Patti Boyd es una fotógrafa y ex-modelo británica que estuvo casada con George Harrison y, posteriormente, con Eric Clapton. Tal y como nos cuenta Héctor Sánchez en un interesante artículo publicado por EfeEme.com, Clapton y Harrison se conocían desde finales de 1964, cuando empezaron a colaborar en diferentes proyectos musicales, incluso vivían cerca por lo que las visitas de Mano Lenta al matrimonio eran muy habituales; además de su afinidad musical y profesional, y de la amistad que les unía, Clapton tenía otras razones para visitar la casa de los Harrison: estaba perdidamente enamorado de Patti. Tras comprender que no podía acostarse con Paula, la hermana de aquella, sólo por el hecho de llamar su atención y de estar cerca de ella, Eric se declaró a Patti, y aquello acabó en romance. Sin embargo, Clapton se sentía mal por haber traicionado a su amigo aunque, en el fondo, lo que deseaba es que Boyd le abandonara. Eric no pudo resistirlo, una noche se lo contó a George: «Estoy enamorado de tu mujer. La conversación subsiguiente rozó el absurdo. Aunque creo que George estaba profundamente herido, lo delataban sus ojos, prefirió quitarle hierro al asunto, que de alguna forma se sintió aliviado ya que estoy seguro de que se había olido algo, y al fin yo se lo había confesado». Finalmente, Patti se decidió por George, dejando a Eric con el corazón roto, a merced de sus, cada vez más preocupantes, adicciones. La música fue su refugio, probablemente nunca volvió a experimentar una etapa tan creativa como aquella, en la que se enfrentó a la grabación del primer -y a la postre último- disco de su nueva banda: Derek & The Dominos; según él mismo ha confesado, «todas las canciones que compuse (…) tratan en realidad sobre ella y nuestra relación», incluso la portada del disco, La Fille au Bouquet de Emile Théodore Frandsen de Schomberg, elegida por Clapton debido a la semejanza de aquella mujer rubia con Pattie Boyd; Mano Lenta insistió en que se publicara sin sobrescribir en ella el nombre de la banda, ni el título del álbum. «Layla and Other Assorted Love Songs» se publicó, como disco doble, en 1970 y, a día de hoy, continua siendo uno de los mejores trabajos publicados por Eric Clapton a lo largo de su dilatada carrera profesional. Dio lugar a dos sencillos: «Layla» y «Bottom Blues», dos temas sobre un amor no correspondido y una mujer capaz de inspirar canciones como éstas u otras de la envergadura de «Wonderful Tonight» o «Something». Pasados unos años, Patti se separó de George y se casó con Eric, en marzo de 1979, en una ceremonia en la que tocaron Paul McCartney, Ringo Starr y … George Harrison, con quien no rompió los fuertes lazos de amistad que les unían; Patti y Eric se divorciaron en 1989. «Bell Bottom Blues» fue compuesta por Bobby Whitlock, teclista de la banda, y el propio Eric Clapton; en este vídeo les podemos ver interpretando este excelente tema y, en este otro, a Mano Lenta en uno de sus característicos unplugged.
The Rays / The Ronettes / Cliff Richard. «Silhouettes»
Para quienes disfrutamos de los días luminosos, incluso fríos y secos como los que solemos tener en Madrid durante el invierno, Londres puede llegar a ser una ciudad triste, oscura y algo deprimente; pero si tienes la suerte de enganchar varios días soleados, y sin lluvia, la capital británica puede convertirse en un lugar único para pasear por sus calles y por sus impresionantes y abundantes parques. En una entrada anterior, la dedicada al tema «I should I stay or should I go«, os mostraba un par de fotos de cuando tenía veintiocho años, en un momento lúdico de los que pasé en aquella ciudad, de la que formé parte durante seis semanas cuando realizaba mi tesis doctoral. Me alojé en casa de Mary y Ángel, una irlandesa y un español que me acogieron con todo el cariño del mundo, buena comida (algo no siempre difícil de conseguir en Londres) y cervezas a discreción. Tenían un equipo de música bastante decente y unos cuantos vinilos que aproveché para grabar, entre ellos «From a Distance: The Event» (1990), de Cliff Richard, un cantante no excesivamente bien valorado por los amigos irlandeses con los que me relacionaba pero al que quise dar una oportunidad. Al día siguiente tenía que ir a trabajar al archivo histórico de Kew Gardens; ya finalizada mi jornada, quise visitar aquel espectacular jardín botánico (no os lo perdáis cuando vayáis a Londres). Era un día soleado, luminoso, de esos que levantan el ánimo a cualquiera; me puse los cascos y comencé a caminar, estaba feliz por haber localizado y consultado aquellas cartas, y por estar en un lugar tan placentero y relajante como aquel. Cuando comenzó a sonar «Silhouettes», en la voz de Cliff Richard, realicé una inspiración profunda en un intento por conservar el recuerdo de aquel momento en mis pulmones; volví más veces, siempre con el sol luciendo en el cielo, y con la cinta de Cliff Richard rebobinada en esa misma canción para iniciar el paseo.
