A veces, los recuerdos que más perduran no tienen nada de extraordinario: unos amigos del barrio, unas litronas y el primer disco de Leño sonando en un cutre-casete mono que, a su vez, reproducía una cinta reciclada grabada con el viejo sistema de tapar con una bolita de papel los huecos de la carcasa. El primer trabajo de Leño fue publicado por el sello Chapa/Zafiro en 1979 aunque, en mayo de 1978, ya habían colaborado en el proyecto discográfico «Rock del Manzanares ¡¡Viva el rollo!! volumen 2». El grupo se había formado unos meses antes, a raíz de un suceso ocurrido el 31 de diciembre de 1977 en el madrileño Parque de Atracciones. Ese día compartían cartel Coz y Ñu; lo cierto es que, por una serie de malentendidos, las relaciones entre ambos grupos no eran muy buenas y, para desesperación de José Carlos Molina -líder de Ñu-, el equipo de sonido de su grupo era birrioso en comparación con el de Coz. Tras la prueba de sonido, Molina se negó a tocar con aquel equipo, salió al escenario, dio las buenas noches y se fue; todo ello ante la desesperación del público que, según su mánager -Javier Gálvez-, no paraba de tirar botellas al escenario y de amenazar con destrozarlo todo, y de su compañero Rosendo Mercado que, cansado de la actitud provocadora, habitual en Molina, decidió crear otro grupo junto con Chiqui Mariscal (bajo) y Ramiro Penas (batería). Leño hizo su presentación oficial el 12 de febrero de 1978 en el Teatro Alcalá de Madrid, con Asfalto como estrellas de aquella noche. Desde entonces desarrollaron un estilo bien definido que algunos, de manera despectiva, llamaron «rock proletario», «rock macarra», «rock marginal» o «rock de cloaca»; otros, más respetuosos, han comparado sus letras con el neorrealismo italiano. En cuanto a lo musical, ayudaron a construir el rock urbano desde el hard rock con álbumes, como «Más Madera» (1980), «En Directo» (1981) o «¡Corre, corre!» (1982), que son símbolos de toda una generación. Como comentaba líneas arriba, antes de estos trabajos publicaron «Leño» (1979), un Lp con elementos psicodélicos y progresivos (abandonados en sus siguientes discos), especialmente remarcables en algunas canciones como «La nana» o «Castigo» que, en opinión de Ramiro Penas, «tiene el solo más largo que se ha hecho en España en un tema»; al parecer, Rosendo siempre se negó a tocarlo en directo.
Mes: junio 2015
Bruce Springsteen. «The River»
La juventud es un preciado tesoro; nos suele abandonar de manera agresiva, a golpe de presiones y empujones, generalmente de adultos que envidian una situación vital a la que ya nunca podrán regresar. La pérdida de la juventud sigue un proceso parecido al de las novatadas sufridas en el servicio militar, en los colegios mayores o en cualquier otro colectivo donde la veteranía es condición más que suficiente para justificar arbitrariedades, abusos y planteamientos unidireccionales de tipo fascista. Escribo esto porque es lo que me sugiere la canción «The River», un tema escrito por Bruce Springsteen para su quinto álbum de estudio, llamado igual que la canción y publicado en 1980; se trata de un disco doble con canciones de su primera época, algunas descartadas de su anterior trabajo («Darkness on the Edge of Town», 1978). «The River» fue todo un éxito y situó a este cantautor dentro del star system. El espaldarazo definitivo se produjo cuatro años después, con la publicación de «Born in the U.S.A.», aunque el prestigio del Boss se cimentó en la trilogía constituida por «Born to Run», «Darkness on the Edge of Town» y «The River». Bruce Springsteen es un autor comprometido, yo diría que lo más parecido que puede haber en los Estados Unidos a la canción protesta; nacido y criado en una familia humilde de Nueva Jersey, siempre se ha ocupado de retratar la vida cotidiana y los problemas de la América profunda, que tan bien conoce. Es el cronista-poeta de los estadounidenses más desfavorecidos, de aquellos que jamás lograrán alcanzar el anhelado «sueño americano». Sus palabras son descarnadas, melancólicas y tristes, envueltas en un folk-rock (también llamado «heartland rock») sincero, que ha sabido conquistar los corazones, tanto de los estadounidenses como los de otros lugares del Mundo. La canción «The River» es muy representativa de su estilo; nos habla de la pérdida de la juventud en un lugar cualquiera de la Norteamérica rural, donde se aprenden a hacer las cosas de la misma manera que siempre han hecho tus mayores: bodas tempranas, sobre todo si dejas embarazada a tu novia con diecisiete años; trabajos alienantes, precarios e inestables; y la certeza de que los mejores años de nuestra vida ya han pasado y nunca volverán, ni siquiera regresando a ese bello y lujurioso río donde fuimos tan felices, donde amamos, donde todo comenzó y todo acabó.
