, de la actuación de Roger Hodgson, y tengo que mostrarme igual de entusiasmado con el concierto que presencié el pasado 27 de julio. Bastante tiempo después de adquiridas las entradas, algo que hicimos con mucha antelación, lo que nos permitió conseguir unas excelentes localidades en la grada, recibimos un correo electrónico en el que se nos informaba que también tendríamos teloneros: el grupo madrileño Morgan. Comenzaron su actuación hacia las 20:30 horas, estuvieron en el escenario aproximadamente una hora. Morgan es una banda de gran calidad, que apenas tiene unos pocos años de existencia, en la que destaca Nina, su cantante y pianista, una voz dulce, melodiosa, muy bonita, capaz también de adquirir fuerza cuando la ocasión lo requiere. El estilo de este grupo se sitúa entre el soul, el funk, el rock, el indie y el género americana. Creo que se va a hablar mucho de ellos, yo mismo espero dedicarles alguna entrada en otro momento, con alguna de sus canciones más representativas hasta la fecha.

Como habréis podido comprobar, el vídeo no es muy bueno (lo mismo pasa con el que aparece después, el de Beth Hart); esta vez conté con la compañía de mi amiga Marta, pero no estuvo mi hermano Carlos, mi colaborador habitual en lo que respecta a fotografías y vídeos; además, estábamos más lejos que el día de Roger Hodgson. A continuación, os dejo unas fotos de la actuación de Morgan aquella noche, tomadas de la página Dirty Rock, donde también podéis ver un vídeo, de mejor calidad que el mío, en el que versionan uno de los temas más conocidos de The Band, “The Night They Drove Old Dixie Down” (aquí lo tenéis).

Beth comenzó a las 22:00 y nos regaló un maravilloso concierto de hora y tres cuartos, con una setlist que podéis ver en la siguiente imagen, también ofrecida por la web Dirty Rock, al igual que el resto de fotografías que componen el mosaico.

El sonido fue bueno, tal vez algo escaso (en el caso de Morgan esto fue aún más evidente, ya que sólo pudimos escucharlos bien una vez nos sentamos en nuestras localidades, a unos metros apenas se oía), con todo el protagonismo para el micrófono de Beth Hart, su piano y su guitarra; la banda que la acompañaba estuvo correcta en el bajo y la batería, mientras que el guitarrista (Jon Nichols) fue el músico que nos pareció más interesante. Beth estuvo muy simpática, cariñosa, no paró de moverse, sentarse, levantarse y tirarse al suelo, buscando así la cercanía con el público. Aquí, aquí o aquí podéis disfrutar con alguna de las canciones que interpretó (muchas gracias a los youtubers que han compartido los vídeos); yo esperé a que cantara “If I tell you I love you“, tema protagonista de una entrada anterior de este blog, después me quedé sin espacio en el móvil para seguir grabando …

Salimos encantados del concierto, nos supo a poco y, tanto Marta como yo, estamos convencidos que Beth es un animal escénico y una cantante difícil de superar; nos conquistó, nos emocionó, nos llegó al corazón ¿Se puede pedir más?

 

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Concierto de Roger Hodgson. Noches del Botánico. Madrid, 11-VII-2017

entrada rogerCuando acudes a un concierto de Roger Hodgson lo que menos te esperas es que, al entrar al recinto, suene una copla cantada en directo; la verdad es que la cantante lo hacía muy bien, su versión de “Y sin embargo que quiero”, entre flamenca e indie, me pareció bastante buena y me hizo pensar, tras echar un primer vistazo al espacio habilitado para este festival, en cuánto había cambiado este evento desde la última vez que participé en él, hace dos años, en el concierto de Imelda May. Me alegré mucho al ver que “Las Noches del Botánico” empiezan a consolidarse como acontecimiento de referencia, para todos los que amamos la música, en las sofocantes noches del verano madrileño. En las fotos que os dejo a continuación podéis comprobar el ambientazo que habían preparado: tiendas, bares, restaurantes de comida rápida tipo food truck y, por supuesto, una actuación en directo para entretener la espera y complacer a unos parroquianos más próximos a los sesenta que a los cuarenta años (los hijos que acompañan a los padres siempre bajan la media de edad en estos conciertos).

