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Boston. “Don’t look back”

No es habitual que un ingeniero del prestigioso MIT acabe dedicándose a la música de manera profesional. Tom Scholtz, el líder de la banda norteamericana Boston, se graduó en este centro donde probablemente adquirió una serie de conocimientos de gran utilidad para su carrera musical; incluso se llegó a extender el rumor de que el primer trabajo de esta banda (“Boston“, 1976), del que nos hemos ocupado en otra ocasión a propósito de la conocidísima canción “More than a feeling“, fue compuesto con un programa informático; mientras, en la radio se escuchaban cuñas publicitarias como la que decía: “Boston: mejor música gracias a la Ciencia” (Roberts, David. Crónicas del Rock. Una historia visual de las 250 mejores bandas de todos los tiempos. Barcelona, Lunwerg, 2013; págs. 82-83). En aquel primer álbum es donde se encuentra la quintaesencia de Boston: un hard rock melódico con una producción muy cuidada, con un sonido cristalino, algunas influencias procedentes del rock progresivo y, ante todo, la pretensión de llegar al gran público utilizando las premisas de lo que se ha venido en denominar “Adult Oriented Rock” (AOR). El segundo disco, titulado “Don’ look back”, se publicó en 1978 y en él se incluyeron ocho cortes todos compuestos por Tom Scholtz, aunque él siempre quiso haber contado con una canción más; de hecho, la cara B de este Lp sólo dura quince minutos. Lo cierto es que el metódico y concienzudo Scholtz se vió sorprendio y violentado por la compañía discográfica (CBS), que no quiso conceder más tiempo a la banda para la preparación de su segundo álbum; de tal manera que prácticamente lo publicaron a partir de la maqueta provisional que recibieron del grupo, para desesperación de Scholtz quien reconoció que habría necesitado unos seis meses más para pulir el trabajo. El malestar entre el guitarrista y la discográfica fue a más, hasta el extremo de verse involucrados en una serie de demandas y pleitos, en los que unos reclamaban indemnizaciones por no haber entregado a tiempo algunos materiales, mientras que la banda acusó a la compañía de no beneficiarles con los royalties a los que tenían derecho. No volvieron a grabar otro disco hasta ocho años después, ya con el grupo desmembrado, el titulado “Third Stage” (1986), donde se recogía la conocida balada “Amanda”. Volviendo a “Don’t look back”, con todos sus problemas que hemos comentado, me sigue pareciendo un trabajo interesante, tal vez no tanto como el primero pero con buenos temas: “It’s easy“, “Don’ be afraid“, “A man i’ll never me” o el que titulado igual que el disco, el más popular de este álbum.

En recuerdo de Sib Hashian (1949-2017), batería del grupo Boston en los álbumes “Boston” (1976) y “Don’t Look Back” (1978)

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Las Cinco Canciones de JakeSnake (IV): “Mystery” (Dio)

España suspendió el Servicio Militar Obligatorio en 1996 aunque, en realidad, siguió funcionando hasta 2001, cuando fue sustituido por un modelo de ejército profesional en el que las mujeres también tuvieron, y siguen teniendo, cabida. Obviamente, yo no me libré y, como ya he comentado en alguna ocasión, me tocó hacer la “mili” en Melilla (dicen que fue por sorteo …), previo paso por el CIR de Camposoto, en San Fernando (Cádiz), donde realicé la instrucción. Fue un año en total, del que guardo buenos y malos recuerdos, aunque realmente los malos momentos no fueron tantos; lo peor fue tener que dejar mi trabajo para incorporarme a filas, los primeros momentos de desconcierto cuando abandonas la vida civil para incorporarte a la disciplina y la vida militar, y los malos días que pasé, ya en Melilla, hasta que me dieron el destino definitivo en el botiquín del Regimiento de Caballería Acorazado “Alcántara 10”, como soldado agregado de la Compañía del Cuartel General, mi destino inicial. Os cuento todo este rollo porque nuestro invitado de esta semana fue militar profesional durante cuatro años de su vida, precisamente el período que protagoniza la entrada de hoy, unos años en los que JakeSnake no abandonó su pasión por la música y, en particular, por el heavy metal. Ha querido que “Mystery” sea la canción que represente aquella etapa de su vida, un tema de Ronnie James Dio y Jimmy Bain publicado en el segundo álbum de estudio de la banda Dio, el titulado “The Last in Line” (1984).

