Barclay James Harvest. “Suicide?”

A todos los aficionados al rock nos gusta hablar de nuestros músicos preferidos, de nuestros discos imprescindibles y, por supuesto, de los grupos que amamos y con los que nos emocionamos. Estoy casi seguro de que, si hiciéramos una votación entre los seguidores del rock progresivo sobre su banda predilecta, los ganadores serían: Pink Floyd, Yes, Genesis, King Crimson, Emerson Lake & Palmer y Camel; ellos representan a un género que vivió sus mejores momentos entre finales de la década de 1960 y finales de los setenta. Bajo este Olimpo del rock sinfónico se sitúan (y se siguen situando) otros grupos, algunos de ellos también podrían ser merecedores de esta divina distinción, sobre todo en función de quien opine y de la vehemencia con que lo haga; en este vagón se podrían situar formaciones como Jethro Tull, Rush, Marillion, Dream Theather, Premiata Forneria Marconi, Gentle Giant, Mike Oldfield, Caravan o dos de mis preferidas: The Moody Blues y Barclay James Harvest. Ambas ya han tenido cabida en este blog, y hoy volvemos a recordar a una de ellas.

En las entradas dedicadas a los temas “Dark Now My Sky” y “Mockingbird” señalábamos que estos británicos comenzaron su andadura como banda en 1967, aunque no publicaron su primer álbum hasta 1970. La primera etapa de esta formación, caracterizada por la utilización habitual de orquestas sinfónicas en sus grabaciones, se compone de cuatro álbumes con el sello discográfico Harvest, a los que pertenecen los dos temas anteriormente citados. Después ficharon por Polydor, priorizando los sonidos eléctricos y los teclados sobre los arreglos orquestales; en 1974 publicaron “Everyone is Everybody Else”, en 1975 “Time Honoured Ghost” y, en 1976, “Octoberon”, habitualmente considerado como el mejor trabajo de la banda (junto con el anterior). Por supuesto, aconsejo este álbum a todo el mundo, pero especialmente a quienes no os sentís muy identificados con el rock sinfónico; “Octoberon” es un trabajo sensible y delicado, en el que las melodías y los pasajes intimistas tienen mayor protagonismo que la experimentalidad y los largos y complicados desarrollos instrumentales, tan habituales en este género. Aunque todo el disco está muy bien, yo destacaría la primera y la última canción: “The World Goes On” y “Suicide?”, con cuyo vídeo encabemos esta entrada, uno de los temas fundamentales de Barclay James Harvest, de los imprescindibles en sus directos (aquí tenéis una interpretación en vivo del año 1992). La guitarra eléctrica y los teclados nos presentan una melodía que, desde el comienzo, nos transmite tristeza, desolación y cierto tono épico, sensación que se reafirma con las partes cantadas, apoyadas en unos emotivos acordes de guitarra acústica; el tema acaba con una parte en la que se pueden escuchar algunos efectos (pisadas, ruidos, cláxones, etc.), que incrementan el tono misterioso de la canción ¿Qué necesita un suicida para dar el último paso?

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Lynyrd Skynyrd. «The Ballad of Curtis Loew»

En los años sesenta del siglo pasado no estaba muy bien visto, al menos en la América profunda, que los adolescentes llevaran el cabello largo. Según cuentan las biografías habituales de la banda de rock sureño Lynyrd Skynyrd, dos de los miembros fundadores de este grupo, Bob Burns y Gary Rossington, fueron suspendidos por el profesor de gimnasia por ese motivo cuando estudiaban en el instituto, mientras intentaban hacer música donde buenamente podían (patios, garajes, etc.) junto a Ronnie Van Zant, el mítico vocalista de esta banda. Habían llamado a su grupo The Noble Five, pero sus problemas con el profesor de gimnasia, Leonard Skinner, inspiraron un cambio de denominación; por el miedo a posibles represalias, decidieron sustituir las vocales por letras “y”, de tal forma que lo que obtuvieron fue “Lynyrd Skynyrd”. Estos chicos de Jacksonville (Florida -EE.UU.-) se lo tomaron muy en serio; adquirieron una cabaña y se pusieron a ensayar entre ocho y doce horas diarias, hasta que consiguieron actuar como teloneros del grupo The Allman Jays, el germen de lo que luego sería The Allman Brothers Band, la formación más importante que ha habido de rock sureño, compartiendo méritos con los protagonistas de nuestra entrada de hoy.

