Ya lo puedo decir. Adoro Escocia, sus paisajes redondeados y verdes, la mágica quietud de sus lagos y glens, la amabilidad de su gente, sus estrechas carreteras que invitan a la concordia y al entendimiento, y el fuerte apego que los escoceses tienen a su historia, no siempre alegre ni victoriosa. Los castillos, iglesias, museos y monumentos son testigos de un pasado orgulloso y de una cultura propia que reivindican con pasión. Si vais a Escocia os faltará tiempo para llegar a todos sus rincones pero, si tenéis ocasión, no dejéis de visitar el antiguo campo de batalla de Culloden; en aquella contienda, ocurrida el 16 de abril de 1746, las tropas jacobitas lideradas por Carlos Eduardo Estuardo, formadas en su mayoría por escoceses católicos y episcopalianos de las Highlands, cayeron derrotadas por el ejército británico al mando del Duque de Cumberland, el hijo menor de Jorge II, de la Casa de Hannover. La batalla puso fin a los levantamientos jacobitas y a la pretensión de colocar a un descendiente de Jacobo II en el trono de Inglaterra; se destruyó el sistema escocés de clanes, se prohibió la religión episcopaliana (la católica ya lo estaba) y los distintivos y vestimentas escoceses, como el kilt, el tartán o las gaitas, éstas últimas se consideraron armas de guerra. El Duque de Cumberland, conocido a partir de entonces como “Cumberland el Carnicero”, mató a los jacobitas heridos y prisioneros, excepto a los de mayor rango, que fueron ejecutados posteriormente en Inverness. El carismático Carlos Eduardo Estuardo, conocido como “Bonnie Prince Charlie”, al parecer una persona irresoluta, caprichosa, irascible y muy aficionada al alcohol, pudo huir gracias a Flora MacDonald, uno de los personajes más célebres de Escocia, que logró trasladarlo en barca a la isla de Skye disfrazado como su criada irlandesa Betty Burke. Este acto heroico fue inmortalizado en la canción “The Skye Boat Song”; otras melodías, como “Crua Chan”, de los argentinos Sumo, recuerdan la batalla de Culloden; y el tema popular “My Bonnie lies over the ocean” es posible que aluda a Carlos María Estuardo (“Bonnie Prince Charlie”), ya que bonnie, en jerga escocesa, significa chica bonita o preciosa, aunque creo que también se emplea en masculino.
Las primeras partituras de “My Bonnie lies over the ocean”, una de las canciones escocesas más populares, utilizada como melodía infantil, imprescindible en campamentos y como recurso para aprender inglés, se remontan al siglo XIX. Yo os voy a proponer la adaptación realizada en 1961 por el músico británico Tony Sheridan, bajo el título “My Bonnie”, que grabó este clásico acompañado de los Beat Brothers, unos muchachos que trataban de ganarse la vida como buenamente podían en locales y clubs de Hamburgo; poco tiempo después lograrían el reconocimiento y el éxito, ya con su nombre definitivo: The Beatles.