Esta vez sólo fuimos tres los que nos animamos a pagar los 49,5 euros que costaron las entradas, tres de los habituales en estos saraos: Begoña, mi hermano Carlos y quien escribe. Entramos hacia las 21:10 de la tarde, nos entretuvimos dando una vuelta y nos tomamos una cerveza; teníamos entrada sin numerar, de pista, aún así no corrimos mucho para buscar un acomodo razonable; a las 21:40 -más o menos- ya nos habíamos situado, justo a tiempo porque cinco minutos después ya no cabía ni un alfiler, hubo un llenazo total, como se puede apreciar en estas imágenes facilitadas por la organización. El concierto empezó a las 22:15 horas y finalizó hacia las 24:00 horas, sin descansos ni interrupciones de ningún tipo; comenzamos con el tema “Take the Long Way Home” y finalizamos con “It’s Raining Again”, en medio pudimos escuchar un puñado de canciones de lo mejorcito del repertorio de Supertramp (“School” -no os perdáis el vídeo grabado por mi hermano Carlos, que haría sin él en los conciertos …-, “Breakfast in America”, “The Logical Song”, “Child of Vision”, “Dreamer” -de ésta también hay vídeo-, “Fool’s Overture”, “Give a Little Bit”, algunas melodías pertenecientes a sus discos en solitario (“Death and a Zoo” o la bellísima “Lovers in the Wind”) y un par de temas inéditos (“Teach me to love again” y “The Awakening”).

No os podéis ni imaginar el aspecto jovial y saludable que tiene Roger, ni mucho menos aparenta la edad que tiene (67 años). Una taza lo acompañó toda la noche, tal vez sea ese el secreto de su eterna juventud; mi hermano dijo que la taza sólo podía contener dos cosas: té o ginebra, y me lo dijo muy convencido … Aunque parezca increíble, su voz está igual que hace treinta o cuarenta años, luciendo esos agudos y falsetes tan característicos suyos que lleva al límite, hasta ese punto de no retorno del que sólo Roger sabe salir airoso. La banda que lo acompañaba está formada por excelentes músicos; tal y como señala eldiario.es, es la habitual de Hodgson: David J. Carmenter (bajo), Bryan Head (batería), Kevin Adamson (teclados) y un canadiense llamado Aaron McDonald, imagino que de ascendencia hispana, que encandiló al público con su manera de tocar los instrumentos de viento (saxo, flauta, melódica, armónica y probablemente algún instrumento más de los que desconozco el nombre) y su disposición para todo lo que hiciera falta: teclados, voces, pandereta, etc.

Ya sé que habrá quien me diga que Supertramp aún existe, y que está capitaneado por tres de sus miembros históricos: Rick Davies, Bob Siebenberg y John Helliwell. Tras la finalización del concierto, Begoña me envió una antigua entrevista a Roger Hodgson en la que éste no oculta su malestar por los actuales Supertramp, de quienes dice son “sólo el nombre de una marca”: “Rick Davies explota como si se tratara de una empresa que cada cierto tiempo sigue explotando para sacar algo de dinero. No hay banda, son unos músicos que se reúnen para irse de gira. Ya está. La verdad es que para mí estaría todo perfecto si se limitaran a tocar sus canciones, pero me disgusta la decepción que están provocando en mucha gente cuando que va a ver un concierto de ellos y no reconocen la voz del cantante. El gran público no sabe la historia de que yo dejé el grupo y piensan que van a escucharme cantando, pero se encuentran otra cosa. Esto ocurre en todas sus giras: cada cierto tiempo, recibo una avalancha de correos electrónicos de gente enfadada y decepcionada. Y me molesta que ocurra eso con algo que fue mi creación”.

Para ser justos, he de decir que no he visto en directo a los “Supertramp oficiales”, pero también os puedo asegurar que el martes pasado yo escuché a Supertramp, a ese grupo que me acompaña desde mi adolescencia, con el que tanto he disfrutado y al que jamás pudé ver porque nunca tuve dinero para pagarme la entrada. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta del cariño con el que Roger Houdgson hace las cosas, de las horas de trabajo que debe dedicar a la música y de lo bien que prepara los directos (el sonido fue impecable, de una calidad fuera de lo común en conciertos de rock), todo encaminado a desmostrar que Supertramp es él. Visto lo visto la otra noche, a mí no me cabe ninguna duda del “quién es quién” en esta disputa.

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Roger estuvo simpático a rabiar, no paró de hablar, de reír, de piropear a nuestro país -donde dice encontrarse muy a gusto- , y al público español porque, en su opinión, “no hay público igual”. Nos invitó a dejar a un lado todos nuestros problemas durante un par de horas, y vaya si lo consiguió. Muchas gracias, Roger, por recordarnos que la buena música aún existe.

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Concierto de Madeleine Peyroux Trio. Fernán Gómez Centro Cultural de La Villa. Madrid, 23-XI-2016

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Madrid nunca ha tenido tradición de grandes festivales de jazz; es verdad que los ha habido y que durante todo el año se puede disfrutar de este género en salas de conciertos, teatros y bares con longeva tradición jazzística, como Clamores, Café Central o Café Populart, entre otros. Pero, desde hace algunos años, se viene celebrando el “Festival Internacional de Jazz de Madrid“, en el que se incluyen debates, exposiciones y, por supuesto, conciertos en distintos lugares de la capital. Aún es pronto para estar a la altura de festivales como los de Almuñécar, Donosti o Vitoria, entre otras cosas porque lo primero que tiene que hacer el de Madrid es consolidarse y no quedar expuesto al albur de nuestros gobernantes de turno.

