Casi todos lo que amamos la música tenemos nuestras filias y nuestra fobias, géneros y artistas que nos apasionan y otros que evitamos a las primeras de cambio. Pero también es verdad que somos capaces de reconocer la calidad, las cosas bien hechas y respetamos enormemente el trabajo de los grandes, de aquellos que están fuera de categoría, como esos enormes puertos de montaña que aparecen en el Tour de Francia. Jimi Hendrix, Bob Dylan, Van Morrison, Sting, Tom Waits, Ian Anderson, Eric Clapton, Mark Knopfler, Neil Young o Paco de Lucía, por mencionar algunos de mis preferidos, pueden gustar más o menos pero lo cierto es que tienen un talento único. Desde mi punto de vista, a Peter Gabriel también habría que incluirlo en este selecto grupo; con él Génesis publicó cinco discos excepcionales (“Trespass”, “Nursery Cryme”, “Foxtrox”, “Selling England by the Pound” y «The Lamb Lies Down on Broadway»), cinco obras maestras del rock progresivo, y cuando abandonó esta formación, allá por 1975, se embarcó en una brillante y valiente travesía en solitario llena de nuevos sonidos y de planteamientos arriesgados, construidos a partir del pop, del rock y de melodías étnicas. Gabriel es, ante todo, un innovador capaz de experimentar con recursos altamente tecnificados, de sorprender con nuevos patrones melódicos y rítmicos, de proponer una “Música del Mundo” plagada de alusiones humanitarias y de compromiso social. Sus primeros discos en solitario se llamaron todos “Peter Gabriel” (I, II, III y IV), de aquella etapa me quedo con el que hacía el número III, habitualmente conocido como el “El derretido”, en alusión a la imagen de la portada. En 1986 publicó su quinto álbum, titulado “So” (los siguientes se llamaron “Us” y “Up”), una obra maestra, una magistral lección de cómo se puede elaborar un producto de calidad, innovador, étnico y, a la vez, sumamente comercial. “So” está lleno de buenos temas, como “Red Rain”, “Sledgehammer” y, por supuesto, “Don’t give up”, una preciosa balada cantada a dos voces en la que un desesperado perdedor es cariñosamente consolado y animado por alguien que lo quiere por encima de cualquier derrota o circunstancia adversa; la voz de Kate Bush es como una caricia, como un susurro optimista y tranquilizador: “No te rindas, tienes amigos. No te rindas, aún no estás derrotado. No te rindas, sé que puedes hacerlo bien (…) No te rindas, porque creo que existe un lugar … existe un lugar al que nosotros pertenecemos”.
Rulo y la Contrabanda. «A punto de colapsar»
Hoy cumple años alguien muy querido para mí y eso es motivo más que suficiente para hacer una excepción en los usos y costumbres de este blog, ayer no hubo entrada, más que nada para no restar protagonismo a la de hoy. No vayáis a pensar que me voy a arrancar con una poesía, ¡ya me gustaría!, lamentablemente no tengo talento para ello. Así que he optado por buscar ayuda en las historias que nos proporciona la música. Como en gustos musicales soy bastante ecléctico, no tengo problemas para adaptarme a las preferencias de las personas a las que quiero; de hecho, cuando viajamos en coche escuchamos algunos discos variados de esos que nos pueden gustar a los dos, entre ellos los de pop y pop-rock en español, de artistas como Los Secretos, Joaquín Sabina, El Último de la Fila, La Guardia, Loquillo y los Trogloditas, Bunbury o Los Rodríguez. El otro día me di cuenta que en ninguno de estos recopilatorios está mi tocayo Rulo (Raúl Gutiérrez Ánderez), el que fuera líder del grupo de rock La Fuga y, posteriormente, de Rulo y la Contrabanda. Éstos últimos tienen dos discos de estudio: «Señales de humo» (2010) y «Especies en extinción» (2012), donde se incluye «A punto de colapsar», un tema creo que muy de tu gusto: rockero sin estridencias y con una melodía sabrosona al estilo de Los Rodríguez. Hubiese querido escribir esta letra aunque no creo que Rulo se enfade conmigo si se la pido prestada: «Fijo que si te desnudas se acerca el cielo y se quedan cortos todos los adjetivos. Todos los dioses quisieron rozar tu pelo y les distes calabazas por ir conmigo. Y volamos a La Habana, navegamos a Estambul, mis ojos no vieron ojos como los que tienes tú (…) Y nos perdimos en Brooklyn, en Amsterdam te hice un blues. Sólo me gusta estar lejos si a mi vera vienes tú (…) Tengo miedo de perder aunque llegué primero, ahí afuera el mundo está muy feo a punto de colapsar. Mi objetivo es coleccionar años contigo, seguiré burlando este destino que nos quiso despegar». ¡Feliz cumpleaños, Eugenia! Como dice mi tocayo Rulo, mi objetivo no puede ser otro que el de coleccionar años contigo.
