Hace algunas semanas, el amigo Adrián -autor del excelente blog Bonus Track– nos invitaba a conocer el primer disco de la estadounidense Nikki Hill; solo me hizo falta escuchar una canción, y ver su desempeño en el vídeo correspondiente, para darme cuenta que no era una más, me quedé literalmente pegado a la pantalla del ordenador. Se lo comenté a Adrián y me dijo: ¿por qué no te vienes a verla en directo? Yo ya tengo mi entrada. Me apunté al sarao inmediatamente, al igual que el verano pasado cuando él mismo me facilitó el ticket para asistir al concierto de Jethro Tull, al que finalmente no pudo ir debido a una indisposición de última hora. Nos quedaba pendiente vivir un concierto juntos y esta vez sí que pudo ser; nos acompañaron Sara, Marta y mi hermano Carlos (en una de las fotos nos podéis ver a todos).
La música con los amigos se vive con mayor intensidad y pasión, ya desde el mismo momento de las presentaciones, las cervezas previas y la charla sobre música o cualquier otro asunto que se preste a una buena conversación, más que nada porque es un momento en el que ya estamos todos preparados para el evento, con un puntito de excitación que no nos abandona hasta que empieza la actuación. Tras esperar un poquito en la cola, entramos a la sala BUT, que recuerdo de mi época universitaria, cuando la noche parecía no acabar nunca. Una vez asumida la clavada de rigor por las cervezas o los cubatas (por cierto, más aún que el precio, odio los vasos de plástico, es la parte más antipática de los conciertos), nos buscamos un lugar para disfrutar de la actuación que, finalmente, fue excepcional.
Los primeros compases nos mostraron un sonido algo sucio, manifiestamente mejorable, y pensamos que, tal vez, no era el lugar adecuado para un concierto de rock. He de decir que esa sensación me duró bien poco, en la segunda canción ya todo me parecía fenomenal. Nikki Hill es una estrella, una de esas artistas que uno puede ver pocas veces en la vida; mi amiga Marta la llegó a comparar con Tina Turner. Sus cualidades vocales son portentosas, con un dominio de la afinación, tanto en los graves como en sus increíbles agudos, muy poco habitual. Pero yo diría que ésta no es su faceta más destacada; a Nikki Hill le fluye la música por todo el cuerpo, domina el tempo a la perfección -como los grandes boleristas-, sabe cuando parar y volver a arrancar, siempre en la décima de segundo exacta, perfectamente sincronizada con sus compañeros. Es, además, guapa, simpática y portadora de una cautivadora sonrisa; sinceramente, lo tiene todo para triunfar y me extraña que aún no lo haya hecho.
La banda está a su altura, suenan muy potentes y están perfectamente empastados, siempre al servicio de la solista pero con una buenísima calidad instrumental; un batería solvente (Joe Meyer), un bajista espectacular, con un ritmo endiablado (Ed Strohsahl) y un guitarrista (Matt Hill, esposo de Nikki) brillante y a la altura de las circunstancias. En definitiva, un grupo compacto, un verdadero equipo, con unas individualidades propias de una gran banda.
Tan solo tienen un disco («Here’s Nikki Hill»), donde se puede apreciar bien su estilo de rock & roll clásico, en ocasiones incluso rockabilly, con evidentes influencias procedentes de la música negra, en concreto del soul, el blues y el rhythm & blues. Pero Nikki Hill es una de esas artistas que son mucho mejores en directo, ni siquiera sus vídeos de youtube hacen justicia a su poderosa puesta en escena. Apenas nos ofreció un par de canciones semi-lentas, el resto fue pura dinamita rocanrolera.
Entre los temas que pudimos disfrutar había bastantes versiones, todas ellas ejecutadas de manera magistral: «Sweet Little Rock & Roller» (Chuck Berry), «Twistin’ the Night Away» (Sam Cooke), «Who where you thinking of» (Texas Tornado), «Whole Lotta Rosie» (AC/DC) y probablemente hubo alguna más, además de sus temas propios.
Estábamos entusiasmados, no queríamos que acabara y cuando lo hizo agradecí (¡quién lo iba a decir!) que estuviera rodeado de fumadores; el arrebato nicotínico post-concierto fue la excusa perfecta para intercambiar opiniones sobre lo que habíamos presenciado, estuvimos hablando un buen rato hasta que nos marchamos aunque la excitación aún nos acompañó unas horas. Tan solo pagamos trece euros. Nikki Hill, ¡te adoramos!
