Cuando se tienen catorce años es como si la vida comenzara de nuevo, como si los años anteriores sólo hubiesen sido el peloteo previo a un partido de tenis; la transformación física es como la mutación de cualquier héroe Marvel, mientras que el cerebro va más rápido, más lúcido, como si le hubieran formateado y aumentado el procesador y la memoria RAM. Tal vez por eso, los adolescentes no pueden entender cómo los adultos son tan tontos, tan limitados, cómo son incapaces de ver la vida con la clarividencia que ellos la ven; tal vez esa sea la razón por la que la comunicación con ellos es tan difícil, están convencidos de que no estamos a su nivel. Vidal nos recuerda hoy aquellos años de su adolescencia; quizás por ello, aunque sea de manera inconsciente, no ha querido dedicar la canción a una persona en concreto, más bien al decorado de su temprana juventud, a aquellos elementos que estimularon sus sentidos cuando apenas contaba con catorce años de edad.
«El segundo disco se lo dedico a la radio, las jukebox, sinfonolas o maquinas de discos, las pistas de autos de choque, los recreativos de Nico …
Recuerdo que tenía 14 años y, a mis hermanos y a mí, mis padres nos habían apuntado a un campamento en el verano de 1980. Cuando aquel viejo autobús empezó su marcha, comenzó a sonar esta canción y a mí se me metió dentro y comencé a tararear esos acordes mientras «The last bus of holiday camp» nos llevaba al mundo de la adolescencia, las chicas, el tabaco, los primeros besos, los cubatillas …»
Es evidente que el disco, como formato, no tiene hoy en día la importancia que llegó a tener durante las décadas de los setenta y los ochenta; a pesar de lo que nos quieran hacer creer, esta situación perjudica más a la industria discográfica que a los propios artistas, al menos a los más modestos. De hecho, ante la imposibilidad de seguir publicando álbumes al modo tradicional, estos músicos han recuperado su independencia y capacidad de maniobra, y proponen a su público un nuevo modelo basado en la difusión a través de internet, la autoedición, la economía colaborativa (crowdfunding) y una mayor presencia en los escenarios. Las grandes figuras, al igual que las discográficas, pierden con este nuevo orden; sin embargo, los artistas menos célebres tienen más opciones de darse a conocer de las que tuvieron la mayor parte de grupos de los setenta y los ochenta, que nunca llegaron a triunfar debido a las rigideces y los intereses de quienes hacían y deshacían a su antojo en el mundo de la música. Hoy os quiero hablar de Ashbury, una de aquellas bandas que nunca recibieron el apoyo que merecían, y que se vieron abocadas a su desaparición con apenas uno o dos discos en su haber. Esta formación estadounidense se creo en 1980; consiguieron publican un disco, «Endless Skies» (1983), con la siguiente formación: Rob Davies (voz), Randy Davis (bajo, guitarra, sintetizadores y voces), Jerry Van Dielen (piano), John Watts (percusiones), Johnnie Ray (percusiones) y Tony Allmendinger (bajo). Tal y como nos cuentan en su página web, Randy y Rob Davis continuaron escribiendo canciones aunque no lograron darlas a conocer hasta el año 2004, en el disco titulado «Something Funny Going on». Volviendo a «Endless Skies», a pesar de ser un trabajo de 1983, tiene un estilo muy setentero, en el que confluyen géneros como el folk-rock, el rock sureño o el rock progresivo. Las influencias procedentes de grupos como Jethro Tull, Wishbone Ash o Dire Straits, son más que evidentes; el tono folk-rock guarda ciertas similitudes con las dos bandas citadas en primer lugar, por no hablar del timbre de Rob Davies, muy similar al de Ian Anderson; por otra parte, la guitarra se parece en ocasiones a la de Mark Knopfler, especialmente en el tema que destacamos en esta entrada: «Mystery Man», que nos hace recordar a «Sultans of Swing«. Otras canciones interesantes son «The Warning«, «Madman» o «Endless Skies«, la composición más progresiva del álbum. En cualquier caso, os recomiendo que escuchéis el disco entero porque, de verdad, merece la pena.
