Serrat. “Aquellas pequeñas cosas”

La vida es una suma de pequeñas cosas, de recuerdos que nos hacen llorar en la intimidad, cuando nadie nos ve. Éste es el sentir de una de las canciones más emocionantes y bellas del cantautor catalán Joan Manuel Serrat. “Aquellas pequeñas cosas” forma parte del álbum titulado “Mediterráneo” (1971), tal vez el más conocido y valorado de este artista; fue compuesto en su totalidad por él -excepto la letra de “Vencidos”, basada en un poema de León Felipe- e incluye temas tan recordados como “Mediterráneo”, “La mujer que yo quiero”, “Tío Alberto”, “Lucía”, “Barquito de papel” o la protagonista de nuestra entrada de hoy. La producción musical del disco estuvo a cargo de Piero Reverberi y de Juan Carlos Calderón, quienes también intervinieron en los exquisitos arreglos de este disco, al igual que Antoni Ros Marbà; Francesc Burrull cayó del proyecto cuando había empezado a trabajar en los temas “Mediterráneo” y “Vencidos”. En opinión de Luis García Gil (Serrat, canción a canción. Barcelona: Ronsel, 2004; págs. 112-113), “’Aquellas pequeñas cosas’ supone una introspección en la fragilidad de los recuerdos”:

“Asoma aquí la nostalgia y la capacidad sintética del cantautor para, prodigiosamente, narrarnos en poco tiempo lo que los recuerdos y el paso del tiempo traen consigo. Un violín y una guitarra son ahora los instrumentos que portan las emociones. ‘Aquellas pequeñas cosas’ es una canción mayúscula que tiene, como en ‘Barquito de papel’, la perfección de la síntesis, porque en poco campo expresivo todo se dice, nada se esconde. El tiempo naufraga y los recuerdos emanan de las palabras volcadas desde el sentimiento de la pérdida, de la huida, porque machadianamente Serrat canta lo que se pierde. Música y texto vuelven a dialogar ejemplarmente con hallazgos melódicos de primer orden. La escritura se revela espontánea y profundamente poética sin necesidad de recurrir a pareados forzados”

García Gil, Luis. Serrat, canción a canción. Barcelona: Ronsel, 2004; págs. 112-113.

En 1984, Serrat volvió a registrar esta canción, esta vez para el álbum “En directo” (1984), en el que intervinieron músicos tan destacados como Ricard Miralles (piano), Josep Mas ‘Kitflus’ (teclados), Jordi Clua (bajo), Francesc Rabassa (batería) y Albert Cubero (guitarra); en esta nueva grabación Serrat modificó la primera estrofa, para corregir un error lingüístico: “Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia”, en lugar de como aparece en el álbum de estudio: “Uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia”. Luis García Gil, en el texto mencionado líneas arriba, nos recuerda que este imperceptible cambio no ha sido recogido en la mayor parte de las versiones que se han hecho de este tema; en la nota 93 (página 112), este autor nos habla de las principales versiones de esta canción emblemática de Serrat: Ketama, Gino Paoli, Rolando Ojeda, Santiago Auserón, Presuntos Implicados, La Voss del Trópico, Tania Libertad, El Consorcio, La Vieja Trova Santiaguera, etc. “Aquellas pequeñas cosas” ha sido grabada más veces por Serrat: para el disco “Serrat sinfónico” (2003), para el álbum titulado “Dos pájaros de un tiro” (2007) -realizado junto a Joaquín Sabina- o incluso en italiano, en el álbum “Quelle piccole cose” del grupo Pan Brumisti. Y finalizo con el punto de vista del autor sobre esta canción, a través de testimonios recogidos en el libro de Jordi Vicente y Carlos Cubeiro, titulado Serratología. Joan Manuel Serra en cincuenta canciones comentadas e ilustradas:

“Quería reflejar cierta ternura de lo cotidiano, la gran dimensión que adquieren en nosotros muchas veces las pequeñas cosas (…) Nada es indiferente. Todo lo que hay a nuestro alrededor es importante y, si a alguien no le pareciese así, le pediría sencillamente un minuto de reflexión. Cada una de las cosas que uno tiene alrededor significan o significaron algo o uno espera que vayan a significar algo (…) Por eso, muchas veces abriendo cajones, removiendo papeles o hurgando en las buhardillas, uno encuentra cosas pequeñas que le dan la vuelta al corazón (…) y hacen que el cerebro camine por otro rumbo muy diferente al que tenía unos segundos antes (…) Para mí son muy importantes estas pequeñas cosas, porque solo a base de estas pequeñas cosas puedo hacer mi gran cosa o nuestra gran cosa”.

