The Beatles / Joe Cocker / Toto. «With a Little Help from my friends»

«Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band» es el octavo álbum de estudio de los Beatles. Un disco adelantado a su tiempo, en el que se pueden ver elementos precursores de tendencia y estilos musicales; aún conservando su esencia pop, el sonido de «Sgt. Peppers» es más complejo, más rockero, más barroco y más psicodélico; se trata de un álbum conceptual, tal vez el primero que ha tenido el rock, que busca la complicidad del oyente, su implicación con la historia y sus sensaciones ante lo que le sugiere la obra; otra de las genialidades del disco es la portada de Jann Haworth y Peter Blake, en la que podemos ver una imagen llena de personajes ilustres (aquí tenéis la lista completa). Por todos estos motivos, muchos de los que amamos el rock progresivo consideramos a esta obra como una de las precursoras del género. Tras el primer tema, titulado igual que el disco, se daba paso a «With a Little Help from my friends», un tema compuesto por Lennon y McCartney y cantado por el batería Ringo Starr, tal vez porque era el más necesitado de ayuda, incluso entre sus propios compañeros, y porque era el mejor Billy Shears posible, ese personaje incierto que tantos ríos de tinta ha hecho correr. Esta canción, construida a modo de diálogo entre un cantante y un grupo de gente, en principio se iba a titular «Bad finger Boogie», debido a que Lennon la compuso al piano sin utilizar su lesionado dedo índice; mas tarde, el nombre sería utilizado por la banda The Iveys como nueva denominación: Badfinger. Hay versiones de esta melodía en varios estilos: pop (Wet Wet Wet, Bee Gees & Peter Frampton o The Beach Boys), reggae (Easy Star All-Stars), Bossa Nova (Rita Lee o Monique Kessous), rock melódico (Cheap Trick o Bon Jovi) o rock latino (Santana). Sin embargo, ninguna tiene la fuerza de la grabada por Joe Cocker en su primer álbum de estudio, llamado igual que la canción y publicado en 1969; en esta versión, que fue utilizada para la serie «Aquellos maravillosos años«, llama la atención el ritmo (mucho más lento) y la desgarrada voz de Joe Cocker, entre el soul y el blues-rock, bien diferente de la de Ringo Starr; ésta otra es la versión que hizo en el Festival de Woodstock. La tercera propuesta de hoy es la del grupo Toto, grabada en directo para el álbum «Absolutely Live» (1993). Para terminar, aquí os dejo otro directo, a cargo de Mumford & Sons con la colaboración de otros artistas. Otro día os hablaré de las versiones latinas y españolas.

Talk Talk. «It’s My Life»

El otro día me estuve riendo un buen rato a propósito de un comentario realizado por el compañero Irotula (Algo de Jazz, Blues, Rock …), cuando calificó los años ochenta de «época de sonidos tecno-dispersos». Buena parte del pop de aquella época se identifica bien con esta genial etiqueta y, también, con una manera de entender la música alejada del rock y, en cierta medida, dominada por una artificialidad comercial gestionada por productores y compañías discográficas. En este ecosistema, en el que habitaban grupos new romantics, de new wave o de Synth Pop, es en el que nació Talk Talk, una banda británica creada en 1981 en torno al cantante y multiinstrumentista Mark Hollis y al productor Tim Friese-Greene, con la que trataron de imitar el sonido y la estética de uno de los grupos más importantes de aquella época: Duran Duran. Publicaron su primer álbum en 1982 («The Party’s Over»), con el que tuvieron un cierto éxito, aunque acabaron triunfando con su segundo Lp: «It’s My Life«. Desde mi punto de vista, Talk Talk no es un grupo «tecno-disperso» al uso, del tipo Culture Club o Duran Duran; su propuesta es más consistente y, de hecho, sus siguientes discos se alejaron del synth pop y la new wave para adentrarse en terrenos experimentales, poco comerciales, cercanos a lo que luego se llamaría post-rock. A propósito del tema protagonista de hoy, «It’s My Life», Mark Hollis llegó a justificarse por el uso de sintetizadores en la grabación de esta canción: «Verás, cuando hicimos It’s My Life, teníamos que depender mucho de sintetizadores. Los sintetizadores significan cosas electrónicas para mí, y no creo que tengamos algún tipo de relación con eso. Usamos sintetizadores en ese álbum porque desde un punto de vista económico era la única forma en que podíamos hacerlo» (Wikipedia). Ésta es la grabación original de «It’s My Life», con su correspondiente vídeo promocional; sin embargo, para esta ocasión he preferido mostraros un directo del año 1986 en el Festival de Montreaux (Suiza), en el que realizan una interpretación muy meritoria, con buen sonido y algunas novedades a cargo de las percusiones (a partir del minuto 3:35). De entre las versiones existentes tal vez la más conocida sea la de No Doubt, la banda californiana donde se dio a conocer la cantante Gwen Stefani, que inició su carrera en solitario poco después de grabar esta canción; éste es el videoclip oficial, en el que podemos ver a Stefani en el papel de una «mujer fatal» bien dotada para el asesinato.

