Concierto de Ian Anderson – Best of Jethro Tull. Madgarden Festival. Madrid, 8-VII-2014

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Pocas veces he estado tan emocionado e ilusionado con un concierto de rock como el martes pasado, minutos antes de que diera comienzo el recital de Jethro Tull en el Madgarden Festival de Madrid. Cuando días antes le contaba a un amigo que, por fin, podría ver a Ian Anderson en directo, uno de mis ídolos de juventud y casi de niñez, me dijo: «Va a ser como un examen de conciencia para ti»; y así podría haber sido, si no fuera por lo poco que anidan en mí sentimientos e intimidaciones religiosas como la culpa, el pecado o la redención. En cualquier caso, estos nuevos Jethro Tull me hicieron recordar que los tiempos pasados no son mejores por su excelsitud, en realidad los recordamos, y hasta los idolatramos, porque ya no volverán.
Por si todo esto fuera poco, tenía otro buen motivo para asistir, lo iba a hacer con el amigo Bonustrack, de hecho, fue él quien me proporcionó la entrada y, en definitiva, el que hizo posible mi asistencia al concierto. Lamentablemente, una indisposición de última hora le dejó K.O.; espero que ya estés totalmente recuperado, no dejé de acordarme de ti durante toda la actuación. Un fuerte abrazo.
Hace unos años levantaron un jardín botánico en el antiguo descampado situado entre las facultades de Farmacia y Biológicas, en la Ciudad Universitaria de Madrid, en el mismo sitio donde Felipe González se coronó en aquellas elecciones generales «del cambio», ganadas por el PSOE gracias al voto entusiasta de diez millones de españoles. El martes no estábamos tantos como en aquella víspera de elecciones generales, de hecho ni siquiera estaba el aforo completo. Hace treinta años me hubiera extrañado mucho, hoy día lo veo normal; sobre todo después de haberme percatado, al menos en mi círculo próximo, que Jethro Tull e Ian Anderson son ya unos perfectos desconocidos, principalmente entre menores de treinta años. Como podréis imaginar, la media de edad era bastante elevada; es verdad que también se veía gente joven (en la mayoría de las ocasiones hijos que acompañaban a sus padres), pero lo habitual era ver público por encima de los 45-50 años.
Di una vuelta por el recinto, me tomé una cerveza, traté de ver los discos y libros que se vendían en la pequeña tienda habilitada a tal efecto y, finalmente, tomé asiento. El concierto comenzó con «Living in the Past», finalizó con «Locomotive Breath» y duró, aproximadamente, dos horas y cuarto (incluyendo un descanso de unos veinte minutos). En la primera hora tocaron algunos temas clásicos de la banda y, también, canciones de su último álbum «Homo Erraticus». El plato fuerte se sirvió después del descanso, donde se pudieron escuchar temas míticos como «Thick as a Brick», «Aqualung», «My Good» o «Bourée» (aunque éste no me acuerdo si fue antes del descanso), entre otros.
El sonido lo encontré bien en líneas generales, en raras ocasiones acoplado o distorsionado. Los músicos estuvieron correctos, en su sitio, muy profesionales pero, tal vez, algo fríos, sobre todo los más veteranos. El guitarrista (Florian Ophale) me gustó pero no consiguió transmitir el sonido Jethro Tull, algo que quedó bien claro en el riff de guitarra de Aqualung, vibrante pero muy diferente del original; en este sentido, se echó de menos a Martin Barre, el viejo compañero de batallas de Ian Anderson, que abandonó la formación en 2011.
Respecto a esto del sonido Jethro Tull, me hago eco de unas recientes declaraciones de Ian Anderson: «Jethro Tull soy yo y por eso sigue existiendo». En efecto, yo pude ver y escuchar a este mítico grupo, algo que dudo se pueda conseguir con las, cada vez más habituales, bandas tributo; y ello fue debido, sin duda, al escocés que estuvo, en todo momento, comunicativo, entregado, con nervio y, en algunas ocasiones, hasta inspirado. Para mi gusto los mejores momentos de la noche fueron los tramos acústicos y, sobre todo, todas la intervenciones en las que aparecía la flauta travesera, la verdadera seña de identidad de este grupo, que Anderson sigue tocando como en sus mejores tiempos. Lo peor también estuvo de su lado: la voz. Ya no llega donde alcanzaba antaño y, a menudo, me llegué a agobiar viendo cómo no le salía la voz del cuerpo; para contrarrestar esta circunstancia el grupo cuenta con la presencia de Ryan O’Donnell, un cantante-bufón con un timbre de voz muy parecido al del líder, que lo releva en aquellos tramos totalmente inaccesibles para él. Si quieren seguir actuando en directo durante los próximos años, este será el camino: un nuevo cantante y Anderson a la flauta, el espectáculo ganará en calidad pero ¿seguirá siendo Jethro Tull? Bonustrack, nos vemos en el próximo concierto, ¡no me falles!

Lista Spotify: La Guitarra de las Musas – volumen 1

Antes de continuar con la canción número 101 os invito a esta lista de Spotify donde se incluyen los temas que, hasta la fecha, han aparecido en La Guitarra de las Musas. Hay alguna excepción, algún caso particular y alguna toma de decisiones que, creo, deberíais conocer:
1.- En aquellos casos que he propuesto más de una versión para una misma canción, he elegido sólo una; el criterio ha sido totalmente subjetivo: a veces he escogido la que me ha parecido más interesante, otras veces he tratado de dar voz a intérpretes o grupos que no estaban representados en esta lista.
2.- En la entrada dedicada a Lila Downs puse tres canciones, finalmente he optado por «La cumbia del mole».
2.- Hay dos canciones que no he podido encontrar en Spotify (a lo mejor no he sabido encontrarlas): «Epitaph», de King Crimson, y «Hazañas Bélicas», del grupo asturiano Stukas. En el primer caso la he sustituido por «In the Court of The Crimson King», un directo a cargo de Greg Lake y Gary Moore (habida cuenta que King Crimson no aparece en este canal de música). Tampoco está la discografía de Stukas, así que he optado por sustituir la «movida» asturiana por la gallega: el tema «Assumpta», de Siniestro Total.
3.- No he podido encontrar la versión original de «A whiter shade of pale», la debida al grupo Procol Harum; en este caso, me he decidido por la versión de Percy Sledge. Algo parecido me ha sucedido con «Old Time Rock & Roll», de Bog Seger, y he acabado sustituyéndola por la propuesta de Sam Morrison and Turn The Page.

