No conozco a ningún pueblo, cultura o país que sea más desagradecido que España con el talento, la valía personal y la buena educación; aquí expulsamos a nuestros mejores titulados y nos quedamos con la zafiedad y la incultura de las diferentes especies zoológicas que merodean por «Gran Hermano». Con un país cargado de analfabetos funcionales no podemos aspirar a proteger nuestro patrimonio cultural, ni siquiera darlo a conocer, sencillamente no interesa, al fin y al cabo es asunto de cuatro excéntricos pretenciosos y anticuados. Me parece lamentable que formaciones de la calidad de Friday Frolics no reciban la promoción y visibilidad que merecen; no obstante, como en el fondo soy un optimista, no descarto escucharlos en algún programa de radio de cierto tirón, incluso, por qué no, en la televisión, creo que se lo merecen. Mientras tanto, para los que me seguís, os diré que este trío se creó a finales de 2012 a partir de una sesión de música tradicional irlandesa celebrada en Barcelona. Publicaron su primer trabajo homónimo (aquí lo podéis escuchar) en 2014 y el segundo («Factor 3») en 2015; tal y como ellos mismos manifiestan, «grabado de manera simultánea, microfonando cada instrumento y utilizando el sonido ambiente de la sala de grabación». Aunque han contando con la colaboración de otros colegas para la grabación del disco, Friday Frolics está formado por tres músicos: Marta Ponce (violín), Albert Pamies (bouzouki) y Javier Sagal (mandolina). En cuanto a su estilo, podríamos etiquetarlos como de grupo folk-celta, aunque su sonido tiene características propias y, desde mi punto de vista, no estamos ante otro grupo más de música celta; su apuesta bascula entre los tonos medievales y el rock progresivo, incorporando toda una gama de ritmos y sonidos ejecutados con maestría y gusto musical. El tema que he elegido, «The Morning After the Day Before», creo que nos habla muy bien de la potencialidad de esta formación; está compuesto de tres partes: «Bachelor party», que cuenta con la colaboración de Emilio Nieto (bajo) y Juan Jiménez Almaraz (flauta), de la banda Stolen Notes; «Hangover», donde se puede disfrutar con la guitarra eléctrica de Jen Majura, del grupo Evanescence; y «Wedding Reel», una canción tradicional irlandesa, en este caso interpretada por el trío habitual: Marta, Albert y Javier. Para finalizar, os recomiendo tres vídeos; éste primero es el videoclip promocional correspondiente a la grabación de «Factor 3», disco que puede escucharse completo a través de spotify; éste otro corresponde al tema «Farewel to Liverpool«, de su primer álbum; por último, si queréis ver cómo se manejan en directo, aquí tenéis una interpretación de «Spanish Omelette«, también de su disco anterior.
Categoría: Folk-Cantautores-World Music
Carlos Nuñez y Teresa Salgueiro. «María Soliña»
Carlos Núñez es uno de los talentos musicales más grandes que tenemos en España, está considerado como uno de los mejores gaiteros del Mundo y toca la flauta con gran delicadeza y sentimiento, como váis a comprobar en la canción de hoy: «María Soliña». No es la primera vez que este gallego aparece por aquí, ya lo hizo con el tema «Lela«, magistralmente interpretado por la portuguesa Dulce Pontes; me he animado a proponer otra de sus canciones ante el éxito que ha tenido (y sigue teniendo) «Lela» entre quienes visitan La Guitarra de las Musas, no en vano es una de las entradas más visitadas de este blog, lo que no deja de sorprenderme. «Lela» apareció en el primer trabajo de Carlos Núñez, «A Irmandade das Estrelas» (1996), y «María Soliña» en su siguiente álbum, «Os Amores Libres» (1999), donde el gaitero trató de indagar sobre la música celta y su relación con las melodías tradicionales gallegas e, incluso, con culturas en principio bien alejadas de lo celta, como el flamenco; en este sentido, os recomiendo que escuchéis «A Orillas del Río Sil«, interpretada por la cantaora Carmen Linares. Volviendo a la melodía de hoy, os diré que está dedicada a María Soliño (o Soliña), una mujer nacida en Cangas de Morrazo (Pontevedra) a finales del siglo XVI, que consiguió adquirir un estatus económico desahogado gracias al establecimiento, junto con su hermano y su marido, de una