Eagles / The Langley Schools Music Project / Diana Krall. «Desperado»

El pasado 18 de enero fallecía Glenn Frey, uno de los pilares fundamentales de la banda californiana Eagles, a la edad de 67 años. Se inició en el mundo de la música mientras realizaba los estudios de secundaria en la Dondero High School de Detroit, su ciudad natal; allí formó su primera banda, The Disciplines, más tarde llamada The Subterraneans, el germen de otra denominada The Mushrooms, con la que llegaría a grabar, en 1966, un single con las canciones «Such a Lovely Child» y «Burned«, que podéis escuchar en sus enlaces respectivos. Tras mudarse a Los Ángeles, realizó su primera grabación profesional al frente del dúo Longbranch Pennywhistle, en 1968; es ésta la época en la que conoció a Bob Seger -colaboró con él en su primer álbum: «Ramblin’ Gamblin’ Man» (1969)- y a Jackson Browne, con quien escribiría algunas canciones, como la famosa «Take it easy«. Imbuido del espíritu hippie, fue de grupo en grupo hasta que conoció, en el club Trobadour, a Don Henley y a Linda Rondstad, quien le acabaría contratando para formar parte de su banda. Con la ayuda de esta cantante, y la incorporación de Bernie Leadon y Randy Meisner, Glenn Frey y Don Henley crearon Eagles, la banda más exitosa que ha tenido el country rock en toda su historia. Publicaron su primer álbum («Eagles») en 1972 y, un año más tarde, su segundo trabajo: «Desperado«, un álbum conceptual que no tuvo mucho tirón comercial a pesar de que es uno de los mejores álbumes de los californianos. Toma como hilo argumental a la mítica banda de forajidos del viejo Oeste conocida como Doolin-Dalton, centrándose en los aspectos humanos, en la personalidad y la vertiente romántica de estos malhechores: timbas, peleas, mujeres, alcohol, pero también asuntos como la soledad, la vida errante o la imposibilidad de enamorarse. La canción que he elegido para homenajear a Glenn Frey, escrita por él y por Don Henley, es la titulada igual que el Lp; se trata de una reflexión sobre la necesidad del amor como elemento redentor, que algunos autores han querido interpretar como una metáfora de la vida que, en aquella época, llevaban las estrellas del rock.

«Desperado» ha sido versionado por muchos y muy buenos artistas, como Linda Rondstad, Kenny Rogers, Johnny Cash, The Carpenters, Judy Collins, Neil Diamond, Clint Black, Lynn Anderson, Randy Crawford y, muy recientemente, Miranda Lambert. La tercera versión que os propongo es la de la cantante y pianista de jazz Diana Krall, incluida en su álbum «Wallflower» (2015). La segunda es una deliciosa y singular rareza; pertenece al colectivo The Langley Schools Music Project, un coro de niños involucrados en un peculiar proyecto educativo de los años setenta liderado por Hans Fenger. Este «profe hippie», como decían sus propios alumnos, acabó ganándose la confianza del claustro de profesores y les convenció para grabar un par de discos con los que poder demostrar los progresos de estos chicos. El repertorio fue elegido por los chavales, entre los grandes éxitos de aquella época (mediados de los setenta): The Beach Boys, David Bowie, The Beatles, Eagles, etc.; y la instrumentación (xilófonos, timbales y panderetas) fue ejecutada también por los niños, a excepción de la guitarra y el piano que quedaron a cargo del profesor. El resultado (aquí lo podéis escuchar) es un milagro de esos que se ven muy pocas veces en el mundo de la música, una obra limpia, emocionante y sincera.