“Tal y como comentaba en mi segunda aportación a esta enorme bitácora, siempre consideré la música, además de como una de las grandes pasiones de mi vida -por no decir la que más-, como un eficaz y casi infalible recurso para trasladarme por distintos momentos, felices y no tanto, de mi particular existencia. Hablaba también en el mencionado post, de ese tan maravilloso como extraño, por desgracia, fenómeno de sentirse plenamente bienaventurado, y sobre todo, de tener absoluta constancia de ello.

Bien, pues hoy voy a trasladar esa sensación 5 años más allá, o sea, a mis 19 años. Resulta que, por circunstancias varias, en una decisión que aún a día de hoy me sigue sorprendiendo a mí mismo, ingresé en el ejército como soldado profesional. Destaco lo sorpresivo del asunto porque nunca fui yo alguien que sintiera una especial vocación militar, casi que lo contrario. Cuatro años fueron los que permanecí sirviendo a la patria, algo de lo que no me arrepiento si bien tampoco me provoca un orgullo especial.

El caso es que, antes de ser enviado a destino, era necesario pasar un periodo de aprendizaje de tres meses en un centro de formación, en Rabasa (Alicante) en mi caso. Así que imaginaros, 19 años, 500 chic@s en aquel regimiento y una ciudad tan maravillosa como Alicante… una mezcla explosiva en la que era imposible no pasarlo bien. En esta ocasión la impresión de felicidad que anteriores aportaciones describía no respondía a ese aroma tan fresco, inquieto e ingenuo de los 14 años, olía más bien a alcohol, a garitos oscuros, a hormonas adolescentes en plena ebullición y a noches que tan solo la salida del sol podía poner fin.

Varios, muchos, fueron los discos que ambientaron aquella inolvidable e irrepetible época, pero tres son los que no tengo más remedio que destacar por su especial incidencia: “Wild Frontier” de Gary Moore, el mejor acompañante durante los innumerables viajes en bus desde Cartagena a Alicante y viceversa, “Images and Words” de Dream Theater, un inesperado regalo de mi chica que desde ese preciso instante pasó a ser mi álbum favorito forever and ever, y “The Last in line“, el discarro de Dio que tanto me hizo disfrutar cuando, mediante un discman, lo escuchaba todas y cada una de las noches (que no se nos permitía salir, claro) en la litera de aquel viejo barracón, evitando así el jaleo que ochenta tíos adolescentes en plena efervescencia dentro de un mismo espacio pueden acarrear. Creedme, nunca un somnífero fue tan placentero y tan poco tranquilizante.

Nada más finalizar mi etapa alicantina descubrí “Holy Diver“, seguramente la joya de más quilates de Ronnie James Dio en solitario, y hasta el último instante he dudado si “Caught in the middle“, una de mis grandes debilidades, debería ser la destacada hoy, pero finalmente he comprendido que hubiera sido injusto no hacerlo sobre una canción de The Last in line. Pudieron haber sido “Evil eyes“, “We rock“, “I speed at night” o “Breathless“, pero sin duda esta “Mystery” es la con la que mejor vuelvo a sentir esa fragancia que antes describía. Ya sabéis, el milagro de la música …”

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Las Cinco Canciones de JakeSnake (III): “Think about you” (Guns N’ Roses)

