Hay quien defiende que los puritanismos y las censuras, lamentablemente abundantes en diferentes culturas y en tiempos no tan remotos, han sido muy positivos para la creatividad artística. Muchas canciones de blues están deliberadamente escritas de manera ambigua, para que puedan tener distintas interpretaciones en función de quien las escuche y de su deseo por trascender, o no, la superficialidad de la letra propuesta. «Little Red Rooster» no es más que una simple canción que cuenta cómo una granja está descontrolada porque el gallo rojo ya no impone su orden y el resto de los animales no lo respeta porque está cansado y ha dejado de cantar. Al menos esa es la lectura inmediata de su letra, sobre la que su autor, el gran Willie Dixon, ha manifestado que la escribió como una canción de granja y alguna gente incluso se la tomó en este sentido; la ironía no deja lugar a dudas y así lo debió de interpretar la sociedad puritana de principios de los sesenta, que hizo todo lo posible por boicotear, incluso prohibir, esta canción en las emisoras de radio. Como acabamos de comentar, fue escrita por Dixon a partir de canciones anteriores de blues de temática parecida, recogiendo así una tradición o creencia popular americana según la cual un gallo contribuye a la paz en el corral. De hecho, en algunos de estos temas se imita el sonido de los animales, algo que también se ha mantenido en ciertas versiones de «Little Red Rooster». Fue interpretada por primera vez por el cantante y músico norteamericano Howlin’ Wolf; también gozó de mucho éxito en manos de Sam Cooke, que la publicó en 1963, y de los Rolling Stones, un año después. Dejo enlaces a ambas versiones; yo, sin embargo, me voy a inclinar por la primera de Howlin’ Wolf, la del propio Willie Dixon y, finalmente, la grabada en directo por los míticos Doors. He de decir que, en esta ocasión, me ha costado muchísimo elegir el tercer vídeo ya que había muchos y muy buenos; sin ir más lejos, las versiones de Grateful Dead, The Yardbirds, Tom Petty & The Hearthbreakers, Canned Heat, Big Mama Thorton o Luther Allison son también excelentes.
Autor: Raúl
Ella Fitzgerald. «I love Paris»
Ya he manifestado en alguna ocasión mi admiración por Billie Holiday, en mi opinión la mejor cantante que ha existido en registros intensos y dramáticos (véase, sin ir más lejos, su interpretación de “Strange Fruit”). Ella Fitzgerald, la otra gran figura del jazz melódico junto a Sarah Vaughan, tal vez brilló más en canciones optimistas, incluso con letras aparentemente banales; y en todo tipo de estilos, desde la canción melódica al jazz pasando por el swing, la samba, la bossa nova o el blues. Debutó como cantante a los dieciséis años y, tras algún tiempo integrada en orquestas, pronto comenzó una larga y fructífera trayectoria como solista. En el jazz fue una gran innovadora, sobre todo en lo relativo a la técnica conocida como scat, un tipo de improvisación vocal que se desarrolló en los años cuarenta a partir de la utilización de palabras y sílabas sin sentido, que se empleaban a modo de instrumento musical. Otra de sus principales aportaciones a la música fue la serie de Songbooks, discos donde se recogía lo mejor de los grandes compositores de la canción popular norteamericana, como Cole Porter, Duke Ellington, Johnny Mercer, George Gershwin, Jerome Kern o Harold Arlen. Se trata de una de las iniciativas más importantes que ha habido en el jazz y en la música melódica americana, una revisión de los grandes compositores de este país bajo la inigualable voz de una de las mejores cantantes que nos dejó el siglo XX. El primero de los ocho discos que dedicó a la canción americana tuvo a Cole Porter como protagonista, un doble LP con treinta y dos canciones de este reconocido compositor y letrista estadounidense. Fue uno de los discos elegidos, en el año 2003, para formar parte del National Recording Registry, una lista de grabaciones sonoras especialmente relevantes para la cultura, la historia y las costumbres de los Estados Unidos. El segundo disco de este “Ella Fitzgerald Sings the Cole Porter Songbook” comienza con “I love Paris”, una canción inicialmente compuesta para el musical “Can-can”, que luego sería llevado al cine en 1960. Hay otras versiones muy interesantes, como las de Frank Sinatra, Andy Williams, Peter Cincotti o Charlie Parker, pero ninguna me gusta más que la que nos regaló “La Primera Dama de la Canción”.
Dire Straits. «Brothers in Arms»
Mark Knopfler es uno de mis guitarristas preferidos. Me encanta esa sensación de estar escuchándolo y sospechar que es él aunque no conozca la canción; los especialistas creen que esta singularidad en su estilo puede ser debida, además de a su innegable personalidad y talento, a la técnica que usa para tocar la guitarra, la mayor parte de las veces sin púa y utilizando una variante del procedimiento manejado por los tocadores de banjo llamada clawhammer, en la que los dedos medio, índice y pulgar se emplean para pulsar las cuerdas, mientras que el meñique y el anular se usan como apoyo de la muñeca sobre el puente. Sea como fuere, su sonido ha cautivado a exigentes aficionados a la música y a consumidores habituales de éxitos radiofónicos, sobre todo en su etapa en Dire Straits, un grupo británico surgido en 1977, en plena vorágine del movimiento punk. Esta banda, caracterizada por ese sonido Knopfler tan peculiar, ecléctico e inclasificable, publicó seis álbumes de estudio entre 1978 y 1991, además de tres trabajos en directo. Aunque es verdad que desde su primer disco, con ese gran éxito que fue «Sultans of Swing«, ya tuvieron el beneplácito de crítica y público, fue con su penúltimo álbum, «Brothers in Arms» (1985), con el que consiguieron el triunfo absoluto; fue el tercer disco más vendido en la década de los ochenta y ocupa la decimosegunda posición en el ranking de discos más vendidos de toda la historia; además, fue uno de los primeros trabajos grabados exclusivamente de manera digital y el primero en vender un millón de copias en formato CD. Además de los integrantes de la banda, contó con colaboraciones de lujo, como Malcolm Duncan y los hermanos Randy y Michael Brecker en la sección de viento, los bajistas Neil Jason y Tony Levin o el propio Sting, que intervino en los coros de, tal vez, la canción más conocida y valorada de este disco: «Money for Nothing». No obstante, yo he preferido quedarme con el tema homónimo que cierra el álbum; me trae muy buenos recuerdos, de viajes y salidas nocturnas en el coche del padre de un amigo durante mi época de estudiante. Es una bellísima balada, melancólica y antibélica, en la que Knopfler está soberbio.
