Las Cinco Canciones de Pedro (III): «Sultans of Swing» (Dire Straits)

«Sultans of Swing» tiene el honor, a día de hoy, de ser la canción que más veces ha aparecido en Las Cinco Canciones de tu Vida; la eligió Juanlu, volvió a hacerlo Antonio y ahora es Pedro quien la ha seleccionado para formar parte de este selecto grupo. Ha querido que sea la canción que represente su juventud en Vitoria, su ciudad natal, un lugar donde las cervezas tienen un tamaño aún más pequeño que el del antiguo «corto» madrileño. La primera vez que Pedro me llevó a los bares de Vitoria, «de potes» como dicen allí, no podía comprender por qué unos tíos tan vascos (bueno, en Vitoria un poco menos …) bebían unos tragos de cerveza tan pequeños. Esa fue la pregunta que me hice cuando entré al primer bar; cuando todos pidieron «zuritos», yo no lo dudé y pedí una caña, aquello me pareció ridículo. Nos tomamos la cerveza, salimos del bar y entramos en el de al lado; ellos volvieron a pedir zuritos y yo caña. La operación se repitió muchas veces en aquellos bares pequeños y pegados unos a otros. Al cabo de unas cuantas cañas comprendí por qué bebían zuritos: tenían la intención de recorrer todos los bares, y os puedo asegurar que eran unos cuantos; evidentemente, como os podéis imaginar, acabé cambiando de estrategia y me apunté al trago corto. Os dejó con esta maravilla de canción, en la versión del «Alchemy», la favorita para muchos de nosotros.

«Vitoria es una ciudad pequeña. En los últimos 70, en realidad, un pueblecillo. Allí nos conocíamos todos y entre los “diesisietesañeros” estaba de moda ir a la “zapa” (calle Zapatería), que es una calle estrecha e intrincada del casco viejo, donde habían abierto varios “baretos”, en los que nos juntábamos los chavales a intercambiar miradas con las chicas, y a tomar nuestras primeras cervezas. Unos bares distintos, modernos. Como ejemplo, en uno de ellos daban zuritos de Kéfir, una cosa que nunca había oído, y en otros hasta ponían música.

Un día, en el extremo de la zapa, abrieron un nuevo local, que tenía una novedad, también ponían música, pero a todo trapo. Al parecer, un joven vitoriano que paso una temporada, probablemente en Londres, se trajo la idea, y un montón de discos. Se fabricó un equipo, ya sabéis un buen amplificador y unos bafles caseros tamaño XXL, y aquello sonaba de vicio, como un cañón. Podías escuchar allí, en canciones conocidas, matices ocultos hasta entonces.

Había dentro del bar unos cojines, contra la pared, que estaban supercotizados. Había que tener suerte para pillar un hueco, y con una cerveza en la mano, y con un humo con un tufillo muy característico, sentarte allí y alucinar un rato. Yo solía ir con mi amigo Nacho. Éramos inseparables. Después, a él le dio por el jazz, y se convirtió en un verdadero experto.

Una de los primeros temas que ponían allí con frecuencia era «Sultans of Swing». Cómo sonaba aquello. Esa guitarra. Qué grupo tan bueno, y sobre todo ese tío, un tal Mark Knopfler, cómo tocaba, y los comentarios de la gente, “creo que toca sin púa”, y “creo el disco lo ha compuesto entero en una tarde” … Pero no teníamos google para comprobarlo.

Siempre que escucho “Sultans of Swing” me recuerda al bar musical “El Abuelo”, un adelantado a su tiempo, que nos hizo descubrir a muchos muchachos de mi pueblo una nueva dimensión del rock».

Las Cinco Canciones de Pedro (II): «Te recuerdo Amanda» (Víctor Jara)

Creo que llegué a la canción protesta un poco tarde. Fue un tipo de manifestación cultural y una manera de luchar contra la falta de libertades y las dictaduras, presentes en territorios como América Latina y España, que se hizo especialmente visible durante los años sesenta y, también, a comienzos de los setenta. La muerte de Franco y la llegada de la Democracia a España restaron protagonismo a la canción protesta que, poco a poco, se fue apagando para dar paso a nuevos canales desde donde sintonizar la nueva realidad que le tocaba vivir a nuestro país; aquellos cantautores latinoamericanos cedieron parte de su protagonismo a nuevas maneras de entender la combatividad obrera, las injusticias, los atentados medioambientales o la mentalidad conservadora, en lo cultural y en lo social, que aún tenía nuestro país; en cierto modo, los rockeros tomaron el relevo de los cantautores y, a su modo, supieron conectar con una juventud deseosa de libertad y justicia; sólo hay que pararse un poco a ver las letras que nos han dejado bandas como Asfalto, Topo, Barón Rojo, Cucharada, Leño, etc, para darnos cuenta de su evidente compromiso social. Pedro tiene dos o tres años más que yo, y hermanas mayores, más que suficiente para que «Te Recuerdo Amanda» (1969), de Víctor Jara, sea una de las cinco canciones de su vida. Más que una canción es el himno y la bandera de todos los oprimidos, explotados y masacrados por la clase dirigente en nombre de la Patria.

