
Ayer fue un gran día para esta bitácora, la Guitarra de las Musas va a optar al galardón al mejor blog de música en los Premios 20Blogs, evento organizado por el periódico 20 Minutos. No os podéis imaginar la alegría que me llevé, y en la que sigo inmerso, al enterarme de esta fantástica noticia. Sobre todo cuando comprobé que el resultado de la votación popular era refrendado por el jurado especializado, algo que no ha sucedido con los otros dos blogs que obtuvieron el primer y tercer puestos, respectivamente, en la fase previa del concurso. Finalmente, además de esta bitácora, también optarán al premio Musimales y El Gramófono, el blog del compañero Ángel, uno de los primeros que conocí cuando me incorporé a la blogosfera, un lugar donde siempre he disfrutado y aprendido, y con el que me siento muy identificado, ¡suerte amigo! La gala de entrega de premios se celebrará el día 21 de abril en el auditorio CaixaForum de Madrid. Aquí tenéis un enlace a la noticia en la que se habla de este asunto y donde también podréis ver los miembros que componen el jurado. Muchísimas gracias por vuestro apoyo y enhorabuena a todos los nominados.
Autor: Raúl
Las Cinco Canciones de Raúl (V): “Wonderful Tonight” (Eric Clapton)
Cuando el amigo Salva me pidió esta colaboración para el ya desaparecido blog «Mentalparadise», no tuve muchos problemas en recordar rápidamente un puñado de composiciones que, de una u otra manera, han significado algo en mi vida. Bien diferente hubiese sido si esta aportación tuviera que ver con elegir mis cinco temas preferidos, entonces me hubiera bloqueado. Entre otras razones, elegí orientar mi blog hacia las canciones con el objetivo de responder a esta pregunta; ya van más de trescientos títulos y espero que mi particular lista de temas favoritos siga creciendo.
De las cinco canciones solicitadas las cuatro primeras, prácticamente agolpadas en mi adolescencia y primera juventud, entre los 14 y 18 años, se materializaron pronto: “Hotel California” (Eagles), “Shine con you crazy diamond” (Pink Floyd), “Highway Star” (Deep Purple) y «Mediterráneo» (Serrat); sin embargo, quedaba el resto de mi vida y una sola canción. Finalmente me incliné por “Worderful tonight”, de Eric Clapton, aunque me gustaría que también conocierais las otras (seguro que hay más, pero ahora mismo se me resisten a la memoria): “Tu nombre me sabe a hierba” (Serrat), “Paseando por la Mezquita” (Medina Azahara), “Nocturno” (Los Relámpagos), “Brothers in Arms” (Dire Straits), “Dust in the wind” (Kansas), “Year of the cat” (Al Stewart), “Una noche de amor desesperada” (Triana), “Luminosa mañana” (Triana), «I should I stay or should I go» (The Clash), “Those magic changes” (Sha-Na-Na), “La mataré” (Loquillo y los Trogloditas), “Stairway to heaven” (Led Zeppelin), “Jo vull ser Rei” (Els Pets), “La jument de Michao” (Tri Yann), “Mi agüita amarilla” (Los Toreros Muertos), “Voyage Voyage» (Desireless), «Deborah» (Noel Soto), «Castigo» (Leño). La mayor parte de ellas ya han ido apareciendo en estos dos años de vida de “La Guitarra de las Musas”, otras aún no lo han hecho; lo cierto es que atesoran muchos recuerdos y me ayudan rememorar determinados episodios de mi existencia.
“Wonderful tonight” es una de mis canciones preferidas que, además, siempre acude para recordarme mi tardío ingreso en el mundo del vinilo. Tuve mi primer tocadiscos (un sistema compacto con doble pletina y radio) a los 20-21 años, cuando estudiaba la carrera, sin embargo no tenía dinero para comprar discos por lo que acabé transformándome en un verdadero buitre. Mi objetivo era cualquier casa conocida que tuviera discos; los miraba todos y me llevaba aquellos que me interesaban para grabarlos en cinta; como tenía la buena costumbre de devolverlos a su propietarios, en unos pocos años ya contaba con una buena colección de casetes, aunque aún seguía teniendo pocos vinilos en propiedad.
