Las Cinco Canciones de Eduardo Cano (III): «La Torre de la Vela» (091)

La Universidad de Granada es una de las preferidas por los estudiantes extranjeros para realizar sus estancias Erasmus; la verdad es que no me extraña porque, independientemente de la calidad científica y humanística que ofrecen nuestros compañeros docentes, la ciudad no puede ser más atractiva para quien desee venir a aprender a nuestro país y, además, pasarlo bien en una de las ciudades más bellas que hay en España. Ignoro si existía el programa Erasmus cuando Eduardo realizó sus estudios universitarios, desde luego lo que no existía es el famoso «botellódromo», uno de los más conocidos y de los últimos en desaparecer. Sea como fuere, en los ochenta y noventa la banda granadina 091 era una de las protagonistas entre la gente joven de aquella ciudad. Otro de esos grupos de rock que merecen ser más conocidos de lo que son fuera de su territorio natural; el tema que ha elegido Eduardo no puede ser mejor: «La Torre de la Vela», en clara alusión a la Alhambra granadina.

«Me traen recuerdos de cuando empezaba a salir de marcha con los amigos. Además en Granada, por su puesto, la pinchaban mucho, ya fuera en pubs o en fiestas de universidad».

 

Las Cinco Canciones de Whatgoesaround (IV): “Half a World Away” (R.E.M.)

R.E.M. me recuerda a los dos años que viví en Francia (1995-1996), en aquella época era un grupo de masas; como bien nos indica nuestro invitado, una de las bandas que más discos ha vendido en la historia de la música. Siempre me alegro cuando un grupo de calidad vende discos, ojalá siempre fuera así, que los buenos fueran los que más éxito tuvieran, tanto de público como de crítica, que coparan las emisoras de radio comerciales y los concursos de cantantes, que al poner los cuarenta principales o ver programas de televisión como “La Voz”, no nos sintiéramos agredidos con música de engorde, con propuestas ramplonas, repetitivas y de calidad muy discutible. Ya sé que algunos dirán, sobre todo los de las emisoras de radio y las discográficas, que ellos se limitan a dar al público lo que quiere (el mismo argumento que se utiliza para legitimar la telebasura); yo me niego a comulgar con esas ideas, que sean otros los que les den la razón a sus interesados planteamientos. Os dejo con Whatgoesaround y su pasión por esta interesante banda norteamericana, que tanto marcó a una determinada generación.

“En una de las entradas publicadas en mi blog hablaba del amor al rock and roll. De vender tu alma, de incluso colocarla, junto con tu vida, en una balanza, y no para “ser juzgado”, sino para de alguna manera pagar una deuda inmensa… Pero no asustemos a nadie y dejemos de divagar. El amor puede ser algo metafísico, o espiritual, o psicológico, o mundano, o carnal. Y en ese (mi) amor por el rock debería poner en negrita y con mayúsculas al grupo R.E.M. La sensacional banda de Athens, Georgia, es uno de los grupos que más admiración y veneración me han despertado, y con el que tendría que poner mucho de mi parte en esa balanza imaginaria.

Los R.E.M. se formaron en 1980 y yo diría que no necesitan ni presentación. De grupo de culto o minoritario, de banda de rock alternativo pasaron, peldaño a peldaño, a golpe de magníficas canciones y magistrales álbumes, a mega estrellas mundiales vendiendo millones de discos. Los chicos del “Rapid Eye Movement”, aludiendo a esa fase del sueño tan peculiar, desarrollaron su carrera durante tres décadas, hasta disolverse amistosamente en el 2011. Una de las bandas que más discos ha vendido en toda la historia de la música (agárrense…más de 85 millones de copias), e incluidos en el Rock and Roll Hall of Fame, un museo de Ohio que inmortaliza a los más grandes en la historia de la música. No voy a escribir aquí “el Quijote” haciendo una reseña completa de los muchos álbumes de estudio que sacaron. Haría falta una entrada para cada disco. Nos dejaron algunas obras maestras como “Green”, “Murmur”, “Document”, “Lifes Rich Pageant” o “New Adventures in Hi-Fi”… Mucha, mucha tralla. Muchos quilates de rock de primera.