Vicente, Jordi & Cubeiro, Carlos. Serratología. Joan Manuel Serra en cincuenta canciones comentadas e ilustradas. Barcelona: Comanegra, 2015; pág. 53.

Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
Te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra allá o aquí,
Que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.

Georges Brassens / Paco Ibáñez / Loquillo. “La mauvaise réputation”

En 1979 la canción protesta apenas se escuchaba en España. Los más combativos utilizaban el rock para hablar de libertad, ecologismo o desigualdades sociales; y los más “modernos” intentaban emular al punk, el pop y la new wave de procedencia británica a través de jóvenes grupos, sin apenas formación musical, que veían estos viejos cantos reivindicativos como una reliquia del pasado, inadecuados para la explosión de libertad que estaba por llegar. Así estaba yo, mirando de reojo a Radio Futura y Kaka de Luxe, mientras escuchaba mis cintas de Asfalto, Topo o Leño. Entonces sucedió algo inesperado; una persona que entonces era muy importante para mí quiso que escuchara un disco en directo de un tal Paco Ibáñez, que había vivido exiliado en Francia durante la dictadura franquista.

Aquel álbum fue grabado en directo en la sala Olympia de París (“Paco Ibáñez A L’Olympia”, 1970); corría el año 1969 y fue todo un acontecimiento para los franceses, que ya conocían a Paco de un concierto anterior en la Sorbona, y sobre todo para la numerosa colonia de españoles que vivían en París, que no ocultaban su emoción ante aquel evento: se sentaban en el escenario, aplaudían a rabiar y no paraban de corear el nombre del cantautor durante todo el concierto. Frente a ellos, Ibáñez con una guitarra y un puñado de canciones, lo mejor de sus tres discos de estudio, cuyas letras habían sido rescatadas de entre la obra de los grandes poetas hispanos: Góngora, Quevedo, el Arcipreste de Hita, Alberti, Nicolás Guillén, Federico García Lorca, Jorge Manrique, León Felipe, Gabriel Celaya, Antonio Machado, José Agustín Goytisolo, Blas de Otero, Gloria Fuertes, Luis Cernuda y Miguel Hernández; y, junto a ellos, un poeta y cantautor francés, libertario y anarquista: George Brassens.

El tema que Paco Ibáñez eligió de este autor fue “La mauvaise réputation”, grabado y publicado en 1952 en el álbum homónimo del galo (aquí podéis ver a Brassens interpretando esta canción en directo). La historia de Brassens sobre un inconformista, a contracorriente de lo políticamente correcto (aquí tenéis la letra), fue adaptada por Paco Ibáñez, gracias a Pierre Pascal, en una letra sin ambigüedades, mucho más explícita que el original, que acabó convirtiéndose en un himno contra la dictadura franquista. La tercera versión que he querido destacar es la de Loquillo y los Trogloditas, incluida en su quinto álbum de estudio (“Morir en primavera”, 1988), aunque hay bastantes más, en diferentes estilos y por artistas de diferentes nacionalidades y culturas, como Sinsemilia, Arbolito, Bïa, Sandra Nkaké, Danyèl Waro, The Dead Brothers, Nacha Guevara, Jacinta o Sole Giménez.

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Travis Birds. “Coyotes”

El embarcadero” (2019) es una serie española original de Movistar+, un proyecto en el que también están involucradas las productoras Atresmedia Studios y Vancouver Media, que podríamos catalogar como de thriller psicológico-emocional con mucha carga erótica, al estilo de la serie estadounidense “The Affair” (2014), con la que habitualmente se compara. Uno de los aciertos de la producción hispana es la canción utilizada como cabecera, titulada “Coyotes”. Esta intensa y desgarradora melodía es obra de la cantautora Travis Birds; en su página web, se habla de “Coyotes” como una canción que “describe la evolución en las fases de una obsesión, en la que la posibilidad de conquista destroza y convierte al individuo en animal”. En una entrevista realizada el año pasado por la revista Woman, la redactora Clara Hernández pregunta a Travis Birds sobre la letra de esta canción: “¿El amor obsesivo es animal y, por tanto, incontrolable?; la respuesta nos ayuda a comprender mejor el sentimiento que subyace detrás de esta inquietante composición:

“Más que animal, te puede convertir en tu parte más animal, que es de lo que habla la canción. Es sobre el proceso que sigue una persona cuando se obsesiona por alguien hasta el punto de perder quién es él mismo para actuar solo por instinto, como los perros de caza que rastrean su presa. Es dejar de pensar si algo te conviene, perder la parte racional”.

