Donovan. “Sailing Homeward”

En 1973 el escocés Donovan ya contaba con una decena de discos en su haber. El último (“Cosmic Wheels”) coqueteando con el glam-rock, en el que intervinieron los músicos de la banda de Iggy Pop como principal soporte instrumental; es uno de sus álbumes más recordados. Tras este disco, se embarcó en un proyecto más intimista, que acabó siendo un fracaso comercial. “Essence to Essence”, como se tituló su undécimo álbum de estudio, se publicó a finales de 1973, sin conseguir nunca alcanzar las listas de éxitos de Estados Unidos o Reino Unido. En este Lp nos encontramos con el Donovan más místico, introspectivo y espiritual, interesado en la meditación y las filosofías orientales, solo hay que ver la portada, en la que aparece él con una túnica blanca, de rodillas, en posición de meditación.

“Essence to Essence” es un interesantísimo trabajo, que contiene temas tan bellos como “Sailing Homeward”, la canción con la que se cierra el álbum, inicialmente grabada con el título de “Riding Homeward”, como parte de la banda sonora de la película “El Flautista de Hamelín” (1972), protagonizada por el propio Donovan. Esta pequeña joya, oculta en un disco no excesivamente bien valorado, es una metáfora poética que se articula en torno a un sacrificado viaje por el mar, como imagen de la vida humana y la travesía hacia un hogar que nos reconforte espiritualmente. Una especie de salmo poético, que nos arropa y acompaña en una existencial peregrinación para reconfortar nuestra alma. En el plano musical, la sensación general es de sencillez; sin embargo, el tema está envuelto en unos sutiles arreglos, que transmiten a la canción una sensación de reflexiva quietud, como si nos invitara a acompañar a Donovan en su existencial viaje por el océano de la vida. Recordemos que, en “Essence To Essence”, participaron músicos como Steve Marriott (guitarra), Peter Frampton (guitarra), Carole King (piano), Nicky Hopkins (piano) o Bobby Whitlock (órgano), por citar sólo algunos nombres porque la lista es bastante grande; sin embargo, la sensación general que uno tiene cuando escucha el disco es que se trata de un álbum de música folk dominado por la voz y la guitarra acústica de Donovan.

Además de animaros a que escuchéis el disco en su totalidad (aquí lo podéis hacer), os propongo un par de interpretaciones en directo de “Sailing Homeward” por parte de Donovan: ésta, etiquetada erróneamente como de 1967, y ésta otra, de datación desconocida. Además, para los que se animen con la guitarra, aquí os dejo un tutorial donde se enseñan los acordes para tocar “Sailing Homeward”.

Víctor Jara / Lhasa de Sela / Rosa Incaica. “Canción del árbol del olvido”

Alberto Ginastera (1916-1983) fue un compositor argentino de música clásica, autor de obras que trascendieron el género culto para instalarse en la música popular. “La canción del árbol del olvido” es un ejemplo de ello. Compuesta en 1938, cuando aún era alumno del Conservatorio Nacional de Música, es una pieza habitual, tanto en recitales líricos como en versiones folclóricas arregladas a ritmo de milonga, con referencias a otro estilo menos conocido, la vidalita, practicado en diferentes zonas de Argentina y Uruguay. La letra de este clásico de la música sudamericana, debida al uruguayo Fernán Silva Valdés (1887-1975), habla de un árbol al que acuden “los moribundos del alma” para “despenarse” y tratar de olvidar a quien todavía se ama; sin embargo, el efecto parece ser el contrario: “Al despertar de aquel sueño pensaba en vos, otra vez, pues me olvidé de olvidarte, vidalita, en cuantito me acosté”.

Tal y como señala Silvina Luz Mansilla, la canción fue estrenada el 25 de agosto de 1939, por la soprano Amanda Cetera y el pianista Roberto Locatelli. La obra fue editada por Ricordi Americana; esta partitura se ha perdido, aunque se conserva una transcripción para orquesta en la Fundación Paul Sacher de Basilea (Suiza). Entre las versiones líricas, a menudo voz y piano, destacaremos las de Martín Bucki (de 1948), Phyllis Curtin y Gregory Tucker (de 1953), Isabel Marengo y Roberto Locatelli, Manuel Cid, José Carreras, Alfredo Krauss, Montserrat Caballé, Raquel Lojendio, Raquel Pierotti, Celso Albelo y Juan Francisco Parra, José Cura o Alicia Nafé y Carmen Piazzini, entre otras.

