Algún amigo ya me ha regañado por no prestar más atención al blues clásico, un género que me gusta y que, hasta la fecha, apenas cuenta con tres o cuatro entradas, cosa que no ocurre con el blues-rock, bastante mejor tratado en este blog. Primero pensé en los grandes que aún no han pasado por La Guitarra de las Musas (Muddy Waters, John Lee Hooker, Buddy Guy, Robert Johnson -aunque de éste hay una jam session increíble-, etc.) y rápidamente me di cuenta que algunos de sus mejores temas han sido generosamente versionados, por lo que he optado por ir dándoles cabida en algunos miércoles de versiones, donde creo que lucirán mejor. Mientras tanto, hoy quiero traeros una canción de otro grande del blues, tal vez menos conocido: Son Seals. Nacido en Arkansas, a los trece años ya actuaba como batería profesional y poco más tarde como guitarrista. En 1971 se trasladó a Chicago, allí acabó llamando la atención de los productores del mítico sello de blues Alligator Records, donde acabaría grabando casi todos sus discos; incluso tuvo el reconocimiento de la Casa Blanca, que contó con sus servicios en la época en la que Bill Clinton fue presidente de los Estados Unidos. Falleció en 2004, a los sesenta y dos años, víctima de una diabetes que, poco antes, ya le había hecho perder una pierna. Lo cierto es que Son Seals tuvo un tramo final de vida muy agitado y desafortunado; los problemas de movilidad, que no consiguieron expulsarlo de los escenarios, se unieron a los daños que le causó en la mandíbula un disparo de arma de fuego de la que entonces era su esposa y con quien tuvo la friolera de catorce hijos. En 1973 grabó un gran primer álbum, «The Son Seals Blues Band» y, en 1976, el segundo: «Midnight Son», un disco de música negra, donde el R&B y el funk adornan un blues eléctrico, vigoroso y enérgico; esta obra finalizaba con el tema propuesto para hoy, «Going back home», en el que la guitarra y la profunda y poderosa voz de Son Seals rayan a gran altura.
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Skeeter Davis / Vonda Shepard / Imelda May. «The End of the World»
De entre todas las canciones tristes siempre ha habido una que me ha conmovido especialmente, tanto por su preciosa melodía como por su desesperada letra. «The End of the World» fue escrita por Arthur Kent y Sylvia Dee, e interpretada por primera vez por la cantante country Skeeter Davis en 1962, un año después se incluyó en el álbum «Skeeter Davis sings the End of the World». Tan sólo dura dos minutos y medio, tiempo suficiente para transmitirnos la sensación de incredulidad, angustia y desesperación que se apodera de quien ha perdido a un ser querido o ha sido abandonado por un gran amor: «¿Por qué el sol sigue brillando? ¿Por qué el mar corre a la orilla?¿No saben que es el fin del Mundo porque tu ya no me quieres? ¿Por qué los pájaros siguen cantando? ¿Por qué las estrellas brillan arriba? ¿No saben que es el fin del Mundo? Acabó cuando perdí tu amor. Me despierto por la mañana y me pregunto ¿por qué todo es igual a como era antes? No puedo entender, no, yo no puedo entender cómo avanza la vida de la manera en que lo hace ¿Por qué mi corazón sigue latiendo? ¿Por qué mis ojos lloran? ¿No saben que es el fin del Mundo? Terminó cuando dijiste adiós». El final del tema ha llegado a ser interpretado como un planteamiento de suicidio, no en vano esta canción ha sido utilizada como recurso cinematográfico en películas donde se aborda esta temática, como «Inocencia interrumpida» (1999). Al parecer, «The End of the World» se inspiró en los sentimientos que se apoderaron de Sylvia Dee, una de las compositoras, tras la muerte de su padre. Además de la versión original de Skeeter Davis, propongo la de la cantante y pianista estadounidense Vonda Shepard -conocida por su participación en la serie Ally McBeal- y la de la rockera irlandesa Imelda May -otro día le dedicaré una entrada a ella sola-. No obstante, existen muchas versiones, como las de The Carpenters, Bobby Vinton, Dottie West, Julie London, Brenda Lee, incluso la televisiva Susan Boyle. Podéis añadir aquella que os guste más o que os parezca interesante y, por supuesto, os animo a que me digáis cuál es vuestra canción triste preferida.
Medina Azahara. «Paseando por la Mezquita»
Cuando se es joven se vive deprisa, se acumulan experiencias a ritmo vertiginoso, se conoce a mucha gente y, a menudo, se hacen grandes amigos que, por la propia vorágine de la juventud, desaparecen a la misma velocidad que entraron en tu vida. El otro día comentaba Salva, en su blog «Mentalparadise», que había vuelto a contactar con los compañeros y amigos de su viejo grupo de rock; experimenté una sensación de envidia sana y me dio por recordar a todos esos amigos que, por arrogancia, malas decisiones o, simplemente, por dejadez, he ido dejando por el camino. Con dieciocho o diecinueve años tuve la suerte de conocer las maravillosas playas de Menorca gracias a un campamento organizado por una junta de distrito del Ayuntamiento de Madrid; de allí salió un bonito grupo de amigos que continuamos nuestra relación en Madrid y en la casa que uno de ellos tenía en el pueblecito serrano de El Pimpollar. Recuerdo aquellas conversaciones que tan pronto querían cambiar el Mundo como debatir en torno a la idoneidad de Madonna como «tía buenorra», las productivas jornadas nizcaleras, las acampadas a plena lluvia, los intentos por tocar la canción de los Mosqueperros al piano y, por supuesto, las tardes de futbolín al ritmo de Medina Azahara. Y «Paseando por la Mezquita» era nuestra canción, nuestra seña tribal de identidad. Sabíamos que pertenecía al primer disco de este grupo cordobés, publicado en 1979 con el mismo título que daba nombre a la banda, y que su estilo era una mezcla entre el hard rock y el progresivo andaluz, pero con un cantante más agresivo que Jesús de la Rosa y un guitarrista que le daba al grupo fuerza y personalidad. Continúan en activo y tienen en su haber un buen número de trabajos, sin embargo yo siempre me quedaré con ese primer álbum, en el que se incluyó «Paseando por la Mezquita». Recientemente he sabido, gracias a otro bloguero amigo (Fran, de «From Hell«), de un grupo malagueño actual, Alhándal, que ha realizado una versión de esta canción. Aquí os la dejo y, también, la versión que hizo Medina Azahara de «Todo tiene su fin«, de los míticos Módulos. Especialmente dedicado a Estela, Pepe, Carolina, MariMar, Larry y a todos los amigos de aquel final de verano en Menorca.