pequeña manufactura de pescado en el municipio. En 1617 Cangas fue atacada y saqueada por los piratas turcos, lo que llevó al empobrecimiento de su población, incluida la clase acomodada, y al enloquecimiento de muchas de sus mujeres, que padecieron el horror de la guerra y, a menudo, vieron como fallecían sus maridos y familiares en la defensa de la plaza. Esta circunstancia fue aprovechada por la minoría dominante de Cangas para culminar el saqueo, esta vez entre quienes aún poséian bienes preciados como los «derechos de presentación» en capillas y freguesías, es decir, los previsibles beneficios de estas entidades. Al parecer, María Soliño acudía a la playa por la noche (como otras mujeres), probablemente para rezar por su marido y hermano muertos en el ataque de los turcos; actitudes como ésta fueron suficientes para iniciar un proceso inquisitorial por brujería, en el que también se vieron envueltas otras mujeres de extracción social más humilde. María fue acusada de entregar su alma al diablo y de poseer poderes demoniacos; confesó ser bruja tras ser sometida a una cruel tortura, fue condenada a llevar el hábito de penitente durante seis meses y, por supuesto, fueron requisados todos sus bienes, entre ellos los «derechos de presentación», el principal objetivo del Santo Oficio y de los poderes económicos y políticos de Cangas. La letra de esta canción fue escrita por Celso Emilio Ferreiro (1912-1972) y, por supuesto, existen distintas adaptaciones y versiones; ésta debe el arreglo musical a A. Paz Valverde y está maravillosamente cantada por la portuguesa Teresa Salgueiro, vocalista del grupo Madredeus.
Don McLean. «Vincent»
Al igual que en la música, en la pintura también hay artistas de leyenda, personajes que han terminado envolviendo a seres humanos frágiles, atormentados y absolutamente geniales. El pintor holandés Vincent Van Gogh es uno de ellos; aquejado de una poderosa enfermedad de carácter neurológico o mental, falleció a los treinta y siete años de un disparo (aún no se sabe bien si fue un suicidio o un homicidio accidental). En diez años (1880-1890) produjo unas novecientas pinturas y mil seiscientos dibujos, aunque su reconocimiento como uno de los grandes maestros de la pintura no logró disfrutarlo en vida. Como podéis imaginar, el cine se ha ocupado de este gran pintor; hay varias películas pero, tal vez, la más conocida y valorada sea la de Vicente Minelli, “El loco del pelo rojo”, interpretada por Kirk Douglas (aquí tenéis una atinada reseña, escrita por el amigo Antonio en su Diccineario). El mundo de la música también se ha acordado de Van Gogh; en España, sin ir más lejos, existe un grupo con el nombre de “La Oreja de Van Gogh”, aunque he de reconocer que nunca ha sido de mi agrado. Prefiero el homenaje que le hizo el cantautor estadounidense Don Mc Lean, a través de su canción “Vincent (Starry Starry Night)” (en el vídeo podéis ver la letra traducida al español). Este tema forma parte de su segundo trabajo de estudio, “American Pie” (1971), quizás más conocido por la canción homónima que abre este disco, en la que se aborda un acontecimiento conocido como “El día que murió la música”, aquel fatídico accidente aéreo en el que fallecieron Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper. “American Pie” es un álbum precioso, donde la voz de Don Mc Lean compite en calidad con sus interesantes letras. Precisamente otra de las canciones de este disco, “Empty Chairs”, sirvió de inspiración para el gran éxito de Roberta Flack, “Killing me softly with his song”. Y volviendo a “Vincent”, he de decir que existen muchas versiones de este bonito tema, de muy diferente pelaje, algunas más afortunadas que otras, aunque hoy me apetecía no restar ni un ápice de protagonismo a la “voz del siglo”, el calificativo con el que Roy Orbison distinguió a Don McLean después de la gran versión que realizara de su tema “Crying”. Quiero dedicar esta canción a mi hermana Beatriz, con quien comparto entusiasmo por este pintor y a quien animo para que finalice sus estudios de Historia del Arte; Bea, quizás no se te vuelva a presentar una ocasión mejor que ésta, cuando una puerta se nos cierra es porque hay otras abiertas esperándonos.