Hoy más que nunca, estaría bien contar con los comentarios de las chicas en relación al tema planteado por JakeSnake. Tal vez algunas de vosotras intentéis convencernos de que siempre os han gustado los chicos tranquilitos y bien educados, los que sacaban buenas notas en clase, los que no fumaban y los que trataban a las chicas con educación y dedicación; pero, por qué será que nunca he conocido a nadie, con este perfil, que haga estragos entre las mujeres, y más a los dieciséis años. Si en la entrada anterior Jake nos contaba cómo se resistió al “bakalao”, hoy hace lo propio con el grunge, sobre todo desde que entraron en escena los potentes Guns N’ Roses y su carismático líder, Axl Rose. “Think About You”, el tema elegido por JakeSnake, fue escrito por el guitarrista Izzy Stradlin y pertenece a uno de los mejores álbumes de los estadounidenses: “Appetite for Destruction” (1987).

“Recuerdo, como si fuera ayer mismo, la tarde en la que mi madre, ante mi negativa a acompañarla al hipermercado para realizar la compra, me convenció mediante la promesa de comprarme un CD. Inmediatamente acepté el soborno, Ella me conocía mejor de lo que nadie me conocerá jamás. Por favor, no penséis que era un mal hijo, tan sólo que tenía 16 años y temía que algún compañer@ de instituto me sorprendiera en tan “embarazosa situación”. Mi reputación de rebelde oficial de clase podía irse al garete fulminantemente si era descubierto…

Y es que esa era seguramente mi máxima preocupación en aquel momento, ser un malote. Porque desde bien temprano comprendí que ellas se sentían irresistiblemente atraídas por el tipo malo, que se derretían por el chico salvaje e impulsivo que aparenta una seguridad aplastante en sí mismo y que muestra una total indiferencia por todo lo que le rodea; excepto él mismo, claro.

En este sentido, quizá nunca logre entender ese magnetismo femenino hacia el tipo duro, la contradicción en la que ellas suelen caer al desear al granuja que representa todo lo contrario a lo que predican, la irreprimible erótica que sienten hacia el macho alfa que va por libre y se sienta en la fila de atrás, pero lo cierto es que funciona, es casi un hecho demostrado científicamente. Pudiera decirse pues, que la principal motivación que me movía era aparentar ser un rebelde, sin moto pero con causa, la de ligar 😉

Visto desde la perspectiva que otorga la lejanía más de 20 años después, dejarse los pelajos largos, llevar chaqueta de (semi) cuero con 35 grados a la sombra, mostrar una permanente actitud interesante (o sea, ceño fruncido y cara de dolor de estómago crónico) y provocar día sí día también al profesor para ganarse la atención general, bien pudiera parecer una completa sandez, pero en aquel momento era casi una forma de vida.

Mi particular sublevación hacia todo lo que no fuera yo mismo, como no podía ser de otra manera, también incumbía a la música. Porque cuando la inmensa mayoría, súbitamente, se convirtió a la religión Grunge con Kurt Cobain como único y todopoderoso Dios renunciando flagrantemente a sus divinidades anteriores, yo preferí seguir profesando la doctrina Hard Rock. Tan sólo me faltaba una figura a la que aferrarme para que interpretara el rol antagónico respecto a Cobain y así concretar mi personal insurrección: Bon Jovi, Ozzy y Joey Tempest aparentaban ser demasiados endebles y, sobre todo, estaban muy manidos frente a la imponente y fresca imagen del Rey de Seattle, mientras que Bruce Dickinson, Michael Kiske o Eric Adams resultaban bastante desconocidos para la mayoría.

Fue entonces cuando, de repente, apareció en mi vida Axl Rose en el videoclip de “Sweet child o´mine“. Era exactamente lo que andaba buscando, esa estética, esa arrogancia, esa voz, ese carisma. Comprenderéis entonces que el CD que elegí aquella tarde en el hipermercado fuera “Appetite for destruction”, un álbum que devoré con una avidez demencial, obsesiva, casi alucinógena, hasta el punto de emplear los siguientes 6 meses de mi vida escuchando única y exclusivamente esta obra magna sin parangón.

