Stevie Ray Vaughan / S.R. Vaughan & Albert King / Bonnie Raitt. “Pride and Joy”

Si en los años 90′ el blues-rock contó con una figura tan destacada como Gary Moore, de quien ya nos hemos ocupado en un par de ocasiones anteriores, la sensación de los 80′ fue Stevie Ray Vaughan, un guitarrista portador de estilo propio, a medio camino ente el blues negro (Albert King, Otis Rush, etc.) y el hard y blues rock que practicaron guitarristas tan grandes como Jimi Hendrix, Eric Clapton o Carlos Santana; incluso era singular en la manera que tenía de preparar su Fender Stratocaster, su “Number One”, con un grosor en las cuerdas fuera de lo común. Tras varios años como semi-amateur, en 1970 formó su primera banda estable: los Blackbirds; siete años más tarde creó su grupo definitivo: “Double-Trouble”, con el que se dio a conocer en festivales de música y también ante los inevitables productores musicales. En 1983 se publicaba su primer trabajo, “Texas Flood”, un magnífico disco en el que se incluía “Pride and Joy”, canción de amor que, al parecer, fue escrita por Stevie Ray Vaughan para la que entonces era su mujer (Leonora), aunque ésta creía que la había compuesto pensando en una novia anterior; ante la duda, incluyó otra canción en este mismo álbum dedicada, de manera expresa, a su mujer: “Lenny”. Como tantos otros genios del rock, Vaughan nos dejó prematuramente, a los 35 años de edad, debido a un accidente de helicóptero. Propongo tres vídeos de “Pride and Joy”: un directo del año 1985, un alucinante duelo de guitarras junto a Albert King y la versión realizada por Bonnie Raitt, guitarra en mano, más rocanrolera, cantada y tocada con tal gusto que, a los pocos segundos de iniciada, uno ya se tiene que levantar para ponerse a bailar.

Bebo & Cigala. “Lágrimas negras”

La fusión de estilos musicales está de moda desde hace ya bastantes años. He de decir que soy un firme partidario de ella, entre otras cosas porque estoy convencido de que, tarde o temprano, nos proporcionará un nuevo paradigma musical que renueve la vieja carga genética que ya evidencian algunas de las corrientes musicales más importantes, por el ejemplo el Rock. Precisamente de la mezcla y mutación de estilos nació el Rock & Roll, una propuesta mestiza, un ejemplo palmario de fusión cultural y musical procedente de comunidades a menudo antagónicas. Los estilos puros pueden llegar a ser como las razas puras: engreídos, insolentes y narcisistas y, en mi opinión, corren el riesgo de estancarse por su natural tendencia a la endogamia. También es verdad que no debería valer todo bajo el reclamo o el pretexto de la fusión musical; estamos acostumbrados a que, a menudo, nos quieran intoxicar con extraños mejunjes comerciales vendidos bajo la etiqueta del mestizaje. No es éste el caso de la versión que hoy nos ocupa: “Lágrimas negras” (Miguel Matamoros, 1929), incluida en el disco homónimo publicado en el año 2003. El flamenco y el jazz han compartido espacio con relativa frecuencia; sin ir más lejos, nuestro genial Paco de Lucía, junto a algunos de los mejores guitarristas que ha dado el jazz actual (Larry Coryell, Al Di Meola o John McLaughlin), nos ha regalado discos de una calidad sublime. “Lágrimas negras”, un proyecto producido y mimado por el cineasta Fernando Trueba, es un álbum único, donde la fusión de estilos como el jazz, el flamenco, el bolero e, incluso, los ritmos brasileños es ejemplar; cualquier canción de este disco es elegante, delicada y con nervio a la vez. Finalmente me he inclinado por el tema que da título a todo el trabajo, tal vez por la mágica compenetración que se paladea entre Bebo Valdés y Diego “el Cigala” y, también, por el invitado de excepción: el saxofonista Paquito de Rivera. Inicialmente pensé en este tema para un miércoles, cuando suelo hablar de versiones, pero habiéndolas muy buenas no he encontrado ninguna tan redonda como ésta (tal vez no esté muy de acuerdo el compañero del blog “Después de la Media Rueda”, espero que nos regale alguna de sus fantásticas versiones cubanas). No obstante, para aquellos interesados, dejo aquí un enlace a la original del Trío Matamoros.

Pink Floyd. “Echoes”