Categoría: Rock
Yes. «Roundabout»
Hace cuatro años me ocupaba de “Fragile” (1971), uno de los mejores álbumes de Yes, el primero de su época dorada, ya con Rick Wakeman a los teclados y Roger Dean en los diseños de portada, con esa estética Tolkien tan característica iniciada con una trilogía visual en la que, según nos cuenta Víctor Paraíso (Yes. Mas allá del abismo. Madrid: T&B, 2013; págs. 47-48), quiso mostrar “las aventuras de los habitantes de un planeta al borde de la destrucción” (“Fragile”), el mismo planeta en fragmentación (“Close to the Edge”) y allí “donde la nave espacial encuentra un nuevo lugar donde vivir” (“Yessongs”). En aquella entrada proponía el tema de Steve Howe “Mood for a day”, en ésta me gustaría recordar la melodía con la que se inicia el disco, “Roundabout”, una de las más conocidas de Yes y habitual en sus conciertos, una de las piezas imprescindibles del rock progresivo. Son ocho minutos y medio soberbios, en los que se entrelazan todos los instrumentos como pocas veces se puede escuchar en el ámbito del rock, apoyándose unos en otros de una manera exuberante y armónica; siempre tengo presente este tema cuando escucho ciertas composiciones abigarradas, en las que los instrumentos parecen amontonarse en lugar de fluir con arte y elegancia. “Roundabout” está plagado de momentos mágicos: la inolvidable intro de guitarra de Steve Howe (en este vídeo enseña cómo tocarla), apoyada en el teclado enigmático y misterioso de Rick Wakeman; la inconfundible voz de Jon Anderson narrándonos la historia; el poderoso bajo de Chris Squire, una de las señas de identidad de esta canción y de todo el álbum; las percusiones de Bill Bruford, en ocasiones como si se tratara de tambores tribales (véase a partir del minuto 3:23); o el trabajo virtuoso de Howe a las guitarras y Wakeman a los teclados, con un momento especialmente brillante (a partir del minuto 5:51), en el que ambos se lucen en un duelo magistral. “Roundabout” es obra de Jon Anderson y Steve Howe; la letra está inspirada en un viaje de Yes a Escocia, cuando promocionaban “The Yes Album” (1971). Al parecer, encontraron muchas rotondas en el camino (dicen que más de cuarenta); esta circunstancia, las montañas circundantes llenas de nubes, los lagos y la marihuana que había fumado Jon Anderson, fueron el punto de partida de esta canción, aunque Peter Banks (el guitarrista que antecedió a Steve Howe en Yes) ha comentado en alguna ocasión que el riff de guitarra había sido ideado por él antes de que la banda lo grabara. Acabo con la versión incluida en el álbum en vivo “Yessongs” (1973), con otra de la misma época en la podéis ver a los músicos y con una algo más moderna, de 2004, una interpretación acústica con cierto aire de jazz.
La Guitarra de las Musas cierra por vacaciones. Este año pasaré unos días por tierras escocesas (como decía la banda española Duncan Dhu). Por el bien de todos (veremos cómo se le da a mi hermano conducir por la izquierda …) espero que no nos encontremos con tantas rotondas y que, por el contrario, el paisaje nos inspire y reconforte. Volveremos con una nueva entrada a finales de agosto o principios de septiembre ¡Feliz verano a todos!
Barclay James Harvest. «Dark Now My Sky»
A pesar de no ser una de las bandas más famosas del rock progresivo clásico, Barclay James Harvest es una de mis preferidas, al igual que sucede con los Moody Blues, grupo con el que, a menudo, se les ha comparado. En una entrada anterior, dedicada al tema «Mockingbird«, incluido en su segundo disco de estudio («Once Again», 1971), comentaba que empezaron a tocar en 1967 y que publicaron su primer álbum («Barclay James Harvest«) en 1970, con el sello discográfico Harvest; con esta compañía editaron sus primeros cuatro trabajos, en los que utilizaron una orquesta sinfónica de manera habitual. Después ficharían por Polydor, donde grabaron algunos de sus Lps más conocidos («Time Honoured Ghosts», 1975; «Octoberon», 1976; etc.), con un sonido menos orquestal y más eléctrico. Hoy quiero prestar un poco de atención a «Dark Now My Sky», el tema con el que estos británicos cerraron su primer disco de estudio, probablemente el más progresivo de todos los que formaron parte de este álbum, en el que el pop, la psicodelia y los arreglos orquestales son los protagonistas. Está compuesto por John Lee, guitarrista y vocalista de la banda, con arreglo orquestal debido al director musical Robert Godfrey. Tal y como indica la página web de esta formación, “Dark Now My Sky” es uno de los temas favoritos de sus seguidores y de alguno de los miembros de la banda; fue compuesto hacia 1968, aunque en una versión más sencilla, desprovista de orquesta; la introducción shakesperiana al inicio de la canción es del teclista Stuart “Woolly” Wolstenholme y la risa maniaca es de Robert Godfrey; está inspirado en la “Primavera Silenciosa”, un libro de Rachel Carson que, en 1962, trataba de advertir de los efectos perjudiciales de los pesticidas en el medio ambiente, sobre todo en las aves, y de la contaminación generada por las industrias químicas. El otro día, en otro post de este blog, conversábamos en torno a la posible diferenciación entre los términos “rock progresivo” y “rock sinfónico”; a pesar de que hay gente que defiende y justifica esta separación, a mí siempre me han parecido sinónimos. “Dark Now My Sky” me sirve muy bien para apoyar este punto de vista; el uso de la orquesta sinfónica, imprescindible en este tema, sería algo propio del rock sinfónico, mientras que la estructura es la de una suite progresiva, con continuos cambios y alternancia instrumental. Comienza con una parte recitada, poco a poco va entrando la orquesta hasta que, en el minuto 2:28, entra la guitarra eléctrica, protagonista de esta canción, que sirve de hilo conductor a lo largo de toda la melodía, a veces sola, otras veces entremezclada con la orquesta. La parte cantada hace su aparición hacia el minuto 5 y finaliza en el minuto 7:37, dando paso a un incremento épico, del que también participan los teclados (a partir del minuto 9:50). Un tema bello, melódico y emocionante, ideal para quienes deseen acercarse al rock progresivo / sinfónico.
