Si la canción protagonista de la última entrada fue la antibélica “Querida Milagros”, de El Último de la Fila, hoy nos ocupamos de uno de los temas que más me gustan de los Rolling Stones, “Paint it Black” (1966), habitualmente asociado a la Guerra del Vietnam por su inclusión en videojuegos, series y, sobre todo, películas –la más conocida es “La Chaqueta Metálica”, del gran maestro Stanley Kubrick- asociados a este conflicto bélico. Sin embargo la canción no habla de la guerra, sino de dolor y desesperación por la pérdida de alguien querido, donde lo negro simboliza la muerte y se repite de manera obsesiva; al parecer la idea la tomaron de los funerales de la Reina Victoria, cuando se pintaron puertas y rejas de ese color. Fue compuesta por Keith Richards y Mick Jagger, aunque intervinieron en ella todos los miembros del grupo, que aceleraron la canción e introdujeron algunos de sus elementos más característicos, como el hipnótico riff de sitar de Brian Jones y la enérgica batería de Bill Wyman, con esa entrada inolvidable al comienzo de la canción. Existen muchas versiones debidas a grupos de Hard y Metal, como las de W.A.S.P., Anvil, Type O Negative, The Black Dahlia Murder o, incluso, Deep Purple; sin embargo, me he decidido por otra instrumental francamente sorprendente, la debida al ex miembro de la banda de rock progresivo Yes, Rick Wakeman, uno de mis teclistas preferidos. La última tenía que ser para un grupo español; bien podría haber sido la de Los Salvajes o, incluso, la de Medina Azahara, pero ese “Todo negro” de M Clan, grabado en directo (“Sin enchufe”, 2001), creo que aún sigue estando en la memoria de todos.
Johnny Winter. «Johnny B. Goode» / «Jumpin’ Jack Flash» / «Sweet Home Chicago»
“Estoy escuchando en Rock FM ahora mismo que Johnny Winter ha muerto. Vaya palo. Dedícale algo en la guitarra de las musas amigo”. Así se expresaba ayer Salva, cuando me contestaba a un comentario que le había realizado en su blog Mentalparadise. Las entradas de los viernes las suelo dedicar a aquellos estilos que caminan conmigo desde siempre, que han dejado una huella imborrable en mi gusto musical: el rock progresivo, el rock psicodélico, el rock melódico, el hard rock o el género en el que destacó Johnny Winter, el blues-rock, en este caso tal y como lo entendían en los estados americanos del sur. Nacido en 1944, en la ciudad texana de Beaumont, mostró interés por la música desde niño, primero con el clarinete y el ukelele, luego con la guitarra el instrumento que lo encumbró y lo llevó a participar en el Festival de Woodstock (1969). Un año antes había grabado su primer trabajo, “The Progressive Blues Experiment” (1968). Desde entonces no ha dejado de publicar discos y de actuar en directo; de hecho, según he podido leer, la muerte le sobrevino ayer mismo en un hotel de Zurich, donde se alojaba con motivo de la gira que estaba realizando por Europa. Nos ha dejado uno de los pioneros del blues-rock con una manera de entenderlo muy próxima al hard rock, por su actitud en el escenario y por su contundente y aguerrida manera de cantar y tocar la guitarra. Los que ya me váis conociendo sabréis de mi interés por las buenas versiones; hoy os voy a dejar dos superclásicos interpretados por este albino desgarbado que, lamentablemente, ayer nos dejó: Johnny B. Goode, de Chuck Berry, y Jumpin’ Jack Flash, de los Rolling Stones; para finalizar, os enlazo a una entrada anterior de este blog, una increíble “Jam Sessión” a cargo de un grupo de guitarristas de tronío, entre ellos un ya mermado Johnny Winter, haciendo frente al conocidísimo tema de Robert Johnson “Sweet Home Chicago”. Descanse en paz.