Cortes más conocidos como “Paradise city“, “Welcome to the jungle” o “Rocket Queen” junto con el mencionado “Sweet child o’mine” fueron los que más alcance mediático obtuvieron permitiendo la supervivencia del Hard Rock en tiempos favorables a lo alternativo, siendo además, los grandes responsables de derrocar la comercialidad rockera de la segunda mitad de los ochenta en favor de un estilo más callejero, salvaje y macarra. Sin embargo yo siempre sentí una especial inclinación a otros temas menos renombrados como “It´s so easy“, “Nightrain” o “You´re crazy“. De entre todas, me quedo con “Think about you”, porque fue (aún lo sigue haciendo) la que más violentamente voló mi cabeza adolescente, porque -junto a “Kickstart my heart“- es la canción que más veces he cantado junto a mis amigos en un perfecto y etílico spanglish y sobre todo, porque quizá sea el final de canción -esa doble voz de Axl y ese conmovedor “youuuuuu only youuuuuu“- más acojonante que yo haya escuchado nunca”.

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Las Cinco Canciones de JakeSnake (II): “Wasted Years” (Iron Maiden)

Jake nos habla hoy de cómo era su vida a los catorce años, de la intensidad con la que se viven las relaciones sociales, los juegos, el aprendizaje de lo cotidiano y, en general, todo lo que tiene que ver con la amistad y el sentido eufórico de la existencia. Pero también de algo que es bien difícil a esta edad, como es tener juicio crítico e ideas propias; de cómo amar el heavy metal cuando el resto de tus amigos pierden el sentido por el “bakalao“, un invento surgido en la zona de Levante durante los años noventa que triunfó en las discotecas españolas, en los coches de algunos de sus seguidores y entre todos los deseosos de agitación “makinera”. El tema que nos propone Jake para ilustrar estas vivencias es “Wasted Years”, escrito por el guitarrista Adrian Smith, incluido en el sexto álbum de estudio de la banda británica Iron Maiden, titulado “Somewhere in Time” (1986).

“Una vez iniciada mi recalcitrante e irreversible devoción musical, siempre he considerado a la música como una fiel compañera de mi vida y sobre todo, como una especie de banda sonora de todas y cada una de las etapas que he ido quemando a lo largo de mi existencia. Algo así como una especie de recurso para trasladarme a distintos y remotos momentos vitales, un vehículo (¿acaso un DeLorean?) en el que viajar en sentido contrario al que sigue la inexorable línea de mi vida.

Si en mi primera contribución hacía alusión a mi más tierna infancia, hoy voy a referir sobre el verano de los 14 años. Hubieron otros, el de los 17, el de los 19, el de los 22… pero guardo un cariño muy especial al del año ´94, supongo que por ese aroma tan fresco, inquieto e ingenuo inherente a esas tempranas edades. Además ocurrió en aquel intervalo estival un fenómeno que, aún a día de hoy, o mejor dicho, especialmente hoy, me sigue pareciendo tan sorprendente como maravilloso: Era feliz y era consciente de ello. Recuerdo que incluso, mientras íbamos en bus hacia la playa, disputábamos apasionantes e interminables partidos de fútbol o jugábamos eternas partidas de cartas en las aceras hasta altas horas de la madrugada, había momentos en los que me era imposible evitar interrumpir mentalmente mi frenética actividad social para reflexionar ante tan radiante estado de ánimo.

No sé si me explico, aunque quizá tampoco haga falta, esa sensación puede resultar tan difícil de argüir para el que suscribe como fácil de reconocer para el que lee. Supongo que todos, de un modo u otro, hemos experimentado esa maravillosa sensación de libertad plena totalmente exenta de responsabilidad más allá de pasarlo bien, esa creencia ciega de que aquellos amigos eran los mejores que se podían tener y que permanecerían ahí el resto de tus días, ese descaro casi insolente por probarlo todo y no tener que arrepentirte de nada excepto de no haberlo intentado, esa palpitante impresión ante nuevas y fascinantes vivencias, ese convencimiento absoluto de que nada podría salir mal… Si una leve sonrisa se dibuja ahora mismo en tu rostro, no hay duda, tú también has tenido 14 años.

