Los mitos y los héroes de la música, al igual que los relatos tradicionales sobre acontecimientos prodigiosos generados por dioses y semidioses, llevan siempre una aureola que los ilumina, los engrandece y acaba por convertirlos en leyenda. Dicen de Édith Piaf que era rebelde y soberbia, y que llegó a comentar que la gente decía de ella que podría cantar la guía telefónica y hacer que sonara bien. Hay muchas cantantes fabulosas pero son muy pocas las que llegan a emocionar, conmover y, como se dice coloquialmente, a poner los pelos de punta. Hace unos meses me ocupaba de uno de esos milagros que nos ha dejado la música: Billie Holiday; hoy le toca el turno a la francesa Édith Piaf. Tan sólo vivió cuarenta y siete años; salvo los momentos de gloria y reconocimiento profesional, tuvo una existencia tormentosa ya desde el mismo momento de su nacimiento, en plena calle y bajo una farola situada frente al número 72 de la parisina calle de Belleville; estuvo mal alimentada desde que nació, fue criada en un burdel, tuvo una única hija que falleció de meningitis a los dos años de edad, se vio envuelta en un escándalo por un asesinato cometido en su entorno de trabajo, su gran amor -el boxeador Manuel Cerdan- murió en un accidente de avión, y fue adicta a la morfina hasta el final de sus días. Cuando tu vida es así, y tienes un don para cantar y transmitir, bien puedes permitirte el lujo de recitar las páginas amarillas y que, además, te aplaudan a rabiar. «La Vie en Rose» es uno de sus temas más conocidos y, en cierta medida, responsable de su éxito; la autoría de la música corresponde a «Louiguy» (Louis Gugliemi) y la letra figura a nombre de la propia Édith Piaf, aunque es muy probable que fuera escrita por Marguerite Monnot. Hoy día día sigue siendo una de las canciones que generan más derechos de autor en Francia; de entre la multitud de versiones existentes, algunas fabulosas, yo me voy a quedar con dos: la de Amália Rodrigues, la gran dama de la canción portuguesa, la reina del fado; y la de la cantautora francesa Zaz, una propuesta más desenfadada y actual, en la que hábilmente se mezclan la «chanson» y el gypsy jazz.
Radio Futura. «La estatua del jardín botánico»
En el año 2006 la revista Rolling Stone realizó una encuesta, entre ciento cincuenta y seis músicos, en la que se preguntaba por las mejores canciones que ha dado el pop-rock español; de la lista final, compuesta por doscientos títulos, siete eran de Radio Futura, el único grupo que fue capaz de llegar a una cifra tan elevada. En 2012, el periodista y crítico musical Jesús Ordovás los definió como «el grupo de rock más importante e influyente de la reciente historia de la música pop española». Sea como fuere, en mi opinión, fueron los portadores de la máxima creatividad que nos dejó «La Movida» y, después, uno de los grupos de referencia durante los mágicos años ochenta. Podría decirse que la historia de Radio Futura tiene dos etapas bien diferenciadas, con un punto de inflexión identificado en la canción «La estatua del jardín botánico»; el propio Luis Auserón ha llegado a decir que no se sintieron responsables del grupo hasta que no apareció este single. La primera etapa, iniciada allá por 1979, se identifica con el estilo pop y desenfadado de aquellos años, incluso con el fenómeno «fan» (la discográfica Hispavox ya se cuidó de ello); fruto de esta estrategia fue su primer LP, titulado «Música Moderna» (1980), en el que se incluyeron éxitos como «Enamorado de la moda juvenil» o «Divina» (de éste tema nos ocuparemos otro día). La segunda etapa arranca con la edición de su segundo álbum: «La Ley del desierto / la Ley del mar» (1984), uno de sus mejores trabajos, plagado de influencias punk y de rock latino. Antes de este disco se había publicado, en formato single, «La estatua del jardín botánico» (1982); según ha manifestado su autor -Santiago Auserón- a la revista Rolling Stone: «La canción se me ocurrió mientras escuchaba Another Green World, de Brian Eno, y leía la Monadología, del filósofo alemán Leibniz. Ese librito tiene unas imágenes muy misteriosas que hablan de que dentro de cada estanque hay nuevos estanques y nuevos jardines, en el que siempre encontraremos nuevos peces y nuevas plantas. Esa imagen de mundos dentro de mundos me impresionó mucho» ¿Alucinación? ¿Paranoia? ¿Poesía?, sea como fuere estamos ante una obra única, un golpe de inspiración irrepetible, como ha manifestado S. Auserón, que le condujo a concebir una obra singular, probablemente la mejor de toda su carrera.