Ya con el maravilloso single “The One I Love“, del álbum “Document” (1987), alcanzan cierta notoriedad, pero es con la edición de los discos “Out of Time” (1991) y “Automatic for the People” (1992), que se ven catapultados a la fama mundial. Y no es para menos. Vaya dos discos. El primero de ellos se encarama en las listas norteamericanas y británicas. Basta decir que permanece 109 semanas en las primeras y 183 en las segundas, que vende 18 millones de copias en todo el mundo y que se lleva 3 premios Grammy. Buena parte de la culpa de todo esto la tiene el sensacional  “Losing My Religion”, pero es sabido que un corte por sí solo no suele sustentar todo un disco hasta esos extremos.

El grupo sufriría un revés cuando el batería Bill Berry tuvo que dejar la formación. Berry sufre un aneurisma cerebral durante una actuación en Suiza, en 1995. Pese a recuperarse y reintegrarse en la banda, acaba abandonándola en 1997, tras 17 años, para dar un nuevo rumbo a su vida. Sus compañeros deciden no reemplazarle en cuanto a grabación de discos se refiere, y siguen adelante como trío sacando algunos álbumes notables.

A mucha honra debo decir que no soy de los que -como millones y millones de fans- se subió al carro de R.E.M. a raíz del boom de “Losing My Religion” y del Out of Time. Les conocía de mucho antes y tenía un buen puñado de discos. Como expliqué una vez, compraba siempre la revista musical Rockdelux y fue gracias a esta publicación que les seguía de cerca. Ví a R.E.M. en directo en Barcelona, en la gira que hicieron del álbum “Monster” (1994), un trabajo con un sonido mucho más eléctrico, guitarras sucias y distorsionadas. R.E.M. tocaba en Barcelona el 18 de febrero de 1995. El 1 de marzo Berry sufría ese gravísimo percance en el Patinoire Auditorium, en Lausanne (Suiza). Lo que son las cosas, coincidiendo con la salida de “Monster”, Michael Stipe perdía a dos grandes amigos: Kurt Cobain,  de Nirvana, y el actor River Phoenix.

Y vamos con un tema precisamente de ese sensacional “Out of Time”. No será uno de los más conocidos o comerciales, pero vaya pedazo de tema: “Half a World Away”. Me fascina, me maravilla. Mi percepción personal es que Michael Stipe se encontraba en un momento creativo sublime, porque algunas de las piezas de esos dos discazos mencionados desprenden una serenidad casi mística o espiritual, una belleza y una paz que parecen apuntar hacia algo casi trascendente (ni quiero darle a esto un matiz en absoluto “religioso” ni quiero extenderme, pero me apoyo en la majestuosidad también de algunos temas del “Automatic for the People”). Este tema parece aludir al amor. Podríamos especular también, porque Stipe ha pasado por un periplo personal, emocional y sexual digno de mencionar, y quizá eso haya podido influir en un momento interior extraordinario. Quizá, sencillamente, estaba tocado por las musas del genio. Sólo hay una palabra: Excelencia.

A veces hay cosas, me topo con cosas tan hermosas, que me hacen llorar. Su hermosura, inmensa, sublime, casi -como decía- insinuando el infinito. No es tristeza, ni rabia, ni nostalgia, es belleza. Puede ser una película. Una imagen, un paisaje. Una situación. Una noticia, un acto, un gesto. Una frase, un pensamiento. La belleza interior de una persona. La belleza, tantas veces increíble, de una mujer, de un rostro femenino. O puede ser, cómo no, música. Un tema. Y es el caso de este “Half a World Away”. No son pocas las veces que he pensado que, si tuviera que abandonar este mundo, no me importaría que sonara en esos momentos esta canción, porque me iría en absoluta paz, cerrando los ojos y escuchando.