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El pasado 23 de noviembre tuve el inmenso placer de presenciar uno de los conciertos incluidos en este festival, el de Madeleine Peyroux Trio; de esta cantante, guitarrista y compositora estadounidense ya hemos hablado aquí, a propósito de las canciones “Dance me to the end of love“, “Smile” y “J’ai deux amours“. Creo que es la segunda vez que visita Madrid, la primera fue hace unos tres años, cuando quizás era menos conocida; para esta ocasión la organización ha querido que la recibiéramos en la Sala Guirau del Centro Cultural de la Villa (Centro Fernán Gómez), un lugar perfecto para este evento, cómodo, suficientemente amplio (por supuesto, hubo lleno) y bien preparado para el sonido elegante y delicado que nos ofreció este trío. Lamentablemente, las fotografías y los vídeos estaban prohibidos, por lo que no puedo ofrecer más que una foto que pude hacer cuando se abrió el acceso a la sala y otra de mi entrada, el resto del material gráfico y videográfico que aparece en este post pertenece a otras actuaciones relativamente recientes.

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Acostumbrado a los conciertos de rock, a estar de pie durante horas, a los empujones y a la incomodidad propia de estos eventos, los butacones numerados de la sala Guirau me parecieron de ciencia-ficción. En estos conciertos no se bebe cerveza, así que acompañé la espera con la lectura del folleto que nos regalaron con todos los actos de este festival de jazz. A las 21:35 horas aparecieron Madeleine Peyroux (voz, guitarra acústica), Jon Herington (guitarra eléctrica) y Barak Mori (contrabajo); como podéis ver, una propuesta muy sencilla: tres instrumentos y la inigualable voz de Madeleine. Se situaron en formación triangular: en el vértice trasero Barak y delante de él Jon y Madeleine, ambos sentados.

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La mayor parte de los temas que sonaron pertenecen a su último álbum, “Secular Hymns” (2016), un disco de versiones con canciones pertenecientes a autores tan diferentes como Willie Dixon, Lil Green, Allen Toussaint, Stephen Foster o Tom Waits, es decir, temas de blues, folk, country y canción tradicional americana, vestidos de jazz y cantados con mucha personalidad por la que bien podría ser la heredera de Billie Holiday. Por cierto, he podido observar que, en directo, sigue conservando ese giro tímbrico parecido al de Billie, aunque quizás ya no sea tan acusado como en sus primeros discos; ahora su riqueza expresiva es mayor y, desde luego, no concibe la interpretación en los términos de desesperación trágica tan característicos en Billie Holiday.

Me sorprendió gratamente su simpatía, su buen humor y sus ganas de agradar al público; habló mucho durante la actuación, a menudo en castellano, esforzándose en todo momento por conectar con nosotros, incluso cambió la frase final del tema “J’ai deux amours”, sustituyendo París por Madrid. Además de las canciones de su último disco y de ésta que acabamos de comentar, hizo más versiones -no hay que olvidar que ésta es una de las facetas que caracterizan a esta artista-, como “Água de Beber”, de Vinicius de Moraes y Antonio Carlos Jobim, o la ya comentada “Dance me to the end of love”, de Leonard Cohen.

Excepto en un par de canciones, interpretadas en solitario por Madeleine, en el resto intervinieron Jon Herington y Barak Mori, que hicieron gala de una maestría y un buen gusto musical a la altura de las circunstancias, en ocasiones acompañando vocalmente; incluso se permitieron ejecutar, primero Jon con su guitarra y luego Barak con el contrabajo, sendos solos simultaneados con un tarareo en el que se imitaba al instrumento en cuestión, algo así como una versión actualizada de la técnica conocida como scat.

Hacía mucho tiempo que no iba solo a un concierto y, lamentablemente, no podía comentar con nadie los pormenores de la actuación; tal vez por eso estuve más concentrado y sentí la música como pocas veces. A todos nos ha pasado alguna vez que hemos desconectado en algún concierto y que sólo hemos vuelto a él cuando han empezado a aparecer los temas más emblemáticos del grupo; el pasado 23 de noviembre nunca tuve esa sensación de estar fuera, independientemente de que conociera o no las canciones. Imagino que eso es mérito de Madeleine, Jon y Barak, por eso no puedo más que agradecerles por compartir con nosotros su talento.