Concierto de Asfalto. Sala Penélope. Madrid, 23-I-2016


Los tópicos viven y se alimentan de un discurso de intransigencia totalitaria que nunca me ha gustado. Sin embargo, todos nos reímos con ellos porque, en el fondo, retratan con trazo grueso una determinada realidad. Uno de esos tópicos, que escuchamos a menudo entre aficionados a la música, tiene que ver con el poco apego de los españoles hacia rock, y algo de razón hay en ello. Por supuesto que siempre ha habido -y espero que siga habiendo- buenos grupos de rock en nuestro país, pero en casi ningún período de nuestra historia reciente han liderado la escena musical española; en los años sesenta el pop consiguió acabar con la hegemonía de la copla, durante los setenta fueron los cantantes melódicos, en los ochenta y noventa triunfó de nuevo el pop -que consiguió integrar al punk y a la new wave- y en estas últimas décadas ha emergido con fuerza la canción melódica latina, el reggaeton y el fenómeno «indie», casi siempre en un tono sosegado y lánguido poco adecuado para el rock.

Pero hubo una época, unos pocos años, en los que el rock se apoderó de la escena musical, sobre todo en algunas ciudades como Madrid y, también, en algunas zonas rurales. Este fenómeno, conocido como «rock urbano», en el que posteriormente se integrarían algunas bandas de heavy metal, tuvo lugar durante la Transición y, de algún modo, trató de ensamblar el hard rock, el blues rock y, en menor medida, el rock progresivo con un posicionamiento comprometido, crítico y de progreso social. Era un rock cargado de letras que hablaban de política, de derechos sociales, de tristes recuerdos de la España franquista y de la necesidad de construir un país más limpio, solidario, justo y democrático. Es como si la música de Raimon, Paco Ibañez, Serrat o Lluís Llach se hubiera infiltrado en el rock casi desprovista de poesía, como si fueran cantos apasionados y desgarrados armados de un lenguaje directo y sencillo, el mismo que utilizaba la gente de la calle.

Buena parte del rock que se ha hecho en España a partir de los ochenta (Barricada, Los Suaves, Platero y tú, Extremoduro, Porretas, La Fuga, Marea y hasta los más actuales, como Pan de Higo o Rulo y la Contrabanda) deben mucho a este movimiento setentero, del que formaron parte bandas tan conocidas como Leño, Asfalto, Topo, Ñu, Cucharada, incluso Barón Rojo que, en algunos aspectos, también participaba de estos planteamientos.

El sábado 23 de enero la Sala Penélope de Madrid se vistió de gala para recibir a Asfalto, la banda más progresiva y de las de mayor calidad de todas la que conformaron el rock urbano; tal y como ellos mismos publicitaban en su página web, nos ofrecieron un viaje a la nostalgia y dos horas de rock excelente. Poco queda de aquel Asfalto primigenio, apenas su líder Julio Castejón, aunque también tuvimos el privilegio de escuchar, en 4 ó 5 canciones, a Miguel Oñate, el vocalista de Asfalto durante los años ochenta. Junto a ellos, los más veteranos, estuvieron Paul Castejón (guitarra, flauta), Nacho de Lucas (teclados), Arturo García (batería, voz) y Pablo Ruiz (bajo).

Sin duda, era una noche especial todos los que estábamos allí y, por supuesto, para los miembros de Asfalto, que iniciaban así la gira de presentación de su álbum «Antología Casual«: treinta y dos canciones que forman parte de la historia del rock español. Se vendieron todas las entradas (setecientas u ochocientas), lo que animó a organizar un nuevo evento para el día 5 de febrero en la misma sala. En esta ocasión la iniciativa para asistir al concierto vino de mi amiga Begoña, a la que también se sumaron Andrea y Óscar, dos chicos muy jóvenes, de los pocos que había en un concierto con una media de edad que superaba los cincuenta y tantos años.

La velada fue presentada por el Mariskal Romero; periodista, locutor de radio, productor, cantante ocasional y, ante todo, uno de los pilares fundamentales del rock urbano gracias a su conocido lema «Viva el Rollo», su apoyo mediático y la creación del mítico sello discográfico Chapa, que acogió a la mayoría de estos músicos y a otros englobables en la categoría de rock progresivo. Fueron unas breves y emotivas palabras que dieron paso a Asfalto, con Julio Castejón al frente.