De interpretar versiones de los Rolling Stones o los Yardbirds pasaron a componer sus propias canciones, que solían interpretar en directo. No obstante, tuvieron que esperar hasta 1972 para que los productores discográficos se fijaran en ellos; concretamente fue Al Kooper quien les ofreció la posibilidad de grabar un disco con la compañía MCA; lo titularon “(Pronounced ‘Lĕh-‘nérd ‘Skin-‘nérd)” (1973) y en él incluyeron una de las piezas más recordadas de su repertorio: “Free Bird”. Aunque hay otra canción aún más conocida, “Sweet Home Alabama”, precisamente el corte con el comienza su segundo trabajo de estudio, el titulado “Second Helping” (1974). Además de este gran himno rockero, en este disco hay excelentes temas, como “Call Me the Breeze” (versión de JJ Cale, de la que nos ocuparemos en otra entrada) o el elegido en esta ocasión: “The Ballad of Curtis Loew”. Escrita por Allen Collins (guitarra) y Ronnie Van Zant (voz) a partir de lugares y personas del barrio natal de Van Zant en Jacksonville, nos cuenta la historia de un chaval que todas mañanas buscaba botellas vacías para vender y, de esta manera, conseguir un dinero con el que obsequiar a Curtis Loew, un músico callejero al que adoraba por su manera de interpretar el blues; cuando Curtis fallece nadie va a su entierro, lo que lamenta el narrador de la canción. Finalizo con tres versiones, las debidas a Phish, Eric Church y Hayseed Dixie, ésta última en clave bluegrass.

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Procol Harum / Doro / Pop Tops. “A Whiter Shade of Pale”

Hace algún tiempo, en septiembre de 2017, os hablaba del álbum titulado “Procol Harum” (1967), el primer Lp de la banda británica del mismo nombre, un trabajo en el que conviven elementos de diferentes géneros, como el rock psicodélico-sinfónico, el R&B, el soul o el pop beat. Entonces recomendaba su escucha a todos los amantes del órgano Hammond y a quienes buscan los orígenes del rock progresivo. En aquella entrada trataba de poner en valor la melodía con la que se cierra el álbum “Repent Walpurgis”, aunque la canción más conocida es, sin duda, “A Whiter Shade of Pale”, de hecho, se da la circunstancia de que este tema es más conocido que la propia banda, al menos entre el gran público, como si Procol Harum hubieran sido fagocitados por su propio éxito.

“A Whiter Shade of Pale” fue publicada como sencillo en 1967 y, al menos inicialmente, no fue incluida en el mencionado álbum, aunque sí en la edición estadounidense y en posteriores reediciones. Según nos cuenta Héctor Sánchez en un artículo publicado por EfeEme.com, la historia de esta canción comienza con una conversación que escuchó el letrista Keith Reid en una fiesta, cuando un hombre se acercó a una mujer y le dijo: “Estás más pálida que el blanco”; a partir de ahí, según ha contado el propio Keith Reid, escribió una canción bajo la influencia de los libros, y no de las drogas, aunque también dejó su impronta el surrealismo de Magritte o Dalí, el cine de la Nouvelle Vague y la música de The Beatles, Ray Charles o Bob Dylan, autor a quien Reid admiraba especialmente por la manera con la que jugaba con las palabras. Hay quien interpreta esta canción en tono metafórico, como una relación entre hombre y mujer que acaba en un acto sexual; el propio autor de la letra señaló que no trataba de transmitir misterio o decadencia, sino evocar un estado de ánimo a través de una clásica historia de desamor. Inicialmente la canción tenía una introducción instrumental más larga y cuatro estrofas, en lugar de las dos que finalmente quedaron, y duraba casi diez minutos; siguiendo las indicaciones del productor, acortaron el tema para favorecer su difusión radiofónica, aunque en directo interpretaban la versión larga (ésta es la versión extendida). La parte musical quedó en manos del cantante y pianista Gary Brooker, él fue quien pensó en utilizar el “Aria para la cuerda de sol” de Johann Sebastian Bach como punto de partida para crear la melodía, todo un clásico en guateques y bailes sesenteros. Uno de los elementos característicos de esta canción es el órgano Hammond de Matthew Fisher, músico que acabó acudiendo a los tribunales para reclamar la autoría de esta canción, algo que le fue reconocido en el año 2009 con un 40% de los derechos de autor.

