Las Cinco Canciones de Salva (IV): “¿Qué voy a hacer yo? ” (Celtas Cortos)

Para los que no sepan qué es eso de la «putrefacción sonora», termino acuñado por Salva a partir unas conversaciones locas que mantuvimos hace poco, os recomiendo que os paséis por la entrada que hizo el amigo Alex (que también estaba en el «fregao») hace unos meses en su web Rocktelegram (he dejado enlace en el relato de Salva). En cuanto a Celtas Cortos, yo también tengo muy buenos recuerdos de ellos, de bailes y fiestas de pueblo, hubo una época en la que eran imprescindibles en casi todos los saraos. En esa vena antimilitarista tienen otro tema característico: «Haz Turismo«. Me imagino que, aunque no sea el grupo preferido de Salva, esta canción no se le olvidará nunca, al fin y al cabo aquel día hizo el mejor fichaje de tu vida.

«Esta canción no cambió realmente mi vida. Lo hizo la persona que aflora en mi recuerdo cada vez que la escucho o simplemente rememoro las notas de esta canción. Cuando conocí a mi mujer, Celtas Cortos acababan de publicar su segundo álbum «Gente Impresentable». Ya podías ir a al bar que quisieras, desde el garito más infecto al pub más de moda, allí estaba sonando “¿Qué voy a hacer yo?” (sí, en aquella época esta canción llegó a niveles inverosímiles de putrefación sonora) el canto anti-militarista que los pucelanos pusieron en boca de todo el mundo. Un tema, el antimilitarismo, muy popular en los círculos rockeros, y que aquí se centra en la utilidad de realizar la mili. Por cierto, a mí me dieron por inútil.

Los primeros meses de tonteo amoroso, Celtas Cortos pusieron la banda sonora a la relación con mi mujer, y el de Celtas Cortos fue precisamente el primer concierto al asistimos juntos. Fue en el Festival Actual, el seis de enero de 1991; los de Valladolid eran casi unos desconocidos y, en su primera visita a Logroño, vinieron como teloneros de los irlandeses The Oyster Band, pero los que allí nos concentramos íbamos a escuchar a los Celtas Cortos.

Si soy sincero, del concierto no me enteré demasiado. Entre cerveza y cerveza y con música celta de fondo, Carmen y yo nos pasamos el concierto charlando sobre nuestra vida, esas largas y extensas conversaciones de las primeras citas en las que haces un repaso de lo mejor de tu paso por el mundo para admiración de la persona que enfrente es todo oídos.

Por eso Celtas Cortos siempre ocuparan un lugar muy importante en mis recuerdos. Tal vez el más importante».

 

Las Cinco Canciones de Salva (III): “Back in Black ” (AC/DC)

Con este relato (también me ha pasado con la canción que saldrá el viernes) se me saltaron las lágrimas la primera vez que lo leí. Yo también viví unas sensaciones parecidas a las de Salva con mi abuelo materno, con el pasaba mucho tiempo; vivía al lado de la Casa de Campo de Madrid, por lo que íbamos a menudo a pasear, a coger setas y piñones que, luego, en el patio que tenían mis abuelos iba abriendo con un piedra antes de comérmelos. Yo era pequeño cuando él falleció, pero le recuerdo perfectamente, como si aún estuviera con nosotros. Gran tema el que nos propone Salva para tratar de digerir una pérdida como esa, veamos qué nos cuenta.

«Nadie duda de que la música es uno de los hilos conductores que mejor conecta nuestros recuerdos. Tanto los buenos como aquellos que preferiríamos olvidar, pero que ocasionalmente asoman la cabeza para recordarnos que esta vida no es un camino de rosas. Siempre hay canciones que nos retrotraen hasta esas situaciones vividas que, por más que lo intentemos, no podemos olvidar. Uno de mis discos favoritos, me transporta a uno de los peores momentos de mi vida. Visto desde la distancia, hace casi treinta y tres años, el lado oscuro de ese momento se ha difuminado en el recuerdo, pero no puedo evitar cada vez que lo escucho, transportarme a ese día aciago en que con tan solo dieciséis años, el mundo se me vino encima.