El 5 de enero de 1985 un guardinha mató de dos disparos a Juan Flores, pescador de Ayamonte (Huelva), cuando trataba de pasar cinco kilos de langostinos de contrabando desde Villarreal de Santo Antonio (Portugal). La guardia portuguesa declaró haber disparado al aire, sin embargo la autopsia reveló que Juan Flores había recibido dos impactos prácticamente a bocajarro. Durante el velatorio, celebrado en Portugal y al que no pudo acudir su familia (estaba casado y tenía dos hijas), una mujer vestida de negro apenas se despegó del féretro, incluso se las arregló para acompañar al cadáver cuando éste fue repatriado en el transbordador; ya en Ayamonte, fue fotografiada con una corona de flores encabezando el cortejo fúnebre. El suceso, y la actitud de esta misteriosa mujer, llamó la atención de Carlos Cano, que quiso elucubrar sobre lo que pudo haber ocurrido: «Dicen que fue el ‘te quiero’ de un marinero razón de tu padecer, que una noche en los barcos de contrabando p’al langostino se fue. Y en las sombras del río un disparo sonó y de aquel sufrimiento nació el lamento de esta canción». Sin embargo, según investigaciones recientes realizadas por el diario El Español, con motivo del 30 aniversario de esta popular melodía, la protagonista de esta historia no era portuguesa, no se llamaba María y no está claro que Juan y ella tuvieran un romance. Aurora Murta Gonzaga nació en Ayamonte y se dedicó al contrabando y la prostitución en Villarreal de Santo Antonio; fue batizada con el nombre de María de los Ángeles, hasta que se hicieron cargo de ella sus padres adoptivos, quienes le acabarían dando una nueva identidad. Si queréis conocer todos los detalles de esta historia, os recomiendo el citado artículo publicado en El Español.
«María la Portuguesa» es una de las coplas más conocidas y valoradas de cuantas se han escrito en los últimos cincuenta años; de hecho, no es una copla al uso, en ella también hay algo de habanera, de ritmos latinoamericanos y de fado, en homenaje a la historia fronteriza que relata. Carlos Cano (1946-2000) ha sido uno de los grandes reformadores e impulsores de la copla, quien más he hecho por despojar a este género de la tradición franquista que siempre la ha atenazado. Su compromiso por la libertad le llevaría a participar en el acto que, en 1972, la UNESCO celebró en homenaje al poeta Federico García Lorca; no le salió barato, el entonces alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro, le declaró «persona non grata». «María la Portuguesa» suele ser uno de los temas habituales en el repertorio de nuestros cantantes melódicos de copla (Pasión Vega, Miguel Soler, Martirio, María Dolores Pradera, etc.), de quienes cultivan el flamenco o la copla flamenca (Argentina o María Toledo, respectivamente), la balada pop (Enrique Urquijo o El Canto del Loco) y entre quienes participan en concursos televisivos como el veterano «Se Llama Copla», de Canal Sur (os dejo una interpretación a cargo de la ceutí Nazaret Compaz). Superar la capacidad de transmitir de Carlos Cano es bien difícil, pero existe una versión -la segunda destacada de hoy- excepcional; fue grabada en el año 2010, en el disco «Reinas del Matute», por el grupo femenino Las Migas, una formación acústica que apuesta por la fusión del flamenco, la copla y la rumba con el jazz y la world music; en 2010 la vocalista era Silvia Pérez Cruz, una cantante maravillosa, de esas que hacen que te emociones cuando escuchas una canción oída una y mil veces, sin duda de lo mejorcito que tenemos en España aunque sea poco conocida; algunos de los más grandes, como Serrat, han compartido escenario con ella (por ejemplo, esta versión a dúo de «Paraules d’amor» es preciosa). Finalizamos con una versión en portugués, a cargo de Maria do Ceo, para algunos la sucesora de Amália Rodrigues, la gran dama del fado y a quien Carlos Cano quiso dedicar esta canción.
