Los finales felices acaban en boda, al menos eso es lo que nos cuentan en las películas románticas y lo recogido en los manuales cristianos de buenas costumbres. Cuando escucho «Sister Golden Hair», y trato de interesarme por su letra, veo una canción de amor, un grito desesperado de un hombre que ama pero no desea casarse, alguien que trata de diferenciar el amor del matrimonio y de resistirse a lo inevitable. Sin embargo, estoy casi seguro que algunos pensaréis que lo que narra esta canción es un caso más de inmadurez y falta de compromiso. Dos diferentes puntos de vista que, a día de hoy, aún lucen con plena vigencia y que, en los años setenta, cuando se escribió esta melodía, ya tenían sus defensores y detractores. «Sister Golden Hair» es un tema de la banda «America», formada en Londres, durante 1970, por dos hijos de militares estadounidenses destinados en Reino Unido (Gerry Beckley y Dan Peek), a quienes se unió el británico Dewey Bunnell; en 1972 ya estaban instalados en Sausalito (California), donde grabaron su primer álbum -titulado igual que el grupo-, en el que destacó el tema «A Horse With No Name«, del que tal vez nos ocupemos en otra ocasión. Los tres cantaban y tocaban la guitarra; eso hizo que su estilo, entre el folk-rock, el country y el pop-rock, se situara en la órbita de lo propuesto por Crosby, Still & Nash, es decir, predominio de las armonías vocales, las guitarras acústicas y las letras. En 1975 editaron su quinto trabajo de estudio («Hearts«), un interesante álbum de folk-rock con bonitas canciones como «Daisy Jane«, «Bell Tree«, «Old Virginia» o la protagonista de esta entrada, cuyo título estuvo al parecer inspirado en las madres de los integrantes de la banda, las tres rubias. Fue compuesta por Gerry Beckley, tal y como él mismo ha reconocido, tomando como fuente de inspiración «My Sweet Lord«, de George Harrison, algo que se aprecia muy bien al comienzo de la canción, con ese riff que recuerda al del ex-Beatle, muy bien secundado por las guitarras acústicas de doce cuerdas características de esta formación. En cuanto a la letra, Beckley tampoco ha ocultado que está muy influenciada por las composiciones de Jackson Browne, cantautor por el que sentía una gran admiración; incluso hay quien opina que la letra de esta canción también se parece a la conocida «Without You«, de Badfinger. Aquí os dejo una actuación de 1975, para que los podáis ver en directo; y, finalmente, una versión del grupo español Guaraná, titulada «En el medio del camino«.
Autor: Raúl
Albert King / John Mayall & the Bluesbreakers / Gary Moore. «Oh, Pretty Woman»
No es la primera vez que hablamos del álbum «Born under a bad sign» (1967), del guitarrista Albert King, uno de los discos de blues más conocidos e influyentes de esta época. Ya lo hicimos a propósito del tema homónimo, escrito por William Bell Y Booker T. Jones, con interesantes versiones como las de Big Mama Thorton o Cream. Este Lp está lleno de buenas canciones: «The Hunter», «Crosscut saw» o la protagonista de hoy, «Oh, Pretty Woman» (no confundir con la famosa melodía de Roy Orbison). Fue compuesta por el músico y escritor de canciones Andrew (A.C.) «Moohah» Williams e incorporada, como cuarta canción de la cara A, a este trabajo perteneciente al catálogo de la discográfica Stax Records, el primero de Albert King con esta compañía. Apenas unos días después de publicarse este álbum, salió al mercado «Crusade«, el tercer Lp de estudio de la banda de british blues John Mayall & the Bluesbreakers, un excelente trabajo de blues-rock que, producido por Mike Vernon, contó con un plantel de músicos realmente sensacional: Keef Hartley, Chris Mercer, un jovencísimo Mick Taylor y prácticamente los primeros Fleetwood Mac al completo (John McVie, Peter Green y Mick Fleetwood). Existen más versiones de «Oh, Pretty Woman», como las de Steve Crooper, Junior Wells, The Kenny Wayne Sheperd Band, McKenna Mendelson Mainline o dos que a mí me parecen especialmente buenas, las interpretadas por Savoy Brown Blues Band y Joe Bonamassa, respectivamente. Sin embargo, no podía terminar esta entrada sin proponer, como tercera opción de hoy, la versión de Gary Moore, con el propio Albert King como invitado especial; fue incluida en su álbum «Still Got the Blues» (1990), con el que el guitarrista norirlandés inició una nueva etapa en su carrera, desde el hard rock y el heavy metal de sus primeros trabajos al blues-rock; y lo hizo a lo grande, con un gran disco en el que trabajaron músicos tan destacados como Nicky Hopkins, George Harrison, Bob Daisley, Don Airey, Albert Collins o, el ya mencionado, Albert King. La balada homónima fue la canción más conocida y reconocible de este álbum, pero está plagado de buenos temas, algunos compuestos por Gary Moore, otros debidos a autores como A.C. Williams, Jimmy Rogers o Deadric Robey. Si nunca habíais escuchado «Oh, Pretty Woman», ahora podéis hacerlo en cualquiera de las versiones propuestas; si os apetece seguir escuchando blues, hoy tenéis a vuestra disposición tres discos de lo mejorcito de este género: «Born under a bad sign«, «Crusade» y «Still Got the Blues«.
