Ibio. «Cuevas de Altamira»

Andalucía, Cataluña, País Vasco y Madrid fueron, probablemente, los territorios donde mejor se desarrolló el rock progresivo durante la década de los setenta, las zonas donde aparecieron más grupos y las que contaron con un mayor seguimiento por parte de los aficionados. Sin embargo, también hubo muy buenos representantes de este estilo en otras zonas de España como, por ejemplo, en Cantabria. Ya nos hemos ocupado de la banda más importante que salió de allí, Bloque; hoy vamos a dedicar nuestra entrada a otra formación de aquella tierra: Ibio, creada en 1977 con el ánimo de fusionar el rock sinfónico con elementos característicos del folklore cántabro; grabaron un único álbum, con el sello Gong, que fue producido por el omnipresente Gonzalo García Pelayo. Bajo el título de «Cuevas de Altamira» (1978), Ibio nos invita a un paseo musical por tierras cántabras guiado por el teclista Mario Gómez Calderón, responsable del sonido de este grupo gracias al empleo de piano eléctrico, el mellotron y los sintetizadores. Este álbum se remasterizó y reeditó por la firma Dro en el año 2003, con un bonito trabajo adicional en el diseño de portada. Veintiocho años después, volvieron a reunirse para grabar «El Regreso» (2006), un doble Cd con nuevas canciones, en el que también incluyeron el tema propuesto para hoy, «Cuevas de Altamira». Pero volvamos a su primer Lp; se abre con la canción ya mencionada, la más conocida de todas y, tal vez, la que puede llegar a mayor cantidad de gente por su tono lánguido y su pegadiza parte cantada. Pero la voz no es, en mi opinión, el principal valor de este grupo; ya hemos comentado la importancia de los teclados, sin embargo lo que más me gusta de Ibio son sus pasajes de guitarra, que ya se pueden apreciar en el tema «Cuevas de Altamira» (no os perdáis el breve solo que comienza en el minuto 3:20 y el que se inicia en el 4:28, que nos lleva hasta el final de la canción). Para los más progresivos, aquí podéis escuchar el álbum completo (también está en spotify); si no tenéis tiempo suficiente, os recomiendo «La virulencia del ferrocarril«, «Pastor» y «La baila de Ibio«, en estos tres cortes también destaca la excelente guitarra de Dioni Sobrado Fernández.

The Beatles / Joe Cocker / Toto. «With a Little Help from my friends»

«Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band» es el octavo álbum de estudio de los Beatles. Un disco adelantado a su tiempo, en el que se pueden ver elementos precursores de tendencia y estilos musicales; aún conservando su esencia pop, el sonido de «Sgt. Peppers» es más complejo, más rockero, más barroco y más psicodélico; se trata de un álbum conceptual, tal vez el primero que ha tenido el rock, que busca la complicidad del oyente, su implicación con la historia y sus sensaciones ante lo que le sugiere la obra; otra de las genialidades del disco es la portada de Jann Haworth y Peter Blake, en la que podemos ver una imagen llena de personajes ilustres (aquí tenéis la lista completa). Por todos estos motivos, muchos de los que amamos el rock progresivo consideramos a esta obra como una de las precursoras del género. Tras el primer tema, titulado igual que el disco, se daba paso a «With a Little Help from my friends», un tema compuesto por Lennon y McCartney y cantado por el batería Ringo Starr, tal vez porque era el más necesitado de ayuda, incluso entre sus propios compañeros, y porque era el mejor Billy Shears posible, ese personaje incierto que tantos ríos de tinta ha hecho correr. Esta canción, construida a modo de diálogo entre un cantante y un grupo de gente, en principio se iba a titular «Bad finger Boogie», debido a que Lennon la compuso al piano sin utilizar su lesionado dedo índice; mas tarde, el nombre sería utilizado por la banda The Iveys como nueva denominación: Badfinger. Hay versiones de esta melodía en varios estilos: pop (Wet Wet Wet, Bee Gees & Peter Frampton o The Beach Boys), reggae (Easy Star All-Stars), Bossa Nova (Rita Lee o Monique Kessous), rock melódico (Cheap Trick o Bon Jovi) o rock latino (Santana). Sin embargo, ninguna tiene la fuerza de la grabada por Joe Cocker en su primer álbum de estudio, llamado igual que la canción y publicado en 1969; en esta versión, que fue utilizada para la serie «Aquellos maravillosos años«, llama la atención el ritmo (mucho más lento) y la desgarrada voz de Joe Cocker, entre el soul y el blues-rock, bien diferente de la de Ringo Starr; ésta otra es la versión que hizo en el Festival de Woodstock. La tercera propuesta de hoy es la del grupo Toto, grabada en directo para el álbum «Absolutely Live» (1993). Para terminar, aquí os dejo otro directo, a cargo de Mumford & Sons con la colaboración de otros artistas. Otro día os hablaré de las versiones latinas y españolas.