Neil Young / Johnny Cash. «Four Strong Winds»
“Four Strong Winds” es una bellísima canción escrita por el compositor y cantante country canadiense Ian Tyson, que fue grabada -por primera vez- por el dúo Ian and Sylvia, integrado por él mismo y su mujer. En 1978 Neil Young la incluyó en su álbum “Comes a Time”, enriqueciéndola y dotándola de matices folk-rock como sólo el genio canadiense sabe hacer. El primer vídeo de hoy está tomado del documental “Heart of Gold” (2006), dirigido por el cineasta Jonathan Demme (Philadelphia, El Silencio de los Corderos, El Mensajero del Miedo, etc.), un acercamiento al cantautor canadiense con ocasión de la presentación del disco “Prairie Wind” en el Ryman Auditorium de Nashville, para la que se rodeó de viejos amigos y colegas, como su propia esposa (Pegi Young), Emmylou Harris o el guitarrista Ben Keith. “Prairie Wind”, uno de los álbumes más emotivos de su carrera, fue concebido y grabado en vísperas de una delicadísima operación de aneurisma cerebral de la que finalmente salió victorioso; tal y como manifestó el propio Young, se trataba de plasmar lo que pasaba por su cabeza y su corazón en aquellos momentos difíciles: la familia, la pérdida de los seres queridos y la necesidad que tenía de contar historias cotidianas como parte fundamental de su vida. La otra versión que os propongo es la del gran Johnny Cash, más pausada y con esa irresistible voz grave y profunda que lo caracteriza. Despues de escuchar a Neil Young y a Johny Cash desisto de incluir una tercera versión, aunque entiendo que a vosotros os puedan gustar otras, algunas debidas a artistas de primerísima fila, como Marianne Faithfull, Judy Collins, Bob Dylan o John Denver, entre otros; al fin y al cabo sobre gustos no debe haber disputas.
Stanley Jordan. «The Sound of Silence» / «Stairway to Heaven»
Casi todos los que amamos el rock no podemos concebir nuestra música sin un buen guitarrista, y cuando nos piden quiénes son nuestros favoritos no dudamos en dar una retahíla de nombres, todos a cuál más rockero. Sin embargo hay otros estilos musicales, como el blues, el jazz o el flamenco, donde campan a sus anchas guitarristas que quitan el hipo. El estadounidense Stanley Jordan es uno de esos genios de las seis cuerdas. Grabó su primer disco («Touch sensitive») en 1982 y pronto se hizo famoso por su singular manera de tocar la guitarra, basada en una técnica conocida como «tapping» que, en líneas generales, consiste en presionar las cuerdas con las dos manos, en lugar de presionar y rasgar; con ello se consigue el efecto de dos guitarras, sonidos similares a los de piano y un irresistible atractivo estético, habida cuenta que las dos manos se sitúan sobre el mástil. Stanley Jordan no es, ni mucho menos, el inventor del «tapping»; otros guitarristas ya lo habían venido utilizando con anterioridad, pero fueron Eddie Van Halen y Stanley Jordan quienes comenzaron a utilizarlo con asiduidad, éste último prácticamente no toca de otra manera. Para muestra un botón, aquí tenéis una versión del clásico de Paul Simon «The Sound of Silence». Si os apetece seguir escuchando algo más de él os recomiendo el segundo video, donde interpreta el conocidísimo tema de Led Zeppelin «Stairway to Heaven», para el que se vale de dos guitarras que ejecuta de manera simultánea.
Concierto de Ian Anderson – Best of Jethro Tull. Madgarden Festival. Madrid, 8-VII-2014
Pocas veces he estado tan emocionado e ilusionado con un concierto de rock como el martes pasado, minutos antes de que diera comienzo el recital de Jethro Tull en el Madgarden Festival de Madrid. Cuando días antes le contaba a un amigo que, por fin, podría ver a Ian Anderson en directo, uno de mis ídolos de juventud y casi de niñez, me dijo: «Va a ser como un examen de conciencia para ti»; y así podría haber sido, si no fuera por lo poco que anidan en mí sentimientos e intimidaciones religiosas como la culpa, el pecado o la redención. En cualquier caso, estos nuevos Jethro Tull me hicieron recordar que los tiempos pasados no son mejores por su excelsitud, en realidad los recordamos, y hasta los idolatramos, porque ya no volverán.