La incorporación de este tema a la música folk se produjo de la mano de Víctor Jara (nuestra primera versión destacada de hoy), lo incluyó en su álbum “Canto libre” (1970), y de Alfredo Zitarrosa, quien registró esta melodía en su disco titulado “Coplas del canto” (1971). Tras éstas, vinieron otras interpretaciones en el ámbito de la música popular hispanoamericana, como las de Mercedes Sosa y Martha Argerich, Ginamaría Hidalgo, Leandro Medera o Vocal Anhelo. Para acompañar a Víctor Jara, os propongo las versiones de Lhasa de Sela, cantante mexicano-estadounidense, fallecida en 2010, de quien se ha ocupado la compañera Eva en su blog Canciones robadas; y Rosa Incaica, un dúo compuesto por la soprano Annelise Skovmand y el guitarrista Pablo González, que se dedican “a construir la comprensión intercultural a través de la música”, tal y como señalan en su página web. Lhasa de Sela incluyó el tema en su primer álbum (“La Llorona”, 1997), mientras que Rosa Incaica lo hizo en el disco “Flores argentinas. Canciones de Ginastera y Gustavino” (2006).

Alberto Ginastera (1916-1983)

Bob Dylan / Fairport Convention / Arlo Guthrie. “Percy’s Song”

El tercer álbum de Bob Dylan se tituló “The Times They Are a-Changin’” (1964), el primero en el que sólo se incluyeron temas originales del cantautor estadounidense, que trataban de asuntos como la pobreza, el racismo o los problemas sociales, todo ello tratado con crudeza, en lo que respecta a las letras, y con sencillez, en lo concerniente a los arreglos musicales. Tal era el estado creativo de Dylan durante aquellos años, que tuvieron que descartarse algunas de las canciones que se registraron en las sesiones de grabación de este álbum. Una de ellas fue “Percy’s Song”, una hermosa balada, que no se llegó a publicar hasta 1985, en la compilación titulada “Biograph”, aunque Dylan la había interpretado en directo mucho antes, la primera vez el 26 de octubre de 1963, en el Carnegie Hall. En aquella ocasión Dylan debió afirmar -también aparece explicitado en el recopilatorio “Biograph”- que la melodía estaba basada en la canción “The Wind And The Rain”, del cantante folk Paul Clayton que, a su vez, parece ser una variante de la balada tradicional británica “The Two Sisters”, cuyo origen se remonta al siglo XVII; en ella, se narra la historia de una niña asesinada por su celosa hermana.

Utilizando el recurso del verso repetido, a modo de estribillo letánico, y de la narración en tercera persona, Dylan hace que nos zambullamos en una dura historia, quizás basada en alguien que conocía, la de un conductor condenado a noventa y nueve años de prisión por un accidente automovilístico en el que fallecieron varias personas. El narrador trata de explicar al juez que su amigo es una buena persona, incapaz de matar a nadie, y que no merece una sentencia tan severa; el juez hace oídos sordos y mantiene la pena, técnicamente de cadena perpetua. Según señalan algunas fuentes, el recurso narrativo empleado por Dylan recuerda mucho al que aparece en “Geordie”, otra balada infantil tradicional, en la que se cuenta el juicio de un héroe y cómo la amante implora por su vida.

Joan Báez interpretó “Percy’s Song” en 1967, en el documental “Don’t Look Back” (aquí tenéis la secuencia). No existen demasiadas versiones de este tema, a pesar de que me parece de los mejores de Bob Dylan, lo cual es mucho decir. Entre las existentes, destaco la del dúo sesentero Dave Waite y Marianne Segal, las de Steve Sevek, Lötsjön y, por supuesto, las dos que os propongo para acompañar el original de Dylan: la del grupo británico Fairport Convention, incluida en su excelente álbum “Unhalfbricking” (1969), del que ya hemos hablado a propósito del tema titulado “Who Knows Where the Time Goes?”; y la del cantante estadounidense Arlo Guthrie, quien incluyó esta canción en su álbum “Washington County” (1970).