Eagles / The Langley Schools Music Project / Diana Krall. «Desperado»

El pasado 18 de enero fallecía Glenn Frey, uno de los pilares fundamentales de la banda californiana Eagles, a la edad de 67 años. Se inició en el mundo de la música mientras realizaba los estudios de secundaria en la Dondero High School de Detroit, su ciudad natal; allí formó su primera banda, The Disciplines, más tarde llamada The Subterraneans, el germen de otra denominada The Mushrooms, con la que llegaría a grabar, en 1966, un single con las canciones «Such a Lovely Child» y «Burned«, que podéis escuchar en sus enlaces respectivos. Tras mudarse a Los Ángeles, realizó su primera grabación profesional al frente del dúo Longbranch Pennywhistle, en 1968; es ésta la época en la que conoció a Bob Seger -colaboró con él en su primer álbum: «Ramblin’ Gamblin’ Man» (1969)- y a Jackson Browne, con quien escribiría algunas canciones, como la famosa «Take it easy«. Imbuido del espíritu hippie, fue de grupo en grupo hasta que conoció, en el club Trobadour, a Don Henley y a Linda Rondstad, quien le acabaría contratando para formar parte de su banda. Con la ayuda de esta cantante, y la incorporación de Bernie Leadon y Randy Meisner, Glenn Frey y Don Henley crearon Eagles, la banda más exitosa que ha tenido el country rock en toda su historia. Publicaron su primer álbum («Eagles») en 1972 y, un año más tarde, su segundo trabajo: «Desperado«, un álbum conceptual que no tuvo mucho tirón comercial a pesar de que es uno de los mejores álbumes de los californianos. Toma como hilo argumental a la mítica banda de forajidos del viejo Oeste conocida como Doolin-Dalton, centrándose en los aspectos humanos, en la personalidad y la vertiente romántica de estos malhechores: timbas, peleas, mujeres, alcohol, pero también asuntos como la soledad, la vida errante o la imposibilidad de enamorarse. La canción que he elegido para homenajear a Glenn Frey, escrita por él y por Don Henley, es la titulada igual que el Lp; se trata de una reflexión sobre la necesidad del amor como elemento redentor, que algunos autores han querido interpretar como una metáfora de la vida que, en aquella época, llevaban las estrellas del rock.

«Desperado» ha sido versionado por muchos y muy buenos artistas, como Linda Rondstad, Kenny Rogers, Johnny Cash, The Carpenters, Judy Collins, Neil Diamond, Clint Black, Lynn Anderson, Randy Crawford y, muy recientemente, Miranda Lambert. La tercera versión que os propongo es la de la cantante y pianista de jazz Diana Krall, incluida en su álbum «Wallflower» (2015). La segunda es una deliciosa y singular rareza; pertenece al colectivo The Langley Schools Music Project, un coro de niños involucrados en un peculiar proyecto educativo de los años setenta liderado por Hans Fenger. Este «profe hippie», como decían sus propios alumnos, acabó ganándose la confianza del claustro de profesores y les convenció para grabar un par de discos con los que poder demostrar los progresos de estos chicos. El repertorio fue elegido por los chavales, entre los grandes éxitos de aquella época (mediados de los setenta): The Beach Boys, David Bowie, The Beatles, Eagles, etc.; y la instrumentación (xilófonos, timbales y panderetas) fue ejecutada también por los niños, a excepción de la guitarra y el piano que quedaron a cargo del profesor. El resultado (aquí lo podéis escuchar) es un milagro de esos que se ven muy pocas veces en el mundo de la música, una obra limpia, emocionante y sincera.

Uriah Heep. «Salisbury»