Poco tiempo después de acabar mis estudios me puse a trabajar y, como no podía ser de otra manera, dediqué una parte de mi sueldo a comprar discos. Así empecé mi colección de vinilos; solía ir, un par de días por semana, a las clásicas tiendas que había entonces en Madrid (Discoplay, Madrid Rock, MF, La Metralleta, etc.), me pasaba las horas muertas mirando y mirando, preguntando y aprendiendo y, por supuesto, comprando. Recuerdo con mucho cariño aquella época en la que perdía la noción del tiempo en las casas de discos, como el excursionista que se extravía en una larga, intrincada y enigmática cueva. Muchas veces sabía lo que compraba, lo había escuchado o me habían hablado de ello, pero otras iba a la aventura, por intuición, movido por un deseo de vivir nuevas experiencias musicales.
Un día dí con “Slowhand”, conocía a Clapton y tenía referencias de la canción “Cocaine”, la primera de ese LP; me pareció fantástica, pero la que penetró en mí fue la segunda (“Wonderful Tonight”), un híbrido entre balada rock y melodía comercial que me abrió los ojos a nuevos retos musicales, a estilos diferentes a los que acostumbraba; me ayudó a mirar a la Música sin complejos ni ideas preconcebidas, sin ataduras estilísticas o tribales fundamentadas en la presunta calidad. Cuando empecé a poner canciones en la red no lo dudé, ésta tenía que ser la primera.
No quiero acabar sin recordaros que este espacio, «Las Cinco Canciones de tu Vida», está abierto a todos los que queráis participar. Ha sido un placer volver a recordar estos recuerdos con todos vosotros.
Las Cinco Canciones de Raúl (IV): “Mediterráneo» (Serrat)
Un joven actual de dieciocho años, no sé si para bien o para mal, está mas cerca de la adolescencia que del estado adulto; por supuesto que hay de todo, pero he podido comprobar que buena parte de mis alumnos universitarios de primero no tienen mucha inquietud por la cultura, el conocimiento o la reflexión, y tampoco atesoran la responsabilidad que se les supone a los estudiantes que ingresan en la Universidad. No es mi intención entrar en un debate sobre las causas de esta situación de aparente hibernación o letargo, más que nada porque probablemente sea algo común a una sociedad donde los principales valores tienen que ver con el famoseo televisivo y la capacidad para amasar fortunas por la vía del fraude y el delito de guante blanco. Sea como fuere, ya digo, para bien o para mal, contar con dieciocho años a principios de los ochenta era como tener hoy día veintiuno o veintidós.
En 1981 ingresé en la Universidad después de haber cursado un buen bachillerato. Antes tuve que salvar el escollo de la Selectividad; lo cierto es que se me atragantó, tal vez porque tuve que enfrentarme a ella poco después de mi primera ruptura sentimental de importancia o, quizás, porque me confié en exceso. De hecho, recuerdo que, cuando mis compañeros repasaban en la jornada de descanso entre exámenes, yo no quise perderme el gran acontecimiento político-festivo de aquel verano: el festival Anti-OTAN que se celebró en Madrid, en el antiguo anfiteatro de la Casa de Campo (el «rockódromo»). Recuerdo aquel día con una mezcla de cariño y decepción, como una época en la que quería creer que aún existían las ideologías y el compromiso político. En medio de todo un maremágnum de mítines y actuaciones musicales emergió Serrat con una nueva versión de «Mediterráneo», arreglada por el gran maestro Josep Mas «Kitflus» (Iceberg, Pegasus), que me dejó pegado al duro asiento del «rockódromo». Ya conocía a Serrat y, por supuesto, esta canción pero, acostumbrado a la esquemática sobriedad musical de los cantautores, aquello sonaba a nuevo para mí; esa mezcla de rock progresivo catalán y de jazz autóctono hizo que prestara atención a la letra como nunca lo había hecho, a esa historia optimista sobre la vida, los sentimientos y algo por lo que perdemos la cabeza muchos madrileños: el mar.