El pasado junio reflexionaba sobre la grandeza de algunos grupos, de aquellos que poseen un curriculum vitae privilegiado, con obras tan importantes para la historia de la música capaces de silenciar otras aportaciones también de altísimo nivel que, a veces, pasan desapercibidas. Entonces trataba de poner en valor la pieza sinfónica “April“, del grupo británico Deep Purple. Con Pink Floyd sucede algo similar; obras como “The Dark Side of the Moon”, “Wish you were here”, “Animals” y “The Wall” son patrimonio del rock y, desde luego, no están al alcance de cualquiera. Aunque desde mi punto de vista los primeros álbumes de Pink Floyd, los grabados entre 1967 y 1972, no son tan buenos como los primeros de Deep Purple, podemos encontrar en ellos temas verdaderamente excepcionales, como “Echoes”, una suite progresiva de veintitrés minutos y medio de duración que ocupaba toda la cara B del Lp “Meddle” (1971), el sexto álbum de estudio de los londinenses. Fue escrita por los cuatro miembros de la banda (Roger Waters, Richard Wright, David Gilmour y Nick Mason), y podríamos decir que fue el punto culminante de su etapa más experimental; no en vano, Roger Waters la calificó de “poema sónico”, debido a los efectos de sonido presentes en toda la canción. “Echoes” fue, probablemente, la antesala de lo que poco más tarde sería el Pink Floyd conocido del gran público. Estamos ante una pieza que alterna momentos de rock progresivo complejo, en ocasiones árido, con fases donde las voces y la melodía se apoderan de la frialdad experimental. Aunque para los temas largos e importantes del rock progresivo suelo preferir la versión inicial de estudio, en esta ocasión os propongo el “Echoes” que tocaron para el documental “Pink Floyd: Live at Pompeii” (1972), parcialmente grabado en el sitio arqueológico de Pompeya (Italia). No obstante, aquí tenéis también la versión de estudio.

Leonard Cohen / Madeleine Peyroux / Thalia Zedek. “Dance me to the end of love”

El amor y la muerte ejercen una irresistible atracción para los poetas. “Dance me to the end of love” es la sublimación del amor eterno y del baile con la muerte, es una preciosa canción de amor y, a la vez, una manifestación sombría de la existencia que se esfuma. Tal y como ha manifestado su creador, Leonard Cohen, este bello y triste tema está inspirado en el Holocausto nazi, al tener conocimiento de que en algunos campos de concentración, junto a los crematorios, se hacía tocar música clásica a ciertos presos mientras sus compañeros eran exterminados. Explica Cohen, que “el verso ‘Llévame bailando hasta tu belleza con un violín en llamas’ alude a la belleza de la consumación de la vida al final de la existencia y al apasionado elemento de la consumación. Pero es el mismo lenguaje que usamos cuando nos rendimos al enamoramiento, de ahí la canción (…) no importa que todo el mundo conozca la génesis de la canción, porque si el lenguaje viene de ese recurso apasionado, éste será capaz de abarcar cualquiera actividad apasionada”. “Dance me to the end of love” fue incluida en el álbum “Various Positions”, publicado en 1984 después de cinco años sin editar ningún trabajo. Si os habéis recuperado de la sinceridad e intensidad que imprime Cohen a su canción, os propongo que os sumerjáis en otras dos fantásticas versiones; la interpretada por la cantante de jazz norteamericana Madeleine Peyroux, incluida en su segundo álbum (“Careless Love”, 2004), con un parecido tímbrico con Billie Holiday verdaderamente notorio; y la propuesta de la también estadounidense Thalia Zedek, publicada en “Been here and Gone” (2001), una cantante y guitarrista que enriquece la canción con un toque étnico-indie-rock muy atractivo. Disfrutad con este tema, tanto con su música como con su inigualable letra: “Llévame bailando hasta tu belleza con un violín en llamas. Llévame bailando a través del pánico hasta que consiga confinarlo. Álzame como una rama de olivo y sé para mí la paloma que me lleve a casa. Llévame bailando hasta el final del amor. Llévame bailando hasta el final del amor”.

Stray Cats. ” Rock this town” / “Stray cat strut” / “I won’t stand in your way”

¿Qué estilos musicales fueron los dominantes durante los años 80’? Según a quien preguntes obtendrás respuestas diferentes; para algunos no hay discusión posible, fue la época dorada del Heavy Metal; otros defenderán al Punk como elemento innovador, sin el cual no podría entenderse la música de aquellos años; muchos verán en el Pop, en sus distintas vertientes, facetas u orientaciones, al verdadero rey de los 80’; y aún hubo más movimientos musicales, como el Rockabilly, un subgénero del Rock & Roll originado en los años 50’ que experimentó un renacimiento en la década de los 80’. Me acuerdo de ver en la tele a rockabillies como Sleepy LaBeef, Robert Gordon o al grupo que nos ocupa: Stray Cats, una banda estadounidense formada en 1979 que podríamos considerar como de las más representativas de este movimiento y de otro emparentado con éste, el Psychobilly, en el que se fusionaban el Rock & Roll y el Punk. De hecho, sin ser en sentido estricto psychobillies, Stray Cats participaban de algunos elementos comunes con aquellos, como la indumentaria, el uso del contrabajo y el ritmo acelerado de alguna de sus canciones. Desde mi punto de vista, sus mejores discos fueron los tres primeros: “Stray Cats” (1981), donde se incluyeron dos de sus éxitos más conocidos: “Rock this town” y “Stray cat Strut”; “Gonna Ball” (1981); y “Rant N’Rave with the Stray Cats” (1983), que contenía la bonita balada “I won’t stand in your way”; para los más nostálgicos recomiendo su álbum de versiones “Original Cool” (1993). Se disolvieron en 1993, aunque ya en 1990 su líder, Brian Setzer, había creado The Brian Setzer Orchesta, a la que dotó de sonidos cercanos al Swing de los años 40’ en un estilo conocido como Swing Revival o Neoswing.