Nada más alejado del rock que mi abuelo, pero esta canción inevitablemente me recuerda a él. Desde que era pequeño me llevaba y traía del colegio y los sábados bien temprano venía a buscarme e íbamos a andar por las afueras de un Logroño más reducido que el actual. Nuestros pasos nos conducían por caminos sembrados de huertas y vaquerías y saciábamos nuestra sed en los pozos de las casas que encontrábamos a nuestro paso. Me encantaba accionar arriba y abajo la palanca de la bomba y ver como poco a poco iba manando el agua fría y cristalina. Deliciosa. Cogíamos moras, endrinas para hacer pacharán. Avellanas, nueces, almendrucos o caracoles. Cuando teníamos hambre, en cualquier punto del camino y con cuatro ramas preparábamos una pequeña hoguera y asábamos choricillo o panceta atravesados en un palo, vuelta y vuelta hasta que estaban a punto para comer. Años más tarde se uniría un nuevo compañero. Alex, mi perro no el blogero, jajaja.

Hoy el hierro y el hormigón han borrado todo rastro de aquellos paseos que ahora ocupan mi memoria. Siempre con su inseparable bastón, que lo mismo servía para apartar la maleza en busca de caracoles, gancho para bajar las ramas de los frutales que encontrábamos por el camino y aplacar el apetito o como arma. La de culebras que perecieron a golpes de cachaba a la voz de «¡la madre que te parió! ¡muere bicha!» Creo que yo fui el hijo que nunca tuvo porque sentía autentica devoción por mí. Pedro, que así se llamaba -a mí otro abuelo, Alberto, no lo llegué a conocer-, era un abuelo de los de antes. De los de boina, zapatilla de esparto y palillo en la boca. Su rostro, curtido por años de sol y trabajo en el campo, estaba esculpido con surcos tan profundos como los que labraba a golpe de azadón en su Navarra natal. Religioso a su manera, se ponía hecho un pincel para ir a misa; traje, corbata y zapatos bien lustrados, siempre tenía un «¡Cagüen Dios!» en la comisura de los labios haciendo compañía al Celtas sin boquilla que parecía estar pegado a su boca. Solo lo apartaba de ella para con los dedos pulgar e índice quitarse las briznas de tabaco que se adherían a su lengua. No se si fue de tanto fumar o simplemente porqué su fecha de caducidad expiró a los setenta años, un cáncer de pulmón se lo llevó cuando yo tenía dieciséis años.

Ese día, el que murió mi abuelo, no aguantaba estar en casa. Simplemente me asfixiaba estar encerrado e incapaz de seguir escuchando los comentarios que se hacen en estos casos, cogí a mi perro Alex y mi walkman – los recordáis – con una copia que me había hecho del “Back in Black” y me marché a andar. Siempre, y no es por decirlo, pero siempre que escucho este disco y esa canción, “Back in Black” me acuerdo de ese momento con mi perro, del lugar por el que estuve paseando, que ya no existe porque se ha llenado de casas, y del nudo en la garganta que mi estupidez adolescente se negaba a deshacer».

 

Las Cinco Canciones de Salva (II): “Fast as a Shark ” (Accept )

Siempre digo que la comunidad «heavy metal» es de las que más respeto en el mundo de la música; es verdad que tienen unas señas tribales de identidad propias, probablemente las mismas que son utilizadas -por quienes no saben de nada- para demonizar a este colectivo, sin embargo lo que verdaderamente les caracteriza es la pasión que sienten por su música. El de hoy es un gran relato iniciático; estoy seguro que muchos de los que se consideran metaleros se sentirán muy identificados con lo que nos cuenta Salva y con cómo nos lo cuenta. Personalmente, como el mismo invitado de esta semana me has comentado en alguna ocasión, Accept ya son demasiado «jevis» para mí.

 

«El tiempo pasaba a golpe de riffs y ritmos de batería y así fui descubriendo nuevos y viejos grupos. Conocí gente con gustos afines a los míos y en nuestras conversaciones siempre salía un tema. Nada era lo bastante duro.

