Las Cinco Canciones de Laacantha (I): «Claro de Luna», de Beethoven (Arthur Rubinstein)

Dicen de los europeos del Este que tienen una facilidad para los idiomas fuera de lo común; yo siempre comento, medio en broma medio en serio, que cuando un futbolista viene a jugar a algún equipo español de la Liga de Fútbol Profesional aprende español en el trayecto aéreo que le lleva desde su casa hasta Valencia, Barcelona, Madrid o donde quiera que llegue, de tal forma que, según baja las escalerillas del avión, ya es capaz de soltar su primera frase en castellano, incluso entender las primeras preguntas de los periodistas. La invitada de esta semana es rusa y, por supuesto, se ha atrevido a presentarnos Las Cinco Canciones de su Vida en el idioma de Cervantes; por si esto fuera poco, tiene su propio blog, el sitio para esconder su diario, como ella misma señala en la declaración de intenciones de su bitácora:

«Sigo toda la vida escribiendo mis diarios y no tengo ni uno. Escribo mis cosas más íntimas, las que no me atrevo a enseñar a nadie. Lo escondo, pero es imposible encontrar un sitio seguro. Bajo miedo de que alguien lo leerá, lo elimino. Elimino la historia de mi vida, porque en el diario escribía lo que pensaba y sentía precisamente en aquel momento. Tras pasar el tiempo no piensas lo mismo, no sientes lo mismo. Olvidas y no entiendes los verdaderos motivos de tus hechos. Por fin he encontrado el sitio más seguro del mundo para guardar historias de mi vida. Pues, quizá no sea tan seguro como me parece, pero de momento no tengo más opciones. No tengo ninguna ambición más que disfrutar escribiendo todo lo que me interesa, todo lo que me atormenta, me hace feliz o triste».

Me gusta que La Guitarra de las Musas abra sus puertas a invitados de otros países, que nos cuenten sus costumbres, su manera de entender la vida y de vivir los sentimientos; es probable que no difieran mucho de los nuestros, al menos en los aspectos esenciales, aunque estoy seguro que esos detalles culturales, esas pequeñas cosas que adornan los bonitos relatos de Laacanta, os van a encantar y vais a querer saber más cosas de su tierra y de sus recuerdos. Hoy la satisfacción es doble porque, aunque ya han aparecido en este blog piezas clásicas, generalmente en días de versiones o aludiendo a ellas por haber influido en temas de rock sinfónico, lo cierto es que nunca habían sido protagonistas de una entrada en versión y formato de música clásica. Laacanta ha querido que su primer tema sea la «Sonata para piano número 14», habitualmente conocida como «Claro de Luna» o «Luz de Luna», escrita por Ludwig van Beethoven en 1801. Comenzamos con una introducción a cargo de Laacantha, después seguiremos con el vídeo correspondiente a «Claro de Luna» en la versión de Arthur Rubinstein y, finalmente, con el divertido relato que lo acompaña, en el que la música y los «buenos modales» caminan de la mano.

«Conocí el blog de Raúl, «La Guitarra de Las Musas», hace casi un año como uno de los veinte ganadores de los Premios 20Blogs, en su edición de 2015. El blog me pareció muy serio y casi académico. Los textos, el público y el autor eran tan entendidos que yo, con mis escasos conocimientos y mi analfabetismo musical, no me atreví a dejar mis conclusiones «delirantes» (esa es la palabra que suele emplear conmigo @lidiacastro79). Pero, al ver a Evavill por aquí presentando sus cinco canciones, codeándose con el autor, me desató la lengua. Conociendo más a fondo el blog, y a su autor, cambié de opinión, hasta tanto que me atrevo a presentar mis cinco canciones aprovechando la amabilidad de Raúl».

«El mantel y las servilletas de tela eran blanquísimos y llevaban bordadas las letras iniciales de su apellido. El tenedor había que manejarlo con la mano izquierda y el cuchillo con la derecha. Con lo de la mano izquierda me perdí un poco, pero tampoco llamé mucho la atención. Fue el día de cumpleaños de mi amiga del primer curso de ESO. Ella era del mundo de los ricos y yo … del mundo paralelo, de los pobres, donde el mantel era de hule, las servilletas de papel y el cuchillo no formaba la parte imprescindible de la cubertería.