«Mi familia era una familia normal, mi padre trabajador, mi madre ama de casa, sin grandes problemas y sin condición política. Franco estaba ahí, ni bueno ni malo. Tanto mis hermanas como yo estudiamos en colegios religiosos, yo concretamente en “Los Coras”, uno de los colegios “bien” de Vitoria, con sus misas y sus novenas, y por supuesto, en aquellos tiempos, unisex, sin chicas que nos dieran tentaciones pecaminosas.

Es fácil imaginarse que, con este panorama, uno vivía un poco en la higuera, respecto al tema político-social. Pero, por suerte, en mi grupo de amigos de “Los Coras” había un par de chicos, cuyas familias estaban muy metidas en el “tema vasco”, ambos con hermanos en Francia, pero no precisamente de Erasmus.

Con ellos empecé a caerme de la higuera, y a ser consciente de que había mucha gente con problemas, solamente por pensar diferente. Así comenzaron las reuniones clandestinas y las “manifas”.

En aquella época proliferaban los festivales de cantautores “semi-ilegales”, ya que se hacía un poco la vista gorda, y que se celebraban en campas o parques. En ellos importaba poco la calidad musical, y lo que primaba era la posibilidad de corear consignas de protesta y ondear banderas prohibidas, sin que los grises aparecieran. Rondaban los 75-76 y yo, con mis 15-16 añitos, participaba entregado.

Estando yo en esta involución mental, mi hermana Mari Paz, que estaba también en plena efervescencia juvenil, empezó a llevar a casa algunos discos un tanto subversivos: Quilapayún, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Claudina y Alberto Gambino … y caí prendado de aquella música que, acompañada de aquellos textos revolucionarios, me cautivó.

«Te recuerdo Amanda» es una preciosa canción de amor, que conseguía emocionarme cada vez que la escuchaba, pensando además en el dramático final del artista. Esta canción me lleva a esos tiempos maravillosos de mi despertar al mundo real y a la rebelión contra la injusticia. Tengo que escuchar más a menudo esta canción, para que no se me olvide que, en algunas cosas, el mundo sigue igual».

Las Cinco Canciones de Pedro (I): «Maitechu mía» (Mocedades y Plácido Domingo)

Una de las cosas que más valoro de mi incorporación al mundo de los blogs es la de conocer nuevos amigos que comparten pasión por la música. Vosotros, compañeros blogueros, habéis sido los habituales en «Las Cinco Canciones de tu Vida»; me parece normal y lógico, al fin y al cabo ya participáis de esta dinámica y estáis familiarizados con este tipo de iniciativas. También han aparecido por aquí algunos amigos ajenos a este mundillo, como Begoña, Eduardo Cano o Antonio Mazuecos, y hoy llega un amigo cinco estrellas, de esos que sólo podemos contar con los dedos de una mano. A Pedro lo conocí cuando comenzó a salir con una amiga de mi época universitaria, que aún conservo; le ofrecieron la posibilidad de venirse a trabajar a Madrid y aceptó el envite. Recuerdo el piso que tenía alquilado en la calle Hernán Cortés de Madrid, aquella época coincidió con mi servicio militar, cuando técnicamente aún vivía en casa de mis padres, aunque siempre que podía (en los permisos de fin de semana que tuve mientras hacía la instrucción) aparecía por su casa a cenar antes de salir por ahí con el resto de amigos. Al finalizar la mili Pedro y yo decidimos compartir piso; finalmente fueron tres años (cada uno en una casa diferente), incluso llegamos a ser tres, cuando Iñaki vino a trabajar a Madrid; después me fui a vivir solo pero siempre recordaré aquellos años, los primeros que pasé sin el apoyo y el control de mis padres, como una de la mejores etapas de mi vida. Entonces fui capaz de forjar una amistad que, espero, dure para siempre.