El concierto tuvo tres partes bien diferenciadas; en la primera tocaron, en su mayor parte, temas de sus últimos discos; en la segunda hizo su aparición Miguel Oñate que, con su entrega y buen humor -en ocasiones tal vez algo histriónico-, animó la fiesta con las canciones más representativas de su paso por este grupo; de nuevo con la formación inicial, se fueron sucediendo los grandes éxitos de sus dos primeros discos, uno detrás de otro: «Días de Escuela», «Mujer de plástico», «Capitán Trueno», «Rocinante» y «Ser Urbano», la canción elegida para cerrar el concierto; tan sólo faltó «El Viejo», uno de los temas más entrañables y que más me gustan de Asfalto. Uno de los momentos más emocionantes de la noche se produjo al finalizar la interpretación de “Capitán Trueno”, cuando el Mariskal Romero recordó su implicación en la producción de ese tema e hizo salir al escenario a otro de los miembros históricos de Asfalto, el batería Enrique Cajide quien, visiblemente emocionado, con lágrimas en los ojos, apenas pudo aguantar unos segundos compartiendo la alegría con sus compañeros.

En lo que a la parte técnica se refiere, desde mi punto de vista, lo más deficiente fueron los micrófonos. Unicamente se escuchaba bien a Julio Castejón y a Miguel Oñate; al hijo del primero, Paul Castejón, apenas se le oía, lo mismo que al batería Arturo García, quien incluso llegó a ser el solista en una canción compuesta por él; por el contrario, el resto de instrumentos sonaron muy bien, en especial las guitarras que estuvieron a un gran nivel.

En definitiva, una preciosa y nostálgica noche de rock, disfrutada en buena compañía y rematada con cervezas, conversación tras el concierto y la compra del libro de Julio Castejón: Asfalto. Manual de Uso (Madrid: Éride, 2015), en el que su autor nos habla de todas las canciones de este gran grupo; sin duda, una lectura muy recomendable y de gran utilidad para quienes deseen conocer la historia de Asfalto. Os dejo con un vídeo de aquella noche, el momento en el que tocaron “Días de Escuela”, tal vez su tema más conocido, algunas fotos tomadas por nosotros y un deseo -el mismo que reivindicó el Mariskal Romero-: volver a ver a este grupo en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid o en la plaza de Toros de las Ventas.

20160123_205627

20160123_212703

20160123_213910

20160123_212713

20160123_221503

IMG-20160124-WA0013

IMG-20160124-WA0007

Uriah Heep. «Salisbury»

Algunas de mis piezas preferidas de rock progresivo no se deben a grupos englobables en esta categoría, sino a bandas de hard rock; es el caso de temas como «April» (Deep Purple»), «Kashmir» (Led Zeppelin) o el elegido para hoy, la suite «Salisbury», perteneciente a los británicos Uriah Heep, de los que ya me he ocupado con anterioridad a propósito de la canción titulada «Sympathy«, perteneciente al álbum «Firefly» (1977). Esta formación, inicialmente llamada «Spice», se creó a finales de los años sesenta en torno a David Byron (voz) y Mick Box (guitarra); en 1970 cambiaron su nombre por el de Uriah Heep, que tomaron del clásico de Charles Dickens «David Copperfield», y también entró a formar parte de la banda el teclista Ken Hensley, quien acabaría convirtiéndose en el principal compositor del grupo. Tras un primer álbum titulado «Very ‘eavy … Very ‘umble» (1970), publicaron «Salisbury» (1971), un disco que no suele figurar entre los preferidos por los seguidores de esta banda, tal vez porque no estaba aún definido su característico estilo, volcado hacia el hard rock, que caracterizó sus trabajos posteriores. Sin embargo, yo lo tengo entre mis favoritos; hay canciones hadrockeras, como «Bird of Prey» o «Time to live«; baladas acústicas bellísimas, como «Lady in Black«, el tema más conocido de este Lp y uno de los mayores éxitos de Uriah Heep; y, por supuesto, la suite progresiva del mismo título. Con sus más de dieciséis minutos, «Salisbury» es una de esas joyas progresivas ocultas en la discografía de Uriah Heep. En su concepción y ejecución intervino una orquesta sinfónica formada por más de veinte instrumentos, donde destaca especialmente la sección de viento. Desde mi punto de vista, es una de las mejores muestras de rock orquestado que conozco; al contrario de otros experimentos de esta índole, donde la orquesta y los músicos de rock a menudo interpretan la música sin atisbo alguno de miscibilidad (por ejemplo, en el mencionado «April», la orquesta actúa sólo en la parte central del tema, sin que los músicos de Deep Purple intervengan), en «Salisbury» la orquesta está perfectamente integrada, acoplada y presente en toda la composición. Estamos ante una suite épica, llena de sorpresas, giros y de una gran riqueza melódica; os aconsejo que la escuchéis más de una vez, sólo así podréis apreciar sus detalles. Además de los aspectos orquestales, me gustaría destacar el órgano, verdadera columna vertebral de este tema; la voz; y el solo de guitarra que comienza en el minuto 11:27.