Concierto de Asfalto. Sala Penélope. Madrid, 23-I-2016


Los tópicos viven y se alimentan de un discurso de intransigencia totalitaria que nunca me ha gustado. Sin embargo, todos nos reímos con ellos porque, en el fondo, retratan con trazo grueso una determinada realidad. Uno de esos tópicos, que escuchamos a menudo entre aficionados a la música, tiene que ver con el poco apego de los españoles hacia rock, y algo de razón hay en ello. Por supuesto que siempre ha habido -y espero que siga habiendo- buenos grupos de rock en nuestro país, pero en casi ningún período de nuestra historia reciente han liderado la escena musical española; en los años sesenta el pop consiguió acabar con la hegemonía de la copla, durante los setenta fueron los cantantes melódicos, en los ochenta y noventa triunfó de nuevo el pop -que consiguió integrar al punk y a la new wave- y en estas últimas décadas ha emergido con fuerza la canción melódica latina, el reggaeton y el fenómeno «indie», casi siempre en un tono sosegado y lánguido poco adecuado para el rock.

Pero hubo una época, unos pocos años, en los que el rock se apoderó de la escena musical, sobre todo en algunas ciudades como Madrid y, también, en algunas zonas rurales. Este fenómeno, conocido como «rock urbano», en el que posteriormente se integrarían algunas bandas de heavy metal, tuvo lugar durante la Transición y, de algún modo, trató de ensamblar el hard rock, el blues rock y, en menor medida, el rock progresivo con un posicionamiento comprometido, crítico y de progreso social. Era un rock cargado de letras que hablaban de política, de derechos sociales, de tristes recuerdos de la España franquista y de la necesidad de construir un país más limpio, solidario, justo y democrático. Es como si la música de Raimon, Paco Ibañez, Serrat o Lluís Llach se hubiera infiltrado en el rock casi desprovista de poesía, como si fueran cantos apasionados y desgarrados armados de un lenguaje directo y sencillo, el mismo que utilizaba la gente de la calle.

Buena parte del rock que se ha hecho en España a partir de los ochenta (Barricada, Los Suaves, Platero y tú, Extremoduro, Porretas, La Fuga, Marea y hasta los más actuales, como Pan de Higo o Rulo y la Contrabanda) deben mucho a este movimiento setentero, del que formaron parte bandas tan conocidas como Leño, Asfalto, Topo, Ñu, Cucharada, incluso Barón Rojo que, en algunos aspectos, también participaba de estos planteamientos.

El sábado 23 de enero la Sala Penélope de Madrid se vistió de gala para recibir a Asfalto, la banda más progresiva y de las de mayor calidad de todas la que conformaron el rock urbano; tal y como ellos mismos publicitaban en su página web, nos ofrecieron un viaje a la nostalgia y dos horas de rock excelente. Poco queda de aquel Asfalto primigenio, apenas su líder Julio Castejón, aunque también tuvimos el privilegio de escuchar, en 4 ó 5 canciones, a Miguel Oñate, el vocalista de Asfalto durante los años ochenta. Junto a ellos, los más veteranos, estuvieron Paul Castejón (guitarra, flauta), Nacho de Lucas (teclados), Arturo García (batería, voz) y Pablo Ruiz (bajo).

Sin duda, era una noche especial todos los que estábamos allí y, por supuesto, para los miembros de Asfalto, que iniciaban así la gira de presentación de su álbum «Antología Casual«: treinta y dos canciones que forman parte de la historia del rock español. Se vendieron todas las entradas (setecientas u ochocientas), lo que animó a organizar un nuevo evento para el día 5 de febrero en la misma sala. En esta ocasión la iniciativa para asistir al concierto vino de mi amiga Begoña, a la que también se sumaron Andrea y Óscar, dos chicos muy jóvenes, de los pocos que había en un concierto con una media de edad que superaba los cincuenta y tantos años.

La velada fue presentada por el Mariskal Romero; periodista, locutor de radio, productor, cantante ocasional y, ante todo, uno de los pilares fundamentales del rock urbano gracias a su conocido lema «Viva el Rollo», su apoyo mediático y la creación del mítico sello discográfico Chapa, que acogió a la mayoría de estos músicos y a otros englobables en la categoría de rock progresivo. Fueron unas breves y emotivas palabras que dieron paso a Asfalto, con Julio Castejón al frente.

