Los Pekenikes es uno de los grupos de rock más antiguos de España; su origen se remonta a marzo de 1959, cuando algunos compañeros del Instituto Ramiro de Maeztu crean una banda que comienza a ensayar en el sótano familiar de los hermanos Sainz, en la calle Montesa de Madrid. Al parecer, el nombre tuvo su origen en la juventud de sus componentes; con el objeto de que se viera mejor en la batería, alguien decidió sustituir la palabra «Pequeniques» por «Pekenikes». En 1961 firman con el sello Hispavox y comienzan a grabar algunos EPs de cuatro canciones, tan famosos en aquella época. Incluso llegaron a tocar en el chalet de Puerta de Hierro (Madrid) donde residía el ex-presidente argentino Juan Domingo Perón, exiliado en nuestro país desde el año 1960; Perón quedó encantado con la actuación y les comentó que si podía hacer algo por ellos; Alfonso Sainz, líder del grupo, le entregó una lista con los instrumentos que les hacían falta; varios meses después, con gran sorpresa, vieron como recibían todo lo pedido, entre ellos una Fender Stratocaster, tal vez la primera que entró en España. Aunque mantuvieron una formación base, las entradas y salidas del grupo fueron una constante; de hecho, por Pekenikes han pasado cantantes y músicos bien conocidos en el panorama musical de los sesenta, como Juan Pardo, Eddy Guzman, Tony Luz, Junior, etc. Nacieron con la vocación de ser un típico grupo con cantante, sin embargo las circunstancias acabaron transformándolo en una formación instrumental, sobre todo a raíz del gran éxito obtenido con el tema popular «Los Cuatro Muleros«, rescatado por Federico García Lorca y popularizado por algunas figuras del flamenco como Pepe Marchena. A menudo se ha comparado a este grupo con Los Relámpagos, aunque yo creo que son bien diferentes; éstos últimos basaban su sonido en las guitarras, al estilo de los británicos The Shadows, mientras que el sonido de Pekenikes era más complejo y en él tenían cabida instrumentos como el saxo, el trombón o la flauta. Nos han dejado grandes temas, como «Frente a Palacio«, «Romance Anónimo«, «Lady Pepa«, «Arena caliente» o los tres cortes destacados de hoy: «Embustero y Bailarín», compuesta por Alfonso Sainz (no os perdáis el vídeo); «Sombras y Rejas», en realidad una versión de «Asturias«, del maestro Albéniz; y «Cerca de las Estrellas», un interesantísimo tema en el que se pueden ver influencias psicodélicas y pseudo-progresivas, lo que tiene un gran mérito puesto que la canción es de 1968.
Yes. «Don’t Kill the Whale»
La edad dorada del rock progresivo comenzó a declinar a finales de los años setenta, en gran medida debido al vigoroso empuje de otros movimientos musicales, como la New Wave y, sobre todo, el punk, que se declararon abiertamente contrarios a los postulados musicales y estéticos propuestos por los grandes dinosaurios del rock sinfónico. En España, los años 1978 y 1979 fueron francamente desconcertantes; apenas tenía quince o dieciséis años pero me acuerdo de escuchar los grandes clásicos de este estilo publicados varios años antes, como si fuera algo de rabiosa actualidad y, también, de renegar de los ultimos trabajos de estos mismos grupos por considerar que vulneraban la esencia misma del rock progresivo. Cuando salió al mercado «Tormato», en 1978, escuchaba «Fragile«, «Close to the Edge«, «Relayer» y «Going for the One», cuatro obras maestras que empequeñecieron, incluso sepultaron, los siguientes trabajos de Yes, asentados en una época y con unos músicos que hacían imposible perpetuar viejas glorias. «Tormato» no ha sido un disco bien tratado, ni por la crítica ni por los aficionados de Yes; su producción fue problemática y deficiente, las canciones no parecían responder a ningún patrón conceptual y no había ninguna de las largas suites características de este grupo, tampoco se respetó el nombre inicialmente propuesto («Yes-Tor», un enclave situado en el condado británico de Devon, con ciertas connotaciones de tipo mágico o místico) y, por si esto fuera poco, en la portada tampoco estuvieron muy afortunados. Acostumbrados al excelente trabajo de Roger Dean, el grupo Hipgnosis (que ya había realizado la portada del disco anterior, «Going for the One»), no estuvo muy brillante; de hecho, según cuentan los biógrafos de esta banda, el tomate que allí aparece es el que lanzó Rick Wakeman cuando vio la portada por primera vez. El último desaguisado, como váis a poder comprobar, lo protagonizó el vídeo-clip que se utilizó para promocionar «Don’t Kill the Whale», un pegadizo tema ecologista con un excelente trabajo del guitarrista Steve Howe. Sinceramente, a pesar de todo, me parece un disco interesante aunque no pueda compararse en calidad con los anteriores. Aquí lo podéis escuchar entero, incluso con bonus tracks; además de «Don’t Kill The Whale» hay otros temas también interesantes, como «Madrigal» o «Release, Release«, bien diferentes uno del otro. En el año 1978 lo repudié; hoy, con más años y menos dogmatismo militante, disfruto escuchándolo.