Sabemos que el inglés a veces no puede traducirse de forma literal y perfecta. “Half a World Away”: “A medio mundo de distancia, alejado medio mundo, al otro lado del mundo, en la otra punta del mundo.”

He tenido la suerte de encontrar este vídeo con una traducción altamente acertada y aceptable, así que me ahorro transcribir toda la letra en castellano. Haré sólo dos matizaciones: “Dusk” es atardecer, crepúsculo o anochecer. “My mind is racing”: Mi mente está corriendo, viajando, mi mente vuela”. Y el único error que duele a la vista es el siguiente: No es “Mirlos, hacia atrás, hacia adelante, y otoño (fall) y mantenerse y mantenerse” sino “…y caer (fall), y mantenerse y mantenerse”.

Aquí podéis ver un vídeo de este tema interpretado en uno de esos shows “unplugged” para televisión. Un tema, por cierto, sin batería, y con el sonido maravilloso de esa mandolina y ese teclado que suena a clavecín».

Aquí tenéis la entrada original, con todas sus imágenes y la letra original de esta canción.

Paul Natkin

Las Cinco Canciones de Whatgoesaround (I): «Bobby Jean» (Bruce Springsteen)

Whatgoesaround es el pseudónimo de nuestro invitado de esta semana en las Cinco Canciones de tu Vida, palabra originada a partir de la contracción de “What Goes Around Comes Around”, título de una de las canciones de Justin Timberlake. Es el responsable del blog Ongakumymusic, una palabra construida a partir del japonés; como nos indica el propio autor: «la forma de decir “(A mí) me gusta la música” o “Amo la música” es la siguiente: 私は音楽が好きです… que se lee de la siguiente forma: “Watashi wa ongaku ga suki desu”. “Watashi” es “yo”, el pronombre personal. “Ongaku” es música (音楽), y cuando algo te gusta, sea lo que sea, se expresa diciendo “tal cosa”… ga suki desu (好きです). De ahí el nombre de este blog». La música es una de las grandes pasiones de Whatgoesaround: «Es algo tan hermoso… Me gusta desde hace muchos años, desde antes de ser un adolescente. He crecido con ella. Tengo cientos de vinilos de los antiguos, discos redondos de verdad. Y muchas cintas de cassette (de ésas que acababan sonando fatal, enrollándose y rompiéndose), así como una buena colección de compact discs. Todo esto antes de internet y la era digital, por supuesto. Los años vuelan de una forma pasmosa y brutal. Así que he decidido abrir un blog sólo para comentar temas musicales. Principalmente serán canciones sueltas con su correspondiente vídeo en YouTube u otros portales, pero veremos a dónde nos lleva esta aventura. Es una lástima no compartir con otras personas tantos temas formidables, no difundirlos, darlos a conocer y también descubrir cosas nuevas». Pues me parece una loable declaración de intenciones, creo que compartir es el principal objetivo de todos los que nos movemos por la blogosfera.

Ya he comentado alguna vez que, cuando me invitan a una casa, siempre me pongo a mirar la música que guarda el anfitrión, pregunto por aquellos artistas o grupos que no conozco y pido poder escucharlos; en casa ajena nunca se me ocurriría sugerir un disco de esos que conozco bien, prefiero que sea al contrario, que me sorprendan con sonidos nuevos para mí aunque, finalmente, no acaben siendo siempre de mi agrado. Ongakumymusic es como ese amigo que te pone su música, esa con la que no estás muy familiarizado, en mi caso cierto tipo de pop actual y algunas formaciones que podríamos englobar dentro del movimiento indie; es en estos blogs donde más aprendo y, por lo tanto, donde menos suelo expresar mis opiniones en forma de comentarios, no porque no me haya parecido interesante lo que he escuchado y leído, simplemente porque no quiero decir ninguna tontería motivada por el desconocimiento.

