Duke Ellington. «Take the A train»

Duke Ellington es uno de los más importantes compositores que nos ha dado el jazz y, también, uno de los más influyentes. El propio Miles Davis comentó en alguna ocasión que “todo el mundo tendría que caer de rodillas un día y darle las gracias a Duke”. Nacido en Washington, en 1899, con apenas diecinueve años dirigía pequeñas bandas en bailes y fiestas; diez años más tarde firmó su primer contrato para el célebre “Cotton Club” de Nueva York. En 1930 consiguió su primer gran éxito con el tema “Mood Indigo” y, poco tiempo después, ya era una celebridad en Estados Unidos y Europa. Su época más brillante, desde el punto de vista compositivo, tal vez fue la de los años cuarenta, con títulos como “Solitude”, “Diminuendo and Crescendo in Blue”, “Harlem Airshaft”, “Black, Brown and Beige”, “Concerto for Cootie”, “Ko-Ko”, etc. Sin embargo, una de sus piezas emblemáticas, “Take the A train”, con la que solía abrir los conciertos de su big band, no fue compuesta por él sino por Billy Strayhorn, un pianista, arreglista y compositor estadounidense que, desde 1938, trabajo para Duke Ellington. Strayhorn comenzó a componer este tema en 1939, pero dudaba que pudiera ser del agrado de su jefe porque temía que sonara como una pieza de Fletcher Henderson, uno de los rivales musicales de Duke Ellington en aquella época. Esta canción hacía alusión a la línea A del metro de Nueva York, que conectaba con Harlem, lugar donde se encontraba el Cotton Club, y también a las indicaciones que recibió Strayhorn cuando se reunió con “Duke” por primera vez. “Take the A train” fue un éxito arrollador y pronto se incorporó al repertorio de otras orquestas. Desde entonces no han cesado las versiones: Bob Wills, Oscar Peterson, Ella Fitzgerald, Charles Mingus, Dave Brubeck, Cliford Brown, Sarah Vaughan, Dexter Gordon, Joe Henderson, etc. Incluso ha sido versionada por el grupo de jazz-rock Chicago e incluida (al menos un fragmento), a modo de “intro”, en el álbum en directo de los Rolling Stones titulado “Still Life” (American Concert 1981). Os animo a que propongáis la versión que os gusta más, yo me voy a limitar a la original de 1941, aunque aquí también podéis escuchar la primera versión vocal de esta canción, también debida a Duke Ellington, con la colaboración de la cantante Joya Sherrill; y la que grabara el compositor, Billy Strayhorn, en 1961.

Carlos Nuñez y Teresa Salgueiro. «María Soliña»

Carlos Núñez es uno de los talentos musicales más grandes que tenemos en España, está considerado como uno de los mejores gaiteros del Mundo y toca la flauta con gran delicadeza y sentimiento, como váis a comprobar en la canción de hoy: «María Soliña». No es la primera vez que este gallego aparece por aquí, ya lo hizo con el tema «Lela«, magistralmente interpretado por la portuguesa Dulce Pontes; me he animado a proponer otra de sus canciones ante el éxito que ha tenido (y sigue teniendo) «Lela» entre quienes visitan La Guitarra de las Musas, no en vano es una de las entradas más visitadas de este blog, lo que no deja de sorprenderme. «Lela» apareció en el primer trabajo de Carlos Núñez, «A Irmandade das Estrelas» (1996), y «María Soliña» en su siguiente álbum, «Os Amores Libres» (1999), donde el gaitero trató de indagar sobre la música celta y su relación con las melodías tradicionales gallegas e, incluso, con culturas en principio bien alejadas de lo celta, como el flamenco; en este sentido, os recomiendo que escuchéis «A Orillas del Río Sil«, interpretada por la cantaora Carmen Linares. Volviendo a la melodía de hoy, os diré que está dedicada a María Soliño (o Soliña), una mujer nacida en Cangas de Morrazo (Pontevedra) a finales del siglo XVI, que consiguió adquirir un estatus económico desahogado gracias al establecimiento, junto con su hermano y su marido, de una pequeña manufactura de pescado en el municipio. En 1617 Cangas fue atacada y saqueada por los piratas turcos, lo que llevó al empobrecimiento de su población, incluida la clase acomodada, y al enloquecimiento de muchas de sus mujeres, que padecieron el horror de la guerra y, a menudo, vieron como fallecían sus maridos y familiares en la defensa de la plaza. Esta circunstancia fue aprovechada por la minoría dominante de Cangas para culminar el saqueo, esta vez entre quienes aún poséian bienes preciados como los «derechos de presentación» en capillas y freguesías, es decir, los previsibles beneficios de estas entidades. Al parecer, María Soliño acudía a la playa por la noche (como otras mujeres), probablemente para rezar por su marido y hermano muertos en el ataque de los turcos; actitudes como ésta fueron suficientes para iniciar un proceso inquisitorial por brujería, en el que también se vieron envueltas otras mujeres de extracción social más humilde. María fue acusada de entregar su alma al diablo y de poseer poderes demoniacos; confesó ser bruja tras ser sometida a una cruel tortura, fue condenada a llevar el hábito de penitente durante seis meses y, por supuesto, fueron requisados todos sus bienes, entre ellos los «derechos de presentación», el principal objetivo del Santo Oficio y de los poderes económicos y políticos de Cangas. La letra de esta canción fue escrita por Celso Emilio Ferreiro (1912-1972) y, por supuesto, existen distintas adaptaciones y versiones; ésta debe el arreglo musical a A. Paz Valverde y está maravillosamente cantada por la portuguesa Teresa Salgueiro, vocalista del grupo Madredeus.