Al acabar con la tarta, según el guión marcado, la protagonista tenía que tocar el piano. Fue la pieza de Ludwig van Beethoven “Sonata Claro de Luna”. Con los primeros sonidos, inseguros y, supongo, incorrectos, todos los adultos volvieron los ojos arriba, exaltados, exclamando: ¡Aaaah … Beethoven … Sonata Claro de Luna!

De ahí saqué las dos conclusiones más importantes de mi vida: lo primero, para ser rico es imprescindible manejar bien el tenedor con la mano izquierda. Lo segundo, tocar el piano, y si no lo tocas tienes que distinguir, con certeza, la música de Beethoven de la de Los Panchos, para no equivocarse con las exclamaciones.

Fue mi primer encuentro con la música clásica y, por suerte, muy afortunado. Me gustó la pieza, me despertó mucho interés y me abrió un poco la puerta al mundo de la música. Siempre lloro con los primeros acordes de esa sonata. Una melodía bella, triste y purísima».

Las Cinco Canciones de Pedro (V): «Mi agüita amarilla” (Los Toreros Muertos)

Le decía a Pedro el otro día, cuando me entregó la última canción, que me había emocionado al leer los recuerdos que acompañan a las cuatro primeras canciones; con la quinta he de confesar que se me han saltado las lágrimas, y no precisamente por la temática de la canción, con la que puedes romper a llorar, pero de risa. Pedro nos habla hoy de su llegada a Madrid, de cómo nos conocimos y de cómo nos divertimos en aquellos locos años ochenta. Hace casi un año os hablaba de «Mi agüita amarilla», de los buenos recuerdos que conservo en torno a esta canción; Pedro nos ofrece su propia versión de la película, en la que desempeño un papel destacado y agitado. Ha sido una semana muy especial para mí, con muchos recuerdos que han aflorado gracias a estos bonitos relatos que, de manera sincera y elocuente, nos ha ofrecido Pedro. Un abrazo muy fuerte, amigo, espero que te hayas sentido cómodo y que la experiencia bloguera haya sido de tu agrado; una vez abierto el melón lo mismo te apuntas a cualquier otro sarao, en forma de colaboración, que se nos ocurra …

Os recuerdo que esta sección está abierta a todos los amigos/as que deseéis participar en ella; si queréis enviar vuestras cinco canciones, con sus recuerdos respectivos, lo podéis hacer mandando un correo a la siguiente dirección: raulrn@wanadoo.es o contactar a través de twitter (@guitarmuses).

«Eran los años de la movida, y España conseguía su primera medalla olímpica, de plata, en los Juegos Olímpicos de Los Angeles 84 cuando, por una triste circunstancia, una enfermedad, a mis 24 añitos, caí en Madrid, solo y desamparado, en medio de una ciudad enorme y desconocida.

Estando yo en esa situación tan triste, quizá por el destino, si es que existe, me crucé por la calle con una chica muy mona que se me quedó mirando. Mi primer pensamiento fue, cómo no, que en Madrid se ligaba más que en Vitoria, donde decíamos entre los lugareños, que “ligar en Vitoria, con una de Vitoria, era un milagro”. Pero una vez pasado mi ilusión inicial, me di cuenta que aquella chica me miró no por mis encantos, sino porque nos conocíamos de algo. Sí, sabía quien era, era la prima madrileña de un amigo de Vitoria, a la que conocía, pero tan solo de vista. Alguien conocido en Madrid, pensé. Mi salvación. Corrí tras de ella, la abordé, y me agarré a ella (en sentido figurado, claro), como un náufrago que encuentra un salvavidas en altamar.

Esto fue un rescate en toda regla. Con la simpatía y la generosidad que caracterizan a los madrileños (y las madrileñas, como diría un político), mi amiga Marta, me enseñó Madrid y compartió conmigo su familia, madre vitoriana incluida, y sus amigos, entre los que se encontraba un nutrido grupo de estudiantes de Farmacia.

Aquel grupo de farmacéuticos se convirtió rápidamente en mi “pandilla”, y dado que además me ennovié con una de las chicas del grupo, comencé a visitar con mucha frecuencia Madrid, donde al cabo de unos años me instalé. Hoy, después de casi 30 años de trabajar y vivir en esta enorme ciudad, soy un madrileño más, y me parece maravillosa.