Black Sabbath. “Sabbra Cadabra”
Hay dos bandas de hard rock, Led Zeppelin y Deep Purple, que tuvieron un gran peso en el nacimiento del heavy metal; la primera portadora de la tradición del blues-rock presente antes en bandas como Cream o The Jimi Hendrix Experience; la segunda heredera de los sonidos psicodélicos y progresivos que, antes que ellos, ya habían desarrollado grupos como Iron Butterfly. En esta vertiente hardrockera, con elementos psicodélicos, progresivos o procedentes del blues, también podemos mencionar a otras formaciones pioneras del heavy metal como Steppenwolf, Grand Funk Railroad, Nazareth, Humble Pie, Vanilla Fudge, Uriah Heep, Blue Cheer, Budgie o Blue Öyster Cult. Sin embargo, hay otra que bien podría decirse practicaba el heavy metal antes de que se hubiera creado este género; no en vano, a Black Sabbath se le suele considerar el grupo creador del heavy metal. En su estilo se aprecian características que, con el paso de los años, se irían consolidando como señas de identidad de este colectivo: la ropa de cuero, el gusto por el color negro, la atracción satánica y un sonido endurecido, con relación al hard rock, que trataba de emular esa sensación lúgubre con una afinación más grave de lo habitual en los instrumentos, como una octava por debajo.
Black Sabbath se creó en 1968, a partir de Tony Iommi (guitarra), Ozzy Osbourne (voz), Geezer Butler (bajo) y Bill Ward (batería); primero se llamaron The Polka Tulk Blues Company, más tarde Polka Tulk y después Earth, hasta que tomaron su definitivo nombre en 1969, después de ver en el cine una película italiana de terror titulada -en inglés- «Black Sabbath» (1963). Los primeros discos de esta formación («Black Sabbath», 1970; «Paranoid», 1970; «Master of Reality», 1971; y «Black Sabbath, Vol. 4», 1972) tuvieron bastante éxito de público, no así por parte de la prensa especializada, algo que sí lograron con su quinto álbum de estudio, titulado «Sabbath Bloody Sabbath» (1973), cuya grabación estuvo marcada por el particular aquelarre, con las drogas como protagonistas, en el que se encontraban inmersos en aquella época. Tras un mes en Los Ángeles, totalmente infructoso, decidieron alquilar un castillo en Reino Unido; allí, en las mazmorras, encontraron la inspiración para componer un disco potente, que se iniciaba con uno de los riffs más característicos de este grupo, el del tema «Sabbath Bloody Sabbath«. Pero en este trabajo también habría espacio para las sutilezas acústicas («Pluff«) o para los teclados y los sonidos progresivos («Who Are You?» o «Spiral Architect«). Os animo a que escuchéis el disco entero; mientras tanto, os propongo el tema con el que finaliza la cara A, «Sabbra Cadabra» que, en su grabación, contó con un invitado especial: el teclista de Yes Rick Wakeman. Por último, os dejo la versión que, en 1998, hicieron los estadounidenses Metallica.
