«El Mago de Oz» (Victor Fleming, 1939) es una de las grandes películas infantiles y del cine musical de todos los tiempos. Como nos recuerda el amigo Antonio en su blog Diccineario, un filme rebosante de encanto kitsch, una «armoniosa, dinámica y enternecedora apología al coraje, a la solidaridad y la cordura que habitan en nuestro interior». Dorothy sueña con viajar más allá del arco iris, lo que finalmente consigue cuando es arrastrada por un tornado al mágico mundo de Oz; allí comenzará su aventura, primero con la bruja mala y luego con la bruja buena, quien le aconseja que, si quiere regresar a su hogar en Kansas, antes debe llegar a la Ciudad Esmeralda, donde reside el poderoso Mago de Oz. Para ello sólo debe seguir el camino de baldosas amarillas; en él se va encontrando a sus compañeros de viaje: un león poco fiero, un espantapájaros y un hombre de hojalata, con ellos deberá buscar el equilibrio necesario (fuerza, inteligencia y corazón) para llegar a su destino sorteando todos los problemas a su paso. Sólo así, con esfuerzo, perseverancia y resolución, y no con la magia, puede llegar a conseguir sus propósitos. Utilizando esta imagen metafórica, Bernie Taupin escribió la letra de «Goodbye Yellow Brick Road» -con música compuesta por Elton John- para hablarnos de ese camino de baldosas amarillas que conduce al mundo de fantasía al que todos hemos querido ir en alguna ocasión, el que nos ayuda a encontrar las respuestas que buscamos para justificar nuestra propia existencia, y el que acaba por señalarnos el deseo de volver a la vida de siempre, tras la estancia en nuestros particulares mundos de Oz. Este tema formó parte del séptimo álbum de estudio del británico Elton John, titulado igual que la canción y publicado en 1973 como Lp doble; otro día os hablaré de él porque está lleno de buenas canciones, una incluso en la frontera con el rock progresivo. Hoy sólo vamos a recordar algunas de las versiones que se han hecho de «Goodbye Yellow Brick Road»; por ejemplo la segunda que destacamos, a cargo de la banda de rock progresivo Transatlantic, formada por grandes musicos como Neal Morse (Spock’s Beard), Pete Trewavas (Marillion), Mike Portnoy (Dream Theather) y Roine Stott (The Flower Kings); la incluyeron en su álbum «Kaleidoscope» (2014), en el segundo disco que formó parte de la edición especial de este álbum. La tercera versión es la de la cantante indie australiana Sarah Blasko, una preciosa versión acústica interpretada en directo en el programa «Like a Version» de la emisora australiana Triple J, en el que los artistas allí invitados suelen tocar una canción suya y una versión. Si queréis escuchar otras adaptaciones os recomiendo las de Dream Theather, Sara Bareilles, Hunter Hayes, Keane, Emmerson Nogueira o Ellie Drennan.
Categoría: Rock
Sam Cooke / Rod Stewart / Nikki Hill. «Twistin’ the Night Away»
Un ferrari rojo, un motel de carretera y el cadáver de un hombre negro provisto de un sólo zapato y cubierto con una chaqueta. No es el arranque de una película policiaca o un thriller de cine negro, es la escena del crimen que se encontró la policía americana cuando llegó al Motel Hacienda, en las proximidades de Los Ángeles (California). El fallecido era Sam Cooke, uno de los mejores cantantes que han existido, dotado de un timbre privilegiado, único en su manera de frasear y capaz de emocionar por igual a negros y blancos. Apenas tenía treinta y tres años cuando la recepcionista del motel (Bertha Franklin) acabó con su vida de un disparo. Según he podido leer en el reportaje publicado por la revista Don, Sam Cooke acudió a una cena organizada por su productor; allí conoció a la joven Elisa Boyer, tomaron unas copas juntos y se marcharon en el coche de Cooke, quien condujo veintitantos kilómetros hasta llegar al mencionado motel Hacienda, allí se registraron como Sr. y Sra. Cooke (recordemos que Sam estaba casado con Bárbara Cooke). Según testimonio de Elisa Boyer, Cooke intentó violarla, ella se zafó de él y salió huyendo para llamar a la policía; según declaró la recepcionista, Cooke salió apresurádamente de la habitación y, visiblemente alterado, comenzó a discutir y a forcejear con ella hasta que cayeron al suelo, fue entonces cuando Bertha Franklin le disparó tres tiros, uno de ellos mortal. El jurado tardó quince minutos en decidir que Franklin cometió homicidio en defensa propia y para salvaguardar la integridad del hotel, sin que, al parecer, hubiera una investigación exhaustiva sobre el asunto. Pero existe otra versión: Elisa Boyer, para algunos una prostituta, robó a Cooke y éste salió corriendo tras ella, el resto ya lo conocéis. Sea como fuere, era un hombre negro muy conocido, de gran éxito como cantante y dueño de su propia discográfica, algo que tal vez incomodaba a ciertos sectores del poder blanco. A sus funerales, celebrados en diferentes ciudades, acudieron más de doscientas mil personas y su tema «A Change is Gonna Come» acabó convirtiéndose en un himno del movimiento en favor de los derechos civiles. Sin embargo, he preferido acabar con una canción alegre y vital: «Twistin’ the Night Away», versionada por muchos artistas próximos al soul (Paul Rich, Herbert Hunter, Keely Smith, The Marvelettes), al rockabilly y el doo-wop (The Runaway Boys, The Delltones, Little Franky and the Townbeats), al glam rock (The Glitter Band), al funk (Clarence Clemons) y a otros géneros más singulares (Hutti Heita), incluso algo grotescos (Divine). Además de la grabación de estudio de Sam Cooke (os aconsejo que escuchéis también ésta en directo, con una voz más rugosa y rockera), os propongo como destacadas las de Rod Stewart -gran admirador de nuestro protagonista de hoy-, publicada en su álbum «Never a Dull Moment» (1972), y la de la cantante de R&B Nikki Hill, una versión llena de fuerza que tuve la suerte de presenciar en directo hace un par de años.
