Las Cinco Canciones de Antonio (V): «There is a light that never goes out» (The Smiths)

Antonio se despide hoy de todos nosotros con «There is a light that never goes out», uno de los mejores temas de los británicos The Smiths, banda que aún no había aparecido en La Guitarra de las Musas, pese a que siempre me gustó bastante, sobre todo sus discos «Meat is Murder» y «The Queen is Dead». Mi intención es que vuelvan a ser protagonistas otro día, con otra canción; ¿cuál elegiríais vosotros?, me comprometo a acatar vuestra decisión, aquella con más votos será la escogida; sólo en caso de empate, haré valer mi preferencia. Antonio, ha sido todo un lujo contar contigo, espero que algún día pongamos en marcha aquella iniciativa de la que hablamos. Un abrazo muy fuerte. Y al resto os recuerdo que os paséis por Diccineario, un blog excepcional, imprescindible para todos los seguidores del cine y de la palabra.

Os recuerdo que esta sección está abierta a todos los amigos/as que deseéis participar en ella; si queréis enviar vuestras cinco canciones, con sus recuerdos respectivos, lo podéis hacer mandando un correo a la siguiente dirección: raulrn@wanadoo.es o contactar a través de twitter (@guitarmuses).

«Aunque siga molestándome que mucha gente solo la conozca por la versión de Mikel Erentxun, incluso algunos creen que es original suya, esta barbaridad de canción sigue emocionándome como el primer día que la escuché por el profundo instinto poético con el que trata una fatalista historia de amor no correspondido, impregnada de rebeldía, deseo y pesadumbre existencial. Un tema que representa mi actual pasión por el rock alternativo de raigambre inglesa, ejemplarizada en grupos como U2, The Cure, Oasis, Pulp, Radiohead…»

Las Cinco Canciones de Antonio (III): «Don’t you (forget about me)» (Simple Minds)

La contribución de Antonio es la duodécima de esta sección titulada «Las cinco canciones de tu vida», un espacio en el que vosotros sois los protagonistas. Si tuviéramos que dar un premio a la década más nostálgica, aquella que más recuerdos y vivencias atesora, esa es sin duda la de los ochenta. Algo que habla, a las claras, respecto de la edad que tenemos los que, hasta ahora, hemos participado en este juego: entre cuarenta y tantos y cincuenta y tantos. Estoy deseando que entre algún chico o alguna chica joven que rejuvenezca un poco el grupo, mientras tanto volvemos a los ochenta; en otras ocasiones nuestros invitados han recurrido al punk, otros al heavy metal, hay quienes han preferido el pop español o la new wave, éste es el caso de Antonio, que nos propone el tema «Don’t you (forget about me)», de Simple Minds, para recordar aquellos años licenciosos donde la despreocupación y la diversión eran las protagonistas de nuestras vidas.

«Aunque podía haber elegido otras (el «New year’s day» de U2, sería un buen ejemplo), este temazo representa la canción que con mayor fuerza me retrotrae a una de las etapas más felices de vida; aquella donde la irreflexiva despreocupación vital dominaba nuestra conducta con el único propósito de pasarlo bien. El incomparable bullicio estival de la Calella de los ochenta, acrecentado por la efervescencia propia del período «new wave», convertía nuestra localidad en un pequeño paraíso de sol, playa y diversión nocturna».

La Guardia. «Blues de la Nacional II»

Durante los ochenta y los noventa en España triunfó el pop; pero no todo lo que se hizo en este estilo se circunscribió a ámbitos como el tecno-pop, la new wave, el post-punk de carácter jocoso y festivo o el pop desenfadado y sin pretensiones. En aquellos años también proliferó el country-rock, un género que no procedía de Europa sino de America. Bandas como Los Secretos, La Frontera, Gatos Locos o La Guardia, por mencionar algunos de los más conocidos, trataron de condimentar aquel pop y, en menor medida también el rock, con ingredientes y sabores de la norteamérica fronteriza. La Guardia, banda granadina creada hacia 1982 en torno a Manuel España (guitarra y cantante), inició su andadura bajo el nombre de «La Guardia del Cardenal Richelieu», con un primer single («Las Mil y una Noches», 1983) publicado por el sello independiente La Sepulvedana. Acabaron acortando el nombre y, en 1985, consiguieron ganar el Primer Certamen de Rock de Fuengirola, lo que les permitió grabar un maxi-single y acudir a Londres a trabajar en su primer álbum («Noches como ésta», 1986). Según ha comentado el propio líder de la banda en alguna entrevista, decidieron pasarse al country-rock cuando alguien que trabajaba en su compañía discográfica (Zafiro) les regaló «una colección de discos de música vaquera. Nos dejó alucinados y a partir de ese momento dimos un giro en nuestra música. Pero si hay que poner un nombre, el culpable es Ricky Scaggs. De él salió nuestro «Blues de la Nacional II», que es una versión de una canción suya («Highway 40 Blues«)». El «Blues de la Nacional II» formó parte de su disco «Vámonos» (1988), todo un éxito de ventas y con él se consagraron como nuevas estrellas del pop-rock patrio; esta canción es la que les proporcionó su identidad, aunque hubo otras aún más conocidas, como «Mil calles llevan hacia ti«, compuesta por Miguel España mientras paseaba por el granadino barrio del Albaicín, «Vámonos» o «El Mundo tras el cristal«. En el año 2008 se editó un disco de homenaje en el que diferentes artistas interpretaron los grandes éxitos de La Guardia con el propio grupo; el «Blues de la Nacional II» contó con la colaboración de Los Delinqüentes (aquí podéis escuchar esta versión). Quiero dedicar esta canción a camioneros, transportistas y conductores profesionales y, por supuesto, a mi padre que dedicó gran parte de su vida profesional a esta actividad.