Rodrigo y Gabriela. «Tamacun» / «Diablo Rojo» / «Stairway to Heaven»
En una entrada anterior reflexionaba sobre la influencia que han ejercido las censuras y los puritanismos en los procesos de creatividad artística; en este sentido, el instinto de supervivencia y el deseo de triunfar también pueden llegar a ser factores determinantes. Rodrigo Sánchez y Gabriela Quintero se conocieron en México, D.F. cuando eran muy jóvenes; tras su paso por el grupo de trash metal Tierra Ácida y ante el desalentador panorama musical que veían en su país natal, decidieron viajar a Europa en busca de nuevas oportunidades. Llegaron a Dublín con un par de guitarras y comenzaron a tocar en bodas y bautizos, en pubs y, por supuesto, en la calle, donde conocieron el rico ambiente musical de la capital irlandesa. Pronto comenzaron a actuar en festivales, tanto en Reino Unido como en otros países de Europa, hasta que en el año 2002 lanzan su primer disco, titulado «re-Foc». No es fácil describir su estilo, digamos que se sitúa entre los ritmos latinoamericanos, la rumba, el flamenco y el rock. Rodrigo asume el liderazgo y actúa como primera guitarra, mientras que Gabriela ejerce de guitarra rítmica y, lo que es más importante, lleva la voz cantante en la percusión. Él es increíble, buen guitarrista, pero ella es el alma del dúo, capaz de suplir con su guitarra, sus manos y su corazón a todos los instrumentos habitualmente implicados en los roles rítmicos. Cuando uno los ve no sale de su asombro; tocan a una velocidad endiablada y siguen conservando, y transmitiendo, su esencia metalera; creo que es mejor que lo veáis con vuestros propios ojos. Las tres canciones que he seleccionado (en realidad cuatro) forman parte de su segundo álbum («Rodrigo y Gabriela», 2006); las dos primeras están compuestas por ellos, tanto de «Tamacun» como de «Diablo Rojo» existen versiones alternativas, recogidas en su álbum «Área 52», que grabaron acompañados de la orquesta C.U.B.A. (también os he dejado enlaces a este experimento de fusión con los ritmos cubanos); el tercer vídeo corresponde a una singular versión del clásico «Stairway to Heaven», de Led Zeppelin. Por si os habéis quedado con ganas de más, aquí tenéis a este dúo de guitarristas haciendo frente al tema de Metallica «Orion», junto a su bajista, el estadounidense de origen mexicano Robert Trujillo.
Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. «Señora Azul»
Un año antes de que falleciera Franco se publicó «Señora Azul», del cuarteto Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, una de las obras más importantes que ha dado el pop-rock español; en aquella época casi ni le prestaron atención aunque, con el paso de los años, se ha convertido en un álbum de culto. El pasado mes de octubre, con motivo de su cuarenta aniversario, se reeditaba con los honores que esta obra merece. Los componentes de este grupo fueron Juan Robles Cánovas -ex batería de la banda progresiva Módulos-, Rodrigo García -procedente de Pequeniques-, Adolfo Rodríguez -vocalista y guitarrista de Los Iberos- y José María Guzmán -antiguo miembro del grupo Solera-. En una entrevista reciente, cuentan cómo -en el año 1974- eran una rara avis, una apuesta a contracorriente de lo que se escuchaba en la España de aquella época: «la canción del verano»; os animo a que los veáis en este vídeo (dura menos de dos minutos), su reivindicación del rock de siempre (ellos mencionan a Eric Clapton, The Rolling Stones, The Doobie Brothers o Eagles) creo que es algo que suscribimos muchos de los que nos movemos por la blogosfera. Hacían un rock sencillo, fundamentado en las letras y las armonías vocales, de hecho eran conocidos como los Crosby, Still & Nash (& Young) españoles. La canción más conocida de aquel disco fue «Señora Azul», que muchos críticos y aficionados a este cuarteto han interpretado como un canto de protesta ante la censura que aún se practicaba a principios de los setenta. Sin embargo, ellos mismos han reconocido que, tanto este tema como el resto del disco, lo dedicaron a ciertos críticos musicales que, movidos por la envidia y el desconocimiento, se comportaban de manera destructiva y corrosiva ante unos artistas a los que consideraban pretenciosos y vacíos; la ignorancia, la incultura y la envidia están, lamentablemente, atrincheradas en nuestra sociedad, por eso «Señora Azul» sigue tan viva como hace cuarenta años. No quiero terminar sin recomendar que escuchéis el disco completo (aquí lo podéis hacer); en él hay canciones fabulosas, como «Solo pienso en ti» que fue versionada por el tristemente fallecido Enrique Urquijo (ésta es su versión).