El concierto tuvo tres partes bien diferenciadas; en la primera tocaron, en su mayor parte, temas de sus últimos discos; en la segunda hizo su aparición Miguel Oñate que, con su entrega y buen humor -en ocasiones tal vez algo histriónico-, animó la fiesta con las canciones más representativas de su paso por este grupo; de nuevo con la formación inicial, se fueron sucediendo los grandes éxitos de sus dos primeros discos, uno detrás de otro: «Días de Escuela», «Mujer de plástico», «Capitán Trueno», «Rocinante» y «Ser Urbano», la canción elegida para cerrar el concierto; tan sólo faltó «El Viejo», uno de los temas más entrañables y que más me gustan de Asfalto. Uno de los momentos más emocionantes de la noche se produjo al finalizar la interpretación de “Capitán Trueno”, cuando el Mariskal Romero recordó su implicación en la producción de ese tema e hizo salir al escenario a otro de los miembros históricos de Asfalto, el batería Enrique Cajide quien, visiblemente emocionado, con lágrimas en los ojos, apenas pudo aguantar unos segundos compartiendo la alegría con sus compañeros.

En lo que a la parte técnica se refiere, desde mi punto de vista, lo más deficiente fueron los micrófonos. Unicamente se escuchaba bien a Julio Castejón y a Miguel Oñate; al hijo del primero, Paul Castejón, apenas se le oía, lo mismo que al batería Arturo García, quien incluso llegó a ser el solista en una canción compuesta por él; por el contrario, el resto de instrumentos sonaron muy bien, en especial las guitarras que estuvieron a un gran nivel.

En definitiva, una preciosa y nostálgica noche de rock, disfrutada en buena compañía y rematada con cervezas, conversación tras el concierto y la compra del libro de Julio Castejón: Asfalto. Manual de Uso (Madrid: Éride, 2015), en el que su autor nos habla de todas las canciones de este gran grupo; sin duda, una lectura muy recomendable y de gran utilidad para quienes deseen conocer la historia de Asfalto. Os dejo con un vídeo de aquella noche, el momento en el que tocaron “Días de Escuela”, tal vez su tema más conocido, algunas fotos tomadas por nosotros y un deseo -el mismo que reivindicó el Mariskal Romero-: volver a ver a este grupo en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid o en la plaza de Toros de las Ventas.

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Uriah Heep. «Salisbury»

Algunas de mis piezas preferidas de rock progresivo no se deben a grupos englobables en esta categoría, sino a bandas de hard rock; es el caso de temas como «April» (Deep Purple»), «Kashmir» (Led Zeppelin) o el elegido para hoy, la suite «Salisbury», perteneciente a los británicos Uriah Heep, de los que ya me he ocupado con anterioridad a propósito de la canción titulada «Sympathy«, perteneciente al álbum «Firefly» (1977). Esta formación, inicialmente llamada «Spice», se creó a finales de los años sesenta en torno a David Byron (voz) y Mick Box (guitarra); en 1970 cambiaron su nombre por el de Uriah Heep, que tomaron del clásico de Charles Dickens «David Copperfield», y también entró a formar parte de la banda el teclista Ken Hensley, quien acabaría convirtiéndose en el principal compositor del grupo. Tras un primer álbum titulado «Very ‘eavy … Very ‘umble» (1970), publicaron «Salisbury» (1971), un disco que no suele figurar entre los preferidos por los seguidores de esta banda, tal vez porque no estaba aún definido su característico estilo, volcado hacia el hard rock, que caracterizó sus trabajos posteriores. Sin embargo, yo lo tengo entre mis favoritos; hay canciones hadrockeras, como «Bird of Prey» o «Time to live«; baladas acústicas bellísimas, como «Lady in Black«, el tema más conocido de este Lp y uno de los mayores éxitos de Uriah Heep; y, por supuesto, la suite progresiva del mismo título. Con sus más de dieciséis minutos, «Salisbury» es una de esas joyas progresivas ocultas en la discografía de Uriah Heep. En su concepción y ejecución intervino una orquesta sinfónica formada por más de veinte instrumentos, donde destaca especialmente la sección de viento. Desde mi punto de vista, es una de las mejores muestras de rock orquestado que conozco; al contrario de otros experimentos de esta índole, donde la orquesta y los músicos de rock a menudo interpretan la música sin atisbo alguno de miscibilidad (por ejemplo, en el mencionado «April», la orquesta actúa sólo en la parte central del tema, sin que los músicos de Deep Purple intervengan), en «Salisbury» la orquesta está perfectamente integrada, acoplada y presente en toda la composición. Estamos ante una suite épica, llena de sorpresas, giros y de una gran riqueza melódica; os aconsejo que la escuchéis más de una vez, sólo así podréis apreciar sus detalles. Además de los aspectos orquestales, me gustaría destacar el órgano, verdadera columna vertebral de este tema; la voz; y el solo de guitarra que comienza en el minuto 11:27.