Las grandes bandas de los 70 eran un mero recuerdo en la memoria de los aficionados, y poco a poco con el cambio de década las nuevas bandas se iban sacudiendo las influencias psicodélicas y progresivas de los dinosaurios del rock. Judas Priest abandonaron sus épicas canciones de largos desarrollos instrumentales para darle un lavado de cara a su sonido e imagen y con British Steel sentaron las bases de lo que sería el nuevo metal de los 80. Pero British Steel no era lo bastante duro. Queríamos guitarras más duras y afiladas, baterías más aceleradas y voces que te escupieran en la cara.

“Fast as a Shark” de Accept fue la respuesta a todos nuestros anhelos sónicos. Hoy la canción no pasaría ni de lejos el nivel medio de muchas de las bandas más extremas del metal pero hace 34 años, era lo más cafre y duro que podíamos llevarnos a los tímpanos.

Año 1982. La sequía radiofónica y televisiva era casi total con respecto al rock (el termino heavy estaba en pañales por estos lares). Como adolescente que era, necesitaba algo más fuerte que los discos que habitualmente escuchaba. Las estridencias del «Made in Japan» de Purple aunque me hacían vibrar no eran suficientes para calmar a mis más que aceleradas hormonas. Así que escuchar lo que escuché en los 40 principales ese día parecía la respuesta a todos mis anhelos sónicos. Yo apenas escuchaba la radio, pero siempre tenia una cinta preparada en la pletina por si acaso había algo decente que llevarse a los oídos, así que ese día la pongo para ver si suena algo en condiciones, y de repente oigo a la locutora decir “y ahora un poco de autentico heavy metal”, esas palabras me hicieron saltar de la cama hacia la pletina. Así que pulso el rec y cual no es mi sorpresa cuando oigo el famoso ¨aidi aido aha¨ con que empieza «Fast as a Shark». Después de dedicarle algún exabrupto a la locutora, del tipo, “será puta la tía esta”, pulsé el stop pensando, la imbécil se ha quedado conmigo. No me dió tiempo ni de volverme a sentar cuando el sobrenatural rugido de Udo da paso a ese inolvidable y legendario riff antes de escuchar, ¿que era eso? una batería a doscientos por hora, salté hacia la pletina y volví a pulsar el rec para grabar la canción y escuchar alucinado lo que estaba oyendo. Eso era lo que estaba buscando, guitarras a toda tralla, una batería que te golpeaba sin concesión y una voz que parecía venir de las entrañas de la tierra. Cuando se acabó la canción la locutora dijo que el grupo se llamaba Accept y la canción “Rápido como el tiburón”, en aquellos tiempos se traducía todo, hasta en los propios discos venían los títulos traducidos de la canciones debajo de su correspondiente titulo en ingles. El caso es que los días sucesivos no paré de escuchar ese fragmento grabado de la radio hasta que tuve el dinero necesario para comprarme el disco.

El 7 de noviembre de 1983, “Restless & Wild” el disco que contiene este legendario tema pasó a formar parte de mi colección y, en cierto modo, al igual que “Highway Star” de Purple, “Fast as a Shark” cambió mi modo de entender la música».

Las Cinco Canciones de Salva (I): “Highway Star” (Deep Purple)

Las series de televisión antiguas a menudo contaban con un actor que prestaba sus servicios en calidad de «guest star» («estrella invitada»); solía ser uno de los protagonistas, casi siempre alguien muy conocido en el mundo del cine, un veterano de esos que, con su presencia, su personalidad y buen hacer, conseguían que el público se enganchara a la serie. El amigo Salva es la «estrella invitada» de «Las cinco canciones de tu vida«, alguien que espero siga dando vida a esta sección con sus comentarios, sus recuerdos y su buen humor. Como ya he comentado en otras ocasiones, él fue quien puso en marcha este espacio de comunicación entre blogueros y aficionados a la música desde su web «Mentalparadise»; fue todo un éxito mientras estuvo funcionando, hasta que esa misma sinceridad y pasión que caracteriza a sus iniciativas le hizo retirarse (espero que momentáneamente) de la blogosfera. Esta semana nos acompañará con sus cinco canciones, la primera de ellas coincidente con una de las mías («Higway Star«). Estoy seguro que vais a disfrutar de lo lindo, hay de todo: buena música, bonitos recuerdos, anécdotas divertidas, presencia de seres queridos y todo el amor que Salva sabe transmitir cuando habla de sus vivencias. Os dejo con sus palabras, primero una presentación en la que él mismo nos esboza cómo es y, después, con el relato que acompaña a su primera canción.