Aprobé la Selectividad (por los pelos) y me fui de camping al Algarve portugués con mi familia de Badajoz; recuerdo aquellas largas conversaciones con mi tío Antonio, sobre la importancia de leer, de pensar y de tener juicio crítico, incluso del papel que podía desempeñar la política en aquella sociedad que se preparaba para el socialismo democrático. Sin embargo, no tardaron mucho en decepcionarme los políticos; los mismos que gritaban conmigo «OTAN no, bases fuera» acabaron metiéndonos en esta organización con una desvergonzada maniobra de prestidigitación, de esas a las que nos tienen tan acostumbrados. Siempre que me acuerdo de aquella época suena en mi cabeza «Mediterráneo» y añoro aquel día, en el anfiteatro de la Casa de Campo, en el que me preparaba para ser un adulto.
Las Cinco Canciones de Raúl (III): “Highway Star» (Deep Purple)
Cuando hace unos meses comencé mi aventura en la blogosfera traté de interesarme por bitácoras de índole musical, con el fin de aprender y compartir puntos de vista. No me ha sido fácil dar con buenos blogs de estilos tan importantes como el jazz, el blues, el soul o el country, por no hablar de páginas que se ocupen, con cierta calidad, de estilos apegados a nuestra tradición, como el flamenco, el bolero, el tango, la canción melódica o los ritmos mexicanos. Sin embargo, con el rock, en todas sus manifestaciones, no he tenido ningún problema; ¿qué abunda en la red? ¿el progresivo? ¿tal vez el pop-rock? ¿quizás el rockabilly? Hay muchas páginas de música indie (no siempre rockeras), aunque el estilo protagonista es, realmente, el heavy metal. He de decir que no me sorprende en absoluto; no conozco un colectivo más apasionado y comprometido con su música que éste. Siempre los he respetado y apreciado porque aman su música, la sienten, forma parte indisoluble de sus vidas.
No siempre puedo llegar a identificarme con algunas de sus manifestaciones, básicamente me cuesta seguir todo aquello que se desarrolla a partir de Metallica, no obstante lo sigo escuchando y me encanta leer las entradas, casi siempre apasionadas y elaboradas con acierto y cariño, que redactan los buenos amigos blogueros a los que habitualmente sigo. Alguna vez he llegado a pensar que, en el fondo, soy un proyecto fallido de metalero; tal vez podría deberse a mi temprana adscripción al rock progresivo, como ya comenté en la entrada anterior, cuando recordaba «Shine on you Crazy Diamond» de Pink Floyd. El rock sinfónico requiere de mucho esfuerzo, atención y paciencia, parámetros que no siempre son compatibles con la adolescencia; sinceramente, no es el tipo de música que recomendaría a un chico de 15 años. Eso sí, cuando haces un máster de progresivo a esa edad, y eres capaz de digerirlo, luego te cuesta prestar oídos a estilos musicales no tan complejos; me imagino que será algo parecido a lo que experimentan quienes se han formado en la música clásica o en el jazz.
Cuando en nuestro grupito de segundo de BUP apareció «Made in Japan», de Deep Purple, el corazón se nos salió del pecho; acostumbrados a los cantautores y a la exquisitez, también frialdad, del progresivo, esto fue una bomba que hizo saltar en pedazos nuestro concepto contemplativo de la música. Con aquel disco comprendí que ésta no sólo hay que escucharla, es más importante aún sentirla y vivirla, apasionarte con ella. Deep Purple, después Led Zeppelin, estimularon nuestra adormecida pubertad aunque, como pasa casi siempre, fueron las chicas las que tomaron la iniciativa; cuando empezamos a abandonar la calle para iniciar nuestra etapa de cutre-guateques en locales que nos dejaban, el hard rock fue la estrella pero, poco a poco, las chicas comenzaron a pinchar el disco de la película «Grease«. Nosotros queríamos seguir vibrando con los Purple y los Zeppelin, hasta que comprendimos que «Grease» nos ofrecía un valor añadido: ¡el de las canciones lentas!