«Silhouettes» fue compuesta por Bob Crewe y Frank Slay a partir de la imagen de una pareja abrazándose a través de la persiana de un tren en marcha. Los primeros en cantarla fueron los Rays, a quienes podemos ver en la primera versión destacada de hoy, una interpretación muy característica de los grupos de doo-wop que tanto proliferaron durante los años cincuenta y, en menor medida, sesenta, como por ejemplo los Diamonds, Frankie Lymon, The Four Seasons, The Crests, Sha-Na-Na o, más recientemente, The Alley Cats, todos ellos con versiones de este tema. En tono beat-pop, soul-pop o rocanrolero tenemos también las aportaciones realizadas por bandas como Herman’s Hermits, Ian & The Zodiacs, Steve Gibbons & The Red Caps o The Ronettes -el segundo vídeo destacado de hoy-; en clave melódica contamos con la de Paul Anka, en modo reggae con la de Dennis Brown y en francés con la de Claude François, incluso existe alguna instrumental como la de Santo & Johhny, y una versión a cargo de Bob Dylan -que no he podido escuchar- grabada en el disco 6 del recopilatorio «The Bootleg Series Vol. 11: The Basement Tapes Complete», grabado en 1967 y publicado en 2014. Por último, me gustaría mencionar que «Silhouettes» sirvió de inspiración a John Lennon para componer su tema «No Reply» que, acreditado a la dupla Lennon/McCartney, fue incluido en el álbum «Beatles for Sale» (1964).
Norman Greenbaum / Doctor and the Medics / The Kentucky Headhunters. «Spirit in the Sky»
Norman Greenbaum es un norteamericano de Massachusetts que vive en Petaluma (California), promoviendo conciertos y alejado de los escenarios y la fama. Aunque grabó algunos discos a finales de los sesenta y principios de los setenta, es conocido en el mundo de la música por su éxito «Spirit in the Sky», compuesto por él y publicado en 1969 como single y, poco después, como parte de su primer álbum, titulado igual que la canción. Nació en el seno de una familia judeoamericana y fue educado como tal, por lo que resulta paradójico que «Spirit in the Sky» esté considerado como un himno religioso cristiano debido a su letra, en la que se habla de Jesús y del Cielo como lugar a donde ir después de morir. El propio Norman Greenbaum ha reconocido que, en realidad, se inspiró en las películas del oeste, en aquellos héroes que morían con las botas puestas, y en algunos cantantes de country, como Dolly Parton o Porter Wagoner, cantando canciones de temática religiosa en la televisión; nunca pensó en componer una canción de plegaria o alabanza cristiana: «he utilizado el elemento cristiano porque tenía que utilizar algo y porque estaba ahí, pero lo más importante no es la parte en la que se menciona a Jesús, sino la propia historia del espíritu que se marcha para el cielo. Es bastante divertido: yo también quería morir con mis botas puestas». Lo más reconocible de «Spirit in the Sky», su verdadera seña de identidad, es ese riff inicial de guitarra, entre psicodélico y hardrockero, con el que consiguió cautivar a los aficionados al rock. Sin embargo, no parece que sea totalmente original; apenas un año antes Canned Heat cerraban su excelente «Boogie with Canned Heat» con un tema («Fried Hockey Boogie«), compuesto por el bajista Larry Taylor, que recuerda bastante al que hoy nos ocupa. Incluso podría pensarse en una influencia anterior en lo que a este riff se refiere, la del tema «Boogie Chillen«, grabado por John Lee Hooker en 1950, incluso el tema «Shake Your Hips» (1965), de Slim Harpo. Y si queremos seguir viendo parecidos razonables, ahí tenéis, sin ir más lejos, uno de los temas más conocidos de ZZ Top, «La Grange«, publicado en 1973. Para la segunda versión os propongo a la banda de glam-rock Doctor and the Medics, que incluyeron este tema en su álbum «Laughing at the Pieces» (1986); y para la tercera a los Kentucky Headhunters, grupo de rock sureño que versionó esta canción para su segundo álbum de estudio («Electric Barnyard», 1991). No obstante, si queréis escuchar otras versiones, aquí tenéis las debidas a Bauhaus (rock gótico, post punk), Nina Hagen (punk, new wave), Larry Norman (rock cristiano), Elton John (melódico) o las más poperas de Dorothy Morrison, Gareth Gates o Kim Wilde.
