Cuarto tema de Eduardo y cuarta letra a la que merece la pena le prestemos toda nuestra atención, especialmente aquellos de vosotros que, en algún momento de vuestra vida, os habéis sentido mal por no haber podido decir adiós, por haber aplazado sine die esa conversación siempre pendiente, por sentir la irreversibilidad de la muerte. «Esclavo de la ira» es una emotiva balada heavy, escrita por Juan Lozano y Alberto Rionda para el primer disco («La Llama Eterna», 1997) de la banda Avalanch; me encanta cómo entra la guitarra en el minuto 3:05, como si fuera un puñal. Ya os adelanto que cualquier día de estos volverá aparecer este grupo por aquí, con un tema de corte épico e histórico.
«Este grupo es de heavy metal asturiano. Esta canción narra la desesperación de alguien a quien se le ha muerto algún ser querido, casi sin despedirse. Me recuerda a mi madre, que murió de pronto y no me dio tiempo a decirle ni siquiera un adiós».
El primer Lp de los Beatles, titulado «Please Please Me», fue publicado en marzo de 1963 tras una única sesión de grabación que apenas duró diez horas; aquello ocurrió un 11 de febrero, con John Lennon resfriado y la voz prácticamente rota, sobre todo al llegar al último tema -el número catorce-, titulado «Twist and Shout». Tras una primera toma en la que Lennon cantó como pudo, se intentó una segunda pero la garganta de John no aguantó más; el productor George Martin se vio así obligado a validar esta grabación y a incluirla en el disco. Según he podido leer, «Twist and Shout» fue el único éxito de los Beatles no escrito por ellos que fue capaz de vender un millón de copias. La canción había sido compuesta por Phil Medley y Bert Russell, con el título inicial de «Shake it Up, Baby», para los Top Notes (éste es el original de 1961). A pesar de que la producción corrió a cargo del solvente Phil Spector, apenas fue tenida en cuenta hasta que el compositor Bert Berns decidió modificarla con el fin de incrementar su energía; esta nueva adaptación fue entregada al grupo de funk-soul The Isley Brothers, quienes la publicaron como cara A en un single editado en 1962. La cara B se titulaba «Spanish Twist», algo que no es casual si tenemos en cuenta que el «Twist and Shout» de Berns se parecía mucho en ritmo y concepto musical a una canción hispana muy conocida: «La Bamba«, de Ritchie Valens. Utilizando como referencia la versión de los Isley Brothers, popularizada y definida poco después por los Beatles, han sido muchos los artistas que se han animado con este clásico; formaciones como The Kingsmen, The Searchers o Brian Poole & The Tremeloes lo han hecho con aires beat/garage rock; desde el soul también se han hecho buenas versiones, como las de The Sangri-Las o Ike & Tina Turner; las hay en tono melódico, como la de The Mamas & The Papas, Minnah Karlsson o Petra Viková & Band; y también más rockeras, como las de los Who, Bruce Springsteen o la tercera destacada de hoy, a cargo de tres buenos músicos: el batería Gregg Bissonette, el guitarrista Scott Ian (Anthrax) y el bajista y cantante Lemmy Kilmister (Motörhead). Esta versión fue grabada para el álbum «Harder and Heavier» (2010).
Con este relato (también me ha pasado con la canción que saldrá el viernes) se me saltaron las lágrimas la primera vez que lo leí. Yo también viví unas sensaciones parecidas a las de Salva con mi abuelo materno, con el pasaba mucho tiempo; vivía al lado de la Casa de Campo de Madrid, por lo que íbamos a menudo a pasear, a coger setas y piñones que, luego, en el patio que tenían mis abuelos iba abriendo con un piedra antes de comérmelos. Yo era pequeño cuando él falleció, pero le recuerdo perfectamente, como si aún estuviera con nosotros. Gran tema el que nos propone Salva para tratar de digerir una pérdida como esa, veamos qué nos cuenta.
«Nadie duda de que la música es uno de los hilos conductores que mejor conecta nuestros recuerdos. Tanto los buenos como aquellos que preferiríamos olvidar, pero que ocasionalmente asoman la cabeza para recordarnos que esta vida no es un camino de rosas. Siempre hay canciones que nos retrotraen hasta esas situaciones vividas que, por más que lo intentemos, no podemos olvidar. Uno de mis discos favoritos, me transporta a uno de los peores momentos de mi vida. Visto desde la distancia, hace casi treinta y tres años, el lado oscuro de ese momento se ha difuminado en el recuerdo, pero no puedo evitar cada vez que lo escucho, transportarme a ese día aciago en que con tan solo dieciséis años, el mundo se me vino encima.