No me quiero enrollar más porque los testimonios de Whatgoesaround son algo más extensos de lo que es habitual en este blog, así que, excepto hoy, el resto de los días voy a tratar de ser muy breve. Las cinco canciones de nuestro invitado ya fueron publicadas en su blog; salvo alguna pequeña modificación de carácter contextual y las transcripciones de las letras que aparecen en algunas de las entradas, el texto que leeréis en La Guitarra de las Musas es el original; también he suprimido las imágenes, con el fin de acomodar el relato a la austeridad característica de este blog, eso sí siempre dejaré un enlace al post original y una imagen al final. Comenzamos con los años de instituto, una chica (Maite) y el tema de Bruce Springsteen «Bobby Jean».

«Bruce Springsteen ha sido el músico que más me ha impactado, conmovido e influenciado, sin duda alguna.

Y ahí estaba yo, cursando el B.U.P. en el Instituto Ausias March de Barcelona. El centro queda en la parte alta de la ciudad, en el barrio de Pedralbes y al lado de la llamada Zona Universitaria (la urbana, no el campus de Bellaterra). Recuerdo perfectamente que teníamos que subir y bajar cada día una calle llamada González Tablas y que ésta tenía -y tiene- una pendiente considerable. Dejabas al subir el famoso Cuartel del Bruc a la derecha, cerca de la Diagonal. En cualquier caso, el instituto quedaba bastante alejado de mi casa. Conocí a mucha gente, hice amistades -como cualquier chico o chica que aterriza en un instituto después del EGB- y así pasaron los cursos primero y segundo. Y entonces, en un momento dado hubo una reestructuración de las clases en tercero de B.U.P. En aquellos tiempos teníamos que escoger asignaturas orientadas hacia las letras o hacia las ciencias -yo, letras, de toda la vida- sobre todo al hacer el C.O.U. pensando en la Universidad. No recuerdo los motivos, pero se reestructuraron clases y se mezclaron alumnos, apareciendo de nuevos entre los grupitos de los ya conocidos. Y apareció ella: Maite. Qué chica y qué grandísima persona. Inteligente, súper simpática y súper enrollada. Además tenía un cuerpazo impresionante, porque se dedicaba a hacer gimnasia y danza.

Sí, realmente Maite estaba como un tren, pero no la recuerdo por eso -que también- precisamente. Maite era muy buena persona, simpática y abierta. Nos hicimos amigos ya avanzado el curso. Además surgieron otros vínculos con ella y su familia. Maite me pidió si podía darle clases particulares de matemáticas a uno de sus hermanos, y accedí. Así estuve en su casa de Sarrià muchas veces, conocí a sus padres y a dos hermanas mayores tanto o más enrolladas que ella. El curso fue llegando a su fin, y éramos muy buenos amigos -sólo amigos-. Y de repente aparece un día y se presenta con una cinta de cassette y me dice: “Toma. Un regalo para ti”. ¿Qué contenía esa cinta? Porque casi iba a marcar un antes y un después en mi personalidad. Contenía la grabación de este disco. Palabras mayores de la historia del rock moderno. Estamos hablando aproximadamente de 1981/82, porque “The River” se publicó en 1980. Conocía a Springsteen de nombre, pero sinceramente no me había interesado por sus canciones o su pasado (mi faceta de dron en modo “búsqueda”, ávido de nueva música justo estaba comenzando tímidamente). Además, mi crecimiento musical vino de la mano de grupos como Pink Floyd, la ELO, Genesis y muy principalmente Supertramp -un sonido diametralmente opuesto al del Boss-. También empezaba a irrumpir cada vez más claramente Bowie, pero a Springsteen no le había hecho casi ni caso. Simplemente había escuchado por la radio sus hits “Sherry Darling” y, sobre todo, “Hungry Heart”, que me parecía una canción bastante pegadiza. Es posible que esta oveja despistada hubiera acabado llegando al redil springsteeniano en unos meses, o un año o dos, pero un ángel llamado Maite bajó de los cielos con el martillo de Thor en forma de rock.