En aquellas primeras épocas de devoción musical mi punto de mira apuntaba única y directamente hacia todo lo relacionado con el Rock y Heavy ochentero (intereses, actitudes, vestimentas, peinado 😆), a pesar de que la mayoría de los colegas del barrio se inclinaron más hacia lo que se denominó como Bakalao, con especial mención hacia Las Cantaditas, muy de moda en aquel entonces por la zona levantina. Tan sólo unos pocos valientes en la barriada osamos a desafiar el dominio makinero mediante un juramento que particularmente aún mantengo con más vigencia que nunca. ¿Qué fue de los otros audaces retadores? Desconozco si rompieron sus promesas. En nuestro caso, y a pesar de lo que uno cree con 14 años, para siempre resultó ser demasiado tiempo…

No obstante, quiero pensar que el invisible lazo que nos unió mientras escuchábamos “Shot Through The Heart” o “Born to be my baby“, o cuando descubríamos conjuntamente temas como “On Broken Wings“, “Hail and kill” o “I want out“, en cierto modo, nunca se romperá. Mención especial a nuestro primer concierto, nada menos que Iron Maiden, algo así como desvirgarse con Sharon Stone (nuestra musa por aquel entonces). Volvimos a ver a Steve Harris, Dickinson y compañía tres o cuatro veces más, incluyendo un inolvidable (a pesar de las lagunas que produjeron en nuestra memoria ciertas sustancias) viaje de pirados a La Cubierta de Leganés junto a Megadeth, pero nunca pudo ser lo mismo. Jamás podré olvidar (esta vez el recuerdo sí es muy nítido) nuestras sonrisas bobaliconas mezcla entre incredulidad y felicidad plena tras el “desvirgador” concierto en Los Alcázares mientras corríamos como dementes en pleno éxtasis de locura hacia el lugar acordado con el hermano mayor de uno de ellos para recogernos.

Y es que si hubo una banda más especial en aquella etapa, esa fue sin duda Iron Maiden, con especial relevancia hacia “Live after death” y “Somewhere in time“. He estado a punto de elegir “Hallowed be thy name“, por ser mi preferida de siempre de la doncella, o “Heaven can wait“, la que mejor logro evocar del mencionado concierto. Sin embargo voy a destacar “Wasted Years” por dos motivos: El primero porque, al contrario de lo que aquí estoy haciendo, sus líricas tratan acerca de no quedarse anclado en el pasado, de no desperdiciar nuestro tiempo buscando irrecuperables y lejanos años, quizás estos sean los mejores y no nos estamos dando cuenta de que lo que realmente cuenta es el eterno presente; y el segundo porque, aquella madrugada en la que interrumpimos la partida de Cuatrola para colarnos en el salón de la casa de mi amigo mientras sus padres dormían para visualizar en VHS el videoclip expuesto a continuación, comprendí que amaría el Heavy el resto de mis días. A veces, con 14 años, uno no se equivoca tanto como se pudiera creer…”

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Las Cinco Canciones de JakeSnake (I): “Homeland” (Europe)