Asia. «Don’t Cry»
Hace algunas semanas tenía cabida en este blog un guitarrista controvertido en el entorno del heavy metal: Yngwie Malmsteen, para algunos un genio y para otros un músico sin alma. Al grupo de hoy le sucede algo parecido, gusta mucho y es muy bien valorado por seguidores del rock melódico -también llamado AOR o Arena rock- pero no tienen muy buena prensa entre ciertos partidarios del rock progresivo clásico, que suelen tildar a esta banda de montaje comercial y de ser poco fieles a sus orígenes sinfónicos. Puedo entender a los que opinan así, aunque no comparta su opinión; este grupo nació en 1981, después de algunos intentos previos fallidos, con la vocación de convertirse en una superbanda de rock progresivo: John Wetton (King Crimson, voz y bajo), Carl Palmer (Emerson, Lake & Palmer, batería), Geoff Downes (Buggles y Yes, teclados) y Steve Howe (Yes, guitarra). Lo sorprendente es que, con estos mimbres -todos músicos excepcionales, procedentes del rock sinfónico excepto, quizás, Geoff Downes-, la apuesta de Asia se encaminó hacia el AOR, sobre todo en sus temas más conocidos. El primer álbum, llamado igual que el grupo, se publicó en 1982, con portada del dibujante Roger Dean, y fue todo un éxito de ventas, incluyendo varios discos de platino en los Estados Unidos; sin embargo, la crítica especializada fue durísima, al igual que sucedió con su segundo trabajo («Alpha», 1983). Para mi gusto son los dos mejores discos de Asia, en el siguiente («Astra», 1985) ya no estaba Steve Howe, al que siempre he considerado uno de mis guitarristas preferidos. Aún siguen en activo, aunque sea de forma esporádica; de hecho han sacado disco este año, titulado «Gravitas». El super-éxito del primer LP fue «Heat of the moment» y la canción tal vez más conocida del segundo álbum, la que hoy traemos aquí, fue «Don’t Cry», compuesta por John Wetton y Geoff Downes.
Creedence Clearwater Revival / Joan Jett / Johnny Cash. «Have you ever seen the rain?»
¿Alguna vez habéis visto la lluvia cayendo en un día soleado? Vais a pensar que no sé de que hablar y que me acabo de poner a charlar sobre el tiempo, como cuando nos encontramos con cualquier conocido en un ascensor y, por alguna razón que desconocemos, no nos podemos conformar con permanecer tranquilamente en silencio. Esta frase interrogativa pertenece a una canción del grupo californiano Creedence Clearwater Revival, una banda de rock surgida a finales de los sesenta que, con pocos años de actividad (1967-1972), nos ha dejado un legado impresionante; su música sigue estando presente en la memoria de todos los buenos amantes del rock, han tenido influencia en estilos y grupos que vendrían después y sus canciones son utilizadas con frecuencia en la televisión, la publicidad o el cine. «Have you ever seen the rain?» es uno de esos temas de la Creedence que escuchamos por doquier; tiene el aspecto de canción sencilla, con una letra que habla de la lluvia, del sol y de las tormentas, sin embargo parece querer decirnos algo más; asunto éste, el de su hipotético sentido metafórico, sobre el que se ha especulado bastante. Hay quien entiende que se refiere a la Guerra del Vietnam y que la lluvia se identifica con las bombas cayendo del cielo; otros prefieren interpretarlo como el abandono, ya en los setenta, de los ideales que guiaron a la juventud y al rock durante la década de los sesenta; por otro lado, el propio compositor (John Fogerty) ha manifestado, en alguna ocasión, que el tema quería recoger el aumento de la tensión dentro del propio grupo ante el abandono inminente de alguno de sus miembros. «Have you ever seen the Rain?» fue incluida en su sexto y penúltimo álbum, «Pendulum» (1970), y ha sido objeto de muchas versiones, algunas muy interesantes; de entre éstas he optado por la de la rockera estadounidense Joan Jett, utilizada en la magnifica serie «The Wire», y por la del inigualable Johnny Cash. Estoy seguro que a todos, en algún momento de vuestra vida, os ha llovido en un día soleado; al fin y al cabo, las desgracias y los sinsabores también atacan a pleno sol.
Norah Jones. «Don’t know why»
En nuestra sociedad actual la música es un objeto de consumo más y, como tal, está sujeta a todo tipo de maltratos, desconsideraciones y arbitrariedades; gracias a Dios aún siguen quedando aficionados que tratan de poner en valor a artistas y grupos, alejados del Star system, que si no fuera por el esfuerzo de blogs y foros especializados no nos enteraríamos ni de que existen. Lamentablemente, muy a menudo, la calidad está reñida con el buen gusto; la industria de la música no hace otra cosa que empaquetar productos sencillos, elaborados de tal forma que sean capaces de abarcar un mercado cuanto más grande mejor. Para quienes nos negamos a formar parte de esta cultura borreguil, el hecho de oír que un disco ha vendido veintidós millones de copias, ha obtenido ocho premios Grammy y es conocido por gente que ni tú mismo hubieras pensado que escucha música, no suele ser un buen presagio. Sin embargo existen excepciones, hay buenísimos trabajos que, además, tienen la virtud de llegar a la gente y, por si fuera poco, incluso pueden gozar del favor de las multinacionales. Las cifras que acabo de dar corresponden al primer álbum de la cantante y pianista norteamericana Norah Jones, titulado «Come away with me» (2002). Formada en el gospel y en los clásicos del jazz y del blues, estudió canto y piano y, a los veinte años, ya estaba luchando por hacerse un hueco en el mundo de la música, en clubs de jazz y en auditorios de lo más diverso, donde apenas se congregaban un puñado de aficionados. Un buen día, en uno de esos locales, tuvo la suerte de que la escuchará un miembro de la discográfica EMI, quien le ofreció una oportunidad. Tras grabar un EP en el año 2001 («First Sessions») y, sin apenas promoción de ningún tipo, salió a la luz el mencionado «Come away with me» que rápidamente se convirtió en un éxito de crítica y público. El jazz, un estilo minoritario, se abría a las masas gracias a la delicada, sensual y melancólica voz de Norah Jones y, también, por el protagonismo del pop y el soul como elementos indispensables de este cóctel sabroso y estimulante. El disco se abría con «Don’t know why», una canción compuesta por Jesse Harris, muy representativa del estilo susurrante y relajado con el que nos cautivó Norah Jones.