Django Reinhardt / Bobby Darin / George Benson. «La Mer» / «Beyond the Sea»

Charles Trenet fue un compositor y cantante francés a quien se considera el padre de la canción francesa contemporánea. Comenzó a desarrollar sus dotes artísticas (música, pintura y escultura) cuando era niño, para entretenerse mientras se recuperaba de unas fiebres tifoideas. Trenet es autor de «La Mer», uno de los temas galos más versionados de la historia. Según cuentan las crónicas habituales, fue compuesta durante un viaje en tren (Montpellier-Perpignan) en el que Trenet iba acompañado de su secretario, del cantante Roland Gerbeau y del pianista Léo Chauliac. Esta canción nos habla del mar en tono evocador, tal vez como metáfora del amor, sin embargo no se inspiró en el mar para componerla sino en el Lago de Thau, que podía ver a través de la ventana de su vagón. La música fue adaptada por el mencionado Léo Chauliac y cantada por, el también aludido, Roland Gerbeau en 1945, después de que fuera rechazada por la cantante Suzy Solidor argumentando que canciones sobre el mar recibía unas diez al día. En 1946, Charles Trenet grabó su propia versión y la llevó a los Estados Unidos, donde vivió finalizada la II Guerra Mundial. Como en tantas otras ocasiones -véase, por ejemplo, la historia de «My Way«-, los americanos la adaptaron a su lengua, modificaron su letra e, incluso, cambiaron el título. A finales de los cincuenta esta canción ya se conocía como «Beyond the Sea», y fue un gran éxito a partir de la versión que hiciera Bobby Darin, una de las más imitadas por otros cantantes; de este estilo hay muchas, yo os recomendaría una relativamente reciente a cargo de Rod Stewart, publicada en uno de sus discos (tiene cinco) titulados «The Great American Songbook». Las primeras versiones de este tema, las de Roland Gerbeau y Charles Trenet, las podéis escuchar en sus respectivos enlaces, de tal manera que el primer vídeo que hoy os propongo es la interpretación realizada por del guitarrista de gipsy-jazz Django Reinhardt en su breve gira italiana de 1949, en la que estuvo acompañado por Stéphane Grappelli; estas grabaciones se publicaron en el álbum «Djangology» (2005). La segunda versión es la de Bobby Darin, grabada a finales de la década de los cincuenta. La última, la del cantante, guitarrista y compositor George Benson, publicada en el disco»20/20″ (1985), aunque el vídeo que podéis ver se corresponde con una actuación en directo en el Festival de Jazz de Montreaux de 1986.

Sha-Na-Na. «Those Magic Changes»

Es difícil precisar cuando nos convertimos en adultos y, lo que es más importante, qué acontecimientos y comportamientos definen este estadio. Seguro que se han escrito toneladas de literatura sobre el asunto, haciendo hincapié en el control emocional, la integración familiar y social, la percepción objetiva de la realidad o la responsabilidad. Existe un parámetro que nos ayuda a saber cuánta juventud hemos perdido: la empatía, el recordar y comprender el comportamiento de los jóvenes como algo que también formó parte de nuestras vidas. Pensar que nuestra infancia y juventud fue mejor que la de ellos, incluso hacérselo saber con tono autosuficiente o recriminatorio, suele ser síntoma de mala memoria y de ruptura con lo que un día fuimos. Por ejemplo, los de mi generación tendemos a criminalizar el botellón sin haber estado en ninguno, probablemente porque, en el fondo, sabemos que nosotros hacíamos algo parecido cuando teníamos su edad. Tal vez no ensuciábamos tanto, aunque tampoco estoy muy seguro que recogiéramos las litronas vacías de los parques y de otros lugares donde nos reuníamos. Para los amnésicos, recuerdo que a finales de los setenta, con quince o dieciséis años, teníamos todo un abanico de posibilidades; además de los parques (en mi caso también la Casa de Campo, muy cercana a mi instituto), hacíamos fiestas en locales vacíos que nos dejaban, en la calle, en la playa e, incluso, en las aulas cuando estaban vacías y sabíamos que contábamos con la complicidad de ciertos profesores.