Judy Collins / Leonard Cohen / Joe Cocker. “Bird On The Wire”

“Like a bird on the wire. Like a drunk in a midnight choir. I have tried in my way to be free”. Cuentan las crónicas musicales que Kris Kristofferson, uno de los miembros más destacados del grupo de músicos country englobados dentro del movimiento “Outlaw Country”, le pidió a Leonard Cohen los primeros versos de su canción “Bird On The Wire” para que fueran grabados en su lápida: “Kris Kristofferson me informó que había robado parte de la melodía de otro compositor de Nashville [quizás se refiera al tema “Turn Me On”, de John D. Loudermilk, grabado por primera vez por Mark Dinning en 1961]. También dijo que va a poner los dos primeros versos en su lápida, y me dolerá si no lo hace” (Leonard Cohen). Kristofferson falleció el 28 de septiembre de 2024, a los ochenta y ocho años, se había retirado de la música tres años antes, en plena pandemia COVID. Según se indica en la web “Find a Grave”, Kris Kristofferson fue incinerado, no hubo funeral por expreso deseo suyo, y las cenizas pasaron a ser custodiadas por la familia. Leonard Cohen había fallecido unos años antes, el 7 de noviembre de 2016, por lo que no pudo verse defraudado por no contemplar los versos de su canción inscritos en la lápida de Kristofferson; quien sabe, quizás estén grabados en la urna cineraria.

En las notas que aparecen en el recopilatorio “The Best of Leonard Cohen” (1975), el canadiense señalaba que siempre empezaba sus conciertos con esta canción, “Bird On The Wire«, un tema que terminó de escribir en un motel de Hollywood durante 1969, pero que comenzó a componer en la isla griega de Hidra -donde pasaba una temporada con su novia Marianne-, entre exaltaciones ebrias de la amistad, depresiones y la contemplación de pájaros que se posaban en los recién instalados postes y cables telefónicos de Hidra:

“Empezó en Grecia porque en la isla donde yo vivía no había cables (…) No había cables telefónicos. No había teléfonos. No había electricidad. Así que en cierto momento pusieron estos postes telefónicos, y ahora no los notarías, pero cuando los pusieron por primera vez, era todo lo que hacía: mirar por la ventana estos cables telefónicos y pensar cómo la civilización me había alcanzado y no iba a ser capaz de escapar después de todo. No iba a ser capaz de vivir esta vida del siglo XI que pensé que había encontrado para mí. Ese fue el comienzo. Entonces, por supuesto, me di cuenta de que los pájaros llegaban a los cables y así fue como empezó esa canción. ‘Como un borracho en un coro de medianoche’, también está ambientado en la isla. Donde los bebedores, yo incluido, subían las escaleras. Había una gran tolerancia entre la gente porque podía ser en mitad de la noche. Veías a tres tipos abrazados, subiendo las escaleras a trompicones y cantando (…) Así que esa imagen vino de la isla: ‘Como un borracho en un coro de medianoche’” (Leonard Cohen).

Hoy os propongo las tres primeras grabaciones de esta emblemática canción del cantautor canadiense. En primer lugar, la de Judy Collins, en formato country, incluida en su séptimo álbum de estudio (“Who Knows Where The Time Goes”, 1968), en el que participaron músicos tan destacados como Steven Stills, Van Dyke Parks, Chris Ethridge o Buddy Emmons. Después salió al mercado la del propio Leonard Cohen, más cercana al folk, formando parte de su segundo Lp (“Songs From a Room”, 1969). Y, en tercer lugar, la de Joe Cocker, más rockera, también incluida en su segundo disco de estudio (“Joe Cocker!”, 1969). Por supuesto, después se han seguido registrando más versiones; aquí os dejo algunas de las más interesantes, en concreto las debidas a artistas y grupos como Tim Hardin, Rita Coolidge, David Soul, Fairport Convention, Johnny Cash, Willie Nelson, k.d. Lang, Joe Bonamassa, Katey Sagal & The Forest Rangers, Jennifer Warnes, Elvis Costello, Madeleine Peyroux, Tedeschi Trucks Band, The Neville Brothers, Mark Erelli & Rose Polenzani, Allison Crowe, incluso una en español, un tanto suigéneris, a cargo de Kiko Veneno.