Black. «Wonderful Life»
Colin Vearncombe, más conocido por el apodo de «Black», fue un músico británico nacido en Liverpool, en 1962, y fallecido hace relativamente poco, el 26 de enero de 2016, víctima de un accidente de tráfico en una zona próxima al aeropuerto irlandés de Cork. Tras publicar un par de singles con la discográfica Rox Records («Human Features«, 1981 y «More Than the Sun«, 1982), fichó por Wea Records; los primeros sencillos que vieron la luz con esta compañía fueron «Hey Presto» (1985) y el tema que nos ocupa, «Wonderful Life» (1985) que, además, dio nombre al primer Lp de esta formación, editado en 1987. Se trata de un álbum de pop que podríamos englobar dentro de la new wave, la corriente musical imperante en aquellos años; contó, entre otros músicos, con Jimmy Hughes a la batería, Martin Green al saxo -bien reconocible en algunas canciones, como en la propia «Wonderful Life»- y Dave «Dix» Dickie a los teclados, amigo de Colin y uno de los principales artífices de este álbum. «Wonderful Life» fue el tema con el que se dio a conocer Black, el gran éxito de su carrera, para algunos el único que tuvo antes de su temprana muerte a los 53 años. La responsable indirecta de este hit fue su ex-mujer, de quien se había divorciado poco tiempo antes; según unas declaraciones realizadas por Colin en 1993, fue «una de esas grandes ironías de la vida porque mi primer matrimonio se había roto de un modo irreal y yo, ante ello, terminé escribiendo canciones que, a la postre, serían las más exitosas que jamás haya tenido mi catálogo. Mi ex-esposa fue indirectamente responsable del hit y eso, ahora, me hace sonreir». «Wonderful Life» es un tema triste y melancólico que, de manera irónica, nos habla de las cosas buenas de la vida, de esos placeres sencillos a los que, probablemente, Black no tenía acceso acceso debido a su estado de postración. En la web Ideasnopalabras realizan una interesante interpretación subjetiva de la letra que, independientemente de que la compartáis o no, resulta ciertamente sugerente. El vídeo oficial, en blanco y negro, fue grabado en zonas costeras próximas al lugar donde vivía Black; dirigido por Gerard De Thame, ganó un premio en el edición de 1988 del New York Film Festival.
Concierto de Roger Hodgson. Noches del Botánico. Madrid, 11-VII-2017
Cuando acudes a un concierto de Roger Hodgson lo que menos te esperas es que, al entrar al recinto, suene una copla cantada en directo; la verdad es que la cantante lo hacía muy bien, su versión de «Y sin embargo que quiero», entre flamenca e indie, me pareció bastante buena y me hizo pensar, tras echar un primer vistazo al espacio habilitado para este festival, en cuánto había cambiado este evento desde la última vez que participé en él, hace dos años, en el concierto de Imelda May. Me alegré mucho al ver que «Las Noches del Botánico» empiezan a consolidarse como acontecimiento de referencia, para todos los que amamos la música, en las sofocantes noches del verano madrileño. En las fotos que os dejo a continuación podéis comprobar el ambientazo que habían preparado: tiendas, bares, restaurantes de comida rápida tipo food truck y, por supuesto, una actuación en directo para entretener la espera y complacer a unos parroquianos más próximos a los sesenta que a los cuarenta años (los hijos que acompañan a los padres siempre bajan la media de edad en estos conciertos).