The Moody Blues. «Nights in White Satin»
Al rock progresivo también se le suele llamar rock sinfónico, de hecho las primeras manifestaciones de este estilo musical estaban repletas de orquestaciones y elementos característicos de la música clásica, aportaciones que, a medida que avanzamos en la década de los setenta, van difuminándose en beneficio de la experimentalidad, los nuevos sonidos y la calidad instrumental. No obstante, estas influencias procedentes de la música culta no llegaron a perderse y, ya en los años ochenta, hubo todo un movimiento de acercamiento a lo clásico, tanto desde el progresivo como desde el heavy metal (véase, sin ir más lejos, la entrada del viernes pasado, en la que me ocupaba de Yngwie Malmsteem). Quizás por deformación profesional, siempre me resisto a afirmar con rotundidad en todo lo relativo a lo que podría considerarse como la primera manifestación de algo; en este sentido, es difícil saber cuando un tema psicodélico deja de serlo para convertirse en sinfónico. Algunos expertos musicales suelen datar este fenómeno en el año 1967, cuando aparece el tema de Procol Harum «A Whiter Shade of Pale» y, sobre todo, el segundo trabajo de la banda británica The Moody Blues, titulado «Days of Future Passed», un álbum clave en la historia de la música rock. Esta banda se formó en Birmingham, durante 1964, y debutó con un primer disco («Go Now!», 1965) al estilo pop de la época; tras este trabajo entran en el grupo Justin Hayward (guitarra y voz) y John Lodge (bajo), y graban el mencionado «Days of Future Passed», un álbum conceptual en el que se relata el transcurrir de un día desde el alba hasta la noche. Además de los instrumentos habituales del grupo, también intervino la London Festival Orchesta, dirigida por Peter Knight, no como un simple acompañamiento sino como una parte más del discurso musical. De esta manera, convirtieron el encargo de la casa discográfica de hacer una versión rock de la sinfonía «El Nuevo Mundo» de Dvorak, en una obra totalmente diferente, con personalidad propia que, probablemente, se convirtió en la obra seminal de un nuevo estilo musical: el rock sinfónico. Aquí dejo el disco entero para quien esté interesado, para el resto su tema más conocido, con el que se cerraba el día: «Nights in White Satin», una balada romántica imprescindible en cualquier recopilación que se precie.
Wilson Pickett / Tina Turner / Ted Nugent. «Land of a thousand dances»
Siempre me ha sorprendido la memoria que tienen los cantantes, capaces de hacer frente a una actuación en directo con veinte o treinta temas sin olvidar la letra. Por supuesto que a veces se equivocan, aunque en muchas ocasiones ni nos damos cuenta; en algún caso -no muy frecuente- se bloquean y enmudecen; otras veces salen del paso con soltura y maestría. La historia de la canción «Land of a thousand dances» va indisolublemente ligada a un genial fallo de memoria. Inspirada en un viejo gospel, titulado «Children go where I send», fue compuesta, hacia 1962, por Chris Kenner con el propósito de sumarse a la moda de los ritmos bailables que surgieron al compás del twist y el rock & roll. Con el ánimo de hacerla más popular, Kenner presentó la canción a Fats Domino y éste consintió en grabarla con la condición de recibir la mitad de los derechos que se generaran y la co-autoría del tema. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de Kenner, la canción tuvo más éxito en boca de su autor que de Fats Domino. En 1965 Frankie García, cantante del grupo Cannibal and the Headhunters, se olvidó de la letra en una de sus actuaciones, sustituyéndola por un pegadizo tarareo («Na, na, na, na, na, na, na, na, na») que hizo las delicias del público. A partir de entonces, creo que todas las versiones que se han hecho de «Land of a thousand dances» han incluido este ingenioso recurso, con la consiguiente modificación de la letra original. He ido dejando enlaces a las primeras versiones de Chris Kenner y de Cannibal and the Headhunters, pero quien realmente hizo popular la canción fue Wilson Pickett, a quien dedicamos el primer vídeo de hoy; la segunda versión elegida es la de Tina Turner (un monográfico sobre esta artista ha sido publicado en «We are Rock«); y la tercera, la del guitarrista estadounidense Ted Nugent. Por supuesto, existen otras, como las de Bill Haley & His Comets, Little Richard, The Kingsmen, Roy Orbison o Patti Smith.