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Concierto de Madeleine Peyroux Trio. Fernán Gómez Centro Cultural de La Villa. Madrid, 23-XI-2016

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Madrid nunca ha tenido tradición de grandes festivales de jazz; es verdad que los ha habido y que durante todo el año se puede disfrutar de este género en salas de conciertos, teatros y bares con longeva tradición jazzística, como Clamores, Café Central o Café Populart, entre otros. Pero, desde hace algunos años, se viene celebrando el “Festival Internacional de Jazz de Madrid“, en el que se incluyen debates, exposiciones y, por supuesto, conciertos en distintos lugares de la capital. Aún es pronto para estar a la altura de festivales como los de Almuñécar, Donosti o Vitoria, entre otras cosas porque lo primero que tiene que hacer el de Madrid es consolidarse y no quedar expuesto al albur de nuestros gobernantes de turno.

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El pasado 23 de noviembre tuve el inmenso placer de presenciar uno de los conciertos incluidos en este festival, el de Madeleine Peyroux Trio; de esta cantante, guitarrista y compositora estadounidense ya hemos hablado aquí, a propósito de las canciones “Dance me to the end of love“, “Smile” y “J’ai deux amours“. Creo que es la segunda vez que visita Madrid, la primera fue hace unos tres años, cuando quizás era menos conocida; para esta ocasión la organización ha querido que la recibiéramos en la Sala Guirau del Centro Cultural de la Villa (Centro Fernán Gómez), un lugar perfecto para este evento, cómodo, suficientemente amplio (por supuesto, hubo lleno) y bien preparado para el sonido elegante y delicado que nos ofreció este trío. Lamentablemente, las fotografías y los vídeos estaban prohibidos, por lo que no puedo ofrecer más que una foto que pude hacer cuando se abrió el acceso a la sala y otra de mi entrada, el resto del material gráfico y videográfico que aparece en este post pertenece a otras actuaciones relativamente recientes.

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Acostumbrado a los conciertos de rock, a estar de pie durante horas, a los empujones y a la incomodidad propia de estos eventos, los butacones numerados de la sala Guirau me parecieron de ciencia-ficción. En estos conciertos no se bebe cerveza, así que acompañé la espera con la lectura del folleto que nos regalaron con todos los actos de este festival de jazz. A las 21:35 horas aparecieron Madeleine Peyroux (voz, guitarra acústica), Jon Herington (guitarra eléctrica) y Barak Mori (contrabajo); como podéis ver, una propuesta muy sencilla: tres instrumentos y la inigualable voz de Madeleine. Se situaron en formación triangular: en el vértice trasero Barak y delante de él Jon y Madeleine, ambos sentados.

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La mayor parte de los temas que sonaron pertenecen a su último álbum, “Secular Hymns” (2016), un disco de versiones con canciones pertenecientes a autores tan diferentes como Willie Dixon, Lil Green, Allen Toussaint, Stephen Foster o Tom Waits, es decir, temas de blues, folk, country y canción tradicional americana, vestidos de jazz y cantados con mucha personalidad por la que bien podría ser la heredera de Billie Holiday. Por cierto, he podido observar que, en directo, sigue conservando ese giro tímbrico parecido al de Billie, aunque quizás ya no sea tan acusado como en sus primeros discos; ahora su riqueza expresiva es mayor y, desde luego, no concibe la interpretación en los términos de desesperación trágica tan característicos en Billie Holiday.

Me sorprendió gratamente su simpatía, su buen humor y sus ganas de agradar al público; habló mucho durante la actuación, a menudo en castellano, esforzándose en todo momento por conectar con nosotros, incluso cambió la frase final del tema “J’ai deux amours”, sustituyendo París por Madrid. Además de las canciones de su último disco y de ésta que acabamos de comentar, hizo más versiones -no hay que olvidar que ésta es una de las facetas que caracterizan a esta artista-, como “Água de Beber”, de Vinicius de Moraes y Antonio Carlos Jobim, o la ya comentada “Dance me to the end of love”, de Leonard Cohen.

Excepto en un par de canciones, interpretadas en solitario por Madeleine, en el resto intervinieron Jon Herington y Barak Mori, que hicieron gala de una maestría y un buen gusto musical a la altura de las circunstancias, en ocasiones acompañando vocalmente; incluso se permitieron ejecutar, primero Jon con su guitarra y luego Barak con el contrabajo, sendos solos simultaneados con un tarareo en el que se imitaba al instrumento en cuestión, algo así como una versión actualizada de la técnica conocida como scat.

Hacía mucho tiempo que no iba solo a un concierto y, lamentablemente, no podía comentar con nadie los pormenores de la actuación; tal vez por eso estuve más concentrado y sentí la música como pocas veces. A todos nos ha pasado alguna vez que hemos desconectado en algún concierto y que sólo hemos vuelto a él cuando han empezado a aparecer los temas más emblemáticos del grupo; el pasado 23 de noviembre nunca tuve esa sensación de estar fuera, independientemente de que conociera o no las canciones. Imagino que eso es mérito de Madeleine, Jon y Barak, por eso no puedo más que agradecerles por compartir con nosotros su talento.