Uno de los sitios que estaban de moda entonces, hasta que fue tomado por los “fachas” y se convirtió en un lugar peligroso, eran “Los Bajos de Aurrerá”. Solíamos ir allí con frecuencia, porque había un ambiente universitario muy animado, a tomar unas cervezas, con nocturnidad y alevosía.

Había varios locales que nos gustaban, pero cuando queríamos marcha, nos metíamos en uno muy molón, “El Ibiza”, completamente blanco, como no podía ser de otra manera. Cuando digo “nos metíamos”, es literal, porque dado el tamaño reducido del local, estaba siempre a tope, y había que entrar “apretando”.

La música que ponían allí era prácticamente toda española, estábamos en plena movida, aunque también ponían música algo más antigua. Nacha Pop, Los Secretos, Gabinete, Danza Invisible, Kaka de Luxe,… eran habituales.

Había canciones que eran mágicas, como apretar un botón, era sonar y toda la masa se ponía a bailar…,bueno a saltar más bien, como auténticos posesos. Era imposible resistirte, no eras tú, eras parte de la masa que saltaba al unísono, como un solo cuerpo, sudado, claro.

Pero, para mí, la canción que define mejor aquella época es “Mi agüita amarilla”, gran éxito de aquel loco grupo, “Toreros Muertos”, que con su animada música y su divertido texto, nos “colocaba”, sin porro, y nos llevaba a aquel estado de catarsis corporal y mental.

Pero, es que, además, esta canción me recuerda especialmente a uno de aquellos estudiantes de Farmacia, a mi amigo y colega Raúl. Me trae la imagen de un Raúl exultante y divertido, cantando a todo trapo, y saltando como un verdadero batusi.

Va por ti, amigo».

 

Las Cinco Canciones de Pedro (IV): «Hotel California» (Eagles)

La de veces que le habré escuchado decir a Pedro: «ese disco lo teníamos en la residencia», y yo pensaba: «menuda discoteca la de estos vascos», porque todos los títulos eran a cual mejor, de esos que los buenos aficionados al rock consideramos como de tenencia y escucha obligada. Hoy nos habla de su época en la Residencia de Estudiantes de Ingeniería de Bilbao, de su «Sala de Música» y de su amigo Eduardo, un gran tipo al que conocí hace ya muchos años y al que no veo desde hace mucho tiempo. Por cierto, que aquí hay una anécdota muy buena, parecida a una que narró hace poco el amigo Salva en su blog, pero con bolsas de basura, que prefiero no contar por prudencia y, en todo caso, que sea el propio Pedro el que lo relate si le apetece. «Hotel California» fue la primera canción que elegí para iniciar esta sección de las Cinco Canciones, no lo dudé como tampoco lo ha hecho Pedro cuando ha querido acordarse de esta inolvidable etapa de su vida. Recordemos que «Hotel California» formó parte del quinto álbum de la banda estadounidense Eagles, titulado igual que la canción y publicado en 1976.

«Estaba yo por aquel entonces, a mis 17, tan despistado como lo está mi hijo Pablo hoy, a sus 17, pero tenía que tomar una decisión trascendental para mi vida: a qué me dedicaría profesionalmente. Tenía que elegir “carrera”. Era buen estudiante, no un lumbreras, pero trabajador, y quizás porque mi padre trabajaba en una fábrica de la que me hablaba con pasión, elegí Ingeniería Industrial, aunque no estaba muy convencido.

Esta elección conllevaba una condición, que yo en aquel momento veía como negativa, pero que, a la postre, fue estupenda. Había que ir a Bilbao, tenía que salir de casa. A pesar de que Bilbao está a escasos 70 kilómetros de Vitoria, lo escarpado del terreno, y el puerto de Barazar, hacía que el viaje durase demasiado, por lo que la opción elegida por todos era que me quedase a vivir en Bilbao.

Así fue como acabé mi primer año de universitario, en “La REI” (Residencia de Estudiantes de Ingeniería). Era un edificio independiente, alto, situado en las laderas del “Bocho”. Desde las ventanas de sus habitaciones individuales, con baño pero sin lujos, se veía al fondo la ría adornada por grúas, barcos y fábricas, y más cerca, justo debajo, una ciudad de color gris metálico. Todo ello muy acorde con la carrera que había elegido.

En aquel entonces la Escuela de Ingenieros de Bilbao estaba dominada por el OPUS, no era de su propiedad, pero había muchos profesores de La Obra, y la Residencia, que dependía de la facultad, estaba dirigida por un opusino muy elegante. A pesar de ello, la fauna de estudiantes que allí nos juntamos era muy variopinta, en cuanto a su procedencia, aspecto e ideario político.