Joan Báez. «Donna, Donna»
Joan Chandos Báez, conocida con el nombre artístico de Joan Báez, nació en Staten Island (Nueva York), el 9 de enero de 1941. Su madre, hija de un sacerdote anglicano, nació en Edimburgo (Escocia) y su padre en México, aunque creció en Brooklyn (Nueva York), lugar donde su padre ejercía como pastor metodista. Joan se crió en un ambiente religioso, humanista y antibelicista que, sin duda, influyó en su carrera como compositora, cantante y activista en favor de la justicia, la paz y la defensa de las causas sociales; de hecho, su padre, el científico Albert Vinicio Báez, declinó en alguna ocasión la posibilidad de incorporarse como investigador al lucrativo negocio de la industria armamentística. Los primeros contactos de Joan Báez con la música, siendo niña, fueron a través de un ukelele con el que aprendió a tocar las canciones que sonaban en la radio; decidió dedicarse al folk cuando, con trece años, acudió a un concierto de Pete Seeger, una experiencia que nunca olvidaría. Se dio a conocer en el Festival de Folk de Newport (Rhode Island), en 1959, donde cantó un par de temas haciendo dúo con Bob Gibson; gracias a esta actuación consiguió un contrato con Vanguard Records, discográfica con la que grabó al menos una docena de álbumes. El primero se tituló «Joan Baez» (1960); se trata de un trabajo de folk compuesto por trece canciones populares arregladas por Joan e interpretadas con la única ayuda de su guitarra y, en algunos temas, la de Fred Hellerman, en la que destacan cortes como «Silver Dagger«, «East Virginia«, «House of The Rising Sun» (versión anterior a la muy conocida de los Animals), «El Preso Número Nueve» (cantada en español) o «Donna, Donna», el tema protagonista de hoy. Compuesto en yidis, a comienzo de los cuarenta, por Sholom Secunda y Aaaron Zeitlin para una obra de teatro, adquirió gran repercusión con la traducción al inglés de Arthur Kevess y Teddi Schwartz, y la interpretación de Joan Báez, que modificó el título original de «Dana, Dana» por el de «Donna, Donna», con el que, desde entonces, se conoce a esta canción, una de las imprescindibles en los movimientos estudiantiles de los años sesenta debido a su metafórica letra, en la que se cuenta la historia de un ternero atado camino del matadero y una golondrina que revoloteaba en el cielo libre y orgullosa. Se han realizado varias versiones, en inglés, francés, hebreo y, probablemente, algún otro idioma; de entre todas ellas me gustaría destacar la de Donovan, publicada en su primer álbum: «What’s Bin Did and What’s Bin Hid».