En esta misma entrevista, y también en otras, como la concedida a los compañeros de la web Alquimia Sonora, Travis Birds nos habla de cómo se eligió este tema para “El embarcadero”, y de lo importante que ha sido para su carrera profesional:

“El tema que eligieron, ‘Coyotes’, era una canción que había subido a Instagram sin ninguna pretensión, ¡ni siquiera estaba acabada! En el vídeo yo estaba desafinada y tocaba el piano, que no es mi instrumento. La gente de The Pool Notes se encargaba de la sincronización de la música de ‘El Embarcadero’ y la escucharon, les gustó mucho y se la presentaron a los directores de la serie. Y salió adelante. La verdad es que sufrí mucho pensando que estaban enseñando el vídeo a todo el mundo, yo soy muy crítica y decía, ¡ay, Dios mío, que no está lo suficientemente bien!  Cuando la escuché luego, en la serie, terminada, fue superemocionante”.

En estas entrevistas también nos enteramos de algunas cosas relacionadas con su vida, que no son mencionadas en su página oficial, en la cual ella apenas se describe como “una mezcla entre un niño, un señor muy serio, una tarada y un escarabajo común”. Esta madrileña de Leganés, cerca de la treintena, decidió cambiarse el nombre en el año 2010; hoy día la llaman así hasta sus padres, aunque no su familia de Granada ni la “gente del pasado”, quienes la siguen conociendo por el nombre que aparece en su DNI: “un buen escondite por si algún día lo necesito”, como ella misma reconoce. Su primer single fue “Coyotes”, publicado en 2019, después salió al mercado “Madre Conciencia”, su segundo sencillo; antes había lanzado su primer y único álbum (“Año X”), aunque imagino que, tan pronto como las circunstancias lo permitan, publicará un nuevo trabajo (“La Costa de los Mosquitos”). Travis Birds también es conocida por la versión del tema de Joaquín Sabina “19 días y 500 noches”, una atrevida reinterpretación de este clásico (otro día hablaremos de ello) que fue incluida en un reciente disco en homenaje al jienense (“Ni tan joven ni tan viejo”. Tributo a Sabina”, 2019). Os dejo con “Coyotes”: aquí tenéis la versión de estudio, con su videoclip oficial; sin embargo, he preferido encabezar la entrada con un directo grabado por la emisora Radio 4G, en el que podemos ver a Travis Birds cantar este tema, sola con su guitarra, una emocionante interpretación que no os deberíais perder.

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Cecilia. “Un ramito de violetas”

Evangelina Sobredo Galanes, más conocida como Cecilia, nació el 11 de octubre de 1948 en la localidad madrileña de El Pardo. Hija de un militar y diplomático español, pasó su infancia en diferentes países y recibió una educación cosmopolita y bilingüe (español e inglés); tras abandonar la carrera de Derecho, decidió dedicarse profesionalmente a la música, a escribir y cantar sus propias melodías cuando el franquismo daba los últimos estertores. Publicó tres álbumes de estudio (“Cecilia”, 1972; “Cecilia 2”, 1973; y “Un ramito de violetas”, 1975), tres excelentes trabajos repletos de buenas canciones que hablan de la vida cotidiana, del suicidio, del amor existencial, del papel  de la mujer en aquella sociedad profundamemente machista o de las dos Españas. Falleció en la madrugada del 2 de agosto de 1976, en el casco urbano de Colinas de Trasmonte (Benavente –Zamora-), por donde pasaba la antigua carretera C-620 (actualmente la N-525); venía de un concierto en Vigo con dirección a Madrid, cuando su coché, tal vez con exceso de velocidad, se estrelló contra la parte posterior de un carro tirado por bueyes que circulaba sin luces; se salvaron dos de sus compañeros músicos y la pareja de labradores, fallecieron el batería Carlos de la Iglesia y ella. Tan sólo tenía veintisiete años.