Con el paso de los años me enteré que Deep Purple se iniciaron en el rock psicodélico y progresivo, a ellos también les debió costar explorar nuevos territorios musicales, de hecho nunca abandonaron -tampoco en las distintas formaciones creadas tras su desaparición- la calidad instrumental, la melodía y un instrumento tan progresivo, y tan poco metalero, como el teclado. Hoy lo tengo claro, si un chico o una chica de 15 años, con inquietudes musicales, me pidiera consejo nunca les mencionaría el progresivo; les diría que escucharan y sintieran «Highway Star», que se dejaran llevar por su fuerza sin pensar ni evaluar lo que oyen, que cierren los ojos y reciban la música por todo el cuerpo, tiempo habrá de acomodarla a nuestro cerebro. Yo me sigo encandilando con «Highway Star», es mi canción preferida para iniciar algunos días, sobre todo cuando necesitas una buena sobredosis de energía mañanera.
Las Cinco Canciones de Raúl (II): «Shine on you Crazy Diamond» (Pink Floyd)
No tengo hijos pero si hubiera concebido algún varón nunca lo habría llamado Raúl. Siempre me ha parecido que dar tu nombre a un hijo, además del primer apellido, es un acto de posesión paterno-filial que implica continuación de la saga familiar y de sus valores ideológicos, profesionales y de posicionamiento ante la vida. Cuando no te llamas como tu padre, vienes de una familia humilde, sin fuertes tradiciones que incumplir, y te ofrecen la posibilidad de estudiar y de formarte como nunca lo han podido hacer tus padres, hay que tratar de ser valiente y conducir tu vida como si fuera una road movie, por carreteras inexploradas por tu círculo próximo y para las que, ni tan siquiera, dispones de mapa.
Cuando eres tu propia brújula hay ciertos procesos de aprendizaje, me refiero a los no reglados, lo que habitualmente no se adquieren en los colegios, que pueden resultar ciertamente dificultosos, en general todo lo relacionado con la cultura y las artes. En lo concerniente a la música -igual podría decir de otras manifestaciones artísticas de mi interés, como el cine o la literatura- di mis primeros pasos de manera anárquica, a golpe de acontecimientos circunstanciales; en la entrada anterior recordaba lo que supuso para mí, a los 12-13 años, la canción «Hotel California«. Hasta mi entrada en el Instituto, más concretamente hasta segundo de BUP, seguía con mis programas de radio; sin embargo, aquel curso fue importantísimo en mi vida: comencé a reemplazar a mis colegas del barrio, mis amigos de la infancia, por los de la adolescencia.
Éramos un grupo muy unido, que aprovechábamos las horas libres y las ausencias de profesores, bastante comunes por aquella época, para marcharnos a la Casa de Campo -cursé BUP y COU en el Instituto Eijo y Garay, muy cerca del madrileño Paseo de Extremadura-. En aquellas escapadas, primero a la Casa de Campo y luego a la zona del Surbatán, no faltaban el radiocasete y las cintas, lo alucinante es que nunca sonaban los éxitos comerciales de aquellos años; algunos llevaban a cantautores, probablemente por influencia de sus hermanos mayores, otros aportábamos nuestras grabaciones selectas de la radio.
En algún momento alguien apareció con «Wish you were here», de Pink Floyd, y todo cambió. Se acabaron la radio y los cantautores, habíamos descubierto un filón; pronto llegaron otros grupos como Yes, Supertramp, Camel, Jethro Tull, Deep Purple, Led Zeppelin, Genesis o King Crimson. Sin embargo, la pieza que nos sobrecogía a todos seguía siendo «Shine on you Crazy Diamond»; la escuchábamos tumbados en el suelo, formando estructuras de tipo circular o serpenteante en la que íbamos apoyando la cabeza en el abdomen de alguien, a poder ser de la chavalita adecuada. Con este tema aprendí que había «música para escuchar», como acostumbrábamos a decir, que necesitaba de toda tu atención para poderla comprender, para identificar los instrumentos que la construyen y, por supuesto, para sentirla. Pero esto último lo dejo para la próxima entrega («Highway Star«, de Deep Purple), cuando me encontré con el Hard Rock.