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Van Morrison. “Moondance”

En opinión de algunos críticos y especialistas musicales, “ningún hombre blanco canta como Van Morrison”; la voz aguda de sus primeros discos ha sido calificada como “tierna, suplicante y quejumbrosa”, un timbre bien diferente del que utiliza en sus últimos discos, una especie de rugido profundo lleno de matices, ideal para hacer frente a su ecléctico planteamiento musical y a su longeva carrera artística. Aun siendo un excelente recurso, que Van Morrison maneja de manera magistral, lo cierto es que aquella voz de cantante soul que lucía en sus inicios es, con permiso de Steve Winwood, de lo mejorcito que un hombre blanco ha dado al R&B. En una entrada anterior, la dedicada al tema “Gloria“, recordábamos sus primeros pasos en el mundo de la música. En 1967 inició su carrera en solitario, tras abandonar Them, el grupo del que formaba parte. Grabó su primer Lp (“Blowin’ Your Mind!”, 1967) con el sello discográfico Bang Records, en él se incluyó la conocida canción “Brown Eyed Girl“. Sin embargo, nunca se sintió muy satisfecho con aquel trabajo, de tal manera que hizo todo lo posible para rescindir el contrato y firmar con Warner. En 1968 publicaba “Astral Weeks”, para muchos el mejor álbum del irlandés y uno de los mejores discos de todos los tiempos; un trabajo místico, hipnótico y delicado, que ha sido comparado con el impresionismo francés y con la poesía celta; pese a que las críticas fueron muy buenas, no tuvo un gran éxito popular. Su siguiente Lp, el que hoy nos ocupa, se tituló “Moondance” (1970); fue producido y compuesto íntegramente por Van Morrison utilizando esa misma amalgama de estilos presentes en “Astral Weeks”, pero en un tono más rockero y optimista, y dando un protagonismo mayor a la sección de viento (saxos, clarinete y flauta). Es el otro gran disco de Van Morrison, para mi gusto incluso superior a “Astral Weeks”, donde no hay ni una sola canción que no esté a la altura; casi todas (“And it Stoned Me“, “Crazy Love“, “Caravan“, “Into the Mystic“, “Everyone“, etc.) merecen un lugar destacado hoy, pero me voy a decidir por “Moondance” -la más conocida y la que más versiones tiene-, por ese embriagador ritmo de swing jazz, por el excelente trabajo de saxo, teclados y flauta, y porque la voz de Van Morrison suena maravillosamente bien.

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Tracy Chapman. “Subcity”

Hace algunos meses recordábamos la canción de Ralph McTell “Streets of London“, que nos habla de los desfavorecidos y marginados de las economías opulentas, de esos seres que, aún viviendo en las calles de Londres, no forman parte de ella. Hoy os traigo otra canción de temática similar; “Subcity” nos dibuja una ciudad subterránea ignorada por la sociedad, donde la gente vive sin ningún tipo de ayuda gubernamental, entre desperdicios, delincuencia y el más absoluto de los olvidos. Fue escrita por Tracy Chapman e incluida en su segundo disco de estudio (“Crossroads“, 1989). Nacida en Cleveland (EE.UU.), con apenas ocho años ya tocaba la guitarra y hacía canciones; durante su etapa universitaria tocó en la calle y en locales de Cambridge (Massachusetts) hasta que firmó con Elektra Records. Empezó a ser conocida gracias a su tema “Fast Car“, con el que participó en el homenaje a Nelson Mandela, realizado con motivo de su setenta cumpleaños; esta canción finalmente fue incluida en su primer y exitoso álbum (“Tracy Chapman“, 1988), un excelente trabajo que le abrió todas las puertas y donde se encuentran buena parte de los temas más conocidos de esta artista, como “Talkin’ Bout a Revolution“, “Baby Can I Hold You” o “Fast Car“. “Crossroads” fue su segundo álbum, con el que consolidó esa nueva manera de entender el folk, en la que recogía la herencia de músicos como Bob Dylan, Joan Baez, Joni Mitchell o Judy Collins, manteniendo el discurso de denuncia y compromiso social, pero bajo una propuesta musical más desenfadada, en la que el folk se mezclaba eficazmente con el pop. “Subcity” enamora desde su arranque, con esa armónica tocada por Tracy como si fuera la nueva Dylan. Escribí esa canción, nos cuenta la propia Tracy Chapman, “en una época en la que EE.UU. atravesaba un periodo de depresión económica y quise retratarla. En un montón de ciudades norteamericanas teníamos y tenemos un problema con la gente sin hogar, personas que han caído tan abajo que no tienen una casa en la que vivir. En San Francisco, la ciudad donde vivo, ese problema ha llegado a unos extremos muy preocupantes. Ésas eran las cosas que tenía en la cabeza a finales de los años ochenta; gente con trabajo pero que no podía mejorar su calidad de vida. En la época teníamos un Gobierno conservador que no se preocupaba por los sin techo. Me considero una persona progresista y liberal en el terreno político, y creo que el Gobierno está obligado a actuar en esas cuestiones” ¿Os suena de algo?