Por si todo esto fuera poco, tenía otro buen motivo para asistir, lo iba a hacer con el amigo Bonustrack, de hecho, fue él quien me proporcionó la entrada y, en definitiva, el que hizo posible mi asistencia al concierto. Lamentablemente, una indisposición de última hora le dejó K.O.; espero que ya estés totalmente recuperado, no dejé de acordarme de ti durante toda la actuación. Un fuerte abrazo.
Hace unos años levantaron un jardín botánico en el antiguo descampado situado entre las facultades de Farmacia y Biológicas, en la Ciudad Universitaria de Madrid, en el mismo sitio donde Felipe González se coronó en aquellas elecciones generales «del cambio», ganadas por el PSOE gracias al voto entusiasta de diez millones de españoles. El martes no estábamos tantos como en aquella víspera de elecciones generales, de hecho ni siquiera estaba el aforo completo. Hace treinta años me hubiera extrañado mucho, hoy día lo veo normal; sobre todo después de haberme percatado, al menos en mi círculo próximo, que Jethro Tull e Ian Anderson son ya unos perfectos desconocidos, principalmente entre menores de treinta años. Como podréis imaginar, la media de edad era bastante elevada; es verdad que también se veía gente joven (en la mayoría de las ocasiones hijos que acompañaban a sus padres), pero lo habitual era ver público por encima de los 45-50 años.
Di una vuelta por el recinto, me tomé una cerveza, traté de ver los discos y libros que se vendían en la pequeña tienda habilitada a tal efecto y, finalmente, tomé asiento. El concierto comenzó con «Living in the Past», finalizó con «Locomotive Breath» y duró, aproximadamente, dos horas y cuarto (incluyendo un descanso de unos veinte minutos). En la primera hora tocaron algunos temas clásicos de la banda y, también, canciones de su último álbum «Homo Erraticus». El plato fuerte se sirvió después del descanso, donde se pudieron escuchar temas míticos como «Thick as a Brick», «Aqualung», «My Good» o «Bourée» (aunque éste no me acuerdo si fue antes del descanso), entre otros.
El sonido lo encontré bien en líneas generales, en raras ocasiones acoplado o distorsionado. Los músicos estuvieron correctos, en su sitio, muy profesionales pero, tal vez, algo fríos, sobre todo los más veteranos. El guitarrista (Florian Ophale) me gustó pero no consiguió transmitir el sonido Jethro Tull, algo que quedó bien claro en el riff de guitarra de Aqualung, vibrante pero muy diferente del original; en este sentido, se echó de menos a Martin Barre, el viejo compañero de batallas de Ian Anderson, que abandonó la formación en 2011.
Respecto a esto del sonido Jethro Tull, me hago eco de unas recientes declaraciones de Ian Anderson: «Jethro Tull soy yo y por eso sigue existiendo». En efecto, yo pude ver y escuchar a este mítico grupo, algo que dudo se pueda conseguir con las, cada vez más habituales, bandas tributo; y ello fue debido, sin duda, al escocés que estuvo, en todo momento, comunicativo, entregado, con nervio y, en algunas ocasiones, hasta inspirado. Para mi gusto los mejores momentos de la noche fueron los tramos acústicos y, sobre todo, todas la intervenciones en las que aparecía la flauta travesera, la verdadera seña de identidad de este grupo, que Anderson sigue tocando como en sus mejores tiempos. Lo peor también estuvo de su lado: la voz. Ya no llega donde alcanzaba antaño y, a menudo, me llegué a agobiar viendo cómo no le salía la voz del cuerpo; para contrarrestar esta circunstancia el grupo cuenta con la presencia de Ryan O’Donnell, un cantante-bufón con un timbre de voz muy parecido al del líder, que lo releva en aquellos tramos totalmente inaccesibles para él. Si quieren seguir actuando en directo durante los próximos años, este será el camino: un nuevo cantante y Anderson a la flauta, el espectáculo ganará en calidad pero ¿seguirá siendo Jethro Tull? Bonustrack, nos vemos en el próximo concierto, ¡no me falles!