Algunas de mis piezas preferidas de rock progresivo no se deben a grupos englobables en esta categoría, sino a bandas de hard rock; es el caso de temas como «April» (Deep Purple»), «Kashmir» (Led Zeppelin) o el elegido para hoy, la suite «Salisbury», perteneciente a los británicos Uriah Heep, de los que ya me he ocupado con anterioridad a propósito de la canción titulada «Sympathy«, perteneciente al álbum «Firefly» (1977). Esta formación, inicialmente llamada «Spice», se creó a finales de los años sesenta en torno a David Byron (voz) y Mick Box (guitarra); en 1970 cambiaron su nombre por el de Uriah Heep, que tomaron del clásico de Charles Dickens «David Copperfield», y también entró a formar parte de la banda el teclista Ken Hensley, quien acabaría convirtiéndose en el principal compositor del grupo. Tras un primer álbum titulado «Very ‘eavy … Very ‘umble» (1970), publicaron «Salisbury» (1971), un disco que no suele figurar entre los preferidos por los seguidores de esta banda, tal vez porque no estaba aún definido su característico estilo, volcado hacia el hard rock, que caracterizó sus trabajos posteriores. Sin embargo, yo lo tengo entre mis favoritos; hay canciones hadrockeras, como «Bird of Prey» o «Time to live«; baladas acústicas bellísimas, como «Lady in Black«, el tema más conocido de este Lp y uno de los mayores éxitos de Uriah Heep; y, por supuesto, la suite progresiva del mismo título. Con sus más de dieciséis minutos, «Salisbury» es una de esas joyas progresivas ocultas en la discografía de Uriah Heep. En su concepción y ejecución intervino una orquesta sinfónica formada por más de veinte instrumentos, donde destaca especialmente la sección de viento. Desde mi punto de vista, es una de las mejores muestras de rock orquestado que conozco; al contrario de otros experimentos de esta índole, donde la orquesta y los músicos de rock a menudo interpretan la música sin atisbo alguno de miscibilidad (por ejemplo, en el mencionado «April», la orquesta actúa sólo en la parte central del tema, sin que los músicos de Deep Purple intervengan), en «Salisbury» la orquesta está perfectamente integrada, acoplada y presente en toda la composición. Estamos ante una suite épica, llena de sorpresas, giros y de una gran riqueza melódica; os aconsejo que la escuchéis más de una vez, sólo así podréis apreciar sus detalles. Además de los aspectos orquestales, me gustaría destacar el órgano, verdadera columna vertebral de este tema; la voz; y el solo de guitarra que comienza en el minuto 11:27.

Sha-Na-Na. «Those Magic Changes»

Es difícil precisar cuando nos convertimos en adultos y, lo que es más importante, qué acontecimientos y comportamientos definen este estadio. Seguro que se han escrito toneladas de literatura sobre el asunto, haciendo hincapié en el control emocional, la integración familiar y social, la percepción objetiva de la realidad o la responsabilidad. Existe un parámetro que nos ayuda a saber cuánta juventud hemos perdido: la empatía, el recordar y comprender el comportamiento de los jóvenes como algo que también formó parte de nuestras vidas. Pensar que nuestra infancia y juventud fue mejor que la de ellos, incluso hacérselo saber con tono autosuficiente o recriminatorio, suele ser síntoma de mala memoria y de ruptura con lo que un día fuimos. Por ejemplo, los de mi generación tendemos a criminalizar el botellón sin haber estado en ninguno, probablemente porque, en el fondo, sabemos que nosotros hacíamos algo parecido cuando teníamos su edad. Tal vez no ensuciábamos tanto, aunque tampoco estoy muy seguro que recogiéramos las litronas vacías de los parques y de otros lugares donde nos reuníamos. Para los amnésicos, recuerdo que a finales de los setenta, con quince o dieciséis años, teníamos todo un abanico de posibilidades; además de los parques (en mi caso también la Casa de Campo, muy cercana a mi instituto), hacíamos fiestas en locales vacíos que nos dejaban, en la calle, en la playa e, incluso, en las aulas cuando estaban vacías y sabíamos que contábamos con la complicidad de ciertos profesores.

Algunas personas de mi edad dicen que ahora se bebe más; es probable que sea así, aunque realmente no lo sé y, sinceramente, me imagino que todo dependerá del grupo de amigos y de la actitud individual de cada chaval. Tampoco sé, y es algo que me gustaría saber, qué papel desempeña la música en los botellones. En nuestras fiestas era fundamental; la escuchábamos, hablábamos de ella, bailábamos y era la aliada perfecta para poder acercarse a las chicas. En 1978 había un película de moda entre la juventud, «Grease»; su banda sonora era una de las imprescindibles en nuestras reuniones; tenía canciones alegres y con cierto aire rocanrolero, como «Summer Nights«, «You’re the one that I Want«, «Greased Lightnin«, «Hound Dog» o «We Go Together«; y, por supuesto, otras más íntimas, como «Blue Moon«, «Hopelessly Devoted to You«, «Sandy«, «It’s Raining on Prom Night» o «Those Magic Changes», la canción destacada de hoy (aquí podéis ver la secuencia de la película en la que aparece esta melodía). Está interpretada, como muchos de los temas de «Grease», por Sha-Na-Na, un grupo norteamericano de doo-wop creado a finales de los años sesenta, que llegó a participar en el Festival de Woodstock -creo que actuaron delante de Jimi Hendrix-. Tal vez a alguno de vosotros «Those Magic Changes» os parezca una horterada cursi. Yo tengo mucho cariño a esta canción; forma parte del cordón umbilical de mis recuerdos, me sigue sirviendo como referencia para no perder la perspectiva, mantener alguna opción de juventud y mitigar cualquier arrebato de intransigencia generacional.