Gilbert O’Sullivan / D. Krall & M. Bublé / Berk & The Virtual Band. «Alone Again (Naturally)»
He de reconocer que no tengo ni idea de hip hop y, hasta el momento de preparar esta entrada, no conocía los pormenores de algo que fue práctica habitual en este género hasta el año 1991; me refiero al «sampleo», «sample» o «sampling». Con estos anglicismos se trata de hacer referencia al acto de modificar, generalmente utilizando aparatos de sonido o programas informáticos, determinadas porciones o muestras de melodías que serán reutilizadas posteriormente en una nueva canción. Desde que se inició el hip hop, allá por los años setenta, el «sample» se manejó con profusión y, por supuesto, sin pedir los permisos correspondientes a quienes detentaban los derechos de autor de las canciones originales. En 1991 el rapero neoyorkino Biz Markie editaba su tercer álbum de estudio («I Need Haircut»), en el que se incluía el tema «Alone Again» (aquí lo podéis escuchar), construido a partir de un «sample» de «Alone Again (Naturally)», canción del irlandés Gilbert O’Sullivan grabada, como single, en el año 1972. Markie y su compañía discográfica fueron demandados por O’Sullivan; la sentencia, favorable para éste, cortó de raiz el uso indiscriminado del «sample» y, por lo tanto, cambió radicalmente la manera de entender el hip hop. «Alone Again (Naturally)» es una sensible melodía en la que destaca la instrumentación, la particular voz de Gilbert O’Sullivan y una letra que nos habla de soledad, amargura y pérdida; en el primero de los vídeos de hoy, el correspondiente al original de Gilbert O’Sullivan, podéis leer esta historia de alguien (no parece que fuera autobiográfica) que es abandonado en el altar, que piensa en el suicidio y que recuerda con tristeza la muerte de sus padres. Hay buenas versiones de este tema, como las de Esther Phillips, Sarah Vaughan, Nina Simone, Shirley Bassey, Neil Diamond, Vonda Shepard o Daniela Procopio, ésta última especialmente interesante, en modo bossa nova; pero también las hay poco recomendables, muchas de ellas en español (no quiero señalar …) Las otras dos versiones de hoy tienen un cierto regusto a jazz; el segundo vídeo corresponde a la interpretación realizada por Diana Krall y Michael Bublé y la tercera es una preciosa rareza, pertenece a un grupo español denominado Berk & The Virtual Band, del que apenas sé nada, más allá de lo que he podido leer en su página de facebook y lo que he escuchado a través de spotify.