Recuerdo las primeras escuchas de la cinta. Me chocó el sonido, su contundencia, y no me fue fácil. El corte que abre el disco, y que es un auténtico trallazo rock, “The ties that bind”, es en cierto modo algo áspero porque empieza con esas guitarras y con esa aparente “falta de melodía”. Tonterías. Serían las manías de un niño que aún no había abrazado la nueva “religión”, el ruido salvaje pero coherente, el despelote eléctrico, la descarga de energía que iba a despertarme a mí y a muchos. Unos cuantos martillazos de Thor, y por supuesto ya no podía dejar de escuchar una obra maestra como “The River”.

Llegó entonces el fin de curso. Se organizó una salida con todos los elementos ad hoc: cena, bebida a destajo, desmadre, a bailar a un local y quizá hasta sexo para los más espabilados. Entre los cuales no puede decirse que estuviera yo. Fue la noche en que pude enrollarme con Maite y no lo hice. Yo era bastante tímido por aquel entonces -hay que ver cómo cambiarían las cosas con los años- y ni se me ocurrió soñar que pudiera tener una mínima posibilidad con mi súper amiga, la chica casi perfecta, el trenazo descarrilado. Qué idiota. Maite se enrolló con otro esa noche y acabaron en la cama.

Todo esto me lo explicó tiempo después, diciéndome también que ella barajaba al otro -Pau- y a mí. Aún seguimos siendo amigos durante un tiempo, incluso Pau y yo hicimos buenas migas -él se iniciaba en la programación informática y me enseñó bastantes cosas-. Salíamos muchas veces, cogíamos unas cogorzas del quince, hablando en plata, y nuestras vidas seguían -ellos pillaban y yo no-. Hasta que Maite y Pau cortaron. Ella acabó conociendo a un chico danés que también estaba como un auténtico tren -físico de vikingo quebrantahuesos, para entendernos- y al final se fue a vivir a Dinamarca con él. Nunca más volví, nunca más la he vuelto a ver. Debo suponer que seguirá viviendo allí. ¿Qué puedo hacer? Recordarla. Amarla ahora a través de este pequeño relato. Dedicarle quizá y cantarle mentalmente el “Copenhague” de Vetusta Morla. Maite Boira desapareció para siempre -quién sabe- de mi vida. Y Bruce Springsteen se quedó.

Lo siguiente que hice con el paso del tiempo es obvio: irme comprando poco a poco toda la discografía del Boss. No recuerdo en qué momento exactamente, pero me compré un tocadiscos y empecé a comprarme discos de toda naturaleza cada mes. Ya tenía un trabajo fijo y me lo podía permitir. Aunque ayudara económicamente en casa, cada mes caían entre 5 y 10 discos nuevos, siempre procurando disimular las compras para no tener que oír demasiado a mi madre (que en realidad se metía muy poco). Fue toda la década de los 80 y también de los 90 una época dorada en ese sentido, fructífera e imparable. Mi colección no paraba de aumentar, también de cintas y de grabaciones de material dejado por amistades. Eran aquellas torres por módulos con lo que se llamaba doble pletina de cassettes. Y aún conservo lo que es el plato del tocadiscos, y funciona, aunque con algún defectillo menor.

Ya no solamente me compré discos del Boss y descubrí su música, sino la de una interminable lista de grandes nombres del pop-rock. Los más vigentes de aquella época -Police, Dire Straits, Bowie, Peter Gabriel, Lou Reed, The Cure, Simple Minds, U2, Prince- y fui descubriendo a grupos con algo más de veteranía -Pink Floyd, Deep Purple, Creedence Clearwater Revival, Roxy Music, Blondie, Van Morrison-. Eso sin contar toda la cosecha española de grupos en esos años -Radio Futura, Gabinete Caligari, Loquillo, Los Rebeldes, Duncan Dhu, El Último de la Fila, Nacha Pop- y las incontables horas en que también escuchaba programas de radio bastante buenos. Con los años nuevas hornadas de grupos y artistas se han ido sumando -Pixies, R.E.M., Björk, The Smiths y un larguísimo etcétera-. Desde que aquella cinta cayó en mis manos y el rock entró en mi vida, desde que aquel tocadiscos entró por la puerta, ha sido un no parar de descubrir música.