Algunas personas de mi edad dicen que ahora se bebe más; es probable que sea así, aunque realmente no lo sé y, sinceramente, me imagino que todo dependerá del grupo de amigos y de la actitud individual de cada chaval. Tampoco sé, y es algo que me gustaría saber, qué papel desempeña la música en los botellones. En nuestras fiestas era fundamental; la escuchábamos, hablábamos de ella, bailábamos y era la aliada perfecta para poder acercarse a las chicas. En 1978 había un película de moda entre la juventud, «Grease»; su banda sonora era una de las imprescindibles en nuestras reuniones; tenía canciones alegres y con cierto aire rocanrolero, como «Summer Nights«, «You’re the one that I Want«, «Greased Lightnin«, «Hound Dog» o «We Go Together«; y, por supuesto, otras más íntimas, como «Blue Moon«, «Hopelessly Devoted to You«, «Sandy«, «It’s Raining on Prom Night» o «Those Magic Changes», la canción destacada de hoy (aquí podéis ver la secuencia de la película en la que aparece esta melodía). Está interpretada, como muchos de los temas de «Grease», por Sha-Na-Na, un grupo norteamericano de doo-wop creado a finales de los años sesenta, que llegó a participar en el Festival de Woodstock -creo que actuaron delante de Jimi Hendrix-. Tal vez a alguno de vosotros «Those Magic Changes» os parezca una horterada cursi. Yo tengo mucho cariño a esta canción; forma parte del cordón umbilical de mis recuerdos, me sigue sirviendo como referencia para no perder la perspectiva, mantener alguna opción de juventud y mitigar cualquier arrebato de intransigencia generacional.

Eric Clapton. «Tears in Heaven»

El 19 de marzo de 1991 Eric Clapton había llevado a su hijo Conor al circo y al día siguiente iban a ir a juntos al Zoo; Clapton lo tenía que recoger en el apartamento de Nueva York donde estaban alojados junto con la actriz italiana Lori del Santo, esposa de Eric y madre de Conor. Según ha manifestado Lori en alguna entrevista, Conor estaba entusiasmado con los elefantes del circo y no paraba de correr y jugar al escondite bajo la vigilancia de la niñera, sobre todo durante el cuarto de hora que la actriz utilizó para evaluar una propuesta de trabajo que le acababa de llegar por fax. Conor se escapó del apartamento y consiguió entrar, a pesar de la oposición del portero, en la habitación donde éste estaba limpiando. Sea como fuere, acabó cayendo desde un piso 53 por la ventana que acababa de abrir el portero para ventilar el cuarto. En una entrevista concedida a Time, Clapton expresó con estas palabras la triste noticia que recibiría de su esposa: «Ese día el teléfono sonó y Lori me dijo que mi hijo estaba muerto. Traté de creer que era un error. Hasta que llegué al edificio y vi a la policía. Fui al sanatorio para reconocerlo. Luego, partí a verlo otra vez a la funeraria para disculparme por no haber sido un padre mejor» (consultado en www.elreporte.com.uy). Esta última afirmación tenía que ver con sus años anteriores, en los que estuvo más pendiente de acabar con sus adicciones que de compartir el tiempo con su hijo. Este duro golpe, lejos de hundirlo de nuevo en las drogas y el alcohol, fue su tabla de salvación; su deseo de honrar a Conor lo salvó. Unos meses después escribía una canción, junto con Will Jennings, que comenzaba con los siguientes versos: «Sabrías mi nombre si te viera en el cielo? ¿Sería lo mismo si te viera en el cielo?». «Tears in Heaven» fue sólo una canción que, al principio, Clapton utilizaba para aliviar su dolor, hasta que su amiga Lili Fini Zanuck la escuchó y le pidió que se la cediera para la B.S.O. de la película que estaba rodando («Hasta el límite«, 1991), aquí podéis escuchar la primera versión de este tema. Después, en 1992, se editó como single y formó parte del álbum «Unplugged» (1992), con el que «Mano Lenta» se quiso sumar a la fiebre por «lo desenchufado» propiciada por la cadena musical MTV. A pesar de manejarse sin su habitual guitarra eléctrica, consiguió hacer un gran álbum y, lo que es más importante, emocionó a todo el mundo con esta sencilla y estremecedora balada; es la versión que podéis ver en el vídeo de hoy; también tenéis ésta otra, con subtítulos en inglés y en español. Por supuesto, también han versionado este tema otros intérpretes, sin embargo me siento incapaz de escuchar una pieza tan íntima, un canto tan desgarrado y sincero, en boca de otros que no sean el padre de Conor.