Una de las zona comunes de la Residencia era “La Sala de Música”. La sala era más bien pequeña, con un “tocata” de una calidad aceptable, y unos estantes repletos de discos que, poco a poco, se habían ido comprando gracias a la única decisión democrática que se tomaba allí. Todos los meses se colocaba en el tablón de la sala una lista, donde cada uno podía proponer los discos, LPs claro está, y que después eran votados por los estudiantes, y la REI compraba los cuatro títulos ganadores.

En esa sala pasé muchas horas de aquel primer año de universidad, a dónde bajábamos con los apuntes, y decíamos que íbamos a estudiar. Y ahora, de vez en cuando, me sorprendo diciendo a mi hijo que “cómo puede estudiar con la música puesta”.

Allí, gracias a aquellos estudiantes veteranos que años atrás habían votado por aquellos discos tan maravillosos, pude descubrir muchos grupos y discos, que hasta el momento eran desconocidos para mí.

Entre ellos, Eagles, y su «Hotel California», que los estudiantes del 76 votaron para que, yo en el 77, descubriera y amara para el resto de mi vida.

Así que, esta canción me recuerda a aquel año en el que desperté a tantas cosas importantes, y a mi Hermano Eduardo, al que conocí aquel maravilloso 1977″.

Las Cinco Canciones de Pedro (III): «Sultans of Swing» (Dire Straits)

«Sultans of Swing» tiene el honor, a día de hoy, de ser la canción que más veces ha aparecido en Las Cinco Canciones de tu Vida; la eligió Juanlu, volvió a hacerlo Antonio y ahora es Pedro quien la ha seleccionado para formar parte de este selecto grupo. Ha querido que sea la canción que represente su juventud en Vitoria, su ciudad natal, un lugar donde las cervezas tienen un tamaño aún más pequeño que el del antiguo «corto» madrileño. La primera vez que Pedro me llevó a los bares de Vitoria, «de potes» como dicen allí, no podía comprender por qué unos tíos tan vascos (bueno, en Vitoria un poco menos …) bebían unos tragos de cerveza tan pequeños. Esa fue la pregunta que me hice cuando entré al primer bar; cuando todos pidieron «zuritos», yo no lo dudé y pedí una caña, aquello me pareció ridículo. Nos tomamos la cerveza, salimos del bar y entramos en el de al lado; ellos volvieron a pedir zuritos y yo caña. La operación se repitió muchas veces en aquellos bares pequeños y pegados unos a otros. Al cabo de unas cuantas cañas comprendí por qué bebían zuritos: tenían la intención de recorrer todos los bares, y os puedo asegurar que eran unos cuantos; evidentemente, como os podéis imaginar, acabé cambiando de estrategia y me apunté al trago corto. Os dejó con esta maravilla de canción, en la versión del «Alchemy», la favorita para muchos de nosotros.

«Vitoria es una ciudad pequeña. En los últimos 70, en realidad, un pueblecillo. Allí nos conocíamos todos y entre los “diesisietesañeros” estaba de moda ir a la “zapa” (calle Zapatería), que es una calle estrecha e intrincada del casco viejo, donde habían abierto varios “baretos”, en los que nos juntábamos los chavales a intercambiar miradas con las chicas, y a tomar nuestras primeras cervezas. Unos bares distintos, modernos. Como ejemplo, en uno de ellos daban zuritos de Kéfir, una cosa que nunca había oído, y en otros hasta ponían música.

Un día, en el extremo de la zapa, abrieron un nuevo local, que tenía una novedad, también ponían música, pero a todo trapo. Al parecer, un joven vitoriano que paso una temporada, probablemente en Londres, se trajo la idea, y un montón de discos. Se fabricó un equipo, ya sabéis un buen amplificador y unos bafles caseros tamaño XXL, y aquello sonaba de vicio, como un cañón. Podías escuchar allí, en canciones conocidas, matices ocultos hasta entonces.

Había dentro del bar unos cojines, contra la pared, que estaban supercotizados. Había que tener suerte para pillar un hueco, y con una cerveza en la mano, y con un humo con un tufillo muy característico, sentarte allí y alucinar un rato. Yo solía ir con mi amigo Nacho. Éramos inseparables. Después, a él le dio por el jazz, y se convirtió en un verdadero experto.