Pero a pesar de esa vorágine y de ese constante descubrir (otra cosa me ayudaba, comprarme cada mes la revista Rockdelux), Springsteen y sus discos siempre fueron lo primero para mí, tanto en preferencias como en el corazón. Desde luego me hice con sus 4 obras capitales –“Born to Run”, “Darkness on the Edge of Town”, “The River” y “Born in the U.S.A.”– pero también con sus dos primeros discos, menos conocidos, y con muchos otros como el honesto e intimista “Nebraska”, el directo que contiene 5 discos o la caja recopilatoria “18 Tracks”. Sin olvidarnos de otro gran álbum, el “Tunnel of Love”.

Es difícil escoger cuál podría ser su mejor disco. Cada uno tendrá sus preferencias y opiniones. Pero para mí, si olvidamos canciones en particular y miramos un disco como obra de conjunto, el más redondo, completo y coherente me parece “Darkness on the Edge of Town”. El nivel de sus canciones es altísimo y cuesta encontrar algún tema flojo. Debo reconocer que a partir de la publicación de “The Rising” en el 2002, mi fiebre por Springsteen desciende considerablemente. Pese a seguir gustándome mucho, mis intereses se han diversificado enormemente y el Boss me suena siempre a lo mismo, pese a ser un músico y compositor enorme.

El tiempo fue pasando y llegó el gran día que le vi en directo por primera vez. Fue durante su gira del “Born in the U.S.A.”, realizada en el período 1984/5. Esa gira no pasó por España, pero ahí apareció José María y gracias a él se hizo el milagro. José María era un compañero de trabajo y también fanático de Springsteen. Había vivido varios años en París y dominaba el francés perfectamente. Puesto que el Boss tocaría en Montpellier como punto más cercano a la geografía española, la jugada pareció cuadrarse y el cielo abrirse cuando el bueno de José María se me acerca un día y me dice: “¿Qué? ¿Qué te parece si nos vamos con mi coche hasta Montpellier a ver a Bruce Springsteen?”. No lo dudé ni una milésima de segundo. Dios mío, era una noticia tan maravillosa que no podía creérmelo. Iba a verle en directo, al músico que tenía la fama de hacer los conciertos más demoledores e impecables con una apisonadora llamada The E Street Band.

Fue una auténtica peregrinación desde muchos puntos de la geografía española, como cubrió después ampliamente la prensa: Desde Catalunya, País Vasco, Navarra, norte de España, Aragón, probablemente Comunidad Valenciana y, cómo no, desde la Comunidad de Madrid. Me atrevería a decir que incluso acudiría gente de puntos más al sur, como Sevilla, por poner un ejemplo. Miles de españoles salieron hacia allí al encuentro con El Jefe.

José María se portó como un campeón y condujo todo el viaje -cosas de ser el único con carnet- y por fin llegamos, en un día algo gris y plomizo. Pero daba igual, aunque hubiéramos estado bajo cero. El astro rey del rock iba a achicharrarnos en unas horas. ¿Qué sentí? Lloré, las lágrimas rodaron por mi cara en el momento en que Springsteen y los suyos saltaron al escenario y las primeras notas empezaron a sonar. Tal era mi emoción, tan sincera y tan profunda. El impacto fue tan enorme que incluso podía sentirlo en todo mi cuerpo. Entendí -era perfectamente aplicable- aquella expresión de “me tiemblan las piernas”.