De “A Whiter Shade of Pale” se han hecho muchas versiones, tanto desde el lado romántico como desde una vertiente más rockera, incluso inspiró (al menos en lo relativo a la parte instrumental) el tema de Serge Gainsbourg “Je t’aime … moi non plus” (1969). Entre las versiones generadas en el ámbito del rock, mencionaremos la de Gerry & The Pacemakers, Johnny Rivers, Bonnie Tyler, Joe Cocker, Gov’t Mule, Glenn Hughes, Eric Clapton, Sammy Hagar o la cantante alemana de heavy metal Doro (nuestro segundo vídeo), que incluyó esta canción en su primer álbum de estudio en solitario (“Force Majeure”, 1989). Del lado melódico podemos destacar, entre otras, las interpretaciones de Percy Sledge, The Dells, Sarah Brightman, Michael Bolton, Annie Lennox, Willie Nelson & Waylon Jennings o The Shadows. También hay muchas versiones en español, como las de Sergio Denis, Cristina y los Stop, Los Impala, Los Salvajes, Los Rebeldes o la de los Pop Tops (el tercer vídeo destacado de hoy), también del año 1967 como el original, en la que se puede apreciar la dificultad que aún tenía Phil Trim con el español.

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Tierra Santa. “La canción del pirata”

“Ahora sé -lamento no haberlo sabido antes- que la música metal es también un mundo rico y fascinante, camino inesperado por el que muchos jóvenes españoles se arriman hoy a la cultura que tanto imbécil oficial les niega. El grupo riojano Tierra santa es un ejemplo obvio: su balada sobre el poema La canción del Pirata consiguió lo que treinta años de reformas presuntamente educativas no han conseguido en este país de ministros basura. Que, en sus conciertos, miles de jóvenes reciten a voz en grito a Espronceda, sin saltarse una coma”

Arturo Pérez-Reverte, 2007.

Lo que tal vez no sabe Arturo Pérez-Reverte es que muchos seguidores del heavy metal tienen alma de poeta romántico; y que “La canción del pirata” de Tierra Santa no es la única adaptación del conocido poema de José de Espronceda (1808-1842) que se ha hecho en el ámbito del rock, la web Zeppelin Rock también menciona otras, como las de Dark Moor, Sangre Azul, Lancelot, Cassis o, incluso, la de Zenit & Frank-t, en clave rap. Sin embargo, casi todos coincidimos en que la mejor canción del pirata es la de los riojanos Tierra Santa, banda aún en activo que tiene su origen en 1991, primero con el nombre de Privacy y, a partir de 1997, con el definitivo de Tierra Santa. Ese año publicaron su primer álbum (“Medieval”), dos años después el titulado “Legendario” y, en el 2000, “Tierras de Leyenda”; han seguido sacando discos de manera más o menos regular y, desde junio de 2020, cuentan con el compañero Fran Gonzalo como batería de la banda. Fran es, además, el biógrafo oficial del grupo (véase su libro Tierra Santa: viviendo un sueño. Logroño: Ediciones del 4 de Agosto, 2010), es quien mejor conoce la historia del rock hecho en La Rioja y, por supuesto, todo un ejemplo para quienes intentamos navegar por el universo de los blogs musicales.

Tierras de Leyenda” es esencialmente un álbum de heavy metal clásico, con influencias procedentes del power metal, en el que se recogen once canciones, dos de ellas tituladas “La canción del pirata I” y “La canción del pirata II”, que son las que ofrecemos unidas en el vídeo que encabeza esta entrada (aquí tenéis una interpretación en directo de este tema). Como comentábamos al principio, se trata de una adaptación musical íntegra del poema de Espronceda, publicado por primera vez en 1835 por la revista El Artista. En una entrevista concedida para la web Rafabasa.com, Ángel San Juan, guitarrista y líder de la banda, afirmó que puso “música a una poesía que estaba estructurada ya como una canción, pero surgió parecido a las demás, un día estaba en mi cabeza, así, sin más”. Finalizo con unas palabras de Ancrugon, recogidas en el blog El Olmo, que explican, de manera resumida y sencilla, lo que representa esta joya de nuestra literatura:

“La ideología romántica está presente en toda la obra: canto a la libertad, rechazo de la sociedad del momento, rebeldía, orgullo de su independencia, desprecio a las normas y las leyes… Pero también aparece en la descripción de los elementos y del paisaje: presencia de la luna, personalismo del viento, atmósfera de misterio, personificaciones… armonizando el movimiento de la naturaleza con el carácter del protagonista bravo y fuerte (…) El personaje es bastante típico del movimiento romántico: exalta el yo, es valiente, enérgico, decidido, pero a su vez altanero y arrogante. No se sujeta a normas ni leyes, desprecia las riquezas, reparte con los suyos lo que consigue, ama el riesgo y el peligro, y sobre todo, estima la belleza y la libertad. Es un personaje aventurero y vive en su barco añejado de los demás despreciando a las naciones y sus guerras y poseyendo únicamente su afán de aventuras”.

