Poco. «Rose of Cimarron»

En tiempos del salvaje y testosterónico Oeste las mujeres eran quienes lo tenían más difícil; básicamente tenían dos opciones: ser abnegadas esposas o ganarse la vida como prostitutas; el resto de actividades quedaban reservadas para los hombres. Rose Dunn fue una excepción en aquel masculinizado mundo; nacida en 1879, en Oklahoma, de una familia pobre, fue educada por monjas en el convento de Wichita y por sus propios hermanos, quienes le enseñaron todo lo necesario (montar a caballo, disparar o utilizar el lazo) para poder vivir al márgen de la Ley, como hacían ellos. Con quince años se enamoró de uno de los forajidos más famosos de aquella época, George Newcomb, antiguo miembro de la banda de los «Hermanos Dalton» y, posteriormente, de la de Bill Doolin. Rose pronto empezaría a colaborar con estos últimos forajidos, llegando a ser muy popular y conocida con el apodo de «Rose of Cimarron». Según se cuenta, incluso les ayudó a escapar, Winchester en mano, cuando habían sido acorralados por un grupo de Marshalls. George Newcomb murió de manos de los propios hermanos de Rose, entonces metidos a cazarrecompensas, cuando precisamente iba a visitarla. Nunca fue acusada de crimen alguno y, ya alejada de las bandas, contrajo matrimonio con un político de Oklahoma. Murió a los setenta y seis años de edad. «Rose of Cimarrón», además del nombre por el que fue conocida Rose Dunn, es también el título del undécimo álbum del grupo de country rock Poco, creado en 1969 a partir de las cenizas de Buffalo Springfield, formación en la que militaron Stephen Stills, Neil Young o los dos fundadores de Poco: Richie Furay y Jim Mesina. Tras abandonar el nombre inicial (Pogo), por problemas legales con el creador del cómic del mismo nombre, grabaron su primer disco en 1969. Durante los siguientes años continuaron publicando álbumes, no demasiado exitosos, y sufriendo la continua entrada y salida componentes; en 1976, ya sin Furay ni Messina, editaron «Rose of Cimarron», un excelente trabajo con temas tan interesantes como «Company’s coming», enlazado con «Slow Poke», «Tulsa turnaround» o el tema destacado de hoy, titulado igual que el disco en homenaje a aquellos tiempos del viejo Oeste y a la figura de Rose Dunne. Si no conocéis esta canción os va a sorprender, por su melodía, por el acertado uso de la voz (en ocasiones utilizando el falsete y, hacia el final, subiendo una octava), por ese inicio acústico que hace que enganchemos desde el principio, por su solo de guitarra, por su riqueza instrumental (violín, banjo, steele guitar, armónica, etc.) y por ese giro, hacia el final de la canción, orquestado como si fuera un tema de rock progresivo. Existen algunas versiones, como las de Emmylou Harris o Sandy Posey, pero ninguna está a la altura del original.

Queen. «The Fairy Feller’s Master-Stroke»

Richard Dadd fue un pintor inglés del siglo XIX que hizo sus mejores cuadros mientras estuvo encarcelado en el hospital psiquiátrico de Bethlem (Reino Unido) por asesinar a su padre, convencido de que era un príncipe de las tinieblas enemigo de Osiris, divinidad a la que Richard Dadd creía servir desde que cayó víctima de una severa enfermedad mental, probablemente causada o agravada por el consumo habitual de drogas. La obra pictórica de este autor está plagada de simbolismos y situaciones fantásticas, oníricas y surrealistas, donde se mezclan duendes y hadas con rostros reconocibles, y todo ello ejecutado con gran detalle en ambientes abigarrados, llenos de imágenes minúsculas. Uno de sus mejores trabajos, muy representativo de su estilo, es «The Fairy Feller’s Master-Stroke» («El Golpe Maestro del Duende Leñador»), actualmente conservado en la Tate Gallery de Londres. Este cuadro sirvió de inspiración a Freddie Mercury, como él mismo ha reconocido, para componer la canción del mismo título incluida en el segundo Lp de estudio de la banda británica Queen («Queen II«, 1974), un álbum conceptual en torno al bien y el mal, al equilibrio cósmico de los opuestos, a la dicotomía antagónica blanco/negro. De hecho, la primera cara -compuesta casi toda ella por Brian May- está gobernada por el sentimiento y la claridad, mientras que la cara B -compuesta en su totalidad por Freddie Mercury- es más oscura y las letras son de temática fantástica. Esta dualidad está también presente en las fotos que ilustran este Lp, con los integrantes del grupo vestidos con ropajes blancos o negros; estamos ante una de las portadas más conocidas y valoradas por los aficionados al rock, como bien pusieron de manifiesto los amigos blogueros cuando la eligieron, en la encuesta que realizamos hace unos meses, como una de las mejores portadas de la historia del rock. «Queen II» es uno de mis discos favoritos de los británicos, donde se aprecia muy bien su estilo barroco limítrofe con el rock progresivo. «The Fairy Feller’s Master-Stroke» es una pieza complejísima, de una gran riqueza instrumental y unos arreglos vocales muy cuidados; una obra sorprendente, un experimento musical construido como si fuera una pieza de orfebrería churrigueresca, sobre el que llamó la atención el buen amigo Alex (RockTelegram), a quien agradezco la sugerencia que me hizo para que me ocupara de este tema, un precioso regalo para mí y para este blog.