Hace tiempo que le pedí las cinco canciones de su vida y, el otro día, cuando menos me lo esperaba (creo que habíamos quedado para cenar), me comentó que estaba en ello, que ya tenía elegidos los temas; me los mandó al día siguiente, con una frase para cada uno de ellos; me pareció cojonudo pero le comenté que a ver si podía extenderse un poquito más, para explicar por qué elegía esas canciones. Os puedo decir que cuando recibí los textos me quedé estupefacto, no sólo lo explicaba, sino que lo hacía con muchos detalles, con toda la emotividad y la nostalgia que caracterizan a esta sección. En cierto modo, sus textos me recuerdan un poco a los que yo escribí para inaugurar esta sección, incluso se sitúan en un espacio temporal muy parecido al que yo proponía. Estoy seguro que vais a disfrutar con sus recuerdos y con las canciones que ha elegido; habrá rock, pop, canción protesta y un clásico de la cultura popular vasca, «Maitechu mía», con el que Pedro ha querido comenzar la semana, en homenaje a su familia y en recuerdo de su padre; esta melodía, compuesta por Francisco Alonso López (música) y Emilio González del Castillo (letra), es una de las preferidas de nuestros cantantes líricos y melódicos y, aunque a Pedro le hubiera gustado que pusiéramos otra versión, desgraciadamente imposible de conseguir, aquí os dejo una de las interpretaciones más conocida, la del grupo vasco Mocedades que, para la ocasión, contó con la colaboración del tenor Plácido Domingo.

«Parece que tiene bastante sentido que una canción popular te recuerde tus raíces.

La primera música que llegó a mis oídos venía de la garganta de mi padre, un cantante frustrado que, en cuanto se jubiló, se apuntó a dos coros, a falta de uno. Como podéis imaginar, su repertorio eran boleros, zarzuelas, pasodobles … Cantaba en la ducha, en el coche, haciendo las chapuzas de casa (era un manitas), en fin, siempre cantaba, y ponía la nota de alegría por toda la casa.

Luego estaban las comidas familiares, cumpleaños, navidades, y como las buenas familias vascas (bueno, vascos del sur, pero vascos), siempre se llegaba a los postres cantando, todos cantábamos. Las preferidas eran las del cancionero de Donnay, compositor vitoriano, y nunca faltaba su hit mundial “Molinero de Legardaguchi”.

Pero la preferida de mi padre, el verdadero director de la orquesta, era “Maitechu mía”. Cuando Carmelo entonaba las primeras notas, y miraba a mi hermana mayor, que casualmente se llama Maite, le seguíamos todos inmediatamente y la emoción flotaba en el ambiente.

Se han hecho muchas versiones de esta canción, por grandes cantantes líricos y ligeros, pero la mejor que yo he escuchado en mi vida ha sido la de Carmelo, mi padre.

Por todo esto, esta canción me recuerda a mis raíces, a mi niñez, a la familia, al origen».

Buffalo Springfield. «For What it’s Worth»

En entradas anteriores me ocupaba de bandas que tuvieron una gran importancia en el nacimiento de estilos como el folk-rock o el country-rock. Grupos como The Byrds, The Flying Burrito Brothers o Crosby, Still & Nash fueron claves para poder entender cómo se originan estos movimientos musicales, pero sería injusto no incluir también en este selecto grupo a Buffalo Springfield, un grupo de vida efímera que fue el germen de otras formaciónes como CS&N o Poco, y de carreras en solitario tan destacadas como las de Neil Young o Stephen Stills. El nucleo fundacional, establecido en 1966, estaba integrado por Stephen Stills (voz, guitarra, teclados), Richie Furay (voz, guitarra), Neil Young (guitarra, piano, armónica y voz), Dewey Martin (batería) y Bruce Palmer (bajo); el nombre del grupo lo tomaron de una apisonadora que estaba aparcada frente a la casa del productor Barry Friedman. Con varios cambios en la formación inicial, estuvieron en activo entre 1966 y 1968, período en el que grabaron tres discos: «Buffalo Springfield» (1966), «Buffalo Springfield Again» (1967) y «Last Time Around» (1968); después se separaron, en gran parte debido a la insostenible lucha de egos entre los miembros de la banda y, también, por los frecuentes episodios de escándalos y detenciones por consumo y posesión de drogas. «For What it’s Worth» es la canción más conocida de este grupo; fue compuesta en 1966 por Stephen Stills y publicada como single en enero de 1967, con tal éxito que obligó a la compañía discográfica a reeditar el primer álbum con el objeto de incorporar este tema; el título hace alusión a la frase que Stills pronunció ante la discográfica: «Aquí tenéis esta canción, por si os sirve de algo». «For What it’s Worth» está inspirada en los acontecimientos que acompañaron al cierre del club «Whisky a Go Go» de Hollywood y la manifestación que hubo después, violentamente disuelta por los antidisturbios de Los Ángeles. El movimiento hippie, el pacifismo y el ambiente reivindicativo de la época acabaron convirtiendo a esta canción en una de las preferidas para encabezar las manifestaciones y las luchas en favor de la libertad y los derechos civiles. Se han hecho algunas versiones, como las de Sergio Mendes, The Staple Singers, Cher, CS&N o Rush, entre otras, y ha sido utilizada en películas, series y anuncios de televisión. Aunque en esta canción ya se pueden apreciar algunos de los elementos característicos del sonido Buffalo Springfield (armonías vocales, diálogos entre guitarras eléctricas y acústicas, y fusión de estilos -folk, country y rock-), no puedo acabar sin recomendar muy sinceramente que escuchéis este trabajo en su totalidad (aquí lo podéis hacer) porque creo que es un disco imprescindible, un álbum pionero en el que, además, todas las canciones son buenas y muy diferentes unas de otras.