Hace poco más de un año este blog estaba inmerso en las fases previas correspondientes a la X edición de los “Premios 20Blogs”, que anualmente convoca el periódico 20 Minutos. El día tres de marzo de 2016 publicaba una entrada con motivo del segundo aniversario de esta bitácora, en la que aproveché para poner en marcha “Las Cinco Canciones de tu Vida” y para comunicar mi segundo puesto provisional -en la fase de votación popular- dentro de la categoría “Música”, a la que concurrimos un total de 162 webs. Aún era pronto para cantar victoria, ya que correspondía al jurado la nominación de los tres finalistas por categoría que habrían de disputar los premios. Estaba francamente contento por haber recibido vuestro apoyo y vuestros votos, y también por los cariñosos comentarios que me dedicasteis en aquel post; tras las palabras de los amigos habituales, recibí el siguiente comentario firmado con el nick JakeSnake: “Hola Raúl. Lo primero felicidades por tu estupendo blog y felicidades por el 2do aniversario (con retraso, eso sí). Llegué aquí mediante el concurso 20blogs, te deseo lo mejor, estoy seguro que estarás entre los tres finalistas. Si es así, no dudes en asistir a la gala, es una experiencia estupenda (doy fe). Lo dicho, enhorabuena y suerte”. Cuando el jurado del concurso me incluyó entre los tres primeros, Jake entró para un nuevo comentario: “Te lo dije, estaba seguro que estarías en la terna final del concurso 20Blogs. Enhorabuena Raúl, bajo mi punto de vista esta nominación es más que merecida. Como ya te dije, no dudes en asistir a la gala si puedes, es una experiencia bastante especial y única. Mucha suerte Raúl, te deseo lo mejor”. JakeSnake es, junto con sus compañeros Oloman y Nostromo, el responsable de Musicae Memorandum, un excelente blog de música que había sido distinguido, justo el año anterior, con el mismo premio al que yo optaba. Os lo podéis imaginar; para mí fue algo importante, los vigentes ganadores pensaban que La Guitarra de las Musas se merecía estar entre los finalistas, era como si Jake me hubiera apadrinado y marcado para la ocasión.

Hace poco JakeSnake tuvo la gentileza de invitarme a participar en la fiesta correspondiente al cuarto aniversario en la blogosfera de Musicae Memorandum; por supuesto, no lo dudé y, como ya sabéis, quise participar con uno de los grandes temas de Pink Floyd: “Dogs“. Cuando os adelanté que participaría de esta iniciativa os describí este blog como un espacio de gran calidad por sus excelentes contenidos, por la música que nos proponen y por la exquisita manera que tienen de contarlo, con abundantes enlaces y referencias, por no hablar de su impecable formato, muy atractivo desde el punto de vista visual y bien ajustado a sus intereses. Os animo a que os paséis por allí, estoy seguro que no os va a defraudar.

Jake nos ha preparado cinco preciosas entradas, escritas con el corazón y con toda la generosidad que caracteriza su trabajo en Musicae Memorandum. Los metaleros vais a disfrutar de lo lindo, y los demás casi tanto como ellos. Comenzamos con un tema de Europe, “Homeland”, perteneciente a su álbum titulado “Prisoners in Paradise” (1991), con el que Jake nos recuerda sus inicios como bloguero y, de paso, rinde homenaje a una de sus pasiones musicales: las power ballads.

“Nunca logré recordar cuál fue el momento exacto en el que decidí que JakeSnake sería mi alter ego y que Power Ballads sería mi primer blog. Aunque, ahora que lo pienso y siendo sincero, en realidad nunca fue tal, me explico: No lo fue, ni de hecho lo es, porque nunca fue un espacio ideado para ser actualizado regularmente, su creación respondió más a una suerte de impulso reivindicativo en defensa de este tipo de canciones que yo tanto estimo y que tan desprestigiadas y denostadas en general advierto, con especial ensañamiento (esto es una percepción muy personal) de muchos de aquellos que parecen jactarse de albergar en sí mismos una cultura musical considerablemente codiciada e inalcanzable por el resto de los mortales. Todo ello unido a que, por aquel entonces, no hacía otra cosa sino investigar en multitud de blogs en busca de ignotas e infravaloradas bandas de AOR, dio como resultado mi conato de testimonio perenne en forma de particular legado a la humanidad y por ende, mi primera incursión en el universo bloguero.

Algunos años después, una llamada telefónica ejecutada por un compañero de trabajo y sin embargo gran amigo, bloguero musical también, alteró mi rutina vespertina para citarme urgentemente en un garito rockero de nuestra ciudad -Cartagena- para comentar “el email” “¿A qué email se refiere este chalado?”, me preguntaba yo de camino al lugar en cuestión. Pues a uno enviado a una dirección errónea en el que me proponía unirme de inmediato a un nuevo proyecto junto con un maestro bloggero amigo suyo. ¿Qué cuál fue mi respuesta ante aquella atropellada proposición? Musicae Memorandum.