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Bob Dylan / Jimi Hendrix / The Forest Rangers. «All Along the Watchtower»

¿A quién se debe la versión original de la conocida canción de Bob Dylan «All Along the Watchtower»? Parece una pregunta fácil, pero no lo es; en términos estrictos podríamos decir que al propio Dylan, en concreto hablamos de la primera grabación, incluida en el álbum «John Wesley Harding» (1967), un trabajo de folk-rock country con algunos elementos procedentes de la psicodelia, que vio la luz después de que el norteamericano se recuperara del accidente de moto que sufrió en julio de 1966. Sin embargo, desde el punto de vista artístico y de la propia trascendencia de la obra, fue Jimi Hendrix quien acabó dando las señas de identidad características de esta canción en la grabación que hiciera para su álbum doble «Electric Ladyland» (1968). Hendrix sustituyó la armónica por su singular manera de tocar la guitarra, consiguiendo un resultado extraordinario; la versión superaba a la copia, como el propio Dylan reconoció: «Me deslumbró. Tenía tanto talento, podía encontrar cosas dentro de una canción que nadie más era capaz de ver, y las desarrollaba. Seguro que la mejoró y me tomé la licencia de usar su versión. De hecho lo sigo haciendo» (El Mundano). Es decir que, una vez conocida la versión de Hendrix, ya nunca la tocó como al principio, y no podemos decir que la ignorara, ya que es el tema que más veces ha interpretado en directo. Por lo tanto, bien podríamos aseverar que Dylan acabó versionando a Hendrix, al igual que buena parte de los que vinieron después de él; es el caso de las versiones de Neil Young, Eric Clapton, U2, Bryan Ferry, John Mayer o Eddie Vedder (cantante de Pearl Jam), por citar algunos. También hay versiones orientadas hacia el rock progresivo, como las de Chris de Burgh o la de Steve Hackett, John Weton y Chris Squire; apegadas al misticismo, como las de Lisa Gerrard o la incluida en la serie de televisión Battlestar Galactica; más acústicas, como las de Indigo Girls o Dave Matthews Band; o de corte beat, como la de Nashville Teens. A pesar de toda esta variedad, mi tercer vídeo destacado de hoy va a ser el de Billy Valentine & The Forest Rangers, el grupo de la serie de televisión «Hijos de la Anarquía». En cuanto a la letra (Dylan en estado puro …), me siento incapaz de descifrar esta metafórica visión de la profecía de Isaías sobre la futura destrucción de Babilonia; según mi amiga Marta -que sabe mucho de Dylan-, ni los especialistas ni el propio cantautor lo saben, no obstante aquí tenéis una posible interpretación de este tema.

Extreme. «More than Words»