Paco de Lucía. «Entre dos aguas»
Hoy hace un año Paco de Lucía fallecía en la ciudad mexicana de Playa del Carmen, a consecuencia de un infarto cardiaco. En mi opinión, ha sido el artista musical más importante que ha dado nuestro país, al menos en los últimos tiempos. Revolucionó el flamenco, lo fusionó con otros estilos (jazz, bossa nova, ritmos latinoamericanos, rumba, música clásica, etc.), dotó a la guitarra de un protagonismo hasta entonces reservado a los cantaores y colaboró con lo más granado del flamenco (Fosforito, El Lebrijano, Camarón de la Isla, Manolo Sanlúcar o Tomatito), del jazz (Al Dimeola, John McLaughlin, Larry Coryell, Pedro Iturralde, Chick Corea, Jorge Pardo o Carles Benavent) o del rock latino (Santana). Por no hablar de su impresionante manera de tocar la guitarra; era rápido como el que más, su técnica era depurada como la de un guitarrista de música clásica y su colección de recursos, giros y genialidades siempre me dejan impresionado. Lástima que fuera español, si hubiera nacido en Inglaterra o Estados Unidos no dudaríamos en situarlo en el Olimpo de los guitarristas, junto al mismísimo Jimi Hendrix. En 1973 publica «Fuente y Caudal», un disco de flamenco que comenzaba con la rumba titulada «Entre dos aguas»; el tema fue inicialmente compuesto por Paco de Lucía con el objetivo de completar o rellenar el álbum, aunque acabó catapultándolo a la fama. Esta canción marca un antes y un después en la música tradicional española, es el nexo de unión entre el flamenco ortodoxo y el nuevo flamenco y todo gracias a la visionaria inclusión de elementos (rumba, pop, estribillo pegadizo y ritmo fácil) que invaden, estimulan, vigorizan y renuevan este estilo. La canción se grabó con pocos instrumentos: bajo, que aporta solidez, un timbre eléctrico novedoso en el flamenco y una sensualidad que engancha desde la primera escucha; bongó, como sustitutivo de las palmas, que da a la canción un aire más latino; y, por supuesto, las guitarras de Ramón de Algeciras y Paco de Lucía, ésta última llena de recursos expresivos. El conjunto era algo bien novedoso: flamenco grabado de manera improvisada, como si fuera una pieza de jazz, pero con aire latinoamericano y a ritmo de rumba; aquí podéis ver un pequeño vídeo en el que Paco de Lucía cuenta cómo compuso esta canción. Ésta es la grabación original, sin embargo él cada vez la tocaba de una manera diferente, engrandeciendo así la leyenda; os voy a dejar dos de sus versiones en directo, mientras que la última es un tema de Al Dimeola interpretado por Larry Coryell y Paco de Lucía: «Mediterranean Sundance», donde se entremezclan algunos fragmentos de «Entre dos aguas».