Mike Oldfield. «Ommadawn»
Casi todos los que amamos el rock tenemos nuestros particulares rankings: de discos de un determinado estilo, de portadas, de cantantes, de baterías o de guitarristas. En este último apartado suelen aparecer las grandes figuras del blues-rock, del hard rock, del progresivo o del heavy metal, pero en casi ninguna lista está Mike Oldfield. Tal vez sea por su condición de multi-instrumentista, por su versatilidad como músico y, también, por esa capacidad que tiene para aromatizar sus trabajos con fragancias exquisitas que, en ocasiones, pueden enmascarar su virtuosismo a las seis cuerdas y, en general, la esencialidad de su obra, como si los árboles no nos dejaran divisar el bosque. «Ommadawn» (1975) es el tercer disco del británico, una obra sinfónica en dos movimientos, al igual que lo fueron sus dos trabajos anteriores: «Tubular Bells» (1973) y «Hergest Ridge» (1974). «Ommadawn» es como un espeso bosque plagado de árboles; un trabajo de ingeniería de sonido sensacional -casi imposible de acometer con los artesanales sistemas de grabación y edición que existían a mediados de los setenta-, que daba soporte a un complejo y portentoso entramado instrumental, en el que colaboraron sus hermanos Sally y Terry, La Banda de la Ciudad de Hereford, Jabula, Paddy Moloney y otros destacados músicos; pero ésta no era más que la parte de apoyo, el propio Mike Olfield se hizo cargo de los siguientes instrumentos: bajo acústico, guitarra acústica, banjo, bouzouki, bodhrán, guitarra española, bajo eléctrico, glockenspiel, órgano, arpa, mandolina, percusión, piano, spinet, sintetizadores, voz, guitarra de doce cuerdas y, por supuesto, guitarras eléctricas, con las que construye momentos excepcionales, de una gran sensibilidad, como ese lamento al final de la primera parte que, según parece, estuvo inspirado en la muerte de su madre, ocurrida en fechas cercanas a la grabación. Si de «Tubular Bells» apuntábamos que fue una obra precursora de la new wave, incluso del movimiento indie, de «Ommadawn» podríamos decir que es un trabajo progresivo con abundantes incrustaciones procedentes de la música africana y celta, una obra adelantada al concepto de world music que, tal vez de manera algo artificial, tanto predicamento tuvo a partir de los años ochenta. Esta vez sólo os puedo ofrecer la opción de spotify, aún así el esfuerzo merece la pena, es una de las grandes obras del rock sinfónico, para mi gusto tan buena como «Tubular Bells«.
The Band / Al Kooper & Mike Bloomfield / The Allman Brothers Band. «The Weight»
A mediados de los sesenta Bob Dylan quiso dar un giro a su estilo; el folk fue cediendo protagonismo en la misma medida que el rock se hacía cada vez más presente en los nuevos trabajos del estadounidense. Para este viaje echó mano de un grupo canadiense creado a finales de los cincuenta, The Hawks, en realidad la banda de acompañamiento de Ronnie Hawkins; en 1964 le abandonan y cambian sucesivamente de nombre hasta que adquieren su definitiva denominación: The Band; poco después se asocian con Bob Dylan y se incorporan a la primera «gira eléctrica» que dio el cantautor por Norteamérica y Europa. En julio de 1966 Dylan sufre un grave accidente de motocicleta que le obliga a recluirse en Woodstock, en un lugar llamado «Big Pink» donde también residieron, durante unos cuantos años, los miembros de The Hawks. Las grabaciones realizadas en el sótano de este chalet acabaron dando lugar, en 1975, al álbum «The Basement Tapes», aunque algunos temas ya habían aparecido en discos pirata. Mientras The Hawks ayudaban a Dylan en su conversión hacia lo eléctrico y el rock, Bob insuflaba creatividad e inspiración a los integrantes de este grupo; en este productivo ambiente, los ya denominados The Band grabaron un disco, «Music from Big Pink» (1968), que la mayor parte de críticos musicales consideran como uno de los álbumes de folk-rock más importantes de la historia.