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Las Cinco Canciones de Eduardo Cano (I): “The Sounds of Silence” (Simon & Garfunkel)

Hay personas que irradian bondad, a las que miras a la cara y te reconfortan porque piensas que nunca podrá salir nada malo de ellas. Eduardo entra en esa categoría. Ir a Granada siempre es un placer, más aún si la familia Cano te invita a su casa; me imagino que comprendéis lo que quiero decir, seguro que la mayor parte de vosotros habéis sido convocados a alguna comida o cena de esas donde todo es rígido y acartonado, incluyendo la hospitalidad del anfitrión. Ese no es el caso de nuestro invitado de esta semana en “Las Cinco Canciones de tu Vida”, porque te hace sentir como en tu propia casa pero con sus discos y sus guitarras. Al igual que Begoña -a la que ya conocéis tras su paso por esta sección-, Eduardo es uno de mis más antiguos seguidores, de mi primera época en facebook. Al contrario del protagonista de hace quince días, Whatgoesaround, los comentarios que Eduardo ha preparado para cada canción son muy breves, tal vez por timidez porque os puedo asegurar que sabe escribir y muy bien; su libro de relatos breves, titulado Historias absurdas para gente absurda, es interesante, atrevido y muy entretenido. Esta semana Eduardo comparte con todos nosotros sus recuerdos y sus canciones, temas rockeros, baladas, folk y música brasileña. Comenzamos con uno de los clásicos de Simon & Garfunkel, “The Sounds of Silence”, incluido en el primer álbum del dúo: “Wednesday Morning 3 A.M.” (1964), posteriormente reeditado como single con nuevos arreglos; su letra es preciosa, como bien señala Eduardo, fue escrita por Paul Simon tras el asesinato de John F. Kennedy.

“Fue la primera canción que escuché de este grupo y a partir de ahí me enganché a él. Además, las versiones que se han hecho en castellano también me parecen muy buenas. Me gusta su letra y significado”.

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Fairport Convention. “Fotheringay”

El 9 de septiembre de 1543 María Estuardo, hija del rey Jacobo V de Escocía y de María de Guisa, era coronada reina de Escocia con apenas nueve meses de edad. Vistieron a la niña con pesados trajes, con una capa de terciopelo sujeta a su pequeño cuello, largas mangas y todo tipo de joyas prendidas del ropaje; apenas podía moverse, sin duda un adelanto, a modo de perversa profecía, de lo que iba a ser su desdichada vida. Con dieciséis años ya estaba casada con el futuro rey de Francia, Francisco II, aunque tras su muerte -dos años después del enlace matrimonial- volvería a casarse varias veces, matrimonios a cual más desafortunado; intentaron hacerla abortar, fue raptada y probablemente violada por quien después sería su marido, abortó de gemelos estando encarcelada y la obligaron a abdicar del trono escocés en favor de su hijo Jacobo, de un año de edad. El 19 de mayo de 1568 fue capturada por la reina Isabel I de Inglaterra, acusada de haber asesinado a su segundo marido, Lord Darnbley; sin embargo, los motivos de Isabel eran otros, en realidad trataba de neutralizarla, de malograr cualquier oportunidad que aún pudiera tener de acceder al trono de Inglaterra. Estuvo encarcelada más de dieciocho años hasta que, el 8 de febrero de 1587, fue decapitada en el castillo de Fotheringay; quiso vestir de rojo, como una mártir católica. Tenía cuarenta y cinco años. “Fotheringay” es, precisamente, el título de la canción de hoy, un tema compuesto por Sandy Denny, cantante, teclista y guitarrista de la banda Fairport Convention. Esta formación británica, pionera en el uso de instrumentos eléctricos en el folk, grabó su primer álbum en 1968 -titulado igual que el grupo- y el segundo un año después, fue el primero de Sandy Denny y lo titularon “What we did on your holidays“; en él se incluían temas compuestos por ellos -como “Fotheringay”-, adaptaciones de canciones tradicionales y versiones de músicos como Joni Mitchell o Bob Dylan. Ese año de 1969 llegaron a publicar tres álbumes, a cual más bueno: el que hoy nos ocupa, “Unhalbricking” -del que os hablaré en otra ocasión- y “Liege & Lief”. Después, Sandy Denny abandonaría el barco para iniciar nuevos proyectos, como la efímera banda Fotheringay, llamada así en honor a la canción; incluso llegó a colaborar con Led Zeppelin dando voz, junto con Robert Plant, al tema “The Battle of Evermore“. “Fotheringay” reflexiona sobre los sentimientos de quien ha estado privado de libertad durante tanto tiempo y sobre su inminente desenlace. Es un tema bellísimo, de una gran sensibilidad, con momentos de guitarra mágicos y, cómo no, excepcionalmente cantado.