Si alguno de vosotros es un apasionado de la serie «Juego de Tronos» seguro que debe conocer a un personaje de la Corte Real de Poniente llamado Ilyn Payne, que apareció en las primeras temporadas. Está interpretado por Wilko Johnson, uno de los músicos que, con su banda Dr. Feelgood, más han influido en los movimientos musicales que se gestaron en Reino Unido durante la década de los setenta. A Wilko le diagnosticaron un cáncer terminal de páncreas en el año 2012; se negó a morir en un hospital y decidió vivir los pocos meses que le quedaban de la mejor manera posible, divirtiéndose y disfrutando hasta que le llegara la muerte: «todo el mundo sabe que va a morir (…) la diferencia es que yo sé cuando ocurrirá y eso me da tranquilidad y una especie de euforia por vivir» (consultado en El Español). Aproximadamente un año después de recibir este demoledor diagnóstico, Wilko aún permanecía con vida, aunque el tumor ya era una bola de tres kilos alojada en su abdomen, donde apoyaba la guitarra durante los conciertos que seguía realizando. Perplejos por la vitalidad que mostraba, decidieron revisar su caso; para asombro de todos el cáncer ya no era tan malo, incluso se podía operar. Tras una complicada intervención, accedió a lo que antes se había negado: la quimioterapia, la reclusión en el hospital y la pérdida de su fuerza. Ya recuperado, Wilco volvió a tocar la guitarra, de esa manera tan característica, tan suya, la misma que le hizo único en su etapa con Dr. Feelgood, sin púa, percutiendo sobre las cuerdas. Esta banda aún continúa en activo, aunque ninguno de sus miembros actuales estuvo en la formación primigenia: Lee Brilleaux (voz), John B. Sparks (bajo), John Martin (batería) y Wilko Johnson (guitarra); su periodo más interesante es el que se extiende desde su creación (1971) hasta la salida de Wilko del grupo (1977), cuando grabaron álbumes tan interesantes como «Down by the Jetty» (1975), «Malpractice» (1975), «Stupidity» (1976) y «Sneakin’ Suspicion» (1977). «Roxette» y «She does it Right» son dos de sus temas más conocidos, incluidos en su primer álbum, un trabajo de R&R y R&B deliberadamente elemental, que bien podría considerarse como una pieza seminal del punk rock que estaba a punto de eclosionar de la mano de bandas como Sex Pistols o Ramones.
El 18 de junio de 2010 la casa Sotheby’s subastó el manuscrito original de «A Day in the Life», escrito por John Lennon, por la insultante cifra de 1.202.500 dólares. En la primera de las imágenes que he dejado al final de la entrada se puede leer una versión primigenia de la canción y algunas correcciones; en el reverso aparece una versión en limpio, con menos correcciones y escrita en mayúsculas. Si os fijáis en la primera imagen, la que tiene más tachones, vemos que la frase «I’d love to turn you on» («Me encantaría excitarte») debió ser añadida con posterioridad. La cadena británica de televisión BBC acabó censurando esta canción, por lo que ellos consideraron apología del consumo de drogas, algo especialmente palpable (en su opinión) en la frase que acabamos de comentar y en la que decía «found my way upstairs and had a smoke» («encontré el camino de subida por las escaleras y me puse a fumar»). A pesar de que los propios autores siempre han negado esta interpretación (Lennon llegó a decir que este tema hablaba de «un accidente y su víctima», y que se había querido llamar la atención sobre «la más inocente de las frases»), el productor George Martin («el quinto Beatle») siempre tuvo muy claro que había partes de la letra que aludían claramente a las drogas. «A Day in the Life» se tardó en grabar treinta y cuatro horas, una cantidad de tiempo excesiva si lo comparamos con el álbum de debut («Please Please Me», 1963), en el que se invirtieron diez horas en total. En una entrada anterior, la dedicada a la melodía «With a Little Help from My Friends«, calificábamos el álbum «Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band«, del que forman parte ambos temas, como un trabajo precursor de lo, poco después, vendría en denominarse rock sinfónico. Si hay un tema progresivo en este Lp, por su duración, por la ausencia de estribillo, por sus cambios y desarrollos musicales, por esos elementos psicodélicos del final y por la utilización de una orquesta formada por cuarenta músicos, ese es «A Day in the Life». Para la revista Rolling Stone es la mejor cancion de los de Liverpool; en cualquier caso, es su obra más compleja y con la que alcanzaron la plena madurez. Para concluir, os voy a invitar a que escuchéis la versión que realizó el guitarrista Jeff Beck, incluida en su álbum «Live at Ronnie Scott’s» (2008) y en la película musical «Across the Universe» (2007).