Este trabajo cuenta con once canciones, bastantes escritas por Richard Manuel o Robbie Robertson, aunque en tres de ellas también intervino Bob Dylan, como autor o coautor. El tema más conocido de este Lp, y de los que mejor representan a The Band, es «The Weight», una críptica y surrealista historia de tintes buñuelianos con la muerte, la culpa, el pecado, el diablo y un viajero que llega a Nazareth (Pensilvania) en busca de un hotel como protagonistas. Formó parte de la banda sonora de «Easy Rider» y ha sido muy versionado, tanto desde el soul (Diana Ross & The Supremes, The Staple Singers, Aretha Franklin y Duane Allman), el country (Jackie DeShannon, Marty Stuart, Lee Ann Womack), el rock (Bruce Springsteen, Joe Cocker, North Mississipi All Stars, Grateful Dead), el blues-rock (Jeff Healey, Karise Eden), el indie folk-rock (Mumford and Sons) o el pop (Travis, Jimmy Barnes & The Badloves, Weezer, Taxi -en español-). Para la segunda versión destacada de hoy he pensado en una adaptación instrumental a cargo del pianista Al Kooper y del guitarrista Mike Bloomfield -ambos músicos que colaboraron con Bob Dylan-, incluida en el álbum «The Live Adventures of Mike Bloomfield and Al Kooper» (1968). La tercera corre a cargo de la Allman Brothers Band, perteneciente a su disco «Live at Jazz Fest 2007», y cuenta con Chuck Leavell al piano y con Susan Tedeschi como cantante. Y finalizo con la versión que nos dejó The Band -con la colaboración de las Staple Singers- para la película «The Last Waltz«, de Martin Scorsesse, donde ellos eran los homenajeados.
Rainbow. «Spotlight Kid»
La mayor parte de aficionados al heavy metal, purplemaniacos y seguidores de Rainbow -la banda creada en 1975 por el líder de Deep Purple Ritchie Blackmore- coinciden en indicar su preferencia por los primeros trabajos de esta formación, en particular aquellos en los que coincidieron Cozy Powell, Ronnie James Dio y Ritchie Blackmore: «Rising» (1976), «Long Live Rock’ n’ Roll» (1977) y «On Stage» (1977); o en los que intervinieron al menos dos de ellos: «Ritchie Blackmore’s Rainbow» (1975) y «Down to Earth» (1979). Sin embargo, a mí siempre me ha gustado mucho el que fue grabado después de todos los que acabo de mencionar: «Difficult to Cure» (1981), un álbum con el que Blackmore quiso acercar Rainbow a un mayor número de oyentes, para lo cual suavizó su sonido, lo hizo más comercial y trató de aproximarlo al AOR. Ronnie James Dio ya había abandonado el grupo en el disco anterior («Down to Earth», 1979); fue sustituido por Graham Bonnet, un interesante cantante que, sin embargo, no se ajustaba al perfil deseado por Blackmore para su grupo. Cuando ya estaba grabándose «Difficult to Cure«, Bonnet abandonó Rainbow y, en su lugar, entró Joe Lynn Turner, ex-vocalista de la banda Fandango, portador de un registro vocal parecido al del cantante de Foreigner, justo lo que buscaba Ritchie. Tal y como nos cuenta Jordi Bianciotto (Deep Purple. La Saga. Barcelona: Quarentena Ediciones, 2012), el batería Cozy Powell -que acabaría siendo uno de los músicos de referencia del heavy metal que habría de llegar-, decidió abandonar Rainbow cuando escuchó «I Surrender», uno de los temas estelares de «Difficult to Cure«. Sin Dio ni Powell, el sustrato metalero se suavizó y, de paso, Blackmore se quitó de en medio a dos pesos pesados que, si hubieran seguido en el grupo, probablemente le habrían restado protagonismo. A pesar de mis simpatías por este álbum, he de reconocer que se trata de un trabajo un tanto deslabazado, donde tan pronto podemos encontrar temas de clara inclinación AOR («Magic» o «Freedom Fighter«), otros con influencias del funk («No Release«), piezas rocanroleras («Can’t Happen Here«), baladas para el lucimiento de Blackmore («Vielleicht Das Nächste Mal«) o canciones que nos recuerdan a Deep Purple, como «Difficult to Cure» o el tema destacado de hoy: «Spotlight Kid», probablemente mi preferido de Rainbow -junto con «Stargazer»-, con ese fabuloso duelo guitarra/teclados a ritmo de speed metal que está en la base de lo que, poco tiempo después, habría de llamarse power metal, y esa letra de Roger Glover que nos habla de alguien al que el público adora, el centro de atención, un artista enamorado de los focos, ¿tal vez Ritchie Blackmore?