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«Me llamo Salvador Guillén Etayo y lancé mis primeros sollozos en este mundo el 26 de abril de 1967 en Logroño. Uno de los recuerdos que más nítidos están en mi mente es el de la música. Siempre estaba presente en mi casa. Mi padre era muy aficionado y tenía una buena colección de vinilos y singles de los de la época, de esos que traían dos canciones por cada lado. Recuerdo nuestras excursiones los fines de semana a Casa Erviti y a Simeón, emblemáticos establecimientos de mi ciudad donde veía con fascinación a mi padre pasar uno tras otros todos aquellos vinilos que alimentaban los cajones de ambas tiendas. Esa fue la primera semilla plantada que desembocaría en mi posterior amor/obsesión por comprar discos. Mi hermana también tuvo gran parte de culpa por traer a casa esos discos con melenudos rascatripas que hacían nuestras delicias mientras nos grabábamos cantando canciones de Queen en un viejo casete Sanyo».

Como cualquier adolescente amante de la música, el sueño que pululaba por mi mente era el de tocar en un grupo, y aunque en un principio me tuve que conformar colocándome frente a un espejo emulando los cabeceos de Status Quo, finalmente en el 86 formé parte de mi primera banda, Ophis. Bandas como ¡¡Sniff!! y sobre todo Amnesia son las que más renombre tuvieron y parece que la gente nos sigue recordando, lo que sinceramente me hace mucha ilusión. Mis más íntimos amigos saben desde hace años de mi afición por la pintura y el dibujo y hace un par de años me dediqué a plasmar mi recuerdos, reflexiones y pajas mentales de forma escrita en Mentalparadise.

No sé que más decir de mí, sin extenderme demasiado. Tal vez estas canciones os ayuden. Son un buen escaparate para conocerme un poco mejor”.

«La primera canción es LA CANCIÓN de mi vida. Y aquí sí que no exagero. Ni Status Quo ni el Rock and Roll Over de Kiss, ni tan siquiera el mítico recopilatorio de Janis Joplin que trajo mi hermana a casa es comparable con lo que sentí al escuchar esta canción de la banda que a partir de ese día se convirtió en mi preferida, y a pesar de que en la actualidad no es el grupo que más escucho, a día de hoy el simple hecho de ver escrito en un blog o una revista esas dos palabras, Deep Purple, hacen que algo en mi interior se agite y me lleve a indagar que se esconde detrás. De hecho, una manía que tengo, es que cuando descubro un nuevo blog, miro en etiquetas si el nombre de mi banda fetiche aparece y si la respuesta es afirmativa me sumerjo de cabeza y leo todo lo que se refiere a ella. Ese blog tiene asegurados de momento un comentario en cada una de las entradas y a buen seguro sumará un seguidor nuevo que añadir a su lista.

Pero hablamos de “Highway Star”. El periodista Jordi Bianciotto inicia su libro Deep Purple. La saga con una descripción de cómo descubrió a un grupo que cambió su percepción de ver y entender la música, que hace que me sienta plenamente identificado con él: “A comienzos de 1979, el autor de este libro tenía catorce años y la película “Deep Purple Rises Over Japan”, proyectada en una atrevida sesión de cine-forum del colegio le pasó por encima y nada volvió a ser lo mismo”. Yo no estuve en esa proyección pero las sensaciones que sentí al escuchar «Highway Star» son muy similares. En mi caso fue algo después, en 1981, y también con catorce años cuando un compañero de clase me dejó “Made in Japan” y para mí también nada volvió a ser lo mismo.