Nada más alejado del rock que mi abuelo, pero esta canción inevitablemente me recuerda a él. Desde que era pequeño me llevaba y traía del colegio y los sábados bien temprano venía a buscarme e íbamos a andar por las afueras de un Logroño más reducido que el actual. Nuestros pasos nos conducían por caminos sembrados de huertas y vaquerías y saciábamos nuestra sed en los pozos de las casas que encontrábamos a nuestro paso. Me encantaba accionar arriba y abajo la palanca de la bomba y ver como poco a poco iba manando el agua fría y cristalina. Deliciosa. Cogíamos moras, endrinas para hacer pacharán. Avellanas, nueces, almendrucos o caracoles. Cuando teníamos hambre, en cualquier punto del camino y con cuatro ramas preparábamos una pequeña hoguera y asábamos choricillo o panceta atravesados en un palo, vuelta y vuelta hasta que estaban a punto para comer. Años más tarde se uniría un nuevo compañero. Alex, mi perro no el blogero, jajaja.
Hoy el hierro y el hormigón han borrado todo rastro de aquellos paseos que ahora ocupan mi memoria. Siempre con su inseparable bastón, que lo mismo servía para apartar la maleza en busca de caracoles, gancho para bajar las ramas de los frutales que encontrábamos por el camino y aplacar el apetito o como arma. La de culebras que perecieron a golpes de cachaba a la voz de «¡la madre que te parió! ¡muere bicha!» Creo que yo fui el hijo que nunca tuvo porque sentía autentica devoción por mí. Pedro, que así se llamaba -a mí otro abuelo, Alberto, no lo llegué a conocer-, era un abuelo de los de antes. De los de boina, zapatilla de esparto y palillo en la boca. Su rostro, curtido por años de sol y trabajo en el campo, estaba esculpido con surcos tan profundos como los que labraba a golpe de azadón en su Navarra natal. Religioso a su manera, se ponía hecho un pincel para ir a misa; traje, corbata y zapatos bien lustrados, siempre tenía un «¡Cagüen Dios!» en la comisura de los labios haciendo compañía al Celtas sin boquilla que parecía estar pegado a su boca. Solo lo apartaba de ella para con los dedos pulgar e índice quitarse las briznas de tabaco que se adherían a su lengua. No se si fue de tanto fumar o simplemente porqué su fecha de caducidad expiró a los setenta años, un cáncer de pulmón se lo llevó cuando yo tenía dieciséis años.
Ese día, el que murió mi abuelo, no aguantaba estar en casa. Simplemente me asfixiaba estar encerrado e incapaz de seguir escuchando los comentarios que se hacen en estos casos, cogí a mi perro Alex y mi walkman – los recordáis – con una copia que me había hecho del “Back in Black” y me marché a andar. Siempre, y no es por decirlo, pero siempre que escucho este disco y esa canción, “Back in Black” me acuerdo de ese momento con mi perro, del lugar por el que estuve paseando, que ya no existe porque se ha llenado de casas, y del nudo en la garganta que mi estupidez adolescente se negaba a deshacer».
Siempre digo que la comunidad «heavy metal» es de las que más respeto en el mundo de la música; es verdad que tienen unas señas tribales de identidad propias, probablemente las mismas que son utilizadas -por quienes no saben de nada- para demonizar a este colectivo, sin embargo lo que verdaderamente les caracteriza es la pasión que sienten por su música. El de hoy es un gran relato iniciático; estoy seguro que muchos de los que se consideran metaleros se sentirán muy identificados con lo que nos cuenta Salva y con cómo nos lo cuenta. Personalmente, como el mismo invitado de esta semana me has comentado en alguna ocasión, Accept ya son demasiado «jevis» para mí.
«El tiempo pasaba a golpe de riffs y ritmos de batería y así fui descubriendo nuevos y viejos grupos. Conocí gente con gustos afines a los míos y en nuestras conversaciones siempre salía un tema. Nada era lo bastante duro.
Las grandes bandas de los 70 eran un mero recuerdo en la memoria de los aficionados, y poco a poco con el cambio de década las nuevas bandas se iban sacudiendo las influencias psicodélicas y progresivas de los dinosaurios del rock. Judas Priest abandonaron sus épicas canciones de largos desarrollos instrumentales para darle un lavado de cara a su sonido e imagen y con British Steel sentaron las bases de lo que sería el nuevo metal de los 80. Pero British Steel no era lo bastante duro. Queríamos guitarras más duras y afiladas, baterías más aceleradas y voces que te escupieran en la cara.
“Fast as a Shark” de Accept fue la respuesta a todos nuestros anhelos sónicos. Hoy la canción no pasaría ni de lejos el nivel medio de muchas de las bandas más extremas del metal pero hace 34 años, era lo más cafre y duro que podíamos llevarnos a los tímpanos.