The Notting Hillbillies. «That’s Where I Belong»

No parece cómodo ser prisionero de tu propio éxito, querer seguir fresco en la música cuando has hecho giras con más de doscientas cincuenta actuaciones; ésta, en concreto, fue la cifra aproximada que se generó tras el triunfo arrollador del disco de Dire Straits «Brothers in Arms» (1885). Según recoge Héctor Sánchez en efeeme.com, Mark Knopfler llegó a reconocer que estaba cansado del grupo: «(…) al final no quería ver un instrumento ni en pintura. Estaba destrozado. Pero cuando descansé un poco me dio por pensar en otros proyectos. Necesitaba oxigenarme, coger aire; flirtear musicalmente por ahí». Durante la segunda mitad de la década de los ochenta, Knopfler participó en la banda sonora de «La Princesa Prometida» (Rob Reiner, 1987), colaboró con otros artistas de la talla de Bob Dylan o Eric Clapton e inició un interesantísimo acercamiento a otros géneros, como el blues o el country. Dentro de esta última faceta destacan dos iniciativas que dieron su fruto el mismo año (1990), para mi gusto los dos mejores trabajos de Mark Knopfler fuera de Dire Straits: un disco con el guitarrista Chet Atkins («Neck and Neck»), una de las leyendas del country, cuya versión del tema «Sweet Dreams» ya ha aparecido en este blog; y otro con la banda The Notting Hillbillies («Missing … Presumed Having a Good Time»), formada por un grupo de amigos y conocidos de Mark Knopfler. El nombre del grupo hacía alusión al famoso barrio londinense de Notting Hill y, también, a la música tradicional de los Estados Unidos conocida como «Hillbilly». Grabaron un único álbum, ya mencionado, con el que, ante todo, deseaban pasarlo bien y, por supuesto, recuperar viejas canciones olvidadas de la América profunda. Fue producido por Mark Knopfler y Guy Fletcher y, según nos cuenta Nico Gómez, grabado de manera poco profesional en el propio domicilio de Mark. Tras Grabar el disco y realizar una pequeña gira de promoción (seis semanas) por pubs, radios y televisiones, regresaron a sus proyectos principales para volver a reunirse en 1993 y llevar a cabo conciertos, de manera intermitente, durante toda la década de los noventa. La mayor parte de los temas incluidos en este único disco de los Notting Hillbillies son versiones de clásicos del country, excepto tres canciones que fueron compuestas por Mark Knopfler, Steve Phillips y Brandon Crocker, respectivamente; os propongo esta última, la de Crocker, titulada «That’s Where I Belong», aunque aquí podéis disfrutar del disco completo.

Erma Franklin / Big Brother & The Holding Company / Etta James. «Piece of My Heart»