Si tuviera que poner una fecha concreta que marque mi bautismo de fuego en esto del rock, sin duda sería el 5-12-1981. Contaba por entonces, como ya he dicho, catorce años y si bien desde pequeño había escuchado música de todos los estilos y mi colección de vinilos hacía tiempo que había comenzado a crecer, los discos que ésta albergaba aunque enraizados dentro de los parámetros de la música rock, venían influidos en parte por la música que escuchaba en la radio o veía en programas de televisión. Canciones de Status Quo, Miguel Ríos, Queen o los clásicos discos de éxitos donde siempre se colaba alguna canción rockera. Recuerdo un “Disco de Oro Epic” de 1978, que escondía entre sus surcos “Don´t Look Back” de Boston, un tema de Peter Frampton titulado “I Can´t Stand It No More” o “Logical Song” de Supertramp. Por lo demás, me alimentaba de los discos de mi hermana que me llevaba una ventaja de cinco años.

Pero ese cinco de diciembre, con las mil pesetas que dio mi abuela (era su cumpleaños y las abuelas hacían esas cosas), hice la mejor inversión de mi vida. Me compré “Made in Japan” de Deep Purple. Unas semanas antes me lo había prestado un compañero de clase y lo que sentí al escuchar “Highway Star” y concretamente el famoso punteo, es difícil de explicar. Así que mi objetivo prioritario a partir de ese día fue hacerme con la discografía completa, de un grupo que ignorante de mí, no sabía que llevaba cinco años fuera de órbita. Cuarenta y cuatro años después de su publicación, sigue siendo uno de mis favoritos y aunque con el tiempo se ha visto relegado en favor de otros, Deep Purple como banda, “Made in Japan” como disco y “Highway Star” como canción, siguen siendo en gran medida los culpables de que me iniciara en la senda del rock».

Deep Purple. «Child in Time»

En 1969 Deep Purple ya era una banda conocida y gozaba de un cierto éxito, sobre todo en EE.UU. Habían grabado tres buenos álbumes, pero con un estilo no muy definido donde se mezclaban temas (tanto propios como versiones) psicodélico-pop con otros más rockeros, incluso progresivos; de hecho, en aquella época estaban etiquetados como banda de rock sinfónico. Los líderes, Jon Lord y Ritchie Blackmore, decidieron dar un giro a su planteamiento musical, tratando de acercarlo a lo que ya estaba haciendo Led Zeppelin. Para ello necesitaban un nuevo bajista y, sobre todo, un nuevo vocalista; ambos fueron encontrados en un grupo llamado Episode Six; Ian Gillan (cantante) y Roger Glover (bajo) se unieron así a los ya mencionados Lord (teclados) y Blackmore (guitarra), y al batería Ian Paice. Estos cinco músicos constituyeron la formación más exitosa que ha tenido Deep Purple, conocida como «Mark II», y una de las más importantes que ha habido en la historia del rock. Blackmore tomó las riendas del siguiente Lp; según cuenta Jordi Bianciotto en su libro Deep Purple. La Saga (Barcelona: Quarentena Ediciones), debió decirle algo así a Jon Lord: «ahora me toca a mí; si esto no funciona me quedaré tocando con orquestas el resto de mis días». El resultado fue «In Rock» (1970), uno de los álbumes que ayudarían a crear un nuevo estilo, el hard rock; mientras que Led Zeppelin contribuyó a este género desde el blues-rock, Deep Purple lo hizo con una propuesta más contundente y rocosa, con menos influencias procedentes del blues y más de la psicodelia y lo progresivo. Un ejemplo de esto último es el tema con el que se cerraba la cara A, «Child in Time», de diez minutos de duración, con alusiones a la Guerra Fría y creado a partir de una improvisación de Lord sobre el tema «Bombay Calling» de los californianos «It’s a Beatiful Day». En esta maravilla de canción destacan los teclados de Lord, el fabuloso solo de guitarra de Blackmore y la prodigiosa voz de Ian Gillan, con una interpretación y un alarde vocal pocas veces superado. Ésta es la versión de estudio, la que formó parte de «In Rock»; sin embargo, existe una que aún considero mejor, la del directo «Made in Japan» (1972), la finalmente elegida para hoy. Ian Gillan versionó esta canción para su primer álbum en solitario («Child in Time», 1976); también lo ha hecho Ritchie Blackmore, bajo el título «Mond Tanz / Child in Time«, en su disco «The Village Lanterne» (2006); incluso Jon Lord la ha tocado en directo, al igual que otros intérpretes como Ingwie Malmsteen.