¿Es Electric Light Orchestra un grupo de rock progresivo? Desde luego si nos limitamos a juzgar por esta canción, no. Pero lo cierto es que, cuando se crea esta banda, allá por 1970, su intención fue la de fusionar el pop y el rock con elementos e instrumentos procedentes de la música clásica, como violines, chelos e instrumentos de viento. Los líderes fundadores de ELO fueron Roy Wood y Jeff Lynne, quienes acometieron juntos los trabajos que dieron lugar a su primer álbum (“The Electric Light Orchestra / No Answer”) y, en parte también, los de su segundo trabajo (“ELO2”). Durante la grabación de este último disco, Roy Wood abandonó la formación dejándola en manos de Lynne que, poco a poco, fue reduciendo el peso de los instrumentos clásicos y acercando el sonido hacia posiciones más cercanas al pop. Puede decirse que los primeros discos de ELO tienen un cierto tono sinfónico pero, a pesar de lo que opinan algunos seguidores del rock progresivo, para mi gusto suenan algo raro; las guitarras, los violines y violonchelos juntos no llegan a empastar y el resultado final es un pastiche algo indigesto. Tiene gracia que con los estilos musicales ocurra como con los géneros cinematográficos; un drama, aunque sea un pestiño, siempre tiene mejor prensa que una película de acción o una comedia, aunque éstas sean excelsas. Con ELO ha pasado algo parecido; sus primeros trabajos suelen tener mejores críticas, tal vez por tener esa etiqueta de pop-rock sinfónico, mientras que su disco más pop, “Discovery” (1979), a menudo es tildado de producto comercial y de poca calidad. Yo no estoy de acuerdo, a mi me parece que es su mejor álbum; tiene un sonido propio, tal vez algo grandilocuente pero bien equilibrado y, lo que es más importante, incluye un puñado de interesantes canciones que se sitúan entre el pop-rock y la música disco, temas como “Shine a little love”, “Don’t bring me down”, “Last train to London”, “The Diary of Horace Wimp” o la que os propongo: “Confusion”, compuesta por Jeff Lynne y con una importante presencia de los teclados y el “vocoder” -o codificador de voz-, un artilugio inicialmente diseñado para las telecomunicaciones que acabó siendo utilizado como instrumento musical por grupos de klautrock, como los alemanes Kraftwerk.
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Triana. «Luminosa mañana»
Algunos viernes los suelo dedicar al rock progresivo, normalmente grandes temas de grupos extranjeros. Sin embargo, para esta primera entrada del año quiero traer a una formación española a compartir cartel con lo más granado de este estilo musical. Triana es el máximo exponente del llamado rock sinfónico andaluz, movimiento del que formaron parte grupos como Alameda, Mezquita, Guadalquivir, Cai, Granada o Azahar y que, muy probablemente, tuvieron en Smash (1968-1973) al antecedente más claro de esta manera de entender el rock, exclusiva de nuestro país (véase, por ejemplo, la versión que realizó este grupo del conocido tema popular «El Garrotín«). Pero volvamos a Triana; fue una banda de la que formaron parte J.J. Palacios «Tele» (batería), Eduardo Rodríguez (guitarra española) y su líder indiscutible, Jesús de la Rosa (voz, teclados y autor de la mayor parte de los temas). Desde mi punto de vista es el mejor grupo de rock progresivo que ha habido en España; sus tres primeros discos de estudio («El Patio», 1975; «Hijos del Agobio», 1977; y «Sombra y Luz», 1979) son tres joyas del rock patrio; algo así como escuchar a King Crimson, Genesis o Pink Floyd pero mezclando el órgano y el mellotrón con la guitarra española y la voz singular e inigualable de Jesús de la Rosa. El primer disco carece de título pero habitualmente nos referimos a él como «El Patio», debido a la portada donde se muestra un dibujo de los tres componentes del grupo en el interior de un patio. Fue la primera cinta de casete que me compré, cuando aún era un chaval, aprovechando que mi hermana trabajaba en una tienda de electricidad que tenía un cacharro de esos, como los que había en las gasolineras, para comprar las cintas de Camela o El Fary. Son siete canciones a cual mejor; la primera, «Abre la Puerta», con sus casi diez minutos de duración, es tal vez la mejor de todas; sin embargo, yo voy a proponeros el tema con el que comenzaba la cara B, «Luminosa Mañana», por su existencial letra, por el brillo de Jesús de la Rosa en voz y teclados y por los buenos recuerdos que me trae, de cuando la intentaba cantar a pleno pulmón, acompañado de una amiga al piano y aupado por los vapores etílicos. Aquí también os dejo la versión que hizo Lluis Llach en catalán.