“Un ramito de violetas”, basada en un cuento que comenzó a escribir cuando era una adolescente, tal vez sea su canción más conocida. Siempre me ha parecido un tema fascinante, básicamente por dos razones; en primer lugar por su estructura narrativa, a medio camino entre un culebrón latinoamericano y una película de suspense; en segundo lugar por las diferentes interpretaciones o lecturas que pueden hacerse de ella. En el fondo es un tema profundamente nostálgico y muy triste; nos habla de una mujer resignada a su matrimonio, con un “marido [que] era el mismo demonio”, un hombre de mal genio que “nunca fue tierno”; sin embargo, “desde hace ya más de tres años recibe cartas de un extraño, cartas llenas de poesía que le han devuelto la alegría”, y “cada 9 de noviembre, como siempre sin tarjeta, la [sic] mandaba un ramito de violetas”. Ella soñaba y se imaginaba quién sería “aquel que tanto la estima”, tal vez un “hombre de pelo cano, sonrisa abierta y ternura en las manos”. Según va acabando la canción, como en los thrillers, la tensión aumenta y Cecilia nos ofrece un desenlace con giro argumental incluido: “Y cada tarde al volver su esposo, cansado del trabajo, la mira de reojo, no dice nada porque lo sabe todo, sabe que es feliz así de cualquier modo. Porque él es quien la escribe versos, él es su amante, su amor secreto y ella que no sabe nada mira a su marido y luego calla”. La primera opción que tenemos es confraternizar con el villano: hay que ver qué tío más majo, cómo quiere a su mujer, con esa apariencia de duro que tiene, y qué suerte tiene ella de tenerlo. Yo, desde luego, me niego a compartir esa interpretación: más bien es un sádico, un manipulador y, probablemente, un maltratador (el comienzo de la canción es suficientemente explícito). Un tema hermoso, de los más tristes que conozco. Hay bastantes versiones, pero ninguna me atrae; quizás la más conocida sea la de Manzanita, aunque también la han interpretado otros artistas como Víctor Manuel y Pablo Milanés, Zalo Reyes, Mi Banda El Mexicano, Erika Bonfil, Natalia Oreiro, Julio Iglesias, Lolita, David Broza (en hebreo) o Los Olestar, en clave punk.

Rozalén. “Mi fe”

“Lo digo sin problema, es la pérdida de fe en la humanidad. No es a Dios, estoy jugando todo el rato con cosas de religión, pero digo claramente que me ponen triste muchas cosas del ser humano. Ahora entiendo cosas de las que hablan siempre los mayores que duelen en la vida. La frase de ‘mi padre se hace mayor’ es uno de esos momentos, en el que ves a tu padre y dices: ‘Ostras, es un abuelo’, tiene setenta y ufff, en algún momento lo voy a perder. Y luego llevo tres años sin televisión, porque el hecho de estar comiendo viendo determinadas imágenes en la tele también me parece algo súper cínico, y lo hemos asociado, todo el mundo come viendo eso y no hay problema, y no se te cierra el estómago; eso me parece muy poco humano. Y es eso, joder, ojalá volviese toda la ilusión que yo tenía de pequeña y todo lo que yo creía, porque me la habéis hecho perder”.

Así explicaba Rozalén, en noviembre de 2015, lo que había querido expresar con la canción “Mi fe”, un relato desencantado y amargo sobre la pérdida de la inocencia y la insensibilización de la sociedad actual. Esta albaceteña, nacida en 1986, es una de nuestras cantautoras en activo más valiosas por su versatilidad, sus letras y su excelente voz en cualquier registro. Aunque pueda parecer imposible en los tiempos que corren, ha conseguido el favor del público a base de calidad, riqueza melódica, sinceridad y compromiso social. Según nos cuenta Paco Cifuentes en la web oficial de Rozalén, “canta desde niña, porque su madre le cantó siempre y muy bien”; es psicóloga y máster en Musicoterapia, enseñanzas que, sin duda, ha sabido expresar en canciones que nos ayudan a sentirnos mejor. Tras trasladarse a Madrid, comenzó a actuar en salas como Libertad 8 o El Rincón del Arte Nuevo, en la calle Segovia, local del que fui asiduo durante los noventa, cuando esta cantante era una niña. En 2012 publicó su primer disco: “Con derecho a …”; tal vez algunos os acordéis del vídeo utilizado para promocionar el tema “80 veces”, en el que compartía protagonismo con Beatriz Romero, quien acercaba la canción a la comunidad de sordomudos. Ya con Sony, sacó al mercado su segundo disco (“Quién me ha visto …”, 2015), donde se incluyó “Mi fe”, la melodía protagonista de hoy; ese mismo año participó en la banda sonora de “Perdiendo el Norte”, pelicula dirigida por Nacho G. Velilla. Su tercer, y último trabajo hasta la fecha, vió la luz el 15 de septiembre del año pasado, con un título (“Cuando le río suena …”) en la línea de los anteriores, es decir, un refrán inacabado finalizado en puntos suspensivos, porque –tal y como nos cuenta la propia Rozalén– “como es evidente lo que viene, lo dejo abierto para que cada uno continúe lo que quiera, además yo en los conciertos me pinto tres puntitos debado de la raya del ojo, chorraditas”. Como os comentaba antes, “Mi fe” forma parte del álbum “Quien me ha visto …”, un disco amalgama de estilos que os recomiendo escuchéis si aún no lo habéis hecho; en él está presente el bolero (es el caso de “Berlín”, canción incluida en la ya citada “Perdiendo el Norte”), la cumbia (“Somos”), el cabaret (“Tonta”) o las fragancias del sur (“Mis palabras”). Por último, aquí tenéis una versión en directo de “Mi fe” traducida, de manera simultanea, al lenguaje de signos.