Pero la sensación que predominó durante toda la actuación se resume indiscutiblemente en una palabra: energía. La fuerza que desprendía Springsteen con su E Street Band era descomunal. Las primeras notas, inolvidables, del “Born in the U.S.A.” nos atronaron a todos y nos traspasaron como un vendaval. Brutal, perfecto, impecable, de una profesionalidad para quitarse el sombrero y con un sonido tan nítido y tan potente como jamás había escuchado en vivo. Fue para mí y para todos los asistentes -miles de franceses, italianos y otras nacionalidades, hordas de españoles- una catarsis del rock, la comunión con un músico excepcional. Otras veces he visto al Boss, ya en Barcelona, pero como aquella primera vez…

Para protagonizar esta entrada lo más lógico, fácil e inmediato hubiera sido escoger el tema de “The River”. Una canción maravillosa, un verdadero poema lleno de tristeza, lirismo y evocación. Soberbio, inmortal, con esa gran letra, con la armónica… Era una posibilidad ideal para reflejar toda esta crónica, porque mi idilio con Bruce empieza con ese disco el día que Maite tiene ese gran detalle. Otros grandes temas del propio “The River” también podrían haber servido: “Hungry Heart”, “Point Blank”, “Drive All Night” o algún otro. También algunas joyas contenidas en el “Darkness on the Edge of Town”, o himnos inmortales del rock como “Born to Run” o “Thunder Road”.

Pero “Bobby Jean” también simboliza a la perfección toda esta historia vital y musical. De alguna manera cierra ese círculo perfecto de 4 discos capitales del de New Jersey. Además, “Born in the U.S.A.” también es un disco importantísimo del Boss, aparte de un éxito de ventas total. Supuso una innovación en cuanto a su sonido, introduciendo sintetizadores y acercándose al pop como nunca antes. La comercialidad está en el punto justo para no considerarlo un disco fácil, y no se pierde la calidad. Al contrario: Hay temas descomunales, perfectos, como “Cover Me”, “No surrender”, “I’m Goin’ Down”, “Glory Days”, “I’m on Fire” y algunos más. Algunos críticos han colocado este disco entre los mejores de toda la historia del rock and roll, y estoy de acuerdo en esa apreciación.

“Bobby Jean”…, me encanta este tema, me parece perfecto, bellísimo y además refleja toda la potencia del rock springsteeniano -en su versión más modernizada, como hemos dicho- cosa que una balada como “The River” no hace. La letra habla de la partida de un amigo y es una despedida de Bruce cargada de sentimiento y de nostalgia. Otro gran punto de la canción es que en ningún momento se especifica si se está hablando de un hombre o de una mujer. Hasta en eso es enorme cuando quiere el Boss.

Casualmente, el vídeo que traemos pertenece al concierto del Parc de la Courneuve, en Paris, el 29 de junio de 1985. Esto significa tan sólo 6 días después del concierto de Montpellier. Con la traducción al español. En el vídeo aparece el saxofonista Clarence Clemons, que murió en el 2011 -también falleció Danny Federici en el 2008-«.

Aquí tenéis la entrada original, con todas sus imágenes y la letra original de esta canción.

151743255-e1001e4d-14c3-47b5-ab29-320a9b7d7ba5

The Chiftons / George Harrison. «He’s So Fine» / «My Sweet Lord»