Centrándome ya en la primera de las cinco canciones de mi vida, he de reconocer que voy a aprovechar la impagable oportunidad que me brinda Raúl para rendir homenaje a aquellos temas que, por pertenecer a bandas ya reseñadas en nuestra propia bitácora con otras canciones, no he podido personalmente honrar como entiendo se merecen. ¿Significa eso que son peores que las titulares? En absoluto, incluso en algunos casos lo contrario.

Y como no hay nada mejor que comenzar por el principio, esta primera contribución empieza en el mercadillo semanal de mi pueblo una lejana y fresca mañana de invierno en la que, hastiada por la inquebrantable insistencia de un criajo de 8 años, mi madre accedió finalmente a comprarme “The Final Countdown”, la cassette con la que se inició mi caótica y obsesiva pasión por la música. Y por las Power Ballads.

Tal fue el impacto de aquella cinta en mi inocente existencia que, si tuviera que escoger la canción más importante de mi vida, aquella que elegiría como última voluntad para escuchar justo antes de morir, esa sería “Carrie“. Y no sólo porque fue la primera que me erizó la piel, si no porque, pasados unos años, “Carrie” pasó de ser mi canción a ser nuestra canción.

El nuevo estatus de custodia compartida con María ocurrió años después, en tiempos de instituto, esos que tan rápidos transcurren y que tan lentos abandonan tu memoria. Tiempos esos, en los que las canciones de “Prisoners en Paradise“, entre otras, ambientaban aquellas tardes en las que me era demencialmente imposible evitar rememorar una y otra vez la conversación de 10 segundos que había mantenido con Ella esa misma mañana, jornadas aquellas en las que un súbito y casi imperceptible cruce de miradas entre ambos desde nuestros respectivos pupitres podía durar horas y horas en mi cabeza…

Podían haber sido otras como “I´ll cry for you“, “Dreamer“, “Open your heart” o “Tomorrow”, muy presentes todas ellas en aquella dichosa, radiante e inolvidable etapa en las que las mariposas revoloteaban tan fuerte que en ocasiones temiera sufrir una úlcera estomacal. Pero finalmente me decidí por “Homeland”, a pesar de que sus líricas tratan sobre un amor veraniego, pasajero, un amor diametralmente opuesto a aquel que comenzó un invernal día de febrero y que aún perdura tras justo ahora 20 años

¿Por qué “Homeland” y no las otras? Pues porque acaso sea la que mejor y de manera más enérgica simboliza eso que en nuestro blog hemos tenido a bien en denominar como “el milagro de la música”, o sea, la capacidad que posee una canción en transportarte a otro lugar en el tiempo y hacerte revivir sensaciones que creíste ya olvidadas; aquel beso, aquella mirada, aquella sonrisa, aquel olor… incluso aquel trago tan duro.

Y es que todavía me estremezco cuando la guitarra inicial de Kee Marcello sacude mi cordura y el litúrgico órgano de Mic Michaelli acaricia mi alma justo antes de que Joey Tempest entone esa primera estrofa (que asombrosamente supe entender en inglés casi a la primera) añorando lejanos e interminables días de verano en los que se podían escuchar olvidadas canciones, se hacían promesas eternas y se sentía una libertad tan absoluta, que únicamente podía ser turbada por la tristeza tan intrínsecamente ligada a las despedidas. Yo también creí equivocadamente que el mañana era un tiempo muy lejano, igualmente me perdí en el tiempo y sentí que los días pasaban muy rápidos, casi tanto como el escalofrío que recorre mi columna vertebral al escuchar ese sonido que acompaña a la búsqueda de la “peace of mind” del estribillo.

Sin embargo y paradójicamente, hoy y siempre, se me sigue deteniendo el tiempo al compás de la emocionante ralentización del final de la canción de igual manera que se detuvo hace justo ahora 20 años en el anfiteatro del instituto durante nuestro primer beso”.