Hacer versiones no es nada fácil y menos aún superar los originales, eso está al alcance de muy pocos, sólo de grandes artistas con cualidades vocales suficientes, intensidad y mucha personalidad como, por ejemplo, Janis Joplin. Una de sus obras maestras es «Piece of My Heart», una canción compuesta por Jerry Ragovoy y Bet Berns para la hermana mayor de Aretha Franklin, Erma Franklin, que la grabó en el año 1967; Erma sólo publicó dos álbumes y, en 1972, se retiró para trabajar en una empresa de relaciones públicas aunque, de manera esporádica, siguió actuando con su hermana Aretha durante los años ochenta y noventa. El éxito de «Piece of My Heart» le duró bien poco a Erma Franklin; apenas un año después fue grabada por la banda californiana Big Brother and the Holding Company, que contaba con Janis Joplin como cantante. Se había unido a este grupo de rock psicodélico en 1966 y grabó con ellos dos Lps: «Big Brother & The Holding Company» (1967) y «Cheap Thrills» (1968). Este último disco está considerado como una de las obras fundamentales del sonido psicodélico de San Francisco; además de composiciones propias, contó con tres maravillosas versiones: «Summertime» (George Gershwin, Ira Gershwin y DuBose Heyward), «Ball and Chain» (Big Mama Thornton) y la canción de hoy que, en la voz de Janis Joplin, se transformó completamente. De hecho, la propia Erma Franklin confesó no haber reconocido la canción cuando la escuchó por la radio. Desde luego ya no parecía un contenido tema pop interpretado por una cantante de soul; la nueva versión era más rockera, más ácida, más descarnada y más pasional; se había convertido en un grito desesperado, en una rabiosa invitación para desintegrar los pedazos de un corazón roto. Puedo comprender que, después de escuchar a Janis Joplin, ya no queráis más versiones, lo entiendo; no obstante, si aún queda alguien interesado, os recomiendo otras que me parecen interesantes, aunque se han hecho bastantes, por ejemplo, las de Delaney & Bonnie, Melissa Etheridge, Beverley Knight, Faith Hill, Nazareth, Sammy Hagar o la tercera destacada de hoy, la de Etta James, incluida en su álbum «Deep in the Night» (1978).

Desireless. «Voyage, Voyage»

En septiembre de 1987 me tocó «cumplir con la Patria»; me fui al Servicio Militar con veinticuatro años después de acabar la carrera, y a Melilla, uno de esos destinos que nadie quería. Algo raro debió de suceder en el sorteo porque aquel año la ciudad norteafricana se llenó de universitarios madrileños, tal vez como venganza del sistema castrense por nuestro empeño en querer retrasar lo inevitable. Sin embargo, la diosa de la compensación quiso que el mes de agosto fuera inolvidable. Las perspectivas iniciales no eran muy halagüeñas; me tocaba trabajar en la obra que íbamos a iniciar en la pequeña casa familiar que tenemos, desde hace ya muchos años, en Almendral de la Cañada, un pueblecito del Valle del Tiétar del que ya os he hablado en otras ocasiones. La reforma la iba a realizar un albañil amigo de la familia, su hijo Mariano y un colega del primero. Mis hermanos/as y yo éramos, como se dice coloquialmente, los «machacas» o los «traidores» («tráeme esto, tráeme lo otro»). A pesar del duro trabajo, el ambiente fue genial y los jóvenes incluso habíamos conseguido parar la obra a una hora concreta para desayunar, justo cuando emitían la novela «Los ricos también lloran» que veíamos todos, «bocata» en mano, ignorando la calidad de aquel bodrio y comentando con pasión lo que veíamos en pantalla. Todo muy surrealista. Con veinticuatro años el cansancio no existe así que, al acabar el tajo, nos duchábamos, cenábamos, nos arreglábamos y nos íbamos a recorrer la noche; mi compañero era Mariano aunque pronto nos acompañaron un par de amigas que pasaban unos días de veraneo en el pueblo. Casi todos los días íbamos en busca de fiestas en otras localidades o de sitios donde pasar aquellas noches de agosto que, a menudo, se alargaban hasta bien tarde, por lo que apenas dormíamos; hoy día pienso en ello y aún no puedo explicarme cómo soportábamos aquel ritmo: trabajo en la obra / «Los ricos también lloran» / noche toledana. A las chicas les gustaba una canción francesa que se escuchaba mucho aquel verano y, como podéis imaginar, no paraba de sonar en el coche: «Voyage, Voyage», de la cantante Desireless a quien tal vez recordéis por su pelo de punta y su aspecto andrógino. Cada vez que la escucho me acuerdo de aquellos días y, sobre todo, de Mariano, a quien un cruel accidente, un golpe de mala suerte, se lo llevó de este mundo cuando realizaba su trabajo. Esta canción va por ti, amigo; espero que, estés donde estés, como dice la letra de este tema, sigas volando, viajando por territorios exóticos y recreándote con la inmensidad del océano.

Este blog y yo nos tomamos un descanso veraniego, volveremos en septiembre ¡Qué paséis un buen mes de agosto!