Jeff Beck / Colosseum / Carlos Núñez. «Bolero»

El «Bolero» de Ravel es una de las piezas procedentes de la música clásica más utilizada en cine, series de televisión, programas de entretenimiento, publicidad, videojuegos y espectáculos deportivos de toda índole. Dedicada a la bailarina Ida Rubinstein e inspirada en una danza española, fue compuesta por el francés Maurice Ravel en 1928 y estrenada, ese mismo año, en la Ópera Garnier de París. Hasta 1993 fue la composición que más derechos de autor generó en la Société des Auteurs, Compositeurs et Éditeurs de Musique (SACEM) de Francia; la partitura original se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia, después de que el estado galo adquiriera el documento por 1,8 millones de francos. Entre las numerosas interpretaciones de este tema, señalaré algunas como las de la Orquesta Lamoreaux dirigida por el propio Ravel, de 1932, o las debidas a Charles Munch, Pierre Monteux, Pierre Boulez, Daniel Barenboim o Katia & Marielle Labèque, por mencionar sólo algunas. Sin embargo, me interesa más centrar este post en la influencia que ha ejercido esta pieza en la música popular, tanto en la canción melódica, el jazz, el rock, el flamenco o el folk. En primer lugar, recordamos la adaptación de Jeff Beck titulada «Beck’s Bolero», publicada como single en 1967 y, posteriormente, en su primer Lp («Truth», 1968), en cuya grabación intervinieron Keith Moon, John Paul Jones, Nicky Hopkins y Jimmy Page; éste último es el que figura como autor, aunque existe bastante controversia sobre este particular, comenzando por el propio Jeff Beck que afirma haber desempeñado un importante papel en la composición de esta pieza. En este ámbito de las canciones originales basadas en la obra de Ravel, también destacaríamos «Et Maintenant«, de Gilbert Bécaud, muy conocida y versionada por diferentes autores; «Victim of Ritual«, de la cantante finlandesa Tarja Turunen, la que fuera vocalista del grupo Nightwish; «Abandon’s Bolero«, de Emerson, Lake & Palmer; y un buen número de temas de rock pertenecientes a solistas o grupos bien conocidos, como Roy Orbison, Vanilla Fudge, Led Zeppelin o James Gang, entre otros; no os perdáis este montaje, en el que se pueden apreciar estas influencias. El segundo vídeo pertenece a la banda británica de rock progresivo y jazz rock Colosseum, quienes la incluyeron en su álbum titulado «The Grass in Greener» (1970); en este caso, al ser una versión directa de la obra de Ravel, es éste último el que figura como autor. Aunque no esté entre tres los vídeos destacados de hoy, también conviene tener presente la de Frank Zappa, publicada en su álbum «The Best Band You Never Heard in Your Life» (1991). Para la tercera opción me he decidido por una interpretación en directo de mi admirado Carlos Núñez, en la que le podemos ver defendiendo este clásico con la gaita. Como versión patria, en clave de flamenco, también me parece muy interesante la de Jorge Pardo, a la flauta, publicada en su disco «Mira» (2001). En cuanto a las provenientes del jazz, se podrían citar las de Arthur Lyman, Larry Coryell -fallecido el pasado 19 de febrero-, Stanley Jordan, Charlie Palmieri o Jazzelicious.