Neil Young. “Sail Away”

El pasado martes leía una noticia en elDiario.es sobre la intención que tiene Neil Young de comenzar su próxima gira con un concierto en Ucrania: “El artista, que ha anunciado a través de su página web que actualmente está ‘en conversaciones’ para hacer realidad el concierto, asegura que sería ‘gratis para todos’ y en reivindicación a seguir ‘roqueando en el mundo libre’ (…) Las intenciones del artista se producen después de que Donald Trump reprendiera a gritos al presidente ucraniano, Volodímir  Zelensky”. Lamentablemente, no sé si para entonces (hablan del mes de junio para que se celebre este concierto, quizás algo antes) seguirá existiendo una Ucrania independiente, o quizás tenga que plantearse hacer el concierto en algún otro país en guerra, quizás Polonia, Estonia o Finlandia. En fin, prefiero seguir hablando de música, y recordar hoy a uno de los grandes, uno de los habituales de este blog, presente en entradas dedicadas a temas como “Words (Between The Lines Of Age)”, “Like a Hurricane”, “Four Strong Winds” o “Heart of Gold”.

Siguiendo la sugerencia de Mark Mothersbaugh, vocalista de la banda Devo, su décimo álbum de estudio se tituló “Rust Never Sleeps” (1979), a modo de declaración de intenciones, una metáfora sobre los peligros de la autocomplacencia y la necesidad de seguir explorando nuevos retos artísticos y profesionales. Y tanto fue así, que este álbum suele estar considerado como una especie de disco cero del grunge, cuando este estilo aún no había dado sus primeros pasos; yo diría que incluso coquetea con el punk, género de moda a finales de la década de 1970, cuando se publicó este Lp. Sin embargo, si comenzáis a escucharlo desde el principio, os preguntaréis cuándo empieza a evidenciarse ese hipotético protogrunge. En efecto, la cara A de “Rust Never Sleeps” es acústica, mientras que la cara B es la electrificada, en la que se aprecian las distorsiones guitarreras y esa fuerza que transmiten los Crazy Horse, la banda de Neil Young; realmente, parecen dos discos en uno. El tema más conocido de este álbum es “Hey Hey, My My (Into the Black)” -os recomiendo la entrada que, la compañera Eva, dedicó a esta melodía en su blog Canciones robadas-, también su contrapartida acústica (“My My, Hey Hey (Out of the Blue)”, “Powderfinger” y “Thrasher”; ésta última, incluida en la cara A (la acústica), es un tema bellísimo, el primero en el que pensé para ilustrar esta entrada. Pero, al final, he optado por mi otro tema preferido, también de la cara A, el titulado “Sail Away”, una exquisita canción de amor o de amistad, una existencial invitación para viajar acompañado con la persona a la que quieres.

Tal y como puede leerse en la web neilyoungarchives.com, “Sail Away” no contó con la participación de los Crazy Horse. Un sencillo acompañamiento de bajo (Joe Osborn) y batería (Karl T. Himmel) es el único soporte que necesitó Neil Young; él se encargó de la guitarra, la armónica y, por supuesto, la voz principal; aunque, en este apartado, Neil contó con una colaboración de excepción, la cantante Nicolette Larson, con quien ya había trabajado en su anterior álbum (“Comes a Time”, 1978). Para ella compuso el tema titulado “Lotta Love”, que quizás os suene. Existe una grabación anterior de “Sail Away”, concretamente un directo grabado el 22 de agosto de 1977, en un concierto de la banda The Ducks -grupo en el que estuvo Neil Young durante un breve período de tiempo-; parece que realizaron una gira de siete semanas, con veintidós actuaciones en los alrededores de Santa Cruz (California -EE.UU.-), no se les permitió salir de este ámbito territorial debido al compromiso contractual que Young tenía con los Crazy Horse. Hace no mucho, en abril de 2023, Neil Young publicó un álbum doble (“High Flyin’”), en el que se recogieron estas grabaciones con The Ducks; aquí tenéis “Sail Away”, en formato country-rock.