Las Cinco Canciones de Rockologia (III): «Hasta que se acostumbre a la oscuridad» (M-Clan)

«Para no ver el final» (2010) es el séptimo álbum de estudio de los murcianos M-Clan; allí se incluyó «Hasta que se acostumbre a la oscuridad». En una entrevista concedida por el vocalista de M-Clan (Carlos Tarque) a Juan Puchades, para la revista Efe Eme, éste le preguntaba sobre el significado del tema, tal vez el menos evidente del disco en opinión del periodista; Tarque respondió así: «Sí, tiene su cosa, está dedicada a un amigo que murió justo en los días de grabación. La letra era un poco opaca, sugería cosas. Y nos sucedió esta historia con Cristóbal, que era un amigo, también era técnico, un gran amigo, se murió a la semana de estar grabando. Y dije, ‘hostia, pero si esto lo puedo redirigir’. La canción tomó otro sentido». Nuestro invitado de esta semana nos habla de las sensaciones que se tienen cuando se ha perdido a un ser querido, del miedo a la oscuridad y de la muerte como tránsito hacia un lugar diferente donde, seguro, alguien siempre podrá salir a recibirte. Una manera de entender el final de la vida y el deseo de trascender que no necesita de religiones ni de planteamientos filosóficos, ni siquiera de soluciones pseudo-místicas como las planteadas en algunas novelas de ciencia-ficción como El Palacio de la Eternidad (1969), de Bob Shaw, una obra que os recomiendo a todos los amantes de la Space Opera de especulación metafísica.

«Una canción de despedida, una canción de muerte. En el fondo este hermoso tema de M-Clan es tan dulce como tétrico: la canción del que se queda para el que se va, el tranquilo llamado a aquellos que le aguardan al otro lado: “hasta que se acostumbre a la oscuridad os pido que le hagáis un lugar, no cerréis la puerta, no dejéis de hablar”. A principios de 2011 falleció mi última abuela, la que me crió de pequeño, mi grandmother (mi gran madre, qué acertada palabra). Y este tema de M-Clan daba vueltas por ahí. E irremediablemente lo asocié. Lo escucho, aún hoy, y la recuerdo aquellos últimos días. El tema tiene un crescendo delicioso donde el protagonismo acaba recayendo en quien se va: “eh, vosotros, no sé si estáis ahí, por qué no contestáis o es que no me oís, hasta que me acostumbre a la oscuridad…”. Esta canción cambió mi forma de entender la muerte. Ahora me imagino, más o menos, el otro mundo. Gente esperándome. Grabada por los murcianos en su álbum ‘Para no ver el final'».

Supertramp. «Babaji»

Mahavatar Babaji es el nombre con el que se conoce a un líder espiritual que vivió en las montañas de la India, junto a sus discípulos, durante la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX; algunos han llegado a decir que es inmortal y que sigue conservando un aspecto aniñado. El músico Roger Hodgson, uno de los líderes de Supertramp, quiso dedicar una canción a este personaje, del que supo gracias al libro Autobiografía de un yogui (1946), en el que se incluyen relatos de supuestos encuentros entre este misterioso yogui -del que apenas se conocen datos biográficos- y sus seguidores. Aunque la autoría legal del tema «Babaji», probablemente por motivos contractuales, corresponde a la dupla Roger Hodgson / Rick Davies, algo habitual durante los años más creativos de la banda (1974-1977), lo cierto es que cada uno componía sus temas de manera independiente y apenas introducían algún pequeño cambio o realizaban alguna que otra sugerencia en las canciones ajenas. Rick Davies, influenciado por estilos como el jazz, el blues o el R&B, compuso, por ejemplo, «Goodbye Stranger», «Bloody Well Right» o «From Now On», entre otras. Mientras que Roger Hodgson aportó algunos de los temas más definitorios del estilo Supertramp, como «Breakfast in America», «Give a Little Bit», «The Logical Song», «It’s Rainning Again» o la recordada hoy: «Babaji»; es decir, canciones de pop-rock muy elaboradas con un sustrato de rock progresivo cercano al AOR. Al parecer, también fue el autor de las dos piezas más progresivas de la banda, mis preferidas: «School» y «Fool’s Overture». Tras la salida de Roger Hodgson, en 1983, Rick Davies continuó con Supertramp, aunque para muchos Hodgson siempre fue el alma de esta formación, el que más peso tuvo en el establecimiento de sus principales señas de identidad. Empezó tocando la guitarra, posteriormente sería desplazado al bajo, volvió a la guitarra y acabó tocando los teclados, al igual que Davies; también se repartió con él la interpretación vocal del repertorio, haciendo gala de ese timbre agudo tan característico que acompañaba a sus trascendentales y filosóficas composiciones, como la protagonista de hoy, «Babaji», incluida en uno de los mejores trabajos de los británicos: «Even in the Quietest Moments» (1977), con esa conocidísima portada que fotografiaron, según se cuenta en Thelogicalweb, simplemente colocando un piano cerca del estudio en el que se grababa el álbum, en las Montañas Rocosas, y esperando a que nevara.