The Pretenders. «Kid»
Si preguntáramos por The Pretenders a cualquier aficionado a la música pop medianamente informado, lo más probable es que nos contestase que ese es el grupo de Chrissie Hynde. Y, en efecto, así ha sido desde su creación en 1978 hasta la actualidad, pues creo que aún continúan en activo. Sin embargo, los dos primeros discos de esta banda –sobre todo el primero- fueron mucho más que Chrissie Hynde. The Pretenders acabaron inclinándose, como muchas formaciones ochenteras, por un rock melódico que se alimentaba de las buenas canciones de esta artista, líder absoluto de la banda; a pesar de todo, su álbum de debut (“Pretenders”, 1980) es uno de los mejores discos de New Wave que conozco, bastante rockero y con un sabroso aderezo punk, más evidente en la estética que en la propia música. Los responsables de este excelente trabajo fueron el bajista Pete Farndon, el batería Martin Chambers, el interesantísimo guitarrista James Honeyman-Scott -en gran medida el responsible de esos cambios de ritmo y esos riffs tan creativos y singulares- y, por supuesto, la norteamericana Chrissie Hynde, la vocalista y autora de todas las canciones. A finales de 1981, en pleno éxito musical de esta banda, la relación de Pete Farndon –ex novio de Hynde- con el resto de compañeros fue deteriorandose a causa de las drogas, lo que llevó a su expulsión del grupo en 1982. Mientras tanto, el guitarrista Honeyman-Scott había aprovechado las últimas giras para dedicarse a la misma peligrosa actividad que su compañero; murió el 16 de junio de 1982, apenas dos días después de la expulsión de Farndon, debido a un paro cardiaco ocasionado por una sobredosis de cocaína. Meses después, cuando trataban de recomponer la banda, fallecía Pete Farndon, ahogado en una bañera tras perder el conocimiento por una inyección de heroína. El siguiente disco (“Learning to Crawl”) lo sacaron en 1986 y, desde entonces, los cambios en la formación de The Pretenders han sido continuos. Volviendo a su primer trabajo (aquí podéis escuchar el disco entero), está lleno de buenas canciones: “Precius”, “Tattoed Love Boys”, “Stop your Sobbing”, “Brass in Pocket” y mi preferida: “Kid”, una hermosa balada que ha tenido alguna versión interesante, como ésta debida al dúo inglés Everything but the Girl publicada en su álbum “Love Not Money” (1985).
Stratovarius. «Black Diamond»
El heavy metal es uno de los estilos musicales preferidos por los aficionados al rock y el que tal vez cuenta con un mayor número de grupos y de sub-estilos. Nacido a partir del hard rock cultivado en los años setenta, durante los ochenta evolucionó y vivió su período de esplendor. En plena fiebre grunge, el heavy metal que podríamos denominar tradicional o clásico comenzó a ceder protagonismo en favor de una serie de movimientos alternativos, a menudo fuera de los circuitos comerciales, que los especialistas en la materia han agrupado en cinco categorías: doom metal, thrash metal, death metal, black metal y power metal (aunque la clasificación metalera más «molona» es ésta). Nunca he sido muy metalero, sí muy hardrockero e, incluso, seguidor del heavy tradicional; sin embargo, estos sub-géneros que acabo de mencionar, al igual que el grunge, nunca han sido muy de mi agrado excepto algunos grupos etiquetados como power metal, más concretamente los orientados hacia el metal neoclásico y el metal sinfónico; en definitiva, aquellos que se caracterizan por los siguientes elementos distintivos:
1.- Ejecución musical muy veloz (speed metal) en la mayor parte de las canciones, pero con nitidez y sin distorsiones notables.
2.- Tono épico, tanto en las letras (fantasía, mitología, historias medievaloides, etc.) como en la ejecución musical, con veloces crescendos que posibilitan este efecto.
3.- Voces poderosas y normalmente en tonos agudos, los guturales no me van mucho.
4.- Virtuosismo y riqueza instrumental; al contrario de lo que opinan buena parte de los metaleros, para mí los teclados son importantes.
5.- Uso de elementos barrocos, neoclásicos y, en general, procedentes de la música culta y, también, del rock progresivo.
6.- Gran protagonismo de la melodía y de las construcciones melódicas con gancho y pegadizas.
Con todo, he de reconocer que me pierdo un poco en el maremágnum de grupos existentes; hay muchísimos y en prácticamente todo el Mundo, muchos de ellos en los países escandinavos, fuente inagotable de grupos metaleros. Uno de los que más me gusta es Stratovarius, banda finlandesa creada en 1984 con un nombre que no es otra cosa que la fusión de dos términos: uno procedente de la música clásica (Stradivarius) y otro del rock (Stratocaster), toda una declaración de intenciones. Su álbum tal vez más importante, para muchos una de las cumbres del power metal, es «Visions» (1997), donde destacan temas como «The Kiss of Judas» y, por supuesto, «Black Diamond», himno metalero sobre un amor imposible que comienza (y acaba) con un teclado en modo clavicordio, que ha terminado siendo una de las señas de identidad de este grupo.