The Regents / The Beach Boys / The Who. «Barbara Ann»
«Cuando tienes mucho dinero y haces el tipo de cosas que yo hago, la gente se ríe y te dice que eres excéntrico … lo cual es una educada forma de decir que estás jodidamente loco. Bien, posiblemente lo esté. No, ¡qué cojones! ¡Estoy como una regadera!» Estas palabras, tomadas del artículo de Héctor Sánchez en www.efeeme.com, pertenecen a uno de los músicos más geniales que ha dado el rock, Keith Moon, el mítico batería de The Who. Su manera de entender este instrumento es única; pocos baterías han tenido tanta relevancia en el sonido de un grupo como «Moon the Loon«; era rápido, a veces frenético, y su ritmo siempre tenía matices y elementos que convertían en singular cualquier melodía que tocara. El apodo de «Moon el chiflado» lo tenía bien ganado y, también, ha pasado a la historia por esta circunstancia; tenía la costumbre de explosionar los retretes de los hoteles, de lanzar el mobiliario de las habitaciones por la ventana, de utilizar su batería como pecera, de aparcar coches en las piscinas -dentro del agua-, de estampar tartas en la cara a los directores de hotel, de plantear fiestas de cumpleaños salvajes o de destrozar la batería -al igual que hacían sus compañeros de grupo- en las actuaciones en directo. Falleció a los treinta y dos años víctima de su afán autodestructivo, nada raro para una persona que desayunaba champagne, coñac y anfetaminas, y que consumía drogas, alcohol y fiestas a un ritmo vertiginoso. Al parecer era muy divertido y solía amenizar las grabaciones con sus bromas; teniendo en cuenta su dudosa calidad vocal, es lógico que no lo dejaran cantar. En una ocasión, probablemente ante su insistencia, accedieron a que fuera solista; fue con el tema «Barbara Ann», que ya habían versionado sus admirados Beach Boys. Acabó siendo grabado por The Who en el EP «Ready Steady Who» (1966) e incluido en la película «The Kids are Alright» (1979), aquí podéis ver una divertidísima secuencia con los ensayos de esta canción. Los Beach Boys ya la habían publicado un año antes y formó parte de su álbum «Beach Boys’ Party!»; es la versión más famosa de «Barbara Ann» que, como tantas otras, no fue compuesta por quienes la popularizaron sino por Fred Fassert para el grupo de doo-woop The Regents, quienes la grabaron en 1968; años después formaría parte de la B.S.O. del film «American Graffiti«. Hay más versiones, incluso parodias; para los más metaleros os recomiendo la de Blind Guardian, de su trabajo «Follow the Blind» (1989), mezclada con otro clásico del R&R: «Long Tall Sally».