Esta vez sólo fuimos tres los que nos animamos a pagar los 49,5 euros que costaron las entradas, tres de los habituales en estos saraos: Begoña, mi hermano Carlos y quien escribe. Entramos hacia las 21:10 de la tarde, nos entretuvimos dando una vuelta y nos tomamos una cerveza; teníamos entrada sin numerar, de pista, aún así no corrimos mucho para buscar un acomodo razonable; a las 21:40 -más o menos- ya nos habíamos situado, justo a tiempo porque cinco minutos después ya no cabía ni un alfiler, hubo un llenazo total, como se puede apreciar en estas imágenes facilitadas por la organización. El concierto empezó a las 22:15 horas y finalizó hacia las 24:00 horas, sin descansos ni interrupciones de ningún tipo; comenzamos con el tema «Take the Long Way Home» y finalizamos con «It’s Raining Again», en medio pudimos escuchar un puñado de canciones de lo mejorcito del repertorio de Supertramp («School» -no os perdáis el vídeo grabado por mi hermano Carlos, que haría sin él en los conciertos …-, «Breakfast in America», «The Logical Song», «Child of Vision», «Dreamer» -de ésta también hay vídeo-, «Fool’s Overture», «Give a Little Bit», algunas melodías pertenecientes a sus discos en solitario («Death and a Zoo» o la bellísima «Lovers in the Wind») y un par de temas inéditos («Teach me to love again» y «The Awakening»).
No os podéis ni imaginar el aspecto jovial y saludable que tiene Roger, ni mucho menos aparenta la edad que tiene (67 años). Una taza lo acompañó toda la noche, tal vez sea ese el secreto de su eterna juventud; mi hermano dijo que la taza sólo podía contener dos cosas: té o ginebra, y me lo dijo muy convencido … Aunque parezca increíble, su voz está igual que hace treinta o cuarenta años, luciendo esos agudos y falsetes tan característicos suyos que lleva al límite, hasta ese punto de no retorno del que sólo Roger sabe salir airoso. La banda que lo acompañaba está formada por excelentes músicos; tal y como señala eldiario.es, es la habitual de Hodgson: David J. Carmenter (bajo), Bryan Head (batería), Kevin Adamson (teclados) y un canadiense llamado Aaron McDonald, imagino que de ascendencia hispana, que encandiló al público con su manera de tocar los instrumentos de viento (saxo, flauta, melódica, armónica y probablemente algún instrumento más de los que desconozco el nombre) y su disposición para todo lo que hiciera falta: teclados, voces, pandereta, etc.
Ya sé que habrá quien me diga que Supertramp aún existe, y que está capitaneado por tres de sus miembros históricos: Rick Davies, Bob Siebenberg y John Helliwell. Tras la finalización del concierto, Begoña me envió una antigua entrevista a Roger Hodgson en la que éste no oculta su malestar por los actuales Supertramp, de quienes dice son «sólo el nombre de una marca»: «Rick Davies explota como si se tratara de una empresa que cada cierto tiempo sigue explotando para sacar algo de dinero. No hay banda, son unos músicos que se reúnen para irse de gira. Ya está. La verdad es que para mí estaría todo perfecto si se limitaran a tocar sus canciones, pero me disgusta la decepción que están provocando en mucha gente cuando que va a ver un concierto de ellos y no reconocen la voz del cantante. El gran público no sabe la historia de que yo dejé el grupo y piensan que van a escucharme cantando, pero se encuentran otra cosa. Esto ocurre en todas sus giras: cada cierto tiempo, recibo una avalancha de correos electrónicos de gente enfadada y decepcionada. Y me molesta que ocurra eso con algo que fue mi creación».
Para ser justos, he de decir que no he visto en directo a los «Supertramp oficiales», pero también os puedo asegurar que el martes pasado yo escuché a Supertramp, a ese grupo que me acompaña desde mi adolescencia, con el que tanto he disfrutado y al que jamás pudé ver porque nunca tuve dinero para pagarme la entrada. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta del cariño con el que Roger Houdgson hace las cosas, de las horas de trabajo que debe dedicar a la música y de lo bien que prepara los directos (el sonido fue impecable, de una calidad fuera de lo común en conciertos de rock), todo encaminado a desmostrar que Supertramp es él. Visto lo visto la otra noche, a mí no me cabe ninguna duda del «quién es quién» en esta disputa.

Roger estuvo simpático a rabiar, no paró de hablar, de reír, de piropear a nuestro país -donde dice encontrarse muy a gusto- , y al público español porque, en su opinión, «no hay público igual». Nos invitó a dejar a un lado todos nuestros problemas durante un par de horas, y vaya si lo consiguió. Muchas gracias, Roger, por recordarnos que la buena música aún existe.