Triana. «Sr. Troncoso»
Ya lo he comentado en otras ocasiones, Triana es, en mi opinión, el mejor grupo de rock sinfónico que ha tenido España. En la entrada que dediqué a “Luminosa Mañana”, os hablaba de su primer y excepcional álbum, “El Patio” (1975), en el que las metáforas, las paranoias psicodélicas y la reivindicación poética de la libertad acompañaban a un rock progresivo de gran calidad, impregnado de fragancias andaluzas. Su segundo trabajo de estudio, “Hijos del Agobio” (1977), estuvo a la altura del primero, tanto en la parte musical como en las letras, en esta ocasión más explícitas, más combativas, llenas de fuerza, indignación y tormento; así nos lo ha explicado recientemente Eduardo Rodríguez Rodway, la guitarra española de Triana, uno de los tres miembros de esta legendaria banda:
“El título del disco, Hijos del agobio, es lo que éramos nosotros, hijos del dolor, la generación de la posguerra. Crecimos sin podernos ni mover. Yo iba con mi novia por Sevilla, le daba un beso y venían los municipales gritando y querían llevarme a comisaría. Esto no lo habéis vivido. Esto hay que explicarlo, la gente tiene que saber lo que se ha sufrido en este país. España nunca ha estado mejor que ahora, a pesar de que estén dando la lata el Rajoy, el otro, Maroto y el de la moto”.
Una de las señas de identidad de este Lp es su portada, obra del artista Máximo Moreno quien, según sus propias palabras, quiso representar al “Ángel caído, dueño y señor de los infiernos que lanza un grito de queja (Quejío) porque está hasta los cojones de la cantidad de mierda que le mandan, incluida la polución que les acompaña”. Luis Clemente, en su libro Triana: la historia (Sevilla: 27PAC / Madrid: SGAE, 1997), recoge una explicación del autor del dibujo algo más explícita:
“El dibujo está dividido en dos partes: portada con una escalera central por la que descienden estos personajes, mitad humanos, mitad monstruos, que al ir descendiendo los peldaños van sufriendo una transformación degradante, que dejan de ser humanos para llegar a ser monstruos. Comienza con la muerte, porque es como un infierno. Hay garras de ave, bandera americana, claro, esto era la época del fascismo, el que está masturbándose con toda la cabeza llena de poyas y los labios pintados, el que nada más que piensa todo el día en lo mismo; después está la madre patria, con su bastón y su peineta; la mujer cuerpo, que está todo el día en el gimnasio poniéndose cachas y al final acaba ahogándose ella misma; éste es el oscuro, que te da cuando menos te lo esperas; aquí está el militarista con manos de serpiente, y hay un par de guardianes; la folclórica con la estola y las tijeras para ir cortando banditas, el señorito andaluz con la estampa de la virgen en el sombrero y también va de garras; y debajo hay de todo, desde la rey hasta el sheriff pasando por el lord… este es Valera, que me vendió un jamón podrido y lo metí aquí” (consultado en el blog Triana: Discografía).
Elegir una sola canción de este excelente álbum es como pedir a un padre o una madre que señale a su hijo favorito; son ocho temas, imprescindibles en la historia de este grupo: “Hijos del Agobio”, “Rumor”, “Sentimiento de amor”, “Recuerdos de Triana”, “¡Ya está bien!”, “Necesito”, “Del Crepúsculo lento nacerá el rocío” y, por supuesto, “Sr. Troncoso”, una canción que, tal y como indica Eduardo Rodríguez Rodway, nos habla de “un aparcacoches alcohólico del Pozo Santo en Sevilla, que había sido legionario. Era un hombre muy singular, perdido, no encontraba su norte y había que ayudarlo. La canción la compuso Jesús de la Rosa y es una maravilla”. En cuanto a la parte musical, os recomiendo que, si nunca habéis escuchado “Sr. Troncoso”, os dejéis seducir por su ritmo folk, por las voces de Jesús y Eduardo, y por ese crescendo construido a base de guitarras y palmas. Aquí tenéis un interesante vídeo en el que les podéis ver ejecutando este tema en directo y, al final, Jesús de la Rosa cuenta la historia del Sr. Troncoso; en este otro les tenemos en el programa de televisión “Aplauso”; y, para finalizar, os dejo esta versión a cargo de Javier Ruibal.