Al Stewart. «The Palace of Versailles»
El pasado mes de septiembre os contaba cómo conocí al escocés Al Stewart, gracias a mi padre y a su afición a buscar y rebuscar en El Rastro madrileño. Aquella cinta de casete contenía el trabajo más conocido de este cantautor, «The Year of the Cat«, publicado en 1976; sin embargo, la carrera de Al Stewart se remonta a los años sesenta, cuando se trasladó a Londres para actuar como cantante folk, influenciado por artistas como Donovan o John Lennon. En 1966 grabó su primer single y, un año después, su primer Lp: «Bedsitter images»; en algunos de los discos posteriores, como «Love Chronicles» (1969) u «Orange» (1972), llegó a contar con músicos tan destacados como Jimi Page, Brinsley Schwarz o Rick Wakeman. Su acercamiento al pop se produjo con «Modern Times» (1975) y su eclosión definitiva vino de la mano del ya mencionado «Year of the Cat». El éxito de Al Stewart se mantuvo con «Time Passages«, un álbum pleno de riqueza instrumental (guitarras, teclados, sintetizadores, pedal steel guitar, saxo, percusiones, etc.) al servicio de un folk-rock melódico en el que se incrustan elementos procedentes del pop y del jazz. La portada, al igual que ocurriera con otros de sus discos, fue diseñada por el colectivo británico Hipgnosis, conocido por su trabajo con grupos como Genesis, Pink Floyd, ELO, Wishbone Ash, Led Zeppelin, The Alan Parsons Project, etc. Se publicó en 1978 y, en 2004, se reeditó una versión remasterizada del mismo. El tema más conocido del álbum es el que da nombre al disco, «Time Passages» (aquí lo podéis escuchar), sin embargo yo os voy a proponer el corte número 6: «The Palace of Versailles», una canción que nos habla de algunas de las consecuencias de la Revolución Francesa; de la toma de La Bastilla, del terror de Robespierre y del posterior golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, todo ello desde la perspectiva del solitario Palacio de Versalles, el símbolo del Absolutismo francés. Si os apetece escuchar de nuevo este tema, os recomiendo que lo volváis a hacer con esta versión acústica en directo, libre de artificios instrumentales y construida sólo con guitarras; fue grabada en un disco titulado «Uncorked» (2009), que contó con la valiosísima colaboración de Dave Nachmanoff. A mi me gusta tanto o más que la original.
Dream Theather. «The Spirit Carries On»
La banda estadounidense Dream Theather, habitualmente englobada en la categoría de metal progresivo, fue creada en 1985 por Mike Portnoy, John Myung y John Petrucci. Publicaron su primer álbum en 1989 («When Dream and Day Words») y tres años más tarde aparecería «Images and Words», su disco más vendido y uno de sus mejores trabajos; en los años siguientes sacaron un par de álbumes más o menos interesantes («Awake» y «Falling into infinity»), aunque no tan potentes como el anterior; cuando todo parecía indicar que el grupo no daba para más, nos sorprendieron con un disco excepcional, de esos que cualquier aficionado al progresivo debería conocer: «Metropolis Pt 2: Secenes from a Memory» (1999). La historia de este disco arranca varios años antes, precisamente con «Images and Words», donde se incluyó una canción titulada «Metropolis Pt 1: The Miracle and the Sleeper«; aunque probablemente nunca pensaron en hacer una segunda parte de «Metropolis», finalmente la acabaron componiendo ante la ruidosa insistencia de los aficionados. Al principio pensaron en grabar una canción, pero acabó convirtiéndose en un álbum conceptual de casi ochenta minutos dividido en dos actos. «Metropolis Pt 2: Scenes from a Memory» es una obra exquisita; nos narra una compleja y enigmática historia de asesinato, amor y reencarnación en la que Nicholas trata de averiguar, a través de la hipnosis y de sus propios sueños, qué fue lo que le sucedió a Victoria Page en 1928, cómo y por qué fue asesinada. Durante la gira en la que se promocionó este disco tocaban todo el álbum en directo e, incluso, llegaron a grabar un DVD con imágenes de esta historia, casi como si fuera una película. El penúltimo tema es «The Spirit Carries On», una preciosa balada épica, una de las piezas más sentidas y emocionantes que jamás haya escuchado en el rock progresivo, con cierto regusto pinkfloniano y donde la voz y la maestría instrumental de estos grandes músicos -muy reconocidos y premiados en el ámbito del rock- hacen que esta pieza sea irresistible. Si os habéis quedado con ganas de volver a escucharla, os recomiendo que, esta vez, lo hagáis viendo esta excelente actuación en directo, donde el coro gospel y la voz de Theresa Thomason cobran un mayor protagonismo.