Año 1982. La sequía radiofónica y televisiva era casi total con respecto al rock (el termino heavy estaba en pañales por estos lares). Como adolescente que era, necesitaba algo más fuerte que los discos que habitualmente escuchaba. Las estridencias del «Made in Japan» de Purple aunque me hacían vibrar no eran suficientes para calmar a mis más que aceleradas hormonas. Así que escuchar lo que escuché en los 40 principales ese día parecía la respuesta a todos mis anhelos sónicos. Yo apenas escuchaba la radio, pero siempre tenia una cinta preparada en la pletina por si acaso había algo decente que llevarse a los oídos, así que ese día la pongo para ver si suena algo en condiciones, y de repente oigo a la locutora decir “y ahora un poco de autentico heavy metal”, esas palabras me hicieron saltar de la cama hacia la pletina. Así que pulso el rec y cual no es mi sorpresa cuando oigo el famoso ¨aidi aido aha¨ con que empieza «Fast as a Shark». Después de dedicarle algún exabrupto a la locutora, del tipo, “será puta la tía esta”, pulsé el stop pensando, la imbécil se ha quedado conmigo. No me dió tiempo ni de volverme a sentar cuando el sobrenatural rugido de Udo da paso a ese inolvidable y legendario riff antes de escuchar, ¿que era eso? una batería a doscientos por hora, salté hacia la pletina y volví a pulsar el rec para grabar la canción y escuchar alucinado lo que estaba oyendo. Eso era lo que estaba buscando, guitarras a toda tralla, una batería que te golpeaba sin concesión y una voz que parecía venir de las entrañas de la tierra. Cuando se acabó la canción la locutora dijo que el grupo se llamaba Accept y la canción “Rápido como el tiburón”, en aquellos tiempos se traducía todo, hasta en los propios discos venían los títulos traducidos de la canciones debajo de su correspondiente titulo en ingles. El caso es que los días sucesivos no paré de escuchar ese fragmento grabado de la radio hasta que tuve el dinero necesario para comprarme el disco.
El 7 de noviembre de 1983, “Restless & Wild” el disco que contiene este legendario tema pasó a formar parte de mi colección y, en cierto modo, al igual que “Highway Star” de Purple, “Fast as a Shark” cambió mi modo de entender la música».
El 25 de octubre de 1854 ha pasado a la historia del Reino Unido por un acontecimiento bélico desastroso para quienes se vieron involucrados en él, pero de esos que están bien presentes en la memoria de los británicos por el heroísmo extremo que mostraron los soldados combatientes de la Brigada Ligera de Caballería, al mando de lord Cardigan. Este episodio formó parte de la Batalla de Balaclava, en el contexto de la Guerra de Crimea (1853-1856), en la que intervinieron, por un lado el Imperio ruso y, por otro, una alianza formada por el Imperio británico, Francia, el Imperio otomano y el Reino de Piamonte-Cerdeña. Lord Cardigan estaba bajo el mando de su cuñado, Lord Lucan que, a su vez, comandaba la Brigada de Caballería Pesada. La conocida como «Cabalgada al Infierno» comenzó con una orden del jefe del ejército británico (lord Raglan) para que toda la División de Caballería cargara sobre una posición de artillería rusa situada al final de un valle, a una distancia aproximada de 1,5 kilómetros. Tras unas primeras escaramuzas estériles, la Brigada Pesada, al mando de lord Lucan, abortó el ataque ante la imposibilidad de salir victoriosos. Sin embargo, la Brigada Ligera (más de seiscientos jinetes) continuó su avance, sin cuestionarse las órdenes que, por otra parte, nunca fueron canceladas por lord Lucan. Hay quien piensa que lord Cardigan quiso dejar en evidencia a sus jefes; también se ha especulado con que fuera una maniobra de lavado de imagen pues, al parecer, la caballería ligera estaba dando una cierta sensación de pasividad y cobardía; otros historiadores creen que todo tuvo que ver con la enemistad manifiesta que había entre los cuñados (Cardigan y Lucan). Sea como fuere, la cabalgada de la Brigada Ligera quedó expuesta al fuego cruzado; con unas pocas unidades, lograron llegar a las líneas rusas, aunque en una situación de inferioridad tal que apenas dio lugar a que hubiera supervivientes. El 9 de diciembre de 1854, Alfred Tennyson publicaba un poema recordando aquel episodio que, más de un siglo después, sirvió de inspiración a Steve Harris, bajista de la banda de heavy metal Iron Maiden, para componer «The Trooper», canción que fue incluida en uno de los mejores álbumes del grupo: «Piece of Mind» (1983). El inconfundible riff de guitarra y el poderoso ritmo en homenaje a esta heroica cabalgada, hacen de este tema uno de los imprescindibles en sus directos; el cantante Bruce Dickinson incluso suele enarbolar una bandera británica en el escenario, como puede comprobarse en este vídeo.