Gualberto. «Tarantos (para Jimi Hendrix)»
Gualberto es uno de los genios más brillantes que ha dado el rock patrio, sin embargo es poco conocido, tal vez algo más por los aficionados al rock progresivo. Nació en Sevilla y fue uno de los principales pioneros del rock andaluz, mucho antes de que fuera popularizado por grupos como Triana. Junto con Julio Matito, fundó el mítico grupo Smash en 1968, un arriesgado experimento en el que convivieron el rock psicodélico, el rock progresivo, el blues-rock y el flamenco; un ejemplo del derroche creativo de esta banda fue su tema titulado «El Garrotín«, tal vez el más exitoso en la trayectoria de esta formación. Tras su disolución, Gualberto viajó a Estados Unidos donde adquirió formación musical, contactó con diferentes músicos, asistió al Festival de Woodstock y casi llegó a tocar con Jefferson Airplane. Ya en España, firmó dos excelentes trabajos: «A la vida / Al dolor» (1974) y «Vericuetos» (1976), el primero más psicodélico y el segundo más progresivo, dos obras geniales plenas de atrevimiento y experimentalidad; os dejo estas palabras suyas, para que valoréis su irreprimible capacidad creativa: «En la época de Vericuetos mandé quitar el mástil de una Fender Stratocaster y poner el de mi guitarra flamenca, una Alhambra, con clavijas de palo y cuerdas de nailon para eléctrica. De este modo, podía arpegiar y tocar con los dedos usando las técnicas del flamenco, pero con un sonido eléctrico. Me ponía la púa en la boca y podía hacer rasgueos fuertes» (tomado del libro de Salvador Domínguez. Los Hijos del Rock. Los Grupos Hispanos 1975-1989. Madrid: SGAE, 2004; pág. 60). El tema que he seleccionado es «Tarantos (para Jimi Hendrix)», una pieza instrumental contenida en el primero de los discos comentados. En este álbum intervinieron dos cantantes, uno lo hacía en inglés (Todd Porcell) y el otro en español (el cantaor Enrique Morente). No os perdáis este homenaje a Jimi Hendrix, ejecutado con guitarra española, violín, palmas y la expresiva guitarra eléctrica de Gualberto (alucinante a partir del minuto dos). Su legado es variado y extenso: ha sido arreglista, productor y asesor musical, compositor y músico de piezas clásicas y de flamenco, pionero de la informática musical que utilizó en la grabación de piezas para cine y televisión, buen conocedor de diversos instrumentos (guitarras, sitar, sarod, dilruba, etc.) y aún hoy sigue en activo, siempre en proyectos variopintos y rodeado de los mejores talentos. Si queréis saber más sobre este músico, aquí os dejo una interesante entrevista realizada en el año 2006.
Barclay James Harvest. «Mockingbird»
A finales de los setenta no existía internet y apenas había libros interesantes sobre música rock, por lo que nos las teníamos que apañar con otras fuentes de conocimiento. Una posibilidad era tu grupo de amigos, sobre todo si había alguno con hermanos mayores que pudiera asesorar; otra opción eran ciertos programas de televisión, como «Popgrama. Revista de rock & rollo» (1977-1981) o «Musical Express» (1980-1983); la tercera posible vía de sabiduría venía de la mano de las revistas especializadas, como «Vibraciones», donde supe de la existencia de un grupo británico de rock sinfónico conocido como Barclay James Harvest, nombre elegido tras escoger tres palabras al azar. Comenzaron a tocar en 1967 y se disolvieron en 1997, en realidad se separaron en dos grupos con nombres muy parecidos. No publicaron su primer disco, homónimo, hasta 1970, un trabajo pop con arreglos sinfónicos al estilo Moody Blues, de hecho a este grupo a menudo se le ha comparado con ellos, principalmente en su primera etapa con el sello discográfico Harvest, donde publicaron cuatro álbumes de estudio en los que se utilizó, de manera habitual, una orquesta sinfónica. Tras estos discos con Harvest fichan por Polydor, y comienza así una nueva época sin apenas arreglos orquestales, con un sonido más eléctrico y con fuerte presencia del mellotron, al igual que hicieran otros grupos de rock progresivo coetáneos. A esta época pertenecen sus trabajos tal vez más conocidos, ambos muy buenos: «Time Honoured Ghosts» (1975) y «Octoberon» (1976). El tema que traigo hoy pertenece a su excelente segundo Lp, «Once again» (1971) y, por lo tanto, a su etapa sinfónico-orquestal; es el corte número 5 y se titula «Mockingbird». Probablemente sea su tema más conocido, el que nunca falta en sus conciertos (aquí puede verse una versión en directo y sin orquesta); en poco más de seis minutos y medio, este grupo nos deleita con una pieza épica que comienza con una parte melódica protagonizada por voz y teclados, un poco antes del minuto 2 entra la orquesta sinfónica, perfectamente ajustada con los instrumentos eléctricos, en un crescendo que tiene su clímax a partir del minuto 4 con la entrada de la guitarra; hacia el minuto 5 y medio el tema comienza a suavizarse, otra vez con la inestimable ayuda de la orquesta, hasta que finalmente se consume.