Ancrugon, publicado en El Olmo

Camel. “Echoes”

Mi conexión con el rock progresivo y el hard rock comenzó hacia 1977-1978, cuando cursaba segundo de BUP (ya os he hablado de ello en una ocasión anterior); recuerdo que escuchábamos los grandes clásicos de Pink Floyd, Genesis, King Crimson, Jethro Tull, Camel, Emerson Lake & Palmer, Supertramp, Led Zeppelin y Deep Purple como si fueran de rabiosa actualidad cuando, en realidad, aquellos discos habían salido al mercado varios años antes. Acostumbrados a discos tan maravillosos como “Fragile”, “Close to the Edge”, “Thick as a Brick”, “Foxtrot”, «The Snow Goose”, “In the Court of the Crimson King”, “Tarkus”, «Wish You Were Here”, “Led Zeppelin IV”, “Made in Japan” o “Crime of the Century”, y con una edad -los quince años- poco dada a análisis rigurosos y ecuánimes, vivimos en directo los nuevos lanzamientos de nuestros grupos preferidos con una mezcla de estupor, indignación y tristeza; nuestros héroes nos estaban traicionando, sus nuevos discos parecían abandonar el rock progresivo para abrazar propuestas más comerciales, en torno al AOR y el pop. Creo que todo comenzó en 1978, cuando nuestras bandas favoritas parecía que se ponían de acuerdo para encadenar una serie de álbumes a cuál más decepcionante: “Tormato” (Yes), “And Then There Were Three” (Genesis) o “Breathless” (Camel). El desastre, siempre ante nuestro adolescente entendimiento, acabó por consolidarse al año siguiente, 1979, cuando se publicaron discos como “Stormwatch” (Jethro Tull), “Breakfast in America” (Supertramp) o “The Wall” (Pink Floyd). Con el paso de los años se me fue pasando el enfado y acabé reconciliándome con estos discos publicados entre 1978 y 1979, los cuales comencé a tener en cuenta por su valor intrínseco y no por su comparación con trabajos anteriores.

Breathless” (1978) fue el sexto álbum de estudio de los británicos Camel, quienes ya han aparecido por aquí en entradas anteriores (“Never Let Go”, “The Snow Goose” y “Lady Fantasy”), un trabajo marcado por las disputas entre Andy Latimer y Peter Bardens, quien finalmente abandonó la formación tras la grabación de este álbum. Mientras que Bardens tomó mayor protagonismo en la composición de los temas que formaron parte del Lp anterior (“Rain Dances”, 1977), también del tímido intento por acercar el sonido hacia el jazz, Latimer hizo lo propio en “Breathless”, un disco que, tal vez sin ser de los mejores de Camel, a mí me ha acabado gustando mucho. De hecho, lo recomiendo a quienes deseen iniciarse con el rock progresivo y se asustan ante el virtuosismo y la complejidad de este género. “Breathless” es un álbum de rock sinfónico muy melódico y asequible; si queréis comprobarlo podéis comenzar con el tema “Summer Lightning”, el más pop de todos, incluso por momentos algo discoquetero, pero con un solo de guitarra final “made in Latimer” verdaderamente bello. Si os ha gustado, podéis poner el disco desde el principio pues, a buen seguro, los dos primeros temas no os van a dejar indiferentes; en primer lugar, el titulado “Breathless” y, en segundo lugar, “Echoes”, cuyo vídeo preside esta entrada, desde mi punto de vista la canción más progresiva de todas y, también la mejor. El tema empieza muy rápido, con una guitarra marcando la melodía principal y unos teclados que, poco a poco, van tranquilizando la composición hasta sumirla en una relajante quietud, de la que se sale hacia el minuto 3:30, entonces remonta hasta dar paso a la parte cantada, lo más pop de este tema; a partir del minuto 5 vuelve a entrar la sensual guitarra de Latimer secundada por los teclados de Bardens, que nos acompañan casi hasta el final.

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