El domingo se celebrará el Día de los Enamorados. Imagino que, como todos los años, las canciones románticas camparán a sus anchas por la radio, la televisión y, por supuesto, la blogosfera. Por eso, y porque no suelo publicar entradas los domingos, he decidido adelantarme y proponer una canción de esas que parecen insustanciales en su letra pero que, en realidad, tienen más retranca de lo que pudiera parecer. “More Than Words” es una balada acústica escrita por Nuno Bettencourt y Gary Cherone, líderes de la banda estadounidense de heavy metal Extreme, muy conocida a finales de los ochenta y principios de los noventa gracias a esta canción romántica; fue tal el éxito de este tema que hay quien piensa que Extreme fue el típico grupo de un solo éxito. “More Than Words”, que fue publicada en el álbum titulado “Pornograffiti” (1990), tan solo cuenta con la participación de sus autores: guitarra acústica y voz, respectivamente, lo que dota de cierta singularidad a esta pieza si la comparamos con la mayoría de power ballads ochenteras. Lo que más llama la atención en esta canción es su bonita melodía y su meloso tono romántico; la letra nos habla, como bien os podéis imaginar, del amor que siente una persona hacia otra y de la necesidad de trascender las palabras, de superar el clásico “te quiero” o “te amo”. Obviamente, ésta podría ser la lectura más inmediata de la canción. No obstante, si hurgamos un poquito más en la letra la cosa no parece tan inocente; con una cierta dosis de cinismo, el narrador no hace otra cosa que reclamar el cuerpo de su amada, de solicitar de ella algo más que palabras, un recurso eufemístico que acaba transformándose en una maniobra de seducción manipuladora y chantajista:

«Decir ‘te quiero’ no es lo que quiero escuchar de ti. No es que no quiera que lo digas, pero si supieras qué fácil sería mostrarme lo que sientes … ‘Más que palabras’, es todo lo que tienes que hacer para hacerlo real. Entonces no tendrías que decir que me amas, porque ya lo sabría ¿Qué harías si mi corazón se rompiera? ‘Más que palabras’ para mostrar lo que sientes, que tu amor por mí es real ¿Qué dirías si eliminase estas palabras? Entonces no podrías volver a empezar sólo diciendo ‘te quiero’. He tratado de hablar contigo y hacerte entender que todo lo que tienes que hacer es cerrar tus ojos, extender tus manos y tocarme, abrazarme y no dejarme ir jamás».

Quiero dedicar esta canción a todos lo que estén enamorados, a quienes crean estarlo, a quienes lo buscan con desigual fortuna, a los enamorados del amor y, por supuesto, también a quienes creen que el amor es algo más que palabras. Espero que el domingo paséis un bonito día de San Valentín.

Ibio. «Cuevas de Altamira»

Andalucía, Cataluña, País Vasco y Madrid fueron, probablemente, los territorios donde mejor se desarrolló el rock progresivo durante la década de los setenta, las zonas donde aparecieron más grupos y las que contaron con un mayor seguimiento por parte de los aficionados. Sin embargo, también hubo muy buenos representantes de este estilo en otras zonas de España como, por ejemplo, en Cantabria. Ya nos hemos ocupado de la banda más importante que salió de allí, Bloque; hoy vamos a dedicar nuestra entrada a otra formación de aquella tierra: Ibio, creada en 1977 con el ánimo de fusionar el rock sinfónico con elementos característicos del folklore cántabro; grabaron un único álbum, con el sello Gong, que fue producido por el omnipresente Gonzalo García Pelayo. Bajo el título de «Cuevas de Altamira» (1978), Ibio nos invita a un paseo musical por tierras cántabras guiado por el teclista Mario Gómez Calderón, responsable del sonido de este grupo gracias al empleo de piano eléctrico, el mellotron y los sintetizadores. Este álbum se remasterizó y reeditó por la firma Dro en el año 2003, con un bonito trabajo adicional en el diseño de portada. Veintiocho años después, volvieron a reunirse para grabar «El Regreso» (2006), un doble Cd con nuevas canciones, en el que también incluyeron el tema propuesto para hoy, «Cuevas de Altamira». Pero volvamos a su primer Lp; se abre con la canción ya mencionada, la más conocida de todas y, tal vez, la que puede llegar a mayor cantidad de gente por su tono lánguido y su pegadiza parte cantada. Pero la voz no es, en mi opinión, el principal valor de este grupo; ya hemos comentado la importancia de los teclados, sin embargo lo que más me gusta de Ibio son sus pasajes de guitarra, que ya se pueden apreciar en el tema «Cuevas de Altamira» (no os perdáis el breve solo que comienza en el minuto 3:20 y el que se inicia en el 4:28, que nos lleva hasta el final de la canción). Para los más progresivos, aquí podéis escuchar el álbum completo (también está en spotify); si no tenéis tiempo suficiente, os recomiendo «La virulencia del ferrocarril«, «Pastor» y «La baila de Ibio«, en estos tres cortes también destaca la excelente guitarra de Dioni Sobrado Fernández.