Canción número 100: Jethro Tull. «Elegy»

Este blog cumple hoy su canción número cien. Muchísimas gracias a todos por haber tenido la paciencia de aguantar mis propuestas y parrafadas; y, sobre todo, por vuestra contribución, en forma de aprobaciones y comentarios, sin ella probablemente no hubiera llegado a la centena. Para celebrarlo mañana nos vamos, Bonustrack y yo, al concierto que Jethro Tull tiene programado en Madrid. En alguna ocasión he manifestado que este es uno de los grupos que están conmigo desde mi adolescencia (de esto hace ya muchos años) y, sin embargo, nunca los he llegado a ver en directo; para mi es un acontecimiento que supera lo musical, espero que me transporte a aquellos años del instituto en los que lucía mi chapita de Ian Anderson prendida en mi jersey. Como soñar es gratis, allá van los temas que me gustaría escuchar mañana: «Dharma for one», «It’s breaking me up», «A song for Jeffrey», «A new day yesterday», «Bouree», «Teacher», «Living in the past», «Driving song», «Sweet Dream», «Thick as a brick», «Minstrel in the Gallery», «Cold wind to Valhalla», «Black Satin Dancer», «Requiem», «Aqualung», «Cross-Eyed Mary», «My Good», «Locomotive Breath», «Too Old to Rock ‘n’ Roll: Too Young to Die!», «Songs from the Wood», «Hymn 43» y «Elegy». La última de esta lista pertenece al álbum «Stormwatch» (1979), para mi gusto el último gran trabajo de este grupo; a partir de aquí les perdí un poco la pista y, he de decir, que lo que he ido escuchando de ellos ya no me ha gustado tanto. «Elegy» es la única canción del disco que no está compuesta por Ian Anderson, sino por el teclista David Palmer. En esta actuación en directo, de donde está tomado el video de hoy, dedicaron este bellísimo tema instrumental a su bajista John Glascock, fallecido en 1979.

Blind Faith. «Presence of the Lord»

A sus 69 años, Eric Clapton es historia viva del rock; hace poco comentaba –en la entrada que dediqué a The Yardbirds– que es como el Forrest Gump de la música, omnipresente en buena parte de los movimientos musicales que tuvieron lugar en los dorados y fértiles años 60’ y 70’, prácticamente como si tuviera el don de la ubicuidad y una capacidad sin límites para generar nuevas iniciativas musicales. Formó parte (en algunas ocasiones fue el líder) de grupos tan importantes para la música rock como The Yardbirds, John Mayall & The Bluesbreakers, Cream, Blind Faith, Delaney & Bonnie o Derek and The Dominos, por no hablar de su excepcional carrera en solitario. Blind Faith nació en 1968, cuando se disolvió Cream; estuvo formado por Eric Clapton y Ginger Baker -procedentes de Cream-, Steve Winwood –Traffic- y Ric Grech –Family-. Un supergrupo que duró menos de un año, pero que nos dejó uno de esos discos imprescindibles para cualquier amante del rock psicodélico y el blues-rock: “Blind Faith”, con una polémica portada que mostraba a una adolescente semidesnuda portando la maqueta de un avión entre sus manos. En este álbum se incluía la religiosa “Presence of the Lord”, un tema de Eric Clapton que, con el paso de los años, se ha ido convirtiendo en habitual de su repertorio en solitario; a pesar de que me considero un clapton-maniaco, esta primera versión de Blind Faith, con la irresistible voz de Winwood, me sigue pareciendo imbatible.

The Byrds / Bob Dylan. «Mr. Tambourine Man»

A comienzos de 1965 el grupo norteamericano The Byrds publicaba su primer disco, “Mr. Tambourine Man”, con el que la industria discográfica estadounidense trató de mitigar y combatir el aluvión Beatle procedente de Europa. En este trabajo se incluyó el tema homónimo de Bob Dylan que, apenas dos meses después, él mismo acabaría grabando en su disco “Bringing it all back home” (aunque existe alguna actuación en directo anterior, como la que proponemos en el segundo video). Sin ánimo de entrar en polémica sobre qué versión es mejor, lo cierto es que la propuesta de The Byrds fue un triunfo rotundo y que tuvo una importancia capital como creadora de estilo; es cierto que muchos aficionados y críticos musicales prefieren la de Dylan y tal vez tengan razón, al menos desde el punto de vista artístico; sin embargo, “El hombre de la pandereta” de The Byrds fue la primera canción de éxito que fusionó estilos como el folk, el pop, el country y el rock, y suele ser considerada como el punto de partida del folk-rock. De hecho, no puede entenderse el country-rock de Gram Parsons, de The Flyin’ Burrito Brothers o de los propios Eagles sin antes entender la labor pionera desarrollada por The Byrds. Como es habitual en Bob Dylan, estamos ante una bella obra, críptica y poética, en la que muchos identifican al hombre de la pandereta con el camello que surtía al propio Dylan (hace poco, el blog Rockologia la incluía en su antología de mejores canciones sobre vendedores de droga).