The Alan Parsons Project. «Silence and I»
El liderazgo en los grupos de rock suele recaer en aquellos integrantes que tienen un mayor carisma, un peso más destacado en la composición de los temas o una importancia capital en el desarrollo vocal o instrumental del repertorio; en ocasiones, esta responsabilidad se reparte y, otras veces, el grupo parece estar, únicamente, al servicio de su líder. Lo que resulta menos habitual es que una banda de rock gire en torno a la figura del productor-director, que compone los temas y elige a los músicos necesarios para la ejecución de su obra. Este es el caso del músico e ingeniero de sonido inglés Alan Parsons, cuyos primeros pasos en la música profesional los dio como técnico de grabación para grupos y solistas tan importantes como los Beatles (participó en «Abbey Road» o «Let it Be»), Paul McCartney y Wings, Pink Floyd («The Dark side of the Moon»), Al Stewart, etc. Hacia 1974 entró en contacto con el músico Eric Woofson y juntos crearon «The Alan Parsons Project»; el primero sería el responsable del concepto musical, la composición y la contratación de artistas; Woofson, por su parte, contribuiría en la composición, en los aspectos más creativos y, también, como vocalista en algunos temas. El primer disco, «Tales From Mystery and Imagination», un álbum conceptual basado en la obra de Edgar Allan Poe, vio la luz en 1976; después publicaron «I Robot» (1977), «Pyramid» (1978), «Eve» (1979), «The Turn of a Friendly Card» (1980) y el disco que contiene la canción de hoy: «Eye in the Sky». Después hubo más pero, desde mi punto de vista, tienen menos interés. Aún gustándome «Eye in the Sky» (1982), prefiero los tres primeros y por ese orden; sin embargo, con este disco el proyecto de Alan Parsons consiguió llegar a todo el Mundo, fue un gran éxito de ventas y temas como «Sirius» o «Eye in the Sky» son bien conocidos. El secreto del éxito fue mezclar hábilmente un producto de calidad -con arreglos orquestales y maneras de rock progresivo- con melodías sencillas al oído en clave pop-rock, algo así como un rock melódico progresivo o AOR progresivo. La canción elegida, «Silence and I» es una buena muestra de lo que acabo de comentar; el vídeo está subtitulado en español, os recomiendo que también prestéis atención a la letra, francamente sugerente.
Kris Kristofferson / Johnny Cash / Chet Atkins. «For the good times»
Hay artistas que son más importantes de lo que aparentan, que dan la sensación de ir de tapados ya sea por su versatilidad profesional o por su habitual trabajo en la sombra. Salvo para los aficionados a la música bien informados, Kris Kristofferson es un actor de cine que estuvo casado con la cantante Rita Coolidge y que, además, canta country. Sin embargo, es mucho más que todo eso, es un compositor de gran talento, cuyas canciones forman parte del repertorio de artistas tan destacados como Ray Price, Waylon Jennings, Johnny Cash o Willie Nelson, por mencionar sólo algunos nombres; sin ir más lejos, su canción «Me and Bobby McGee» fue inmortalizada por Janis Joplin en su álbum póstumo «Pearl», publicado en 1971. Un año antes, Kris Kristofferson había editado su primer disco («Kristofferson») en el que se incluía este tema. Pero no vamos a hablar de él, sino de la canción número 10 de ese mismo Lp, la titulada «For the Good Times», por la que su autor recibió el premio de la Asociación de la Música Country a la mejor canción del año 1970, a cuyo éxito contribuyó Ray Price que también la había grabado y con gran éxito. Es una canción preciosa, tanto en sus aspectos melódicos como en los literarios; es un relato triste, melancólico y sincero sobre el final de un amor, una iluminada visión sobre la derrota y la despedida: «No pongas esa cara tan triste, sé que esto se acabó (…) Me quedaré sólo. Tú encontrarás a otro, pero yo continuaré aquí, por si alguna vez sientes que me necesitas (…) Habrá muchísimo tiempo para la tristeza una vez te hayas ido. Reposa tu cabeza sobre mi almohada y junta tu dulce y caliente cuerpo junto al mío. Escucha el silbido de las gotas de lluvia golpeando suavemente contra la ventana y haz como que me quieres una vez más, por los buenos tiempos». La lista de versiones es larga y de calidad: Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Frank Sinatra, Dolly Parton, Willie Nelson, etc.; en esta ocasión, me he inclinado por las de Kris Kristofferson, Johnny Cash y por una instrumental, la debida al gran maestro de la guitarra Chet Atkins. Como siempre, este blog está abierto a cualquier otra versión que consideréis interesante.