Una de los primeros temas que ponían allí con frecuencia era «Sultans of Swing». Cómo sonaba aquello. Esa guitarra. Qué grupo tan bueno, y sobre todo ese tío, un tal Mark Knopfler, cómo tocaba, y los comentarios de la gente, “creo que toca sin púa”, y “creo el disco lo ha compuesto entero en una tarde” … Pero no teníamos google para comprobarlo.

Siempre que escucho “Sultans of Swing” me recuerda al bar musical “El Abuelo”, un adelantado a su tiempo, que nos hizo descubrir a muchos muchachos de mi pueblo una nueva dimensión del rock».

Las Cinco Canciones de Pedro (II): «Te recuerdo Amanda» (Víctor Jara)

Creo que llegué a la canción protesta un poco tarde. Fue un tipo de manifestación cultural y una manera de luchar contra la falta de libertades y las dictaduras, presentes en territorios como América Latina y España, que se hizo especialmente visible durante los años sesenta y, también, a comienzos de los setenta. La muerte de Franco y la llegada de la Democracia a España restaron protagonismo a la canción protesta que, poco a poco, se fue apagando para dar paso a nuevos canales desde donde sintonizar la nueva realidad que le tocaba vivir a nuestro país; aquellos cantautores latinoamericanos cedieron parte de su protagonismo a nuevas maneras de entender la combatividad obrera, las injusticias, los atentados medioambientales o la mentalidad conservadora, en lo cultural y en lo social, que aún tenía nuestro país; en cierto modo, los rockeros tomaron el relevo de los cantautores y, a su modo, supieron conectar con una juventud deseosa de libertad y justicia; sólo hay que pararse un poco a ver las letras que nos han dejado bandas como Asfalto, Topo, Barón Rojo, Cucharada, Leño, etc, para darnos cuenta de su evidente compromiso social. Pedro tiene dos o tres años más que yo, y hermanas mayores, más que suficiente para que «Te Recuerdo Amanda» (1969), de Víctor Jara, sea una de las cinco canciones de su vida. Más que una canción es el himno y la bandera de todos los oprimidos, explotados y masacrados por la clase dirigente en nombre de la Patria.

«Mi familia era una familia normal, mi padre trabajador, mi madre ama de casa, sin grandes problemas y sin condición política. Franco estaba ahí, ni bueno ni malo. Tanto mis hermanas como yo estudiamos en colegios religiosos, yo concretamente en “Los Coras”, uno de los colegios “bien” de Vitoria, con sus misas y sus novenas, y por supuesto, en aquellos tiempos, unisex, sin chicas que nos dieran tentaciones pecaminosas.

Es fácil imaginarse que, con este panorama, uno vivía un poco en la higuera, respecto al tema político-social. Pero, por suerte, en mi grupo de amigos de “Los Coras” había un par de chicos, cuyas familias estaban muy metidas en el “tema vasco”, ambos con hermanos en Francia, pero no precisamente de Erasmus.

Con ellos empecé a caerme de la higuera, y a ser consciente de que había mucha gente con problemas, solamente por pensar diferente. Así comenzaron las reuniones clandestinas y las “manifas”.

En aquella época proliferaban los festivales de cantautores “semi-ilegales”, ya que se hacía un poco la vista gorda, y que se celebraban en campas o parques. En ellos importaba poco la calidad musical, y lo que primaba era la posibilidad de corear consignas de protesta y ondear banderas prohibidas, sin que los grises aparecieran. Rondaban los 75-76 y yo, con mis 15-16 añitos, participaba entregado.

Estando yo en esta involución mental, mi hermana Mari Paz, que estaba también en plena efervescencia juvenil, empezó a llevar a casa algunos discos un tanto subversivos: Quilapayún, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Claudina y Alberto Gambino … y caí prendado de aquella música que, acompañada de aquellos textos revolucionarios, me cautivó.

«Te recuerdo Amanda» es una preciosa canción de amor, que conseguía emocionarme cada vez que la escuchaba, pensando además en el dramático final del artista. Esta canción me lleva a esos tiempos maravillosos de mi despertar al mundo real y a la rebelión contra la injusticia. Tengo que escuchar más a menudo esta canción, para que no se me olvide que, en algunas cosas, el mundo sigue igual».