La primera acepción de plagio que recoge el Diccionario de la RAE es la de «copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias». A pesar de que casi todos los que escuchamos música nos atrevemos a opinar sobre este tema, generalmente de manera intuitiva, lo cierto es que no es asunto baladí; la dificultad reside en valorar lo que es «sustancial». A mí me gusta hablar de «parecidos razonables», salvo que el plagio esté respaldado por sentencia judicial. Uno de los casos de plagio musical más conocido es el de «My Sweet Lord», de George Harrison, tal vez su canción más conocida y exitosa. La compuso, en 1969, mientras realizaba una gira como invitado de Delaney & Bonnie y Eric Clapton; tal y como él mismo ha manifestado, la idea inicial era la de hacer una canción religiosa con la que cualquier creyente se pudiera sentir identificado, combinando las palabras «Aleluya» y «Hare Krishna» y, como base melódica, el «Oh Happy Day» de los Edwin Hawkins Singers. El primero en grabarla fue el cantante y pianista estadounidense Billy Preston, con quien colaboraba habitualmente George Harrison. Unos meses después, ya separados los Beatles, George volvió a grabar esta canción para su triple álbum «All Things Must Pass» (1970); fue una producción muy cuidada, en los Abbey Road Studios, que contó con el trabajo de Phil Spector y la colaboración en la grabación de Eric Clapton, Ringo Starr, Jim Gordon y algunos miembros de Badfinger; hay quien dice, aunque esto es más dudoso, que también intervinieron Alan White y John Lennon. Unos años más tarde Bright Tunes demandaba a George Harrison por plagio musical; entendían que había copiado el tema «He’s So Fine», compuesto por Ronald Mack y publicado por el grupo The Chiftons en el año 1962. El juez falló a favor de Bright Tunes; Harrison tuvo que hacer frente a una cuantiosa indemnización por «plagio inconsciente», probablemente provocado por un caso de criptomnesia, al parecer algo habitual en el mundo de los plagios: el sujeto cree componer algo totalmente novedoso cuando, en realidad, está rescatando recuerdos almacenados en su memoria que, en un momento dado, afloran sin tener consciencia de ello. Para complicar aún más el asunto, hay quien opina que el tema «Kind of a Drag» (1966), de los Buckinghams también se parece bastante. Para finalizar, os dejo con algunas versiones de «He’s So Fine» -en concreto las debidas a Jody Miller, Dee Dee Sharp, The Sangri-Las y The Angels– y de «My Sweet Lord» –U2, Megadeth, Hurray for the Riff Raff y Emmerson Nogueira-.

Ashbury. «Mystery Man»

Es evidente que el disco, como formato, no tiene hoy en día la importancia que llegó a tener durante las décadas de los setenta y los ochenta; a pesar de lo que nos quieran hacer creer, esta situación perjudica más a la industria discográfica que a los propios artistas, al menos a los más modestos. De hecho, ante la imposibilidad de seguir publicando álbumes al modo tradicional, estos músicos han recuperado su independencia y capacidad de maniobra, y proponen a su público un nuevo modelo basado en la difusión a través de internet, la autoedición, la economía colaborativa (crowdfunding) y una mayor presencia en los escenarios. Las grandes figuras, al igual que las discográficas, pierden con este nuevo orden; sin embargo, los artistas menos célebres tienen más opciones de darse a conocer de las que tuvieron la mayor parte de grupos de los setenta y los ochenta, que nunca llegaron a triunfar debido a las rigideces y los intereses de quienes hacían y deshacían a su antojo en el mundo de la música. Hoy os quiero hablar de Ashbury, una de aquellas bandas que nunca recibieron el apoyo que merecían, y que se vieron abocadas a su desaparición con apenas uno o dos discos en su haber. Esta formación estadounidense se creo en 1980; consiguieron publican un disco, «Endless Skies» (1983), con la siguiente formación: Rob Davies (voz), Randy Davis (bajo, guitarra, sintetizadores y voces), Jerry Van Dielen (piano), John Watts (percusiones), Johnnie Ray (percusiones) y Tony Allmendinger (bajo). Tal y como nos cuentan en su página web, Randy y Rob Davis continuaron escribiendo canciones aunque no lograron darlas a conocer hasta el año 2004, en el disco titulado «Something Funny Going on». Volviendo a «Endless Skies», a pesar de ser un trabajo de 1983, tiene un estilo muy setentero, en el que confluyen géneros como el folk-rock, el rock sureño o el rock progresivo. Las influencias procedentes de grupos como Jethro Tull, Wishbone Ash o Dire Straits, son más que evidentes; el tono folk-rock guarda ciertas similitudes con las dos bandas citadas en primer lugar, por no hablar del timbre de Rob Davies, muy similar al de Ian Anderson; por otra parte, la guitarra se parece en ocasiones a la de Mark Knopfler, especialmente en el tema que destacamos en esta entrada: «Mystery Man», que nos hace recordar a «Sultans of Swing«. Otras canciones interesantes son «The Warning«, «Madman» o «Endless Skies«, la composición más progresiva del álbum. En cualquier caso, os recomiendo que escuchéis el disco entero porque, de verdad, merece la pena.