Labanda. «Sueños diabólicos»
El folk-rock celta tiene bastante aceptación en España; bandas como Mago de Oz o Celtas Cortos tuvieron momentos de gloria y hoy día siguen teniendo su público. Los pioneros tal vez fueron los franceses Gwendal, que ya han tenido cabida en este blog a propósito del tema «Irish Jig«; a pesar de su nacionalidad, fueron más conocidos aquí que en su país de origen y, sin duda, influyeron en los grupos que acabo de mencionar y en otro aún más próximo a su estilo. Me estoy refiriendo, en concreto, a los madrileños Labanda, una formación creada en 1979 en torno a los hermanos Silva -Luis (mandolina y buzuki) y José María (bajo)- y del que también formaron parte Joaquín Blanco (gaita), Pedro Guerrero (guitarra acústica), Carlos de Yebra (batería), Josué Vea (guitarra eléctrica), Álvaro Domínguez (violín) y otros músicos, generalmente procedentes de bandas españolas muy interesantes, como Leo Vignola (ex-Trilogía), Jean François Andrè (ex-Ñu), Jorge «Flaco» Barral (ex-Azahar), Manolo Jiménez (ex-Crack), Terry Barrios (ex-Topo), Rafa de Guillermo (ex-Orquesta Mondragón) o Begoña Larrañaga (ex-Franklin), entre otros. La etapa más genuina de Labanda es la primera, cuando grabaron los álbumes «Labanda» (1979) y «Fiesta Campestre» (1981), disco en el que intervino Rosendo Mercado como invitado. Ya sin los hermanos Silva, volvieron a reunirse en 1986, bajo el liderazgo de Leo Vignola, para grabar algún disco más durante los años ochenta y noventa. Quizá otro día volvamos a escuchar algún tema de su excelente «Fiesta Campestre», mientras tanto para esta ocasión os propongo el tema «Sueños Diabólicos», incluido en su primer Lp -totalmente instrumental-, probablemente su canción más conocida y de las más representativas de su estilo; está basada en una melodía tradicional, aunque en la SGAE figuran como autores Joaquín Blanco, Luis Silva, José María Silva, Pedro Manuel Guerrero y Miguel Ángel Campos. A continuación, en sus enlaces correspondientes, también os dejo todos los temas que he podido encontrar de este disco en youtube, en concreto «Danza de entrezado«, «Escalera de Caracol«, «El Duendecillo Tirado«, «Gallego en Puerto Rico» -donde les podemos ver en directo-, «El Valle» -también en vivo-, «Abridme Galanica» y «Pavananchel«. Mago de Oz hizo su versión de «Sueños Diabólicos» (aquí la podéis escuchar), con homenaje incluido a Deep Purple al final del tema; seguro que los purplemaniacos sabrán identificarlo.
Premiata Forneria Marconi. «La Carroza di Hans»
Reino Unido fue, durante los años setenta, el país que acaparó el mayor protagonismo en el desarrollo del rock progresivo; sin embargo, en la entrada dedicada al grupo Banco del Mutuo Soccorso ya os comentaba que la escena italiana fue importantísima para la consolidación de este estilo y, lo que es más importante, para dotarle de nuevos elementos característicos de la cultura italiana, como la tradición melódica, la ópera o el empleo de instrumentos sinfónicos. De todas las bandas italianas que cultivaron este género, tal vez Premiata Forneria Marconi (PFM) fue la más conocida y la que alcanzó un mayor éxito, incluso fuera de Italia; compartieron escenario -la mayoría de las veces como teloneros- con bandas como Yes, Deep Purple, Procol Harum, Ten Years After, Santana o los Beach Boys. Aunque el año de constitución fue 1970, algunos de sus integrantes ya habían formado previamente otra banda, I Quelli, que sería el germen de PFM, nombre que proviene de la panadería Forneria Marconi en cuyo sótano ensayaban, muy cerca de un documento de principios del siglo XX, que colgaba de la pared, con el que se recordaba un premio obtenido por dicho establecimiento. Su primer álbum se tituló «Storia di un minuto» (1972), un trabajo de poco más de media hora en el que se incluyeron siete cortes, prácticamente todos compuestos por Franco Mussida (guitarras, mandolina) y Mauro Pagani (flauta, violín); a la batería estaba Franz di Cioccio, al bajo Giorgio Piazza y a los teclados -piano, Moog y mellotron- Flavio Premoli. «Storia di un minuto» es uno de los álbumes clásicos del rock sinfónico italiano, muy representativo del barroquismo instrumental de estos grupos, en cuyas composiciones casi siempre se escuchan con nitidez los instrumentos, eso sí superpuestos unos sobre otros de manera armoniosa y delicada. Bien podría haber elegido las dos partes del tema «Dove … Quando«, una de las composiciones más valoradas de PFM, sin embargo finalmente me he inclinado por «La Carroza di Hans», su primer single, por su riqueza melódica e instrumental y porque me parece un ejemplo de concisión y brevedad en un estilo, como el progresivo, tan dado a los excesos de minutaje. Dura 6:45 minutos, pero su estructura es la de una suite de 20 minutos: la canción comienza con un recitado y una potente guitarra, casi en tono hardrockero, pronto toma el relevo el violín, que da paso una bonita parte cantada entremezclada con la flauta; en el minuto 2:22 entra una evocadora y bella guitarra acústica que nos acompaña hasta aproximadamente el minuto 5, momento en el que entran el resto de instrumentos de manera desbocada, para finalizar con un logrado fragmento de mellotron.