Dooley Wilson / Jane Monheit / ZZ Top / «As time goes by»
Para un aficionado a la música y al cine no hay mejor regalo que escuchar una buena canción mientras disfrutas de una obra maestra del Séptimo Arte. El buen amigo Antonio, en su excelente blog «Diccineario«, describía la película «Casablanca» (1942) como un «carrusel de ideales patrióticos, pasiones reprimidas y sentimientos heridos, esenciales y eternos»; un film inmortal, del que todos recordamos alguna escena, en mi caso siempre será esa en la que Ingrid Bergman le pedía al pianista Sam que tocara y cantara «As time goes by». Este tema fue compuesto por Herman Hupfeld, en 1931, para el musical de Broadway «Everybody’s Welcome» y, aunque se grabó por varios artistas, no fue internacionalmente conocido hasta una década después, cuando se estrenó la película de Michael Curtiz. «As time goes by» es una canción que habla del amor como fuerza capaz de trascender pasiones, celos y glorias mundanas porque, al fin y al cabo, las cosas importantes adquieren valor con el paso del tiempo. Seguro que todos recordaréis los primeros compases de esta canción: «You must remember this, a kiss is still a kiss …» Todas las adaptaciones que se han hecho de este popular tema empiezan así, sin embargo la partitura original tenía una estrofa inicial que fue suprimida cuando se incluyó en la película y que, finalmente se ha perdido, en ella se habla de lo incierto de aquellos tiempos, incluso hay una alusión un tanto ingenua a Einstein y a «la cuarta dimensión»; aquí enlazo a la versión de Ruddy Vallée (1931), donde podéis constatar esta circunstancia. Como acabo de comentar, existen muchas versiones; yo voy a reivindicar, en primer lugar, la que Dooley Wilson interpretó para la película «Casablanca», y voy a tratar de huir de las más clásicas (éstas os las dejo a vosotros, por si os animáis a sugerir alguna); la segunda es la de la vocalista norteamericana de jazz Jane Monheit, una propuesta dulce, sosegada y elegante; la tercera corre a cargo del trío texano ZZ Top, con ese marchamo guitarrero, aguardentoso y canalla que caracteriza a este grupo.
Storm. “It’s all right” / “Un señor llamado Fernández de Córdoba” / “Crazy machine”
Ya viene siendo habitual ver en este blog a grupos españoles que, durante los años setenta, se dedicaron al cultivo del rock sinfónico; sin embargo, aquellos que se inclinaban por el hard rock apenas han tenido cabida en este espacio, tal vez porque fueron menos numerosos que los progresivos y, cuando alcanzaron una mayor repercusión, lo hicieron formando parte del rock urbano. Antes de que triunfaran grupos bien conocidos, como Leño, Topo, Asfalto o Ñu, hubo alguna formación que podríamos englobar dentro de los parámetros característicos del hard rock británico; una de estas bandas fue Storm, formada en 1969, inicialmente bajo el nombre de Los Tormentos, en la ciudad de Sevilla. Además de dos EPs, publicados en 1974, editaron un LP ese mismo año («The Storm») y otro en 1980 («El día de la tormenta»), después de que se reunificaran tras su disolución, en 1976, por el llamamiento a filas de varios de sus componentes. En 1981 volvieron a separarse, aunque durante este 2014 han vuelto a publicar un disco («Trilogía»), en el que se incluyen algunos temas inéditos. La banda estaba formada por los hermanos gemelos Ángel y Diego Ruiz Geniz -el primero tocaba la guitarra y el segundo la batería-, José Torres Alcoba -bajo- y el interesantísimo músico Luis Genil Rodríguez -teclados-. Desde mi punto de vista, el disco verdaderamente interesante fue el primero, un sorprendente trabajo de rock duro setentero con mucha presencia psicodélica, en ocasiones progresiva, donde la guitarra y el órgano Hammond, perfectamente ensamblados, jugaban un papel protagonista; no en vano, este grupo es conocido como el Deep Purple español. Merece la pena escuchar todo el álbum (aquí lo podéis hacer) pero, para abrir boca, os recomiendo tres temas: «It’s all right», una canción con una base rocanrolera que parece una mezcla entre «Rock & Roll en la plaza del pueblo» (1977), de Tequila, y «Maneras de vivir» (1981), de Leño, con unos toques de «Strange Kind of Woman» (1971), de los Purple; «Un señor llamado Fernández de Córdoba, dedicada a su mánager, tal vez la que más me gusta, la más psicodélica de todas, la que tiene un desarrollo instrumental más interesante; y «Crazy machine», con unos increíbles sonidos distorsionados de órgano y guitarra y un solo de batería al estilo «The Mule». Por cierto que este último instrumento también brilla de manera especial en el tema «Experiencia sin órgano«, una canción sustentada a base de guitarra y batería.