Mike Oldfield. «Tubular Bells»
La protagonista de este blog es la canción; a veces es muy breve y en otras ocasiones puede llegar a superar los quince o veinte minutos, algo que acabó siendo habitual en el rock progresivo, me refiero al hecho de ver temas que ocupaban toda una cara del Lp. La canción de hoy dura casi 49 minutos, es decir, todo el disco. “Tubular Bells” fue el primer álbum del británico Mike Oldfield, lo compuso cuando apenas tenía diecisiete años y fue publicado en 1973, tras un tortuoso y artesanal proceso de grabación que culminó con una obra maestra, uno de esos discos atemporales, imprescindibles, capaces de trascender modas y gustos musicales. Todo en él es singular; la concepción y ejecución misma de la obra, en la que su autor tuvo que hacer frente a la mayor parte de los instrumentos, más de veinte (piano de cola, órganos, bajo, todo tipo de guitarras, percusiones, campanas tubulares, etc.); el derroche de arte e ingenio al que tuvieron que recurrir para grabar una obra tan compleja, prácticamente con un sólo músico y con unos medios muy alejados de los que disponían las grandes multinacionales; el nacimiento, casi sobre la marcha, de un sello discográfico que acabaría convirtiéndose en uno de los gigantes de la música: Virgin Records -su primer disco fue precisamente éste-; la portada del álbum, esa famosísima campana tubular, es todo un símbolo, una marca que identifica, no sólo este trabajo sino toda la obra de Mike Oldfield; y su carácter de obra innovadora e imperecedera, entre el rock progresivo y lo que luego se llamaría new age, incluso podría decirse que es pionera en el concepto de “música indie”, tan de moda en nuestros días. Estamos, en definitiva, ante la obra de un genio que dejó atónitos tanto a público como a crítica especializada, y que acabó por hacerse muy popular gracias a su inclusión en la película de William Friedkin, “El Exorcista”. “Tubular Bells” ha sido reeditado en varias ocasiones e, incluso, se han publicado una segunda y tercera partes además de otros subproductos derivados. Ya se que, en esta ocasión, es mucho pedir pero os animo a que volváis a disfrutar con este álbum, no os va a defraudar porque no tiene fecha de caducidad, jamás envejecerá.
Supertramp. «School»
Supertramp fue uno de los primeros grupos de rock sinfónico que conocí, en concreto sus trabajos titulados «Crisis? What Crisis?» (1975), del que guardo muy buenos recuerdos de mis años de adolescente; «Even in the Quietest Moments» (1977), cuyo tema «Fool’s Overture» ya ha tenido cabida en este blog; y «Crime of the Century» (1974), desde mi punto de vista el mejor de esta banda inglesa, que practicaba un rock progresivo -a menudo envuelto en melodías pop y jazz- muy cercano a los planteamientos del rock melódico o AOR. Más tarde pude disfrutar con su último gran trabajo, «Breakfast in America» (1979), y fue también cuando me enteré que, en realidad, «Crime of the Century» no era su primer álbum sino el tercero; antes habían sacado a la luz dos LPs, «Supertramp» (1970) e «Indelibly Stamped» (1971), que no obtuvieron el respaldo esperado. De hecho, el grupo se fracturó y sus líderes, Rick Davies y Roger Hodgson, tuvieron que buscar nuevos componentes bajo la presión de una disolución definitiva del grupo. En estas circunstancias se unieron a la banda el bajista Dougie Thomson, el batería estadounidense Bob Siebenberg y el saxofonista John Heliwell. «Dreamer», la canción con la que empezaba la cara B de «Crime of the Century», fue su gran éxito de público, mientras que la última, con el mismo nombre del disco, siempre ha sido la mejor valorada por los propios integrantes de Supertramp; sin embargo, mi preferida es la primera: «School». El compañero Adrián, en su excelente blog «Tu Crítica Musical«, nos hablaba así de este corte: «La canción con la que se abre esta joya del rock es “School”, uno de los temas más progresivos del grupo y sin duda uno de los más emblemáticos. Comienza con una introducción de armónica de tintes bluseros, pronto llega la voz de Hodgson acompañada por una guitarra y voces de niños en el patio de un colegio añadidas. Después se incorpora la batería y algo más tarde el piano que es el va a desarrollar la mejor parte de la canción con un bajo que empasta perfectamente con la melodía principal. Esta canción es sin duda una de las cumbres musicales de Supertramp». Me sumo a las palabras de Adrián y os dejo con esta exquisitez, que si peca de algo es de brevedad.
Caravan. «Nine feet underground»
Estoy convencido de que todo buen aficionado a la música tiene algún artista, grupo o álbum que, en su opinión, ha sido inexplicablemente olvidado, que a pesar de su calidad y relevancia parece no existir eclipsado por las grandes figuras que dominan el estilo en el que se enmarca. Si a un amante del rock progresivo le preguntáramos por sus grupos preferidos, creo que no incluiría a los ingleses Caravan entre sus elegidos; sin embargo, esta banda grabó un disco, «In the Land of Grey and Pink» (1971) que, para algunos críticos profesionales y seguidores de este estilo -entre los que me incluyo-, está considerado como uno de los mejores trabajos de rock progresivo que existen. Caravan es un grupo creado en 1968, tras la disolución de otra banda, «Wilde Flowers», de la que también formaron parte algunos componentes de «Soft Machine», el grupo del conocido batería Robert Wyatt. Ambas formaciones constituyen el núcleo de lo que se consideró como «sonido Canterbury» o «escena Canterbury», una corriente del rock progresivo donde el jazz y la psicodelia impregnaban ese tipo de música; el pasado mayo me ocupaba de Camel, tal vez el grupo más conocido de esta corriente, aunque no el más representativo.
«In the Land of Grey and Pink» es un disco de rock sinfónico muy fácil de escuchar, pleno de melodía, elegancia y de una gran belleza, en el que los teclados de David Sinclair y los instrumentos de viento nos conducen por un bucólico paisaje donde, con frecuencia, el rock se deja seducir por melodías pop, folk y suaves desarrollos instrumentales que harán la delicia de aquellos que encontráis sosiego en la delicadeza y la armonía. La portada de este Lp también contribuye a ello, un paisaje en tonos rosas que recuerda la obra de Tolkien. La cara A del disco tiene cuatro temas, todos fabulosos, mientras que la B está ocupada por una suite progresiva dividida en ocho movimientos. Éste es, precisamente, el tema de hoy: «Nine feet underground»; en mi opinión, la obra cumbre del «sonido Canterbury», un derroche de creatividad, dulzura, elegancia y sensibilidad que, por razones que desconozco, no es suficientemente conocido y que espero no os deje indiferentes