Oysterband. «New York Girls» / «20 de abril» / «Granite Years»
El pasado 6 de octubre aparecía en La Guitarra de las Musas un grupo, Gwendal, que ha tenido mucha influencia en formaciones que, durante los ochenta y los noventa, han participado de propuestas híbridas con el rock, el folk tradicional y las melodías celtas como protagonistas. En estos parámetros musicales se mueve Oysterband, inicialmente conocida como The Oyster Band, una banda formada en Inglaterra hacia 1976, de influencias celtas -como acabo de comentar-, muy cercana a los sonidos del folk eléctrico británico de finales de los sesenta que cultivaron grupos como Fairport Convention, y también muy en la línea de bandas coetáneas como The Pogues o The Waterboys. Otra de las señas de identidad de Oysterband es su querencia hacia los temas de carácter socio-político, algo que se evidencia en sus letras, al igual que sucede con un grupo español al que podríamos considerar como hermanado: Celtas Cortos. De hecho, es habitual verlos juntos en festivales tan importantes como el de Ortigueira, y colaboran a menudo en sus proyectos discográficos. Jesus Cifuentes, por ejemplo, colaboró en el disco «Deserters» (1992) de los ingleses, en concreto en las voces del tema «Granite Years»; un par de años más tarde, Oysterband incluía una versión de «20 de abril», de los pucelanos, en su álbum «Trawler» (1994) y, en 2010, son los propios Celtas Cortos quienes versionan «Granite Years» en su disco «Introversiones», traducido como «Vida gris» y cantado en español. Hoy os voy a dejar tres canciones; la primera un tema tradicional: «New York Girls», también interpretado por otras bandas como la progresiva-folk Bellowhead (aquí dejo su versión), y que fue incluido en la banda sonora de la película «Gangs of New York«; el segundo tema es el ya comentado «20th of april» -para variar, un grupo extranjero ocupándose de una canción española-, grabado en inglés con partes en español; por último, la también mencionada «Vida gris» («Granite Years»), pero en lugar de elegir la del disco «Introversiones» he optado por otra en la que cantan juntos ambos grupos, también en los dos idiomas.
The Doors. «Riders on the Storm»
La primera vez que recomendé una canción de los Doors a mis amigos de Facebook (entonces no tenía blog) comentaba que ésta es una de las bandas más influyentes en la historia del rock; su propuesta musical, entre la psicodelia y el blues-rock, ha dejado una huella bien reconocible en grupos que vendrían después. Comenzaron su andadura en 1965 y, entre 1967 y 1971, crearon uno de los legados más importantes que se recuerdan; fueron seis discos de estudio, a cual mejor, todos ellos absolutamente imprescindibles: «The Doors» (1967), «Strange Days» (1967), «Waiting for the Sun» (1968), «The Soft Parade» (1969), «Morrison Hotel» (1970) y «L.A. Woman» (1971). Lamentablemente, el 3 de julio de 1971 fallecía en extrañas circunstancias su figura más carismática, Jim Morrison. El grupo continuó sin él durante unos años, incluso grabaron algún disco más, pero lo cierto es que ya nunca fue lo mismo, evidentemente The Doors no podían seguir existiendo sin Morrison. Siempre me he sentido cautivado por el sonido de este grupo, por ese inquietante halo de misterio que no era tanto responsabilidad de su cantante como del teclista de la banda: Ray Manzarek, un verdadero innovador de técnicas y sonidos gracias al uso de su «Fender Rhodes Piano Bass», el teclado que llegaba a sonar como un bajo, supliendo de esta manera a ese instrumento en las actuaciones en directo; recordemos que los Doors eran una banda de rock sin bajista, aunque recurrieran a algún profesional en sus discos de estudio. Probablemente Jim Morrison fue la imagen, incluso el alma de este grupo, pero el artífice de ese sonido Doors tan hipnótico y peculiar fue Ray Manzarek. Hace algunos meses me ocupé de su primer éxito, «Break on through»; hoy le toca el turno a su último gran tema, «Riders on the Storm» («L.A. Woman», 1971). Se ha especulado mucho sobre el significado de la canción (hay teorías de todo tipo), en esta ocasión prefiero quedarme con su inquietante música y con el genio de Manzarek, que consigue que salgamos aterrados y mojados tras el paso de esta tormenta de siete minutos. Una curiosidad, este tema está basado en un clásico del country: «Ghost Riders in the Sky», de